lunes, 17 de diciembre de 2012

Realidades, mentiras y hechos, por Joseph Massad

Israel basa buena parte de su apoyo internacional en mentiras que presenta como “hechos”
Realidades, mentiras y hechos

Al-Jazeera

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

En 1991, comenzaron negociaciones oficiales y extraoficiales entre la Organización por la Liberación de Palestina (OLP) (y los palestinos asociados con ella) y el gobierno israelí. Entonces, Israel había ocupado Cisjordania (incluido Jerusalén Este) y la Franja de Gaza durante los 24 años anteriores. Actualmente, 20 años después, Israel y el presidente Obama insisten en que la única manera de llegar a la paz, y presumiblemente terminar la ocupación, es continuar con negociaciones. No está claro si lo que afirman Obama e Israel es que Israel necesita 24 años de negociaciones para terminar con sus 24 años de ocupación de tierra palestina, para que cuando termine la ocupación, haya durado 48 años.
Es, por cierto, la interpretación optimista de las posiciones de Israel y EE.UU.; la realidad de las negociaciones y de lo que apuntan a lograr es, sin embargo, mucho más insidiosa.
Las negociaciones se han basado en objetivos específicos para terminar con ciertos aspectos de la relación israelí con los palestinos, es decir algunas de las partes introducidas desde la guerra de 1967 y la ocupación, el comienzo de asentamiento colonial exclusivamente judío en esos territorios. Pero lo que siempre permanece al margen de las negociaciones es el núcleo mismo de la relación palestina-israelí que dicen a los palestinos que no pueden ser parte de ninguna negociación.
Esos temas cruciales excluidos incluyen lo que sucedió desde 1947-1948, incluida la expulsión de 760.000 palestinos, la destrucción de sus ciudades y pueblos, la confiscación y destrucción de su propiedad, la introducción de leyes discriminatorias que legalizan el privilegio racial, colonial y religioso judío, que niegan a los ciudadanos palestinos de Israel la igualdad de derechos y niegan el derecho al retorno de los refugiados.
Sin embargo, este núcleo, que los israelíes resumen como el derecho a existir de Israel, y el de que lo reconozcan como un Estado “judío”, es lo que invocan siempre los propios israelíes como fundamental para el comienzo y el fin exitoso de las negociaciones y que los palestinos, insisten los israelíes, se niegan a discutir.
Pero los temas centrales de la cuestión de la relación entre palestinos e israelíes siempre se han basado en las reivindicaciones históricas, geográficas y políticas del pueblo palestino y del movimiento sionista.
Mientras los palestinos siempre han basado sus afirmaciones en hechos verificables y verdades que han sido acordadas y reconocidas por la comunidad internacional, Israel siempre ha basado las suyas en hechos concretos en el terreno que ha creado por la fuerza y que la comunidad internacional solo ha reconocido retroactivamente como “legítimos”.
¿Cómo se puede entonces discriminar entre esas nociones en competencia de verdades y realidades por una parte, y hechos concretos en el terreno, por el otro?
Las verdades esenciales de EE.UU. y los planes israelíes fueron mejor articuladas el pasado mes en los discursos de Obama y del primer ministro israelí Netanyahu ante las Naciones Unidas (ONU) en respuesta a la solicitud de la OLP de reconocimiento de Palestina como Estado miembro de la ONU. En esa ocasión tanto Netanyahu como Obama invocaron lo que llamaron “verdades” y “hechos” para insistir en los hechos concretos de Israel en el terreno.
Como mostraré, su estrategia se ha estructurado para convertir los hechos concretos israelíes sobre el terreno de antónimos de verdades y hechos a sinónimos de esos términos.

martes, 6 de noviembre de 2012

Prefacio al libro Orientalismo, por Edward Said



Hace nueve años escribí un epílogo para Orientalismo, que -intentando clarificar lo que consideraba haber dicho y no dicho- enfatizaba no sólo las muchas discusiones abiertas desde que mi libro apareció en 1978, sino el curso de las crecientes malinterpretaciones de un trabajo en torno a las representaciones de "el Oriente".




Que hoy me sienta más irónico que irritado acerca de este hecho es un signo de la tanta edad que se ha colado a mi interior. Las muertes recientes de mis dos mentores principales, intelectual, política y personalmente -Eqbal Ahmad e Ibrahim Abu-Lughod-, me han traído tristeza y pérdida, pero también resignación y una cierta entereza para seguir adelante.

