lunes, 17 de diciembre de 2012

Realidades, mentiras y hechos, por Joseph Massad

Israel basa buena parte de su apoyo internacional en mentiras que presenta como “hechos”
Realidades, mentiras y hechos

Al-Jazeera

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

En 1991, comenzaron negociaciones oficiales y extraoficiales entre la Organización por la Liberación de Palestina (OLP) (y los palestinos asociados con ella) y el gobierno israelí. Entonces, Israel había ocupado Cisjordania (incluido Jerusalén Este) y la Franja de Gaza durante los 24 años anteriores. Actualmente, 20 años después, Israel y el presidente Obama insisten en que la única manera de llegar a la paz, y presumiblemente terminar la ocupación, es continuar con negociaciones. No está claro si lo que afirman Obama e Israel es que Israel necesita 24 años de negociaciones para terminar con sus 24 años de ocupación de tierra palestina, para que cuando termine la ocupación, haya durado 48 años.
Es, por cierto, la interpretación optimista de las posiciones de Israel y EE.UU.; la realidad de las negociaciones y de lo que apuntan a lograr es, sin embargo, mucho más insidiosa.
Las negociaciones se han basado en objetivos específicos para terminar con ciertos aspectos de la relación israelí con los palestinos, es decir algunas de las partes introducidas desde la guerra de 1967 y la ocupación, el comienzo de asentamiento colonial exclusivamente judío en esos territorios. Pero lo que siempre permanece al margen de las negociaciones es el núcleo mismo de la relación palestina-israelí que dicen a los palestinos que no pueden ser parte de ninguna negociación.
Esos temas cruciales excluidos incluyen lo que sucedió desde 1947-1948, incluida la expulsión de 760.000 palestinos, la destrucción de sus ciudades y pueblos, la confiscación y destrucción de su propiedad, la introducción de leyes discriminatorias que legalizan el privilegio racial, colonial y religioso judío, que niegan a los ciudadanos palestinos de Israel la igualdad de derechos y niegan el derecho al retorno de los refugiados.
Sin embargo, este núcleo, que los israelíes resumen como el derecho a existir de Israel, y el de que lo reconozcan como un Estado “judío”, es lo que invocan siempre los propios israelíes como fundamental para el comienzo y el fin exitoso de las negociaciones y que los palestinos, insisten los israelíes, se niegan a discutir.
Pero los temas centrales de la cuestión de la relación entre palestinos e israelíes siempre se han basado en las reivindicaciones históricas, geográficas y políticas del pueblo palestino y del movimiento sionista.
Mientras los palestinos siempre han basado sus afirmaciones en hechos verificables y verdades que han sido acordadas y reconocidas por la comunidad internacional, Israel siempre ha basado las suyas en hechos concretos en el terreno que ha creado por la fuerza y que la comunidad internacional solo ha reconocido retroactivamente como “legítimos”.
¿Cómo se puede entonces discriminar entre esas nociones en competencia de verdades y realidades por una parte, y hechos concretos en el terreno, por el otro?
Las verdades esenciales de EE.UU. y los planes israelíes fueron mejor articuladas el pasado mes en los discursos de Obama y del primer ministro israelí Netanyahu ante las Naciones Unidas (ONU) en respuesta a la solicitud de la OLP de reconocimiento de Palestina como Estado miembro de la ONU. En esa ocasión tanto Netanyahu como Obama invocaron lo que llamaron “verdades” y “hechos” para insistir en los hechos concretos de Israel en el terreno.
Como mostraré, su estrategia se ha estructurado para convertir los hechos concretos israelíes sobre el terreno de antónimos de verdades y hechos a sinónimos de esos términos.

martes, 6 de noviembre de 2012

Prefacio al libro Orientalismo, por Edward Said



Hace nueve años escribí un epílogo para Orientalismo, que -intentando clarificar lo que consideraba haber dicho y no dicho- enfatizaba no sólo las muchas discusiones abiertas desde que mi libro apareció en 1978, sino el curso de las crecientes malinterpretaciones de un trabajo en torno a las representaciones de "el Oriente".




Que hoy me sienta más irónico que irritado acerca de este hecho es un signo de la tanta edad que se ha colado a mi interior. Las muertes recientes de mis dos mentores principales, intelectual, política y personalmente -Eqbal Ahmad e Ibrahim Abu-Lughod-, me han traído tristeza y pérdida, pero también resignación y una cierta entereza para seguir adelante.

En Out of Place (Fuera de lugar), 1999, describía los extraños y contradictorios mundos en los que crecí, proporcionándome a mí y a mis lectores un recuento detallado de los ambientes que, pienso, me formaron en Palestina, Egipto y Líbano. Pero era un relato muy personal de todos esos años de mi involucramiento político -que comenzó después de la guerra árabe-israelí de 1967-, y se quedó corto.

Orientalismo es un libro atado a la dinámica tumultuosa de la historia contemporánea. Abre con una descripción, que data de 1975, de la guerra civil en Líbano, que terminó en 1990. Llegamos al fracaso en el proceso de paz de Oslo, al estallido de la segunda intifada, y el terrible sufrimiento de los palestinos de las reinvadidas franjas de Cisjordania y Gaza. La violencia y el horrible derramamiento de sangre continúan en este preciso instante. El fenómeno de los bombazos suicidas ha aparecido con todo el odioso daño que ocasionan, no más apocalíptico y siniestro que los sucesos del 11 de septiembre de 2001 con su secuela en las guerras contra Afganistán e Irak. Mientras escribo estas líneas continúa la ocupación imperial ilegal de Irak a manos de Gran Bretaña y Estados Unidos. Su estela es en verdad horrible de contemplar. Se dice que todo esto es parte de un supuesto choque de civilizaciones, interminable, implacable, irremediable. Yo, sin embargo, pienso que no es así.

martes, 2 de octubre de 2012

Foxconn y lucha de clases en China, por Rolando Astarita

En su edición de ayer (25/09/12) La Nación informa sobre el estallido de un fuerte
conflicto en la planta de 80.000 empleados que Foxconn posee en Taiyuan, China.
Ocurrió durante el fin de semana del 22 y 23 de septiembre, y dejó un saldo de 40
trabajadores heridos y varios detenidos. “Detrás del nuevo iPhone5, la furia de los
obreros chinos”, titula la periodista, Natalia Tobón, y escribe: “El esperado lanzamiento
del iPhone5 fue todo un éxito de ventas, pero un estallido de furia en una fábrica china
desnudó el lado más oscuro de los productos Apple”. Según Tobón, varios trabajadores
informaron a los medios chinos que un guardia de seguridad estaba golpeando a un
trabajador, y más de 200 compañeros salieron a defenderlo. El enfrentamiento con
el personal de seguridad habría durado unas cuatro horas. “La firma tiene un negro
historial de suicidios, denuncias laborales, pésimas condiciones sanitarias y mal pago
que motivan constantes protestas”, agrega. Lo sucedido en Foxconn se inscribe en
un contexto de creciente resistencia de la clase trabajadora de China a la explotación.
Vale la pena entonces ampliar un poco la información.






