jueves, 19 de mayo de 2011

El valor histórico de los recuerdos, por Alexander Stille.

[The New York Times] 2001
 
ROMA
En los años 70, Alessandro Portelli, profesor de literatura norteamericana de la Universidad de Roma, empezó a recopilar la historia oral de una pequeña ciudad fabril italiana. Quedó perplejo al comprobar que sus entrevistados equivocaban reiteradamente los hechos y hasta narraban historias imaginarias. Así, al relatar la muerte del obrero Luigi Trastulli, en un enfrentamiento con la policía en 1949, todos insistieron en que el hecho había ocurrido durante las manifestaciones de 1953.
Al principio, parecía el tipo de error al que son propensos los ancianos, y que lleva a muchos historiadores a desconfiar de la historia oral. Pero Portelli empezó a interpretar estas distorsiones -a la manera de los deslices verbales freudianos- como un elemento central del significado y de la estrategia narrativa de las historias. Trastulli había muerto durante una protesta contra el ingreso de Italia en la OTAN, y en los años 70 esa controversia había perdido gran parte de su significado. En cambio, las manifestaciones de 1953 habían sido motivadas por despidos masivos en fábricas locales, que cambiaron para siempre la vida de la ciudad.
"Me di cuenta de que la memoria era de por sí un hecho sobre el que debíamos reflexionar -explica Portelli-. No es un mero espejo de lo ocurrido; es una cosa que está ocurriendo ahora y que merece ser estudiada."
Los trabajos teóricos de Portelli y los de otros historiadores orales italianos han pasado a ser textos de lectura indispensable en la materia. "Gracias a Portelli, vemos las historias orales como algo más que testimonios veraces o falsos y buscamos los temas y estructuras de los relatos", señala Mary Marshall Clark, de la Universidad de Columbia.
Como campo de estudio académico, la historia oral nació en 1948, cuando Allan Nevins, fundó la Oficina de Historia Oral en la universidad de columbia. Pero el verdadero despegue comenzó en los años 60 y comienzos de los 70, con el auge de los movimientos feministas y de derechos civiles y la proliferación de grabadores baratos.
Entonces se registraron las voces de mujeres, afroamericanos, indígenas, inmigrantes pobres y otros grupos que hasta entonces habían quedado al margen de la historia. Este fue el origen de libros de gran éxito masivo como la Autobiografía de Malcom X y Raíces , de Alex Haley, y otros basados en entrevistas.
Entretanto, muchos historiadores académicos se mostraban recelosos e insistían en que el patrón oro de la verdad histórica eran los documentos escritos. Las fuentes orales -decían- tienen memoria selectiva, interpretan mal los hechos, funden sucesos y distorsionan sus recuerdos del pasado adaptándolos a las necesidades del presente o a las del investigador. Frente a estas críticas, los historiadores orales procuraron que sus trabajos se ajustaran a las mismas normas que la historia documental. "Las fuentes orales nos dicen no sólo qué hizo la gente, sino también qué quiso hacer, qué creyó estar haciendo y qué cree haber hecho", escribió Portelli, uno de los principales estudiosos de la subjetividad.

Digresiones e incoherencias
La profesora de historia Luisa Passerini, que hoy enseña en la Universidad Europea de Florencia, tuvo problemas similares al entrevistar a obreros italianos respecto del período fascista (1922-1943). En la Conferencia Internacional de Historia Oral celebrada en Gran Bretaña en 1979, presentó un trabajo seminal donde examinaba sus silencios, discrepancias, digresiones e incoherencias. Muchos de sus entrevistados prácticamente omitieron esos veinte años, limitándose a un par de menciones casuales. "No debemos negar las digresiones y discrepancias, pero nunca las comprenderemos si tomamos las fuentes orales como meras declaraciones fácticas -expresa hoy-. Debemos tomarlas como formas de cultura y testimonios del modo en que esas formas han cambiado con el tiempo."
En cuanto a historia oral, Estados Unidos fue el país pionero, pero el liderazgo pasó a Italia,quizás el país más políticamente polarizado de Europa. Por cierto, allí se comprende que cada uno tenga una versión distinta de la realidad y la historia. Portelli inicia su ensayo sobre la muerte de Trastulli transcribiendo varias versiones periodísticas que difieren radicalmente. "Los historiadores orales debemos hacer tres tareas simultáneas -explica-. La del historiador, procurando comprender lo ocurrido; la del antropólogo, comprendiendo el modo en que las personas cuentan sus historias, y la que consiste en ir y venir entre estos dos niveles."
En su último libro, L´ordine é già stato eseguito ("La orden ya ha sido ejecutada"), Portelli se esfuerza por demostrar que muchos relatos orales de la masacre de las Fosas Ardeatinas son absolutamente erróneos. Muchos creen que después de la emboscada en que murieron 33 soldados alemanes, los nazis lanzaron un ultimátum a los partisanos: si no se entregaban, ejecutarían a 10 civiles italianos por cada soldado alemán muerto. Al día siguiente del ataque, emitieron un boletín informando que la orden "ya había sido ejecutada". Sin embargo, varios mitos populares tienden a responsabilizar a los partisanos por la matanza. Según Portelli, se han extendido en estos últimos años en que el partido neofascista pugna por rehabilitarse.
Hoy día, la mayoría de los historiadores documentales aceptan plenamente que las técnicas orales constituyen una parte esencial de la investigación histórica del siglo XX. "Es un recurso extraordinariamente importante, pero el énfasis puesto en la memoria no debería hacernos olvidar su valor para la recopilación de evidencias", opina Natalie Zeamon Davis, de la Universidad de Toronto, que ha recurrido a las entrevistas para un proyecto sobre la Francia de Vichy, tema en que la documentación de archivo es escasa y, a menudo, poco confiable.

Detrás del muro
La apertura del antiguo bloque soviético dio nuevo impulso al renacimiento de la historia oral. Hasta hace poco, un tercio de la humanidad era básicamente inaccesible para los investigadores de afuera. Ahora, la Universidad de Indiana colabora en el lanzamiento de varios proyectos de historia oral en la ex Unión Soviética. David L. Ransel, director del Instituto para Rusia y Europa Oriental de esa universidad, admite que no todos sus colegas comparten su entusiasmo: "Una estudiante de posgrado dejó a su asesor porque éste se oponía a la inclusión de entrevistas orales en su tesis. Si algo no está en los archivos, no existe". El asesor de marras, Hiroaki Kuromiya, especialista en historia ucraniana, replica: "No recuerdo el incidente. Quizás haya dicho que algunos estudiantes de posgrado pueden carecer de las dotes críticas o del conocimiento del idioma ruso necesarios para interpretar ese tipo de información".
 
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel) 
Tomado del Diario La Nación, 19 de marzo de 2001.

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