En Out of Place (Fuera de lugar), 1999, describía los extraños y contradictorios mundos en los que crecí, proporcionándome a mí y a mis lectores un recuento detallado de los ambientes que, pienso, me formaron en Palestina, Egipto y Líbano. Pero era un relato muy personal de todos esos años de mi involucramiento político -que comenzó después de la guerra árabe-israelí de 1967-, y se quedó corto.

Orientalismo es un libro atado a la dinámica tumultuosa de la historia contemporánea. Abre con una descripción, que data de 1975, de la guerra civil en Líbano, que terminó en 1990. Llegamos al fracaso en el proceso de paz de Oslo, al estallido de la segunda intifada, y el terrible sufrimiento de los palestinos de las reinvadidas franjas de Cisjordania y Gaza. La violencia y el horrible derramamiento de sangre continúan en este preciso instante. El fenómeno de los bombazos suicidas ha aparecido con todo el odioso daño que ocasionan, no más apocalíptico y siniestro que los sucesos del 11 de septiembre de 2001 con su secuela en las guerras contra Afganistán e Irak. Mientras escribo estas líneas continúa la ocupación imperial ilegal de Irak a manos de Gran Bretaña y Estados Unidos. Su estela es en verdad horrible de contemplar. Se dice que todo esto es parte de un supuesto choque de civilizaciones, interminable, implacable, irremediable. Yo, sin embargo, pienso que no es así.

martes, 2 de octubre de 2012

Foxconn y lucha de clases en China, por Rolando Astarita

En su edición de ayer (25/09/12) La Nación informa sobre el estallido de un fuerte
conflicto en la planta de 80.000 empleados que Foxconn posee en Taiyuan, China.
Ocurrió durante el fin de semana del 22 y 23 de septiembre, y dejó un saldo de 40
trabajadores heridos y varios detenidos. “Detrás del nuevo iPhone5, la furia de los
obreros chinos”, titula la periodista, Natalia Tobón, y escribe: “El esperado lanzamiento
del iPhone5 fue todo un éxito de ventas, pero un estallido de furia en una fábrica china
desnudó el lado más oscuro de los productos Apple”. Según Tobón, varios trabajadores
informaron a los medios chinos que un guardia de seguridad estaba golpeando a un
trabajador, y más de 200 compañeros salieron a defenderlo. El enfrentamiento con
el personal de seguridad habría durado unas cuatro horas. “La firma tiene un negro
historial de suicidios, denuncias laborales, pésimas condiciones sanitarias y mal pago
que motivan constantes protestas”, agrega. Lo sucedido en Foxconn se inscribe en
un contexto de creciente resistencia de la clase trabajadora de China a la explotación.
Vale la pena entonces ampliar un poco la información.





lunes, 1 de octubre de 2012

El trasfondo económico de la disputa chino-japonesa, por Yukon Huang

Financial Times

Las protestas antijaponesas en China en relación a la disputa de las islas Senkaku/Diaoyu se han ido apagando gradualmente. Pero si tenemos en cuenta que sigue habiendo en la zona buques taiwaneses y chinos en busca de problemas, y que es probable que se produzcan más provocaciones, bastará cualquier roce para que los ánimos se enciendan de nuevo.
Ni los líderes chinos ni los japoneses se encuentran en este momento en buena posición para manejar una confrontación prolongada, dadas las presiones que reciben para revivir sus respectivas economías. Políticamente, ambos bandos no pueden permitirse distracciones en un momento en que Beijing trata de poner fin a un complejo proceso de traspaso de poderes que tiene lugar una vez por década, mientras que en Tokyo la escena política es confusa, pues se están preparando unas nuevas elecciones. Ninguno de los dos bandos tampoco puede permitirse dar la imagen de estar dejándose influir por presiones nacionalistas.