Explotación y suicidios

Con 1,2 millones de empleados en todo el mundo, Foxconn es el mayor fabricante
de componentes electrónicos. De origen taiwanés, en 1988 abrió su primera planta
en China, buscando bajar los costos, salariales en primer lugar. Desde entonces no
dejó de expandirse; actualmente es la mayor empleadora privada en China, y también
posee fábricas en Eslovaquia, Polonia, República Checa, India, México y Brasil,
además de Taiwan. En 2011 la empresa informó que estaba considerando realizar una
inversión en Brasil de 12.000 millones de dólares y también ampliar su inversión en
México. Solo en su planta china de Shenzhen trabajan unas 270.000 personas; incluye
dormitorios, negocios internos, restaurantes, hospital y lugares para hacer deportes.
Las denuncias sobre las condiciones de explotación en Foxconn tuvieron resonancia
mundial a partir de la ola de suicidios ocurrida en la planta de Shenzen, en 2010.
Ese año, 18 empleados intentaron suicidarse, y 14 lo lograron. Por entonces, los
trabajadores recién ingresados recibían el salario mínimo de 130 dólares, más
alojamiento y comida. Era más de lo que se pagaba en el resto de China, pero las
condiciones de trabajo eran extenuantes y muchos no resistían. Según The Economist
del 27/05/10, de manera regular los trabajadores de Foxconn están obligados a superar
las 36 horas semanales de horas extras que son permitidas como máximo en China.
De acuerdo a una investigación realizada por Apple, un tercio de los trabajadores de la
planta de Longhua excedía las 60 horas semanales. Pero las historias individuales de
algunos trabajadores son más reveladoras que las cifras globales. Tomemos el caso
de Ma Xiangpian. Ma tenía 19 años, provenía de una aldea campesina empobrecida,
y fue hallado muerto en frente de su edificio de dormitorios; compartía el dormitorio
con otros nueve trabajadores. Su hermana también trabajaba en la empresa, pero
renunció luego de la muerte de su hermano. La familia dice que Ma odiaba el trabajo,
que había tomado unos pocos meses antes. Se trataba de un turno de noche, de 11
horas, siete noches a la semana, fundiendo plásticos y metal en partes electrónicas,
entre humo y polvo. Luego de una discusión con su supervisor, Ma fue puesto a limpiar
baños. En el mes anterior a su muerte Ma trabajó 286 horas, incluyendo 112 horas de
sobretrabajo. Por todo eso, aún con la paga por trabajo extra, ganó un promedio de un
dólar por hora. Ma se suicidó y fue encontrado muerto el 23 de enero. La familia pidió
compensación a la empresa, pero ésta se negó (The New York Times, 6/6/2010).
Preocupada por la repercusión que habían tomado estas muertes, la empresa puso
una línea de asesoramiento y consuelo, contrató sicólogos y monjes budistas, y abrió
un centro para aliviar el stress, donde los trabajadores son invitados a golpear un saco
con una foto con la cara de su supervisor. También elevó los salarios, que son
empujados por una ola de protestas obreras en todo China. Pero las condiciones
laborales siguieron siendo de intensa explotación. En 2011 The Mail of Sunday, de
Inglaterra, envió periodistas a que entrevistaron trabajadores de la planta de Shenzen.
Aquí un testimonio: “Tenemos que trabajar demasiado duro y siempre estoy cansado.
Es como estar en el ejército. Nos hacen estar parados por horas. Si nos movemos, nos
castigan haciéndonos estar parados todavía más tiempo... Tenemos que trabajar sobre
tiempo si se nos dice y solo podemos volver a nuestros dormitorios cuando nuestro
encargado nos da permiso... Si nos piden que hagamos sobre tiempo, debemos
hacerlo. Después de trabajar 15 horas, hasta las 11,30 de la noche, nos sentimos tan
cansados”. Otros trabajadores dicen que entre los castigos figura hacer leer a los
trabajadores “autocríticas” en voz alta. Hay casos en que son presionados a trabajar
hasta 13 días seguidos. La rotación es muy alta, se considera entre el 30% y 40%,
porque la gente no aguanta, y sale de la empresa desmoralizada. Algunos trabajadores
dicen que se sienten como robots. Un trabajador decía que sentía que su vida está
vacía y que trabaja como una máquina. Una investigación realizada por Students &
Scholars Against Corporate Misbehaviour (Sacom) sostiene que en la empresa hay
condiciones de tipo militar donde los empleados están obligados a sentarse en líneas
exactas, trabajando intensamente, y no son autorizados a hablar. Los trabajadores,
sigue el informe, sienten el hostigamiento de los guardias y deben vivir en los
dormitorios de la empresa. En su nota, Tobón transcribe el testimonio de un periodista
chino que se infiltró en la planta de Taiyuan durante 10 días. Relata que trabajaban en
turnos de 12 horas, sin descanso. “Nos pedían que siguiéramos trabajando, pues la
línea de producción se basa en una cinta transportadora, y ninguno puede parar”.



Robots, arma del capital

En El Capital Marx sostiene que la máquina es un arma contra la clase obrera. “El
capital proclama y maneja, abierta y tendencialmente, a la maquinaria como potencia
hostil al obrero. La misma se convierte en el arma más poderosa para reprimir las
periódicas revueltas obreras, las strikes (huelgas), etc., dirigidas contra la autocracia
del capital” (t. 1, p. 530, Siglo XXI). En palabras de Ure, citado por Marx, con la
máquina se trata de “restablecer los legítimos derechos” de los capitalistas, imponiendo
la docilidad a la mano de obra rebelde.
La idea se aplica al siglo XXI. En agosto de 2011 diversos medios informaron del plan
de Foxconn de incrementar el número de robots que utiliza en sus líneas de producción
en China, de los actuales 10.000 a un millón para 2013. La “anticuada” tesis de Marx
reaparecía en los comentarios que acompañaban la noticia. Según Reuters: “La movida
de Foxconn evidencia una creciente tendencia hacia la automación entre las empresas
chinas en la medida en que cuestiones laborales, tales como huelgas de alto perfil y
suicidios de trabajadores afectan a las empresas en sectores que van desde autos a
tecnología”.
"Huelgas de alto perfil" y "suicidios de los trabajadores". La alternativa parece clara:
enfrentamos al capital, o la vida no es digna de ser vivida. Esta es la maravilla del
capitalismo chino (el carácter capitalista de China lo analizo aquí). Lo ocurrido en
Foxconn la semana pasada no es un hecho aislado. Hace poco más de un año, The
Economist del 31 de julio 2011 titulaba en tapa “The rising power of China`s workers”, y
decía: “La inquietud laboral en China es más común de lo que usted puede pensar. Las
cortes laborales trataron más de 280.000 disputas en 2008, de acuerdo a Outlook
Weekly, una revista oficial. Es difícil saber si la inquietud está creciendo, pero al menos
el gobierno parece pensar que sí. La misma fuente informa que las disputas en la
primera mitad de 2009 eran 30% más altas que un año antes. Guangdong, una
provincia preferida por las compañías extranjeras, sufrió al menos 36 huelgas entre el
25 de mayo y el 12 de julio, de acuerdo a China Daily, un periódico gubernamental”. La
nota apelaba a Marx para explicar el fenómeno. “Al concentrar a la gente en un lugar,
sostuvo Marx, las fábricas convierten a una multitud de extranjeros en una ‘clase’:
conscientes de sus intereses, unidos unos con otros, y contra el patrón”. Los
trabajadores de la costa “migraban desde todo el país, saltaban de una planta a otra, y
se retiraban a sus pueblos cuando los tiempos eran malos”. Pero los huelguistas de
empresas como Honda han cambiado, ya que tienen más educación que el trabajador
inmigrante rural promedio, y “también se entrenaron juntos, lo que puede haberles
dado el cemento social para organizar su protesta”.


Historia de un ascenso de luchas

Debería tenerse en cuenta que el ascenso de las luchas obreras se produce desde
hace años. En 2004, y según el Ministerio de Seguridad Pública, los incidentes y
demostraciones laborales habían sido 74.000, contra solo 10.000 una década antes,
y 58.000 en 2003 (The New York Times, 24/8/05). En los siguientes años continuó
incrementándose la conflictividad. Un hito fue la aprobación, en 2007, de la Ley de
Contrato Laboral. Es que en China hay unos 130 millones de trabajadores que son
emigrantes, y la mayoría no tenía contrato, y debía aceptar todas las condiciones
que les imponían las patronales. La ley reconoció el derecho de los trabajadores a
negociar su contrato por escrito, y estableció que fuera más difícil el despido. También
se votaron leyes para el arbitraje de disputas, la promoción del empleo y contra la
discriminación laboral. Esta legislación hizo a los trabajadores más conscientes de
sus derechos. Pero una vez aprobada, las empresas empezaron a eludir algunas de
sus disposiciones. El gobierno, por su parte, no puso empeño en hacerla cumplir,
ni dio poder a los trabajadores para que defiendan sus derechos sobre una base
colectiva. Los gobiernos locales raramente se ocupan en hacer cumplir la ley, en
especial cuando entra en conflicto con sus intereses locales. La central sindical de toda
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Rolando Astarita Foxconn y lucha de clases en China
China, ACFTU (su sigla en inglés), tampoco puso empeño. En 2008 seguía habiendo
muchas violaciones a los derechos de los trabajadores. Por ejemplo, un estudio en
Shenzhen demostró que 26,6% de los trabajadores no tenían contratos, y que 28% de
los contratos ofrecían menores salarios que el mínimo legal. Casi dos tercios de los
trabajadores entrevistados dijeron que debían trabajar más de las horas estipuladas en
los contratos. De acuerdo al Ministro de Recursos Humanos de China, en 2008 unos
15,6 millones de trabajadores no tenían contratos.
Esta situación alimentó la conflictividad. Luego de la aprobación de la Ley de
Contrato Laboral, las disputas se incrementaron, llegando a fin de 2007 a 693.000, e
involucrando 1,2 millones de obreros. Los comités de arbitraje de disputas laborales
aceptaron 350.000 casos, un aumento del 10,3% con respecto a 2006; comprendían
en total 650.000 obreros. En muchos conflictos los trabajadores organizaron huelgas y
protestas, pidiendo la intervención del gobierno; la mayoría de las veces tuvieron éxito.
Los conductores de taxis hicieron huelga, y en decenas de ciudades obligaron a los
gobiernos locales a recortar las tasas excesivas que imponían las empresas de taxis.
En Dongguan, en el centro de la China manufacturera, miles de obreros despedidos
de las fábricas aseguraron los pagos de sus salarios atrasados, luego de grandes
manifestaciones frente al edificio municipal. Es importante destacar también que en
casi todas estas manifestaciones estuvo ausente la Federación de Sindicatos de Toda
China (All-China Federation of Trade Unions ACFTU), el único sindicato legal, es visto
por la mayoría de los trabajadores como irrelevante para sus necesidades, y por lo
tanto crecientemente toman las cosas en sus manos.



