sábado, 21 de mayo de 2011

El futuro de las revueltas árabes, por Joseph Massad

Estados Unidos y sus aliados árabes han comenzado los planes para perturbar la primavera árabe y salvar su propia hegemonía regional
Al-Yazira

Traducción para Rebelión de Loles Oliván

Un fantasma recorre el mundo árabe, el fantasma de la revolución democrática. Los poderes del viejo mundo árabe han forjado una santa alianza entre sí y con Estados Unidos para acosar a ese fantasma: el rey y el sultán, el emir y el presidente, los neoliberales y los sionistas. Aunque Marx y Engels usaron términos similares en 1848 en referencia a los regímenes de Europa y las inminentes revoluciones comunistas derrotadas en la Europa de los siglos XIX y XX, hay mucha esperanza en el mundo árabe de que esos términos se apliquen mejor a los actuales levantamientos democráticos árabes.
En el caso de Europa, Marx llegó a tener que escribir el Dieciocho Brumario de Luis Napoleón en 1852 para analizar la derrota de la revolución de 1848 en Francia. Explicó cómo las revoluciones pueden derrocar una clase dominante existente pero no necesariamente conducir al gobierno de los oprimidos. Analizó el proceso por el que Luis Napoleón fue capaz de secuestrar la revolución y proclamarse emperador, y restaurar la monarquía en la Francia republicana y revolucionaria, como su tío Napoleón Bonaparte había hecho antes que él con la gloriosa Revolución Francesa de 1789.
Desde el final de la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas y los Estados Unidos han nombrado y quitado reyes árabes a voluntad. Sus acciones siempre se ejecutaron para garantizar la persistencia de esas monarquías dictatoriales y no para eliminarlas, y para reforzar el control y la hegemonía euro-estadounidense en la región.
La única excepción aparente a esta regla fue la retirada francesa del rey Faisal del trono de Siria en 1919 que puso fin a la breve independencia siria, sólo para que los británicos le tendieran el trono de Iraq, que asumió ese mismo año, inaugurando la dominación británica en el país.
El poder euro-estadounidense incluyó conceder a Abdulá el trono de Jordania en 1921, apartar de la corona a su hijo, el rey Talal, y sustituirlo por su propio hijo Hussein en 1952-53. Los franceses destronaron a Mohammed V de Marruecos en 1953 pero lo restauraron de nuevo en 1955, cuando la oposición a su eliminación debilitó su control.
Los británicos quitaron al sultán Said bin Taymur en 1970 y lo reemplazaron por su hijo, el Sultán Qabus, que estaba en mejores condiciones —con la ayuda del Shah de Irán, del rey de Jordania, de Gran Bretaña y del apoyo militar estadounidense— para sofocar la revolución republicana en Dhofar.
Incluso el golpe de palacio de 1995 que ejecutó el Jeque Hamad bin Jalifa al-Zani de Qatar para derrocar a su padre, el jeque Jalifa bin Hamad al- Zani, y sustituirlo él mismo, recibió el apoyo y el entusiasmo estadounidense porque se llevó a cabo para fortalecer más que para debilitar a la monarquía de Qatar.
 
