jueves, 19 de mayo de 2011

La revolución egipcia. La lengua bífida del neoliberalismo, por Maya Mikdashi

Jadaliyya*

Traducción para Rebelión de Loles Oliván


Quiero empezar con la imagen de una protesta que tiene aspiraciones revolucionarias. Esta protesta está llena de gente de todas las edades que usan diferentes tipos de prendas de vestir y son de diferentes regiones de Líbano, Egipto o Túnez. Al igual que en todas las protestas que el Oriente Próximo árabe ha presenciado en 2011, se muestran diferentes pancartas y diferentes lemas, a menudo interrumpiéndose a sí mismos. Como en las protestas en Egipto y Túnez, se exhiben carteles reivindicando puestos de trabajo para los ciudadanos y exigiendo que se respeten sus “derechos humanos”. Entre la multitud hay incluso un cartel que conecta ambas reivindicaciones conjuntamente, el derecho a un trabajo, el derecho a la vida; los “derechos humanos” que deben amortiguar para el ciudadano los estragos del ajuste estructural impuesto por organismos internacionales de crédito. Muchos artículos sobre la revolución egipcia de 2011 se han centrado en cómo el levantamiento ha expuesto los fracasos de las políticas económicas del neoliberalismo y por ello, tal vez, los analistas prevén que las prácticas neoliberales en el Egipto post-Mubarak decaerán. Falta en este análisis una crítica a los múltiples registros de la ideología y de la práctica neoliberal. Esas prácticas discursivas que circulan engendran y son engendradas por una noción del sujeto a menudo descrito por los teóricos críticos como “liberal”; racional, autónomo, constituido legalmente, que exige derechos y persigue la libertad. Sugiero que cuando se analice la revolución egipcia se preste atención a las prácticas que relacionan al ciudadano (o al sujeto, de manera más amplia) y a la economía dentro del marco discursivo e ideológico más extenso del “neoliberalismo”. Cuando solo nos centramos en uno de estos dominios —el sujeto o el mercado— nos estamos sirviendo sin saberlo del propio neoliberalismo para criticarlo, y por tanto, lo volvemos a situar en el lugar hegemónico que tal discurso ocupa en la práctica de la vida actual.
Tal vez, con el fin de comprender el fenómeno sobre el que intento llamar la atención, sea mejor no abordarlo con términos excesivamente cargados como “neoliberalismo” o “liberalismo” o “capitalismo”. Sin que importe cómo se denomine ese marco más amplio, es innegable que las corporaciones internacionales de derechos humanos como Human Rights Watch son importantes organismos que actúan como agentes políticos en Egipto y en Líbano, por ejemplo. Del mismo modo, otros “organismos internacionales”, tales como el PNUD (véanse los Informes sobre Desarrollo Humano Árabe como ejemplos de esas recomendaciones de “sentido común”), el FMI y el Banco Mundial son actores activos en la reconfiguración de los mundos de la vida en toda la región. Tal reconfiguración no se produce únicamente a través del ajuste del mercado, sino también a través de las “recomendaciones” del Banco Mundial y del PNUD sobre las tasas “óptimas” de fertilidad, los sistemas de educación que se necesitan, y los tipos de estructura familiar (nuclear, urbana, de doble renta...) que se deben promover en nombre del desarrollo. Estas organizaciones y sus aliadas locales intervienen en una esfera económico-social interrelacionada y juegan un papel que condiciona a los sujetos respecto a los procesos del mercado mundial. Para decirlo sin rodeos, organizaciones como el Fondo Monetario Internacional y Human Rights Watch son aliados incómodos en un proyecto global e ideológico que da forma a las prácticas de la vida, de la economía y de la ciudadanía. Además, la proliferación de redes de ONG de capital local/global y las lenguas e instituciones que comportan traducen las cuestiones de justicia como cuestiones de derechos, traducción que vincula al ciudadano cada vez más íntimamente con el Estado. Así, la cuestión de la justicia económica se convierte en una cuestión de derechos económicos; la cuestión de la justicia de género se convierte en una cuestión de derechos de las mujeres y / o de los homosexuales, y la cuestión de la violencia se transforman en reivindicaciones de derechos corporales. En este marco, los Estados son los depositarios potenciales de las violaciones de los derechos humanos, sin embargo, sólo el Estado puede garantizar la reparación de esos mismos derechos. De ahí la paradoja de los informes de derechos humanos; tras páginas y páginas destacando