Durante la recesión, y después

La conflictividad continuó en 2008. De enero a septiembre las protestas por atrasos
en los salarios comprendieron aproximadamente la mitad de los conflictos tratados
oficialmente en Guangdong. En Dongguan, los incidentes de esta tipo en los cuales
los trabajadores bloquearon caminos principales, representaron el 40,5% del total. En
la última parte de 2008, y en 2009, la crisis se hizo sentir con fuerza. En las ciudades
costeras, cerraron unas 670.000 empresas, que empleaban trabajo intensivo. Como
consecuencia, 25 millones de trabajadores emigrantes perdieron sus empleos; a esto
se agregaban los seis o siete millones de recién graduados que buscaban empleo
por primera vez. Muchos trabajadores eran despedidos sin indemnizaciones, y los
contratos laborales se convirtieron en letra muerta. Las empresas argumentaban
que por la crisis no podían respetarlos. Muchas empresas redujeron bonificaciones,
congelaron los salarios o los “flexibilizaron”, no pagaban las vacaciones, y algunas
dejaron de pagar a la seguridad social. Según un estudio (Su Hainan), entre la segunda
mitad de 2008 y la primera de 2009, los salarios en las empresas con orientación
exportadora, de tamaño mediano o pequeño, fueron reducidos entre el 20 y 30%. El
Gobierno, a su vez, congeló los salarios mínimos en noviembre de 2008. Algunos
Gobiernos provinciales contribuyeron con el capital introduciendo el sistema “de tres
flexibilidades”: utilización flexible de los trabajadores; flexibilidad en las horas de
trabajo; y salarios flexibles.
A pesar del aumento de la desocupación, la conflictividad se mantuvo, e incluso
pudo haber aumentado. En la primera mitad de 2009 se habían aceptado 170.000
casos de conflictos laborales en tribunales, un incremento del 30% con respecto al
mismo período del año anterior. Muchos obreros industriales participaron en protestas
de masas. En abril, más de 1000 obreros de una fábrica textil, en Baoding, Hebei,
organizaron una marcha hacia la capital; en julio, trabajadores de la fábrica Wuhan
realizaron tres bloqueos de caminos; en agosto, en una empresa siderúrgica, un
directivo fue tenido cautivo por 90 horas; en noviembre, trabajadores de una empresa
de maquinarias en Chongging fueron la huelga.
Con la recuperación económica, que se produjo a partir del segundo trimestre de 2009,
los conflictos tomaron un carácter más ofensivo. La clase obrera buscó recuperar el
terreno perdido con la crisis. China Daily, un diario del gobierno, informaba que solo
entre el 25 de mayo y el 12 de julio de 2010, había habido al menos 36 huelgas en a
provincia de Guangdong, donde están radicadas muchas empresas multinacionales
(The Economist, 31/07/10). Los trabajadores exigían salarios mejores salarios y
condiciones laborales; y en algunos casos, el derecho a formar un sindicato propio.
En una importante huelga en la planta de Foshan de Honda, en 2011, los trabajadores
formaron una organización separada del sindicato oficial, que eligió delegados de
forma independiente para negociar con la dirección de la empresa. El éxito de los
trabajadores de esta planta incitó a otros obreros de las plantas de Honda a encarar
acciones, demandando las mismas condiciones que en Foshan. Se consiguieron
importantes aumentos, del 30%, y en alguna de las plantas proveedoras, de hasta el
47%.
Por otra parte, en varias ciudades los salarios mínimos fueron aumentados un 20%.
Las autoridades se ven obligadas a tener una actitud más conciliadora hacia las
protestas obreras. De todas maneras los líderes obreros todavía son hostigados y
detenidos; y no existe el derecho de huelga, o la libertad de asociación. Las conquistas
laborales generan ánimo, y crean plataformas para nuevas luchas, como sucedió con la
ley de del contrato laboral.
Naturalmente, los economistas dicen que las subas de salarios están erosionando la
competividad de las empresas chinas. Según Dong Tao, economista en jefe del Credit
Suisse de la región, los salarios de los trabajadores migrantes de Foxconn aumentaron
entre un 30 y 40% en 2010, y esperaba que crecieran entre el 20 y 30% anualmente
al menos hasta 2013 (Financial Times, 1/08/11). De ahí el programa de incrementar la
robotización.







En conclusión, en China estamos asistiendo a un proceso que en sus líneas
tendenciales ya era descripto por Marx y Engels a mediados del siglo pasado: “El
progreso de la industria, cuyo agente involuntario y pasivo es la burguesía, sustituye,
con la unificación revolucionaria de los obreros por la asociación, su aislamiento
provocado por la competencia. Al desarrollarse la gran industria, pues, la burguesía,
por consiguiente, produce sus propios enterradores” (El Manifiesto Comunista). No es
casual que The Economist, con su habitual instinto de clase, cite a Marx. Retengamos
la importancia del hecho: doscientos trabajadores de Foxconn salieron a defender a
un compañero, abusado por la patronal. Esto se llama lucha de clases. Es el conflicto
entre el capital y el trabajo, en su manera más pura y directa. Es el producto genuino
del modo de producción capitalista. En medio de tanto cinismo burgués, de tanta
adaptación al “establishment”, de tanto cortesano y de tanta obsecuencia, no puede
haber mejor noticia para los socialistas. En una próxima nota me propongo examinar
otro aspecto de este combate: el cuestionamiento y la crítica al trabajo alienado, e
inhumano, bajo el modo de producción capitalista.

Rolando Astarita
Buenos Aires, 2012
http://rolandoastarita.wordpress.com/

lunes, 1 de octubre de 2012

El trasfondo económico de la disputa chino-japonesa, por Yukon Huang

Financial Times

Las protestas antijaponesas en China en relación a la disputa de las islas Senkaku/Diaoyu se han ido apagando gradualmente. Pero si tenemos en cuenta que sigue habiendo en la zona buques taiwaneses y chinos en busca de problemas, y que es probable que se produzcan más provocaciones, bastará cualquier roce para que los ánimos se enciendan de nuevo.
Ni los líderes chinos ni los japoneses se encuentran en este momento en buena posición para manejar una confrontación prolongada, dadas las presiones que reciben para revivir sus respectivas economías. Políticamente, ambos bandos no pueden permitirse distracciones en un momento en que Beijing trata de poner fin a un complejo proceso de traspaso de poderes que tiene lugar una vez por década, mientras que en Tokyo la escena política es confusa, pues se están preparando unas nuevas elecciones. Ninguno de los dos bandos tampoco puede permitirse dar la imagen de estar dejándose influir por presiones nacionalistas.
Los más ecuánimes en China y Japón comprenden que hay mucho que ganar en fomentar vínculos económicos más estrechos y en enfriar la tensión. Ambos bandos pueden recurrir a un olvido benevolente para posponer cuestiones con una fuerte carga emocional hasta que los sentimientos permitan un descenso de la animosidad. Este es un método que la China continental y Taiwan han empleado con cierto éxito los últimos años.
Está claro que tanto China como Japón saldrían perdiendo si la disputa acaba provocando una ruptura de relaciones que interrumpa la producción y provoque boicots. El comercio bilateral entre ambos países se ha triplicado durante la última década, hasta llegar a superar los 340.000 millones de dólares. Hoy, China es el mayor mercado de exportación para el Japón, y durante los últimos años las inversiones japonesas han llegado a duplicar las de EE.UU. y Corea del Sur. Parece obvio que ambos bandos tienen más que perder si interrumpen sus relaciones económicas de lo que podrían ganar controlando unas pocas islas sin importancia. Pero si prevalece la retórica combativa y los gestos políticos ostentosos, entonces el cálculo económico podría pasar de cómo proteger el beneficio mutuo a evaluar qué bando quedará más dañado en caso de recurrir a represalias económicas.
Japón tiene una presencia económica mucho más importante en el mercado doméstico chino que viceversa. Las cadenas de restaurantes japoneses son bastante populares y sus tiendas minoristas venden de todo a los chinos, desde coches a aparatos electrónicos; no obstante, muchos consumidores chinos no considerarían un sacrificio excesivo cambiarse a otras marcas europeas o del resto de Asia. En este aspecto, Japón podría ser más vulnerable a una interrupción del comercio o a un boicot. No obstante, China también acabaría perdiendo –la mayoría de esos bienes son producidos por compañías de propiedad china con trabajadores y materias primas locales- por lo que los efectos secundarios también se cobrarían su tributo sobre los intereses chinos.
Las consecuencias más importantes, en términos de impacto sobre el crecimiento, afectarían a la complementariedad entre los dos países en la red productiva de Asia Oriental. China, en su condición de planta de producción del mundo, puede que sea el rostro visible de esta red, pero la mayor parte de los componentes sofisticados que son montados en sus cadenas de procesamiento tienen su origen en el Japón. Por otra parte, China se ha beneficiado largamente de los puestos de trabajo generados por las industrias orientadas a la exportación. Y tanto China como Japón han prosperado debido a que esa organización explota las ventajas relativas de ambos, las cuales les han permitido especializarse y conseguir economías de escala. El gran superávit comercial de China con occidente, en parte provocado por esta estructura en red, ha fomentado considerables tensiones con los EE.UU. Pero a menudo se pasa por alto que Japón se lleva en forma de valor añadido una gran parte de este superávit comercial.
Resulta más complicado evaluar los costes relativos si la red de producción queda supeditada a la disputa por las islas, porque también están implicados otros países cuyos roles están cambiando. China tiene cada vez más capacidad de operar tanto en los niveles altos como en los bajos del espectro tecnológico. En el pasado, su abundancia de mano de obra y su relativo atraso tecnológico, le otorgaba mayor ventaja en sectores que requerían mucha mano de obra. Pero costes salariales en rápido aumento, la apreciación del renminbi y una mano de obra en disminución le ha empujado a competir en el extremo más elevado de la cadena de valor. Gracias a una agresiva mejora de su capacidad tecnológica y de una solidificación de su infraestructura, China ha reforzado su posición en líneas de producción que requieren trabajo más cualificado.
Aspectos como el aumento de los costes del transporte y las complejidades de una red de suministro dispersa están también animando a firmas que anteriormente traían componentes del extranjero a integrar más su producción dentro de las fronteras chinas. A medida que compañías chinas altamente tecnificadas, como Huawei, se van expandiendo, sus vínculos locales se han ido profundizando. Durante la pasada década, las importaciones y exportaciones asociadas a la industria de procesamiento han caído aproximadamente diez puntos porcentuales dentro del total a medida que la producción se ha ido integrando dentro de China. El resultado final es que existen fuerzas que están empujando a China a convertirse más en un competidor con Japón dentro de la red de producción que en un socio complementario.
Consideraciones regionales, tanto económicas como comerciales, también influyen en los cálculos. Ambos países compiten por el acceso a recursos, desde hidrocarburos a metales base. La tensión bilateral crece cada vez que se cierra un acuerdo, como por ejemplo cuando se determina la ruta para el oleoducto ruso que suministra a Asia o cuando se conceden contratos de extracción minera en Myanmar. En tanto que economía madura, el crecimiento de Japón depende menos de los recursos que el de China. Pero su vulnerabilidad no es menor, si consideramos factores especiales como la posición cuasi-mopolística de China en la producción de tierras raras, las cuales son vitales para las más sofisticadas líneas de producción del Japón.
También es importante la forma en que ambos bandos administran unos acuerdos comerciales cargados de implicaciones políticas. Japón podría considerar que uniéndose a la Asociación Trans Pacífica se acercaría a un bloque de comercio liderado por América que serviría de barrera contra el creciente complejo económico chino. Pero esto, combinado con el „giro“ americano hacia Asia, podría confirmar la dudas de los chinos partidarios de la línea dura, los cuales podrían sospechar que todo esto formaría parte de una política de „contención“, y que unos vínculos económicos más fuertes con Japón podrían no valer la pena.
Todo esto nos recuerda que disputas aparentemente menores pero altamente emotivas pueden acabar desencadenando acciones que tengan consecuencias negativas de gran alcance para todos. Ambos bandos necesitan relegar esta disputa a un lugar secundario, que es donde debería estar.
Fuente: http://www.carnegieendowment.org/2012/09/24/economics-behind-china-japan-dispute/dwc6
Traducido para Eurasianhub por el historiador Javier Romero