Imperialismo y Orientalismo
Desde la Segunda Guerra Mundial, pero de modo más diligente desde mediados de la década de 1950, Estados Unidos ha seguido dos estrategias simultáneas para ejercer su control sobre los pueblos de los países árabes. La primera y de mayor significado para los árabes se basó en el reconocimiento y la comprensión tempranas (al igual que Gran Bretaña, Francia e Italia anteriormente) de que los árabes, al igual que todos los demás pueblos del mundo, querían democracia y libertad y que lucharían por ello de todas las formas posibles.
Para Estados Unidos, ello requería la creación de aparatos de seguridad y de represión en los países árabes que Estados Unidos formaría, financiaría y dirigiría a fin de suprimir los deseos y las iniciativas democráticas en apoyo de regímenes dictatoriales cuya finalidad siempre ha sido y sigue siendo la defensa de la seguridad de Estados Unidos y sus intereses comerciales en la región.
Estos intereses consisten principalmente en asegurar y mantener el control estadounidense de los recursos petroleros de la región, garantizar beneficios a empresas estadounidenses, y fortalecer a los colonos en las colonias israelíes.
Buena parte de todo ello, obviamente, lo impulsó el inicio de la Guerra Fría y la estrategia estadounidense de suprimir toda fuerza de tendencia comunista real e imaginada de todo el mundo, lo que afectó a todas y cada una de las reivindicaciones democráticas de cambio en la región.
Esta estrategia, que se formalizó en la Doctrina Eisenhower publicada en 1957, se ha mantenido hasta nuestros días. La Doctrina Eisenhower, emitida el 5 de enero de 1957 en un discurso del presidente estadounidense, declaraba que la Unión Soviética, y no Israel o las dictaduras regionales apoyadas por Occidente, era el enemigo de los pueblos de Oriente Próximo.
Para neutralizar la enorme atracción que ejercía el presidente Gamal Abdel Naser en todo el mundo árabe, Eisenhower autorizó al ejército estadounidense “para que asegure y proteja la integridad territorial e independencia política de estas naciones, solicitando tal ayuda contra la agresión armada abierta de cualquier nación controlada por el comunismo internacional”.
En contraste con sus actuales políticas anti-democráticas en todo el mundo, Estados Unidos siempre ha insistido en presentarse a sí mismo como una fuerza para la democracia mundial. En línea con esta campaña de relaciones públicas, la segunda estrategia estadounidense para impulsar sus políticas anti-democráticas en el mundo árabe ha sido la importación del orientalismo europeo, que se situó en un lugar central en el ámbito académico estadounidense de post-guerra.
La financiación del Departamento de Estado, junto con la asistencia financiera de fundaciones privadas, solidificó la investigación orientalista que afirmaba que los árabes y los musulmanes eran incompatibles con la democracia, que por lo general les gusta más y prefieren un gobierno dictatorial, y que sería culturalmente imperialista por parte de Estados Unidos imponerles la democracia, lo que lleva a la conclusión de que es mejor defender a sus gobernantes dictatoriales cuyas prácticas represivas, se nos dice, se inspiran en el Islam y en la cultura árabe.