cómo, por ejemplo, el Estado de Irán abusa de los derechos humanos de sus ciudadanos, hacia el final del informe se hacen “recomendaciones” al mismo autor de tales abusos. En estos informes, al Estado siempre se le pide que se transforme (o que reforme) de ser un violador de los derechos humanos en un defensor de los derechos humanos. El paso de la justicia a los derechos, según autores como Zizek y Fraser han señalado, es una característica del capitalismo tardío que despolitiza la desigualdad y postula al Estado como árbitro de dicha desigualdad. Por lo tanto, el Estado es “bueno” o “malo”, en función de lo bien que regule la vida de sus ciudadanos o, como algunos antropólogos han sugerido, dependiendo de lo bien que lleve a cabo el “buen gobierno”. La despolitización debe ser entendida como un proceso político que tiene como objetivo separar el desorden de la vida compartida en categorías tales como “cultura”, “gobierno”, “economía”, “vida personal” y, mi preferida:“sociedad civil”. Una vez separados en compartimentos nítidos e independientes, se nos dice que, como sujetos liberales-neoliberales que somos, nuestra implicación “política” comienza y acaba cuando participamos en elecciones “libres”, “justas” y “trasparentes”.
Si la revolución egipcia, fue, como otro escritor de Jadaliyya ha señalado, una revolución contra el neoliberalismo, fue también, de manera muy importante, una revolución neoliberal. Los estragos de la reestructuración del mercado fueron destacados por los valientes manifestantes que arriesgaban a diario sus vidas para desafiar al régimen. Sus reivindicaciones se expresaron en una gramática conocida para los sujetos neoliberales (o tardío liberales) de cualquier parte; fin de la corrupción, mayor transparencia, rendición de cuentas, y derechos de los ciudadanos. Los discursos sobre derechos humanos fueron invocados por los manifestantes, y las promesas de internet de socializar desde el anonimato y la razón incorpórea han sido puestas de relieve por muchos como un componente principal del éxito de las revoluciones. En lugar de exigir el fin de las prácticas del mercado neoliberal, los manifestantes exigieron la reforma de tales prácticas y garantías de que las oportunidades económicas serían compartidas más ampliamente. En última instancia, el jefe del régimen egipcio se vio obligado a dimitir. Hasta ahora, las instituciones del régimen no sólo se han mantenido sino que su tarea es adoptar el lenguaje de Human Rights Watch “reformándose” a sí mismas.
Volvamos a la imagen con que he iniciado esta línea de pensamiento. Una aspirante a revolucionaria en la plaza Tahrir antes de la expulsión de Mubarak. Porta una pancarta que asocia la corrupción de Husni Mubarak con su incapacidad para encontrar un trabajo que se merece como licenciada universitaria. Afirma que sus derechos económicos, políticos y corporales son violados a diario por un régimen corrupto e ineficiente. Su vecino puede llevar una pancarta que destaca el precio de 70 mil millones de dólares de la corrupción Husni Mubarak, indicando implícitamente que si no fuera por la corrupción rampante, esta ganancia inesperada del ajuste estructural se habría distribuido más equitativamente entre los ciudadanos egipcios. Como observadores, no debemos aplaudir demasiado rápido la derrota del neoliberalismo en Egipto. En su lugar, deberíamos hacer una pausa y pensar en la ironía de escuchar discursos neoliberal/liberales movilizados para criticar prácticas económicas neoliberales. Debemos insistir en la ironía de una revolución que ha sido apresada demasiado rápido por el lenguaje de la reforma. Debemos preguntarnos si un léxico de la revolución que engendra una transformación política radical (como la Revolución bolchevique o la Revolución Francesa) sigue siendo inteligible para un grupo amplio. Debemos preguntarnos si en el mundo de hoy habría sido posible hacer una revolución que no se expresase en el lenguaje de la reforma. Y debemos reconocer que cuando una revolucionaria formula sus reivindicaciones de cambio político y económico en una gramática de derechos y buen gobierno, está hablando en y a través de la lengua bífida del neoliberalismo.

*Maya Mikdashi  realiza su doctorado en el Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia y es co-directora de la película documental Sobre Bagdad. Es co-fundadora de Jadaliyya Ezine.
 
Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/1606/neoliberalisms-forked-tongue

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