Tomado de Rebelion.org, con fecha 1 de octubre de 2012.-

domingo, 15 de julio de 2012

La desaceleración de la economía argentina, por Rolando Astarita


En un discurso emitido por cadena nacional, la presidenta CK criticó a los que hablan de desaceleración de la economía argentina. En esta nota sintetizo algunos datos sobre la coyuntura, que parecen desmentir a la presidenta.
En este gráfico puede verse la variación porcentual del estimador mensual de actividad con respecto a igual mes del año anterior; es de mayo de 2011 a abril de 2012.
En el siguiente gráfico, y también con datos del Indec, las variaciones del estimador mensual industrial, desde mayo de 2011 a mayo de 2012.
Otros datos:
El consumo, una de las variables más dinámicas del crecimiento en la última década, se está desacelerando. En mayo tuvo una variación interanual del 1,6%, según Copal (Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios). En el primer cuatrimestre del año la producción de alimentos y bebidas aumentó 1,3% con respecto a igual período del año anterior. Pero en abril hubo una caída del 1,8%.
Según el Indec, las ventas de los Centros de Compras (shopping centers) en mayo de 2012 se contrajeron 2,9% con respecto al mismo mes de 2011 (a precios constantes y desestacionalizada). Las ventas de los supermercados cayeron 1,1% para el mismo período.
Según Adefa, la cámara que agrupa a las fábricas de automóviles, en el primer semestre de 2012, las ventas a concesionarios disminuyeron 1,9% con respecto a igual período de 2011. Hubo reducción de producción (60.500 unidades) debido principalmente a la caída de las exportaciones a Brasil.
De acuerdo a la Cámara Argentina de Acero, la producción de acero crudo en mayo de 2012 fue 7,5% menor que la de mayo de 2011. La producción acumulada en los primeros 5 meses del año fue solo un 1,7% superior a igual período del año pasado. La producción de laminados en caliente cayó 2,7% en los primeros 5 meses, y la de laminados en frío 2,6%.
Según el Iaraf (Instituto Argentino de Análisis Fiscal), el Indicador Sintético de Actividad de la Construcción presentaba a mayo una caída anual del 1,68%; los despachos de cemento a junio cayeron en términos interanuales un 4,6%. Según la Cámara Inmobiliaria Argentina, los permisos de nuevas construcciones bajaron un 68% en el primer semestre de este año, con relación a igual período de 2011. El índice Construya, que mide la actividad de las empresas líderes de la construcción, muestra tendencia declinante (aunque con un repunte en junio). En este gráfico presentamos la variación anual acumulada desde mayo de 2011 a junio de 2012
Los datos sobre la inversión son contradictorios. Según el ministerio de Industria, la inversión sigue a toda marcha, boyante. Según consultoras privadas, habría caído fuertemente; Orlando Ferreres y Asociados dice que en abril cayó un 16,3% con respecto a abril de 2011. Tal vez la verdad esté en algún punto más intermedio. En cualquier caso, desde el propio gobierno se ha manifestado en más de una oportunidad la preocupación por la debilidad de la inversión; y las importaciones de bienes de capital se han derrumbado.
Varias producciones regionales están siendo afectadas por caída de exportaciones. Según Copal las exportaciones de los llamados “frutos comestibles” cayeron, de enero a mayo, un 26% en comparación con igual período del año pasado (el caso de las aceitunas Nocete). Las exportaciones de limones, naranjas, pomelos y mandarinas pasó de 660.000 toneladas en 2006 a 502.000 en 2011.
Solo en parte esta caída puede explicarse por la crisis mundial, o la desaceleración de la economía brasileña. En lo que respecta a la industria de la carne, en los dos últimos años cerraron 120 plantas frigoríficas, sobre un total de 550 existentes en el país, y se destruyeron 13.200 puestos de trabajo sobre un total de 32.000.
También disminuyeron las entradas por turismo. De acuerdo a la consultora Ecolatina, en los primeros tres meses del año, y por primera vez desde 2002, la salida de dólares por turismo superó al ingreso. Salieron 1345 millones, y entraron 860 millones de dólares. Según el Indec, en los primeros cinco meses de 2012 la recepción de turistas cayó 2,4% y la salida de argentinos aumentó 17,6%.
En lo que respecta al empleo, si bien la desocupación no aumentó significativamente, están cayendo las horas extras, y el índice de desempleo tiende a empeorar. En el primer trimestre de 2012 la desocupación es del 7,1%. Es menor que el 7,4% del primer trimestre de 2011, pero más alta que el 6,7% del cuarto trimestre de 2011.
A pesar del superávit comercial, las reservas internacionales se mantienen en torno a los 46.000 millones de dólares. La fuga de capitales se ha frenado, pero no se ha superado.
Contra lo que dicen los defensores del gobierno, está en marcha un ajuste. En la medida en que no se actualizan los mínimos no imponibles del impuesto a las ganancias, los aumentos salariales de una franja muy importante de trabajadores son claramente menores al índice de inflación. También hay baja salarial cuando los aguinaldos se pagan de manera escalonada; y esto no sucede solo en la provincia de Buenos Aires. Por otra parte, en muchas provincias se está paralizando la obra pública por falta de fondos. Y se reducen, en términos reales, las partidas presupuestarias a nivel nacional. La partida destinada al Anses aumentó de 2011 a 2012 el 21,1%; la del ministerio de Desarrollo Social el 17,3%; Educación el 13,2%; Salud el 16,9%; Ciencia y Tecnología 12,2% (fundación Adenauer, reproducido en La Nación, 10/09/12). La inflación está bien por arriba del 25%. Debe observarse entonces que el ajuste es pro-cíclico. Algo extraño para un gobierno que se precia de ser “keynesiano”. Naturalmente, los anuncios de planes de vivienda, o de nueva política de créditos para las empresas, por sí mismos no pueden revertir el debilitamiento de la demanda.
Si bien no sabemos si ya hay caída del PBI (el Indec ha estado inflando este índice), con estos datos a la vista es difícil negar que hay una desaceleración de la economía. Los defensores del gobierno K que admiten que está ocurriendo, enfatizan que todo se debe a la crisis mundial. Pero con igual énfasis, hasta hace poco nos explicaban que Argentina crecía por sus propias fuerzas, y estaba blindada frente a la crisis externa, gracias al “modelo productivo con inclusión social”. Mi opinión es que se están poniendo en evidencia las debilidades profundas del crecimiento que hubo a partir de 2002. Una cuestión que he planteado en otras notas, y sobre la que volveré.
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La desaceleración de la economía en Argentina

Tomado del Blog personal de Rolando Astarita, reproducido con los criterios de publicación de Copyleft 

Lista de espera, excelente película cubana sobre el sueño común del socialismo

Haz clic aquí para ver la película

Una refrescante comedia que muestra como pueden cambiar las personas y transformarse sus puntos de vista, miedos y potencialidades cuando se embarcan en una dinámica comunitaria, sólo Cuba puede producir y pensar esta maravillosa obra, sólo Cuba por ahora..

jueves, 7 de junio de 2012

La relevancia del debate económico. La fantasía de la corrupción.