Entre miles de millones de dólares gastados para reprimir a los pueblos árabes y millones gastados para explicar en el ámbito académico y en los medios de comunicación estadounidenses la necesidad de reprimir a los árabes, esta estrategia de dos frentes ejecutada por Estados Unidos en la región desde la Segunda Guerra Mundial ha avanzado a un ritmo acelerado desde enero de 2011, un acontecimiento que sigue causando pánico en la Casa Blanca de Obama y que se manifiesta en la incesante torpeza de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, a quien se desprecia considerablemente en el mundo árabe.
Si el presidente Jimmy Carter declaró infamemente en las vísperas de la Revolución iraní de diciembre de 1977 que el Irán del Sha era “una isla de estabilidad en una de las zonas más conflictivas del mundo”, Hillary Clinton declaró que el Egipto de Mubarak era “estable” pocos días antes de ser derrocado.
Subvertir la democracia
La campaña de Estados Unidos contra la democracia en la región se inició con el primer golpe de estado patrocinado por los estadounidenses cuando se derrocó al gobierno democrático de Siria en 1949, a lo que siguió la restauración del Sha en el vecino Irán en 1953, en un golpe de estado patrocinado por la CIA que derrocó al gobierno del primer ministro Mohammad Mossadegh y suprimió el movimiento democrático en Irán.
Mientras adoptaba estrategias similares en otras partes de su imperio en expansión, especialmente en Guatemala, donde patrocinó un golpe de estado antidemocrático en contra de la reforma del gobierno de Jacobo Arbenz y desató una ola de terror que asesinó a cientos de miles de guatemaltecos durante las siguientes cuatro décadas, Estados Unidos formalizó su nueva estrategia en el mundo árabe a través de la Doctrina Eisenhower.
Poco después, Estados Unidos aumentó su intervencionismo suprimiendo la democracia en la región; comenzó con la intervención en Líbano al lado de las fuerzas sectarias de derecha en 1957; ese mismo año, en Jordania, maniobró en la preparación del golpe de estado del joven rey Hussein contra el Parlamento democráticamente elegido, y procedió a respaldar al partido Baaz al asumir el poder en 1963 en Iraq, masacrando a miles en el proceso.
A la derrota de Naser en la guerra de 1967 le siguió el apoyo de Estados Unidos al régimen sudanés más represivo que haya habido nunca, bajo Yafar Numeiri, y la supresión de la revolución que atravesaba el Golfo Pérsico en los años setenta con la ayuda de las fuerzas del Sha y del ejército jordano, quienes estabilizaron la región para los beneficios petrolíferos de Estados Unidos y quienes iniciaron el camino para asegurar la supremacía de Israel.
Mientras tanto, el derrocamiento de las monarquías árabes del poder y su sustitución por repúblicas se llevaría a cabo a través del mecanismo de golpes militares que, a diferencia de las intervenciones euro-estadounidenses, tuvieron mucho apoyo popular. A partir del derrocamiento del rey Faruk de Egipto en 1952 por los Oficiales Libres, la eliminación de las monarquías árabes continuaría con el derrocamiento del rey iraquí y de la familia real hachemí en 1958, de la monarquía de Yemen en 1962, para concluir con el derrocamiento de la monarquía en Libia en 1969 por Gadafi.
El resto de monarquías árabes se ha mantenido con un ingente respaldo financiero, económico, militar y de seguridad de estadounidenses, franceses y británicos, a pesar de tratarse de tronos amenazados en varias ocasiones durante décadas. Mientras que sólo dos monarquías sobreviven fuera de la Península Arábiga, en donde únicamente se logró derrocar al monarca yemení, el resto de los regímenes árabes tienen una forma de gobierno republicana.