NUEVAS ZONCERAS ECONOMICAS › LA DESIGUAL DISTRIBUCION DEL INGRESO

“La economía es la ciencia de la escasez”

Por Carlos Andujar * y Ruben Telechea **
 
Eficiencia y escasez son los conceptos estructurantes a partir de los cuales se construyó el universo neoclásico (y neoliberal en la actualidad), imponiendo como único Dios de la eficiencia al mercado y como límite de las posibilidades a la escasez. Pensar que el problema de la economía es la escasez es una zoncera que precisamente no fue creada por zonzos, sino que tuvo y tiene la intención de hacer de la economía una ciencia neutral y universal, donde los sujetos sociales, la historia, la política y la ideología no tienen lugar. Si el problema es la escasez serán criterios “científicos y técnicos” los que hegemonicen todas las miradas. Si el problema es la escasez se habrá encontrado, en última instancia, una justificación para las desigualdades sociales. La escasez tiene la fuerza de lo inevitable y la claridad de lo evidente y en ello fundamenta su poder de hegemonizar los discursos académicos y los que no lo son. La categoría de escasez y los conceptos y significados que de ella derivan serán los únicos habilitados para pensar, nombrar y darle sentido a la “realidad”.
Sólo la ceguera provocada por esta zoncera impide ver lo realmente evidente, lo que gracias a ella naturalizamos. Y lo evidente es que el problema económico fundamental no es la escasez.
Cómo pensar en ella en un mundo en el que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura informó que en 2008 se produjo la segunda mayor cosecha de la historia. Ese mismo año, y según Acción Internacional, cinco millones de niños murieron de hambre. Está demostrado que el planeta puede producir alimentos para una población mayor que la actual. Sin embargo, 1020 millones de personas sufren hambre. Un mundo en el cual los altos ejecutivos de grandes empresas ganan en una relación de 1700 a 1 comparados con los sueldos mínimos, y de 344 a 1 en relación con los sueldos promedio de la economía.
Un mundo en el que el 20 por ciento más rico de la población mundial tiene más del 80 por ciento del Producto Bruto, las exportaciones, las inversiones y más del 90 por ciento del crédito. El 20 por ciento más pobre, menos del 1 por ciento. La “desigualdad en la distribución de los ingresos” pasó de 30 a 1 en 1960, a 74 a 1 en 1997.
El problema de la ciencia económica son las relaciones sociales de producción que provocan y amplían, año tras año, tal desigualdad. Es sobre ellas y no sobre la escasez donde la producción de conocimiento económico tiene que poner todos sus esfuerzos. La utopía neoliberal muestra una economía sin política ni historia. Una política sin lucha ni conflicto y una historia sin ideología. En definitiva, intenta imponer el pensamiento único como hegemónico, en el sentido de saturar conciencias y percepciones de la realidad. Como menciona Eduardo Galeano, “la derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin; la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambriento (...) La historia (y la economía política) es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será”.
Debemos acercarnos a la economía de modo intencionado, comprometido, de modo no neutral, porque en definitiva no existe nada neutral

* Docente UNLZ.
** Docente UNLZ y UNQ - rtelechea@gmail.com

 Corrupción y denuncismo

Por Claudio Scaletta

En tanto la corrupción trata del desvío de parte del excedente económico en el momento de la circulación, no puede ser más que un tema económico. El equívoco de situarla en otro lado proviene de su constante utilización en el ámbito del discurso político.
Cuando se recorre el discurso opositor, pareciera que el único reproche para la actual administración es la corrupción. El periodismo que necesita llamarse a sí mismo independiente hace grandes esfuerzos cotidianos para dejar en evidencia la extraordinaria corrupción que, insisten, llegaría hasta el último recodo del Gobierno.
Según enseñan los textos canónicos, el periodismo tiene entre sus funciones mostrar aquello que el poder no quiere que se muestre. Resulta notable, sin embargo, que este periodismo jamás enfoque lo que el poder económico no quiere mostrar. A modo de ejemplo, sobran los programas “de investigación” que escrachan con cámaras ocultas a virtuales ladrones de gallinas.
Buena parte de este periodismo tuvo sus años de formación, su génesis, durante la década del ’90. Es lógico que así sea. Los años de auge del neoliberalismo fueron una etapa de corrupción estructural, un momento en que los objetivos políticos de desarmar al controlador, el Estado, coincidieron con los económicos; apropiarse de los restos del patrimonio público en un marco de endeudamiento permanente.
Pero la crítica de esta prensa, salvo honrosas excepciones, nunca apuntó a la corrupción estructural, sino a la coyuntural; a los negociados de la hora de algún que otro funcionario. Este señalamiento no significa que no deban investigarse los negociados, sino que éste no puede ser el único objetivo del periodismo y, mucho menos, patente de independencia. Luego, la situación de la economía, el crecimiento y el desarrollo suelen ser cuestiones bastante separadas de la “corrupción normal del capitalismo democrático”. Contraejemplo: durante toda la revolución industrial japonesa de posguerra, etapa que llevó a esta economía a los primeros lugares del mundo y que transformó las maneras de producir del capitalismo, el sistema político japonés se mantuvo controlado por la Yakuza, la secular mafia de ese país. De nuevo, no quiere decir que esté bien que la economía de un país sea controlada por una mafia, sino que no debe confundirse una cosa con otra. El citado grado de “corrupción normal del capitalismo democrático” lo brindó en la Argentina el “Swiftgate”. La embajada estadounidense se quejó recién cuando el funcionario venal se pasó de la raya del “retorno”.
Observando los resultados sociales del denuncismo, resulta paradigmático que de la potente crítica mediática y social al menemismo haya surgido otro gobierno neoliberal, el de la Alianza. Todo el enojo de “la gente”, ese desagradable indeterminado policlasista de la época, se canalizó contra “la corrupción” y no contra las ideas que sustentaron el modelo de desguace del Estado y desindustrialización. La prensa fue el vehículo que ayudó a las mayorías a creer que el problema era de prolijidad, no de política económica. El costo, que no dio lugar a la autocrítica, fue la profundización de la recesión y la posterior crisis de 2001-2002.
Si se analiza el discurso opositor del presente se encuentran algunos paralelismos con el pasado, pero el panorama es radicalmente diferente. Efectivamente, la principal crítica que se hace al Gobierno es la de corrupción. Luego, la idea de corrupción también reemplaza a la crítica de las ideas. El lector puede probarlo con un test: Identifique a cualquier conspicuo opositor conocido y pregúntele por sus razones. Encontrará un odio preciso en sus destinatarios, pero impreciso en sus contenidos.
Las diferencias del presente residen también en los sujetos que ejercen la crítica y en sus fines. El periodismo crítico de los ’90 fue un proceso histórico que renovó las formas de hacer periodismo. Quizá con el diario de ayer resulte fácil reprocharles el desvío denuncista, pero fue un proceso genuino. El periodismo sedicente independiente de hoy es una parodia del de ayer. Incluso en sus personajes. Se centra en la idea de corrupción a sabiendas de eludir la discusión de ideas, políticas y económicas. Igual que ayer, la derecha política sabe que si confiesa abiertamente su modelo de país, sería indigerible incluso para parte de las minorías que la apoyan.
El paradigma de que todo se hace por “la caja”, como un asalto permanente a cualquier fuente de recursos, fracasó por la potencia de los resultados y sus números. Como quedó claro en las últimas elecciones, también porque los votantes descubrieron la trampa. Seguir contestando frente a cada idea y cada acción de gobierno: “son corruptos” es, una vez más, la negación del debate político.

jaius@yahoo.com.

Artículos tomados del suplemento Cash del Diario Página 12 del domingo 3 de junio de 2012.-

lunes, 7 de mayo de 2012

Cambios en China, por Marcelo Justo


DESAFIOS ECONOMICOS Y RECLAMOS DE MEJORAS SOCIALES
 
El gobierno chino elegirá al sucesor del presidente Hu Jintao, y en ese proceso se define también el rumbo de la economía del gigante asiático. Existen tensiones entre un ala política liberal y otra heterodoxa.

Desde Londres

Con 30 años de reforma pro-capitalista sobre sus espaldas, China está en una encrucijada a pocos meses de la elección del sucesor del presidente Hu Jintao. El gobierno ha bajado la tasa de crecimiento de este año a un 7,5 por ciento, el modelo exportador basado en la mano de obra barata está agotado y es imposible ignorar la deuda social con una nueva generación que no acepta el sacrificio a futuro con la docilidad de sus padres. En este marco, el ala liberal del PC Chino ha avanzado en dos frentes. Un reciente documento de más de 400 páginas publicado por el Banco Mundial y por el influyente Development Research Centre, think tank chino que reporta directamente al Consejo del Estado, es la hoja de ruta. El eje de la propuesta es que China tiene que completar su transformación en una “economía de mercado” plena para evitar la típica trampa de países en desarrollo, como Brasil y Argentina, que no logran dar el salto hacia el status de nación desarrollada y de altos ingresos como lo lograron Corea del Sur o Japón. La contraparte de esta estrategia económica ha sido la eliminación política de su principal escollo, el hoy ex secretario general de la megametrópolis de Chongqing, Bo Xilai.


Ese documento propone seis pasos fundamentales. La clave es el primero: China necesita una profunda reforma de las empresas del Estado que “abarcan el 50 por ciento de su economía”. La importancia del sector estatal en el “milagro chino” es incuestionable. El sector bancario está enteramente dominado por el Estado. La política de “grandes campeones” empresariales que China copió en los ’90 de otros países asiáticos –Japón, Corea del Sur, Taiwán– ha producido multinacionales gigantes, como China Mobile o China National Petroleum Corporation. Según el semanario británico The Economist, las 129 compañías estatales más importantes de China ganaron unos 150 mil millones de dólares en 2010, 50 por ciento más que el año previo. En el terreno de la infraestructura, la China State Construction Engineering Corporation tiene más de 5000 proyectos a su cargo en más de cien países con ganancias que superaron los 20 mil millones de dólares en 2009. La Sinohydro controla más de la mitad del mercado para la construcción de estaciones hidroeléctricas.
Klaus Rohland, director del Banco Mundial en China, sugiere que para que el país concrete el salto al mundo desarrollado debería reducir significativamente este número de compañías estatales mediante “la privatización y la venta”. “Creemos que esta presencia no se justifica con el concepto de sectores estratégicos que necesitan permanecer en manos del Estado. Lo mínimo que se necesita es que esas compañías se abran a la competencia”, señaló Rohland a China Daily.
Esta estrategia está en los antípodas de la que promovía el ex secretario general de Chonqing. Bo Xilai buscaba fortificar el rol del Estado y forjar una alianza con el capital extranjero para, por medio del crecimiento económico y la inversión, generar los fondos necesarios para garantizar vivienda, salud y educación para todos, una utopía en la China de hoy. En el “modelo Chonqing”, el Estado se hacía presente no sólo para canalizar los dividendos del crecimiento hacia el bienestar social, sino en el mismo sistema financiero y productivo.
La receta privatizadora del Banco Mundial ha generado polémica en China y también en Occidente. Las otras propuestas del documento son mucho menos controvertidas. Ni los liberales ni la nueva izquierda china objetan la necesidad de mejorar la salud y la educación, modernizar el sistema fiscal, acelerar la innovación tecnológica o la adopción de una política económica más verde. Son principios generales, incluso con algunos comentarios “progresistas” para demostrar la voluntad del Banco Mundial de combatir la pobreza, apuntando que China se ha convertido en el país más desigual de Asia.
La desigualdad es una asignatura de la transformación pro-capitalista china. Por eso el gobierno central no publica el coeficiente Gini desde 2000 debido a presuntos problemas en la metodología de recolección de datos. Ese coeficiente que mide la desigualdad se ha ensanchado desde el comienzo de las reformas de Deng Xiao Ping en los ’80 hasta la fecha. Una clara señal de los modelos en pugna era la promesa de Bo Xilai de publicar el coeficiente Gini de Chonqing para demostrar que su modelo era capaz de lidiar con la desigualdad y podía servir para el resto de China.
¿Su defenestración significa el triunfo del ala liberal con el apoyo del Banco Mundial? La caída de Bo Xilai es un oscuro episodio en el que parecen combinarse las trampas políticas de sus camaradas con errores propios derivados del autoritarismo populista. Más allá de su figura, lo cierto es que en la dirigencia china hay mucha preocupación por la creciente desigualdad y su impacto político-social.
El virtual sucesor de Hu Jintao, el actual vicepresidente Xi Jinping, fue identificado en su momento como uno de los cerebros del modelo Chonqing, “comunista irredento”, según el matutino conservador británico Daily Telegraph. Ji Xinping le bajó el pulgar a Bo Xilai criticando su liderazgo, pero probablemente su política mantendrá un equilibrio entre ambas facciones. La lógica de este equilibrio proviene de los traumas de la revolución cultural y la reforma procapitalista de Deng Xiao Ping, incluida la masacre de Tiananmen. Hoy China reivindica a un filósofo que hasta hace unas décadas había sido sindicado como el culpable del atraso nacional y su humillación histórica ante Occidente. Confucio y su concepto de armonía social se han convertido en la guía de las nuevas autoridades.

Tomado del suplemento Cash del diario página/12, día domingo 6 de mayo de 2012

miércoles, 25 de abril de 2012

"La estatización de YPF, por Rolando Astarita"


“YPF recuperada. Patria sí, colonia no”. El cartel, colgado en una avenida muy transitada del sur del Gran Buenos Aires, y firmado por el partido Comunista, resume el entusiasmo que ha despertado en la población, y en amplios sectores de la izquierda, la expropiación de parte del paquete accionario de YPF. Dado que personalmente no comparto este entusiasmo, en lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el significado de esta medida. Mi objetivo es, en primer lugar, ubicar la estatización de YPF en tendencias que están operando a nivel mundial, y en su perspectiva histórica. En segundo término, analizar la medida en relación al “modelo K” de crecimiento. En tercer lugar, argumentar por qué no estamos ante la vuelta del estatismo anterior a las privatizaciones del 90. Esta nota se complementa con otras que he escrito sobre el capitalismo de Estado (ver aquí) .



¿Qué es una empresa capitalista de Estado?
El primer punto a señalar es que se ha producido un giro bastante importante en la noción misma de qué se entiende por una empresa capitalista de Estado (en adelante, ECE). Hace algunas décadas atrás el tema parecía claro: una ECE era propiedad del Estado, y la dirigía un directorio nombrado por el Estado. En Argentina, los ejemplos típicos eran YPF, ENTEL, Aerolíneas Argentinas, y similares. Por eso, todavía a fines de los años 1980, cualquier apertura de la propiedad al capital privado era entendida como una “privatización”. Así, por ejemplo, la propuesta de Rodolfo Terragno, ministro del gobierno de Alfonsín, de que YPF, y otras ECE, salieran a bolsa y colocaran el 49% de sus stocks accionarios entre inversores privados, para que el Estado retuviera el 51%, fue considerada, lisa y llanamente, una privatización (y por muchos, una traición a la patria). Hoy, sin embargo, la compra por parte del Estado del 51% de las acciones de YPF parece habilitar para calificarla de “empresa estatal”, y saludar la medida como un acto de liberación nacional. Esto muestra entonces que en la actualidad existen diversos grados de injerencia estatal, y que los límites entre lo privado y estatal, en alguna medida, se han difuminado. Según algunos criterios, son ECE aquellas empresas en las que el Estado tiene un control significativo. La UNCTAD, por ejemplo, considera ECE a las empresas en que el Estado tiene más del 10% del paquete accionario. Por eso, y de acuerdo a este criterio, Sudáfrica tendría más empresas multinacionales estatales que China (54 contra 50), e YPF habría sido una ECE hasta 1999. Otros consideran ECE aquellas empresas que son totalmente propiedad del Estado. Es el criterio que aplica la OCDE para analizar la situación en China. Y otros solo consideran estatales a las empresas en que el Estado es propietario de más del 50% de las acciones. En definitiva, y volviendo a YPF, se la consideraría “estatal” según los criterios actuales, pero no de acuerdo a los parámetros “estatistas” anteriores a los 90. Algo así como que la “patria” que hoy reivindica el PC es una patria “al 51%” (y cotizando en bolsa, dicho sea de paso).