El eje Estados Unidos-Arabia Saudí
Los levantamientos en curso en el mundo árabe de hoy, como es claro para todos los observadores, no distinguen entre repúblicas y monarquías. En efecto, además de en las repúblicas, se han celebrado manifestaciones en Marruecos, Jordania, Omán y Arabia Saudí (y más modestamente en Kuwait y en Emiratos Árabes Unidos) a pesar de la brutal represión del levantamiento principal, el de Bahréin, por una fuerza combinada de mercenarios enviados por los Estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo liderada por Arabia Saudí.
La situación en los países árabes de hoy se caracteriza tanto por la contrarrevolución patrocinada por el régimen saudí y Estados Unidos como por las sublevaciones de los pueblos árabes contra los regímenes dictatoriales patrocinada por Estados Unidos.
Como el eje Estados Unidos-Arabia Saudí no estaba preparado para los levantamientos de Túnez y Egipto, ambos diseñaron rápidamente planes de contingencia para hacer frente a las sublevaciones en otras partes, especialmente en Bahréin y Omán, pero también en Jordania y Yemen, así como para tomar el control de los levantamientos en Libia (al principio) y luego en Siria. Los intentos de tomar el control del levantamiento de Yemen han tenido resultados desiguales por el momento.
Parte de la estrategia de Estados Unidos y Arabia Saudí ha sido intensificar el sectarismo religioso, especialmente creando hostilidad hacia el chiismo con la esperanza de detener la ola de los levantamientos.
Este sectarismo se dirige no solo a los chiíes de Irán, sino también a los árabes chiíes de Bahréin, Iraq, Líbano, Arabia Saudí, e incluso de Omán y Siria, al mismo tiempo que fomenta el fanatismo anti-cristiano en Egipto. Los regímenes de Sadat y Mubarak alentaron el fanatismo anti-cristiano durante décadas. Parte de los esfuerzos contrarrevolucionarios en curso tratan de resucitar esas fuerzas sectarias a fin de que quiebre la unidad de Egipto y se provoque el caos.
Si la Doctrina Eisenhower de 1957 insistía en que los soviéticos y no Israel eran el principal enemigo de los pueblos árabes; hoy Estados Unidos insiste en que el principal enemigo de los árabes es Irán y el chiismo. Lo que se espera es que con la represión contra el pueblo de Bahréin dirigida por estadounidenses y saudíes, el odio sectario promovido por Estados Unidos y el fomento del chovinismo árabe suní convierta de una vez a Irán —y no a los dictadores árabes, ni a su aliado israelí, o al patrocinador estadounidense— en enemigo de los árabes, cuando no en el único enemigo de los árabes, y deslegitime al mismo tiempo los levantamientos en los países que cuentan con gran número de árabes chiíes.
Estados Unidos ya promovió este proyecto hace varios años con un éxito limitado. Lo articuló mejor el rey Abdalá II de Jordania, quien advirtió en 2004 que una “media luna chií” amenazaba la región. Los estadounidenses y saudíes esperan que tenga más éxito hoy en día.
Los franceses y los británicos han seguido desempeñando un importante papel neo-colonial en la región en lo económico, en lo militar y en el ámbito de la “cooperación” de seguridad. Han fortalecido su posición incrementando su “asistencia” diplomática y en materia de seguridad a sus aliados entre los dictadores árabes.
La represión que Estados Unidos respalda en Bahréin, Arabia Saudí, Omán, Yemen, Jordania, Marruecos, Argelia, y en los Emiratos Árabes Unidos va de la mano de la intervención euro-estadounidense-qatarí en Libia para proteger los pozos de petróleo para las empresas occidentales una vez que se ponga un nuevo gobierno.
El secuestro de la revuelta libia y las deserciones de políticos de la élite del gobierno de Gadafi de la noche a la mañana para pasarse al bando de los “revolucionarios” no sólo pone más que una sombra de sospecha sobre quienes pretenden dirigir el levantamiento de Libia contra la horrible dictadura de Gadafi, sino también sobre las potencias occidentales que fueron las principales aliadas de Gadafi en la última década hasta su reciente deserción.
La situación de hoy en día se resume en el combate entre el formidable eje de Estados Unidos y Arabia Saudí, que es la principal fuerza antidemocrática de la región, y las revueltas en favor de la democracia.
La estrategia de Estados Unidos y Arabia Saudí es doble: la represión masiva de las revueltas árabes que puedan ser derrotadas, y la cooptación de las que no lo puedan ser. Lo exitosa que pueda ser la segunda parte dependerá de lo cooptables que las fuerzas pro-democráticas puedan llegar a ser.
Si bien es cierto que los revolucionarios hacen su propia historia, tal y como Karl Marx brillantemente expresó “no lo hacen como les place, no lo hacen bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente halladas, dadas y transmitidas desde el pasado”.
Proteger las revoluciones de Egipto y Túnez de la cooptación es la esperanza presente de todos los árabes.
El eje Estados Unidos-Arabia Saudí utilizará todos los mecanismos a su disposición para hacerlo, el menos importante de los cuales no serán las próximas elecciones en Egipto y Túnez. La gran esperanza árabe es que Túnez y Egipto escriban un nuevo Manifiesto Revolucionario y Democrático para los pueblos árabes.
La preocupación y el miedo persisten, sin embargo, en que puede que acabemos menos con un Manifiesto Comunista que con un Dieciocho brumario.

*Joseph Massad es profesor asociado de Política árabe moderna e Historia Intelectual en la Universidad de Columbia de Nueva York.

Fuente: http://english.aljazeera.net/indepth/opinion/2011/05/201151885013738898.html

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