ECE y globalización
La segunda cuestión a analizar se relaciona con la idea que tienen muchos sectores de la izquierda progresista, de que el conflicto fundamental de la época está planteado en términos “Estado versus mercado”, y más precisamente, “Estado nacional versus globalización”. Según este enfoque, la acción del Estado se opone a la voracidad sin límites de los mercados y los capitales privados. Las ECE, en particular las que pertenecen a los países atrasados, pondrían vallas al hambre incesante de ganancias de las compañías transnacionales, que se despliegan a nivel planetario, arrasando con las naciones. Por lo cual la estatización de YPF sería una medida casi revolucionaria.
Pero esto es lo que dice el mito, no lo que sucede. De hecho, las ECE, incluidas las de los países atrasados, son partícipes activas de la globalización. En este terreno no hay contradicción ni enfrentamiento, sino complementación. Según la UNCTAD, en 2010 había unas 650 empresas multinacionales estatales, que poseían 8500 afiliadas externas a lo largo del planeta. A pesar de representar el 1% de las empresas transnacionales, estas grandes empresas fueron responsables por el 11% de las inversiones extranjeras directas. En este universo, las ECE de los países atrasados y de las economías “en transición” tienen un peso significativo: abarcan el 56% de las transnacionales estatales. Esto nos está mostrando que estas ECE se integran perfectamente en la mundialización del mercado. No hay aquí un conflicto de fondo con el mercado y las leyes de la valorización. Las ECE de los países atrasados explotan mano de obra y participan de la extracción de plusvalía en combinación con las empresas privadas, de países adelantados y atrasados, en los más diversos países.
Además, el núcleo de estas ECE está conformado por petroleras. Éstas poseen la mayor parte de las reservas mundiales: las 13 principales petroleras de países tradicionalmente considerados no imperialistas controlan el 75% de las reservas mundiales (The Economist (21/01/12). Exxon Mobil, la más grande de las que son totalmente privadas, ocupa el lugar undécimo. Las compañías estatales de Irán, Arabia Saudita, Venezuela, Kuwait, Rusia, Qatar, Irak, Unión de Emiratos Árabes, Libia, China y Nigeria figuran entre las principales propietarias de las reservas probadas de gas y petróleo. Aramco de Arabia Saudita y NIOC de Irán poseen, cada una, aproximadamente el 10% de las reservas totales. A esto habría que agregar las estatales Pemex, de México, Petrobrás de Brasil y Petronas de Malasia. Estas compañías más o menos rutinariamente hacen tratos con gobiernos y capitalistas locales, con los que acuerdan las condiciones en que realizan sus inversiones. Se trata de relaciones entre Estados y empresas capitalistas, de fuerza desigual, que negocian sus participaciones en la plusvalía generada en el negocio. Las relaciones que establecía Repsol con Argentina no eran cualitativamente distintas de las que establece Petrobrás con Argentina, o con cualquier otro país latinoamericano, o las que pudieran haber establecido los chinos si éstos hubieran terminado comprando Repsol (China habría llegado a un acuerdo con Respsol para comprar YPF, poco antes del anuncio del gobierno K).
En este marco, no hay lugar para que se desarrolle un conflicto “capitalismo mundial – Estado nacional” que pudiera derivar en algún tipo de régimen burocrático estatista (los “socialismos reales”), y menos aún en la aplicación de algún programa de transición al socialismo, con que especulan algunos. No va a haber ruptura de fondo.

La cuestión en perspectiva histórica
Vinculados a la expropiación, por estos días circulan discursos que nos presentan una historia argentina plagada de “patriotas” y “vendepatrias”, según los funcionarios de turno hayan favorecido al capitalismo estatista, o las privatizaciones. En algunos casos habrían sido “entreguistas” en los 90, pero patriotas (o parcialmente patriotas) hoy. Así, incluso Menem, que ahora votará a favor de la expropiación, estaría por redimirse.
La visión que defiendo es un poco distinta a este relato de “eternautas” y villanos. Según mi punto de vista, aquí hubo cambios de orientación que afectaron al conjunto de las clases capitalistas de los países atrasados, y que estuvieron condicionados por circunstancias históricas y sociales. Si bien hay matices y diferencias, a grandes rasgos podemos decir que durante décadas, y hasta la crisis de la industrialización por sustitución de importaciones, el Estado fue considerado una palanca para la acumulación. En los 1980 y 1990 el giro privatista fue generalizado Y ahora estaríamos en una fase en la que se acepta como “normal” la participación de las ECE en la mundialización, pero con diferencias marcadas con respecto a la anterior etapa “estatista”. Aunque con virajes más abruptos, la suerte de YPF tuvo que ver con estos derroteros.
Recordemos que históricamente las empresas estatales cumplieron un rol en la consolidación de capitalismos locales en América Latina y otras regiones del tercer mundo. Es que en estos países el capitalismo privado no estaba en posición de establecer empresas capaces de asumir las inversiones necesarias en infraestructura, energía y similares. De ahí que la clase dominante apelara a las palancas del Estado. Marx decía que en tanto el capitalismo es débil, utiliza las “muletas” del Estado, y que las deja cuando se siente lo suficientemente poderoso. Más en general, y contra lo que dice el relato neoliberal, la realidad es que los mercados nacionales nunca se construyeron espontáneamente. Desde que el capitalismo es capitalismo, siempre hubo participación del Estado en la economía, y esto se aplica a los países atrasados. La vasta red de empresas estatales, y de intervencionismo estatal, al menos en América Latina y en muchos países de Asia, tuvo su razón, histórica y social, en la necesidad de crear condiciones para la acumulación del capital, e impulsarla. Esto explica que en Argentina, por ejemplo, tanto gobiernos conservadores, nacionalistas, como progresistas, hayan promovido empresas como YPF, las telefónicas, los ferrocarriles o la energía nuclear.
Por otra parte, en este largo período, hubo también fases de mayor participación privada. En lo que respecta al petróleo, se pueden señalar los acuerdos de Perón con la Standard Oil, a principios de los 50, luego los contratos petroleros de Frondizi, y más tarde el plan Houston, aplicado por Alfonsín. Lo importante es que estos vaivenes eran la expresión de un problema más profundo, que consistía en que las empresas del Estado, al permanecer relativamente al margen de la “disciplina” que impone la ley del valor, y de la valorización, en muchos casos se descapitalizaban, y terminaron enfrentando crecientes dificultades. La historia de YPF es ilustrativa. Por ejemplo, bajo la dictadura 1976-83 la obligaron a endeudarse (y no para realizar inversiones), y posteriormente le impidieron tomar seguros de cambio. Como resultado, en 1983 YPF estaba fuertemente endeudada. Además, se privatizaron muchos servicios periféricos, lo cual dio pie al negocio de contratistas, que hicieron fortunas a costa de YPF. En otras ocasiones, se dispuso una política de precios ruinosa para la empresa, con el objetivo de “anclar” la inflación. También se la obligaba a comprar a empresas nacionales insumos a un precio muy superior al internacional; era transferencia de plusvalía para grupos locales. En definitiva, el capitalismo estatal no fue un canto a “la defensa de la patria”, como ahora se lo quiere presentar. Dio lugar a muchos negocios, que favorecieron a determinadas fracciones de la clase dominante. Esta situación terminaría por hacer crisis, en Argentina, hacia finales de los 80 y principios de los 90.

Privatizaciones y la ley del mercado
La agravación de los déficits fiscales, el peso de las deudas, el reconocimiento de que muchas empresas estatales estaban tecnológicamente atrasadas, y la circunstancia de que los capitales locales enfrentaban una creciente presión del mercado mundial, generaron las condiciones para el viraje hacia las privatizaciones. En los años 1980 esta presión aumentó con la caída de la URSS y de los “socialismos realmente existentes”. La decadencia de muchas ECE, palpable a fines de los 80, creó el clima para que las privatizaciones fueran aceptadas por la población. YPF, en particular, estaba descapitalizada, tenía baja productividad y ya se había avanzado en su desarticulación.
En esta coyuntura se impuso entonces el “no hay alternativa al mercado”, y se desató la ola de privatizaciones, con el apoyo mayoritario de los capitalismos locales. A mediados de los 90 el Banco Mundial calculaba que se habían privatizado unas 15.000 empresas estatales. Como en otras partes, en Argentina las privatizaciones también tuvieron el beneplácito de prácticamente toda la clase dominante. Había discrepancias en cuanto a las formas (el plan de Terragno y Alfonsín no era el mismo que el de Menem), pero no en contenido. Los capitales exigían que todos los sectores productivos se sometieran a la ley del valor, y las privatizaciones se visualizaban como la vía más rápida y expeditiva para lograrlo. De ahí la ferocidad con que se despidieron trabajadores, se anularon beneficios sociales, se dejaron pueblos enteros en la desolación. Cuando Menem, con el apoyo de los Kirchner, y de tantos “patriotas” de hoy, impulsaba las privatizaciones, estaban respondiendo a intereses de clase bien definidos. Hubo apoyo del Congreso, de cámaras empresarias, de los grandes medios y, por supuesto, de los organismos internacionales. En estas operaciones participaron capitales privados, nacionales y extranjeros, asociados de las más diversas formas. Compraron a precio de liquidación los activos, e hicieron fortunas con su posterior valorización. No hubo una “imposición” colonial para que actuaran de la manera que actuaron. Es hora de terminar con ese cuento, la burguesía argentina y sus gobernantes no son “oprimidos”. Son explotadores, que reclaman lo suyo de la manera que más les conviene en cada coyuntura.
La venta de las acciones de YPF de 1999 también evidencia que las relaciones entre el capital extranjero y el Estado argentino fueron de naturaleza puramente “capitalista”. Y el tema tiene trascendencia, porque de alguna manera estableció, al menos parcialmente, las condiciones que regirían en los 2000. Es que en 1999 el gobierno argentino aceptó que Repsol comprara las acciones de YPF endeudándose. En consecuencia, Repsol estaba casi obligada a tener una política de alta distribución de utilidades, y baja inversión, porque debía pagar a sus acreedores internacionales. Para adquirir la empresa, Repsol ofreció 45 dólares por acción, cuando estaban a 33 dólares. Sin embargo, en ese momento los precios del petróleo estaban deprimidos. De manera que se quedó con YPF por poco dinero (1600 millones de dólares), y la empresa pasó a ser el apéndice de un grupo trasnacional. A su vez, el ingreso de eso dólares le permitió al Estado cubrir el déficit fiscal. Muchos de los que hoy hablan de la estatización de YPF como de un acto de liberación nacional, aplaudieron a rabiar esa venta.

Petróleo y modelo K
Repetidas veces se ha señalado que YPF invirtió poco, con la consecuencia de la baja de la producción y de las reservas; estas últimas cayeron 18% entre 1998 y 2010. El año pasado el país debió importar petróleo y gas por más de 9.000 millones, y en 2012 la cuenta sería más pesada. Esta es la razón por la cual el gobierno terminó optando por la expropiación. Pero la caída de la inversión en petróleo y gas debe inscribirse en la dinámica del “modelo productivo K”. Como hemos señalado en otras notas (aquí; también en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo) una característica del “crecimiento sustentado en el tipo de cambio alto” que promovieron los gobiernos K fue la caída relativa de la inversión en infraestructura, y no sólo energética. El caso del transporte ferroviario, que se puso bajo la luz a raíz de la tragedia de Once, es parte del mismo fenómeno (ver aquí). En buena medida la renta agraria y petrolera (y ahora la minera, en crecimiento) no se ha reinvertido en ampliar la matriz productiva. Por diversos canales, una parte ha ido al exterior (los giros de utilidades de Repsol son solo parte del problema); otra se ha canalizado hacia la inversión inmobiliaria; y hacia el gasto corriente del Estado. En este último respecto, las provincias, reciben, en promedio, el 12% de lo facturado por las empresas; y el Estado nacional se hace de otra parte de la renta petrolera, por medio de las retenciones. Globalmente, la diferencia entre el precio internacional del barril y 42 dólares queda en manos del Estado. Cuando desde distintos sectores, tanto de la derecha como de la izquierda, se señalaba que el proceso de acumulación era estructuralmente débil, la respuesta de los K-defensores era que no había por qué preocuparse, ya que estimulando el consumo (y el Estado jugaba un rol en esto), la inversión se daría casi automáticamente. Pero la realidad no confirmó el K-diagnóstico; y no pudo seguir ocultándose.
En el área del petróleo y gas la debilidad de inversión tiene efectos catastróficos. Es que a medida que se agotan los pozos en existencia, es necesario realizar fuertes inversiones en exploración y también, por supuesto, en la puesta en funcionamiento de los yacimientos encontrados. Para desarrollar la producción de Vaca Muerta, en Neuquén (contiene grandes reservas de gas), sería necesaria, según los especialistas, una inversión de unos 5.000 millones de dólares anuales, durante una década. Pero no solo Repsol no invirtió (o invirtió poco), sino tampoco lo hicieron las otras compañías que tienen áreas concesionadas. Después de todo, YPF maneja solo el 34% de la producción, y la caída de las reservas es generalizada. Lo cual indicaría que en todos lados tendió a prevalecer la mecánica de sacar la máxima ganancia con la mínima inversión, cuando no una lógica puramente especulativa. Como se ha señalado repetidas veces, el grupo Petersen entró a YPF, en 2007, comprando primero el 10% de las acciones, y luego otro 15%, prácticamente sin poner un dólar. Simplemente tomó préstamos de un sindicato de bancos, con la promesa de devolverlos con las utilidades que reportaría YPF. Los españoles aceptaron porque en contrapartida el gobierno permitiría subir los precios (cosa que sucedió). Pero entonces Repsol profundizó la política de girar dividendos a sus accionistas. No solo se repartieron todas las utilidades, sino también reservas contables por 850 millones de dólares. En esencia, era la misma operatoria de 1999, cuando Repsol compraba la tenencia accionaria del Estado tomando créditos. Todo esto se hizo con el visto bueno del gobierno nacional. El acuerdo entre Respsol y Petersen fue aprobado por Guillermo Moreno. Los balances de Repsol fueron aceptados por el representante del Estado en el directorio. El movimiento nacional y popular K, a todo esto, se rompía en elogios por la “argentinización” de YPF. Pero se trataba de un vaciamiento, liso y llano. Y fue una operación realizada con el pleno acuerdo de un Estado soberano. Aquí hubo fabulosos negociados de capitalistas de todos los colores y nacionalidades. Un festín de plusvalía que se reparte a dentelladas entre lobos. Luego, y aprovechando su carácter multinacional, Repsol apuró la transferencias de utilidades y, en los últimos tiempos, buscó salir de Argentina definitivamente.
El repaso de las concesiones de explotación que adjudicaron las provincias en los últimos seis años arroja el mismo resultado: hubo una lógica especulativa, casi de saqueo. De las 190 áreas que se concedieron, 87 correspondieron a grupos económicos que no tenían la menor relación con el petróleo (pero sí con el gobierno). Lázaro Baez, Vila y Manzano y Raúl Moneta (Cristóbal López también recibió áreas). Todo indica que estos personajes se metieron en el asunto para obtener ganancias especulativas. Ninguno se preocupó por la inversión productiva. Agreguemos todavía que Enarsa, la empresa estatal creada por los K, posee desde hace años el monopolio de la exploración en el mar argentino. Pero casi no invirtió en ello. Aunque sí se dedicó a importar gas (metiendo al amigo Cirigliano, de paso). A todo esto, en fin, se le llama “el modelo productivo”.

El nuevo escenario, capitalismo de Estado y globalización
Luego de la etapa estatista y de la fiebre privatizadora de los 90, en los últimos años ha tendido a estabilizarse un nuevo capitalismo de Estado que, como vimos, participa activamente en la mundialización. Miles de empresas que antes eran estatales se privatizaron, pero algunas estatales adquirieron dimensiones de gigantes transnacionales, y como tales son aceptadas por el capital en general. Se pueden discutir detalles y aspectos de su funcionamiento, pero prácticamente nadie duda de que son parte integrante del modo de producción capitalista. Organismos como el Banco Mundial hoy reconocen su “aporte”. Lo más significativo, para lo que nos ocupa, es que en su inmensa mayoría se rigen más y más por las leyes de la valorización que le caben a cualquier capital. Esto es, sean estatales o privadas, todas las unidades productivas se sostienen en la explotación del trabajo. Las recomendaciones de la OCDE para el “buen gobierno” de las ECE expresan esta necesidad. Según la OCDE, el Estado no debe interferir en la marcha de la empresa estatal, ni involucrarse en el día a día de su gestión. Debe separar su función en cuanto regulador del mercado, de su rol de propietario, a fin de no “distorsionar la competencia”. Tiene que permitir que los consejos de directorios de las ECE actúen con independencia; el ejercicio de sus derechos de propiedad debe estar claramente identificado. Las ECE deben aceptar auditorías externas y la inspección de los órganos de control estatal específicos. Tienen que disponer esquemas de remuneración que acerque personal de conducción capacitado. El Estado y las ECE deben reconocer los derechos de todos los accionistas, y que éstos reciban un trato igualitario. Es necesaria una política de transparencia e información plena a los accionistas. Los directores deben ser plenamente responsables por el desempeño de las ECE. Y si se admiten representaciones de los trabajadores en los directorios, las mismas deben contribuir a la buena marcha de la empresa.
Las ECE cada vez cumplen más estrechamente con estas pautas. Además, son regidas por directores que se entrenan en las mismas escuelas de negocios que entrenan al personal jerárquico de las privadas. La valorización y los balances son puestos bajo escrutinio de los inversores, que “votan” en las bolsas de valores. Estamos muy lejos del viejo estatismo vinculado a la industrialización por sustitución de importaciones. Los nuevos criterios para definir qué es una ECE, y las ambigüedades que surgen al tratar de establecer los límites entre lo privado y lo estatal, tienen que ver con este giro.
Es en este marco en el que debería analizarse a la “estatizada” YPF y sus perspectivas. Naturalmente, en lo inmediato va a haber fuertes tensiones y disputas por el precio a pagar al grupo español (en el cual también está implicada Pemex). Pero por encima de esto, el gobierno intentará renegociar con el capital internacional.  La propia burguesía argentina lo está pidiendo. El gobierno ya ha solicitado a Petrobrás que aumente su participación en el mercado del 8% actual al 15%, y se apresta a iniciar conversaciones con Exxon, Conoco Phillips y Crevron.
En conclusión, en medio de un clima de exaltación patriótica, es conveniente recordar que por debajo de estos giros subyace la explotación del trabajo. El conflicto no es entre “patria y colonia”, sino entre distintos grupos de explotadores. Lo que negociará el gobierno con Petrobrás, Chevron o Total son las porciones que corresponden a los respectivos explotadores, sean estatales o privados, nacionales o extranjeros. Es la “liberación nacional” de los tiempos que corren. La clase trabajadora y el pueblo no deberían depositar esperanzas en ninguna de estas fracciones. La crítica desde la perspectiva socialista, parece imprescindible. 

martes, 24 de abril de 2012

Entrevista a Claudio Katz a propósito de YPF

Claudio Katz sobre Repsol: "Cuando hay un derecho popular, un derecho nacional en juego, hay que estar en el campo del derecho nacional" 

 

Video de la entrevista 

Tomado de http://www.barricadatv.blogspot.com.ar/ 

[fuente: 20 de abril de 2012]