domingo, 15 de julio de 2012

La desaceleración de la economía argentina, por Rolando Astarita


En un discurso emitido por cadena nacional, la presidenta CK criticó a los que hablan de desaceleración de la economía argentina. En esta nota sintetizo algunos datos sobre la coyuntura, que parecen desmentir a la presidenta.
En este gráfico puede verse la variación porcentual del estimador mensual de actividad con respecto a igual mes del año anterior; es de mayo de 2011 a abril de 2012.
En el siguiente gráfico, y también con datos del Indec, las variaciones del estimador mensual industrial, desde mayo de 2011 a mayo de 2012.
Otros datos:
El consumo, una de las variables más dinámicas del crecimiento en la última década, se está desacelerando. En mayo tuvo una variación interanual del 1,6%, según Copal (Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios). En el primer cuatrimestre del año la producción de alimentos y bebidas aumentó 1,3% con respecto a igual período del año anterior. Pero en abril hubo una caída del 1,8%.
Según el Indec, las ventas de los Centros de Compras (shopping centers) en mayo de 2012 se contrajeron 2,9% con respecto al mismo mes de 2011 (a precios constantes y desestacionalizada). Las ventas de los supermercados cayeron 1,1% para el mismo período.
Según Adefa, la cámara que agrupa a las fábricas de automóviles, en el primer semestre de 2012, las ventas a concesionarios disminuyeron 1,9% con respecto a igual período de 2011. Hubo reducción de producción (60.500 unidades) debido principalmente a la caída de las exportaciones a Brasil.
De acuerdo a la Cámara Argentina de Acero, la producción de acero crudo en mayo de 2012 fue 7,5% menor que la de mayo de 2011. La producción acumulada en los primeros 5 meses del año fue solo un 1,7% superior a igual período del año pasado. La producción de laminados en caliente cayó 2,7% en los primeros 5 meses, y la de laminados en frío 2,6%.
Según el Iaraf (Instituto Argentino de Análisis Fiscal), el Indicador Sintético de Actividad de la Construcción presentaba a mayo una caída anual del 1,68%; los despachos de cemento a junio cayeron en términos interanuales un 4,6%. Según la Cámara Inmobiliaria Argentina, los permisos de nuevas construcciones bajaron un 68% en el primer semestre de este año, con relación a igual período de 2011. El índice Construya, que mide la actividad de las empresas líderes de la construcción, muestra tendencia declinante (aunque con un repunte en junio). En este gráfico presentamos la variación anual acumulada desde mayo de 2011 a junio de 2012
Los datos sobre la inversión son contradictorios. Según el ministerio de Industria, la inversión sigue a toda marcha, boyante. Según consultoras privadas, habría caído fuertemente; Orlando Ferreres y Asociados dice que en abril cayó un 16,3% con respecto a abril de 2011. Tal vez la verdad esté en algún punto más intermedio. En cualquier caso, desde el propio gobierno se ha manifestado en más de una oportunidad la preocupación por la debilidad de la inversión; y las importaciones de bienes de capital se han derrumbado.
Varias producciones regionales están siendo afectadas por caída de exportaciones. Según Copal las exportaciones de los llamados “frutos comestibles” cayeron, de enero a mayo, un 26% en comparación con igual período del año pasado (el caso de las aceitunas Nocete). Las exportaciones de limones, naranjas, pomelos y mandarinas pasó de 660.000 toneladas en 2006 a 502.000 en 2011.
Solo en parte esta caída puede explicarse por la crisis mundial, o la desaceleración de la economía brasileña. En lo que respecta a la industria de la carne, en los dos últimos años cerraron 120 plantas frigoríficas, sobre un total de 550 existentes en el país, y se destruyeron 13.200 puestos de trabajo sobre un total de 32.000.
También disminuyeron las entradas por turismo. De acuerdo a la consultora Ecolatina, en los primeros tres meses del año, y por primera vez desde 2002, la salida de dólares por turismo superó al ingreso. Salieron 1345 millones, y entraron 860 millones de dólares. Según el Indec, en los primeros cinco meses de 2012 la recepción de turistas cayó 2,4% y la salida de argentinos aumentó 17,6%.
En lo que respecta al empleo, si bien la desocupación no aumentó significativamente, están cayendo las horas extras, y el índice de desempleo tiende a empeorar. En el primer trimestre de 2012 la desocupación es del 7,1%. Es menor que el 7,4% del primer trimestre de 2011, pero más alta que el 6,7% del cuarto trimestre de 2011.
A pesar del superávit comercial, las reservas internacionales se mantienen en torno a los 46.000 millones de dólares. La fuga de capitales se ha frenado, pero no se ha superado.
Contra lo que dicen los defensores del gobierno, está en marcha un ajuste. En la medida en que no se actualizan los mínimos no imponibles del impuesto a las ganancias, los aumentos salariales de una franja muy importante de trabajadores son claramente menores al índice de inflación. También hay baja salarial cuando los aguinaldos se pagan de manera escalonada; y esto no sucede solo en la provincia de Buenos Aires. Por otra parte, en muchas provincias se está paralizando la obra pública por falta de fondos. Y se reducen, en términos reales, las partidas presupuestarias a nivel nacional. La partida destinada al Anses aumentó de 2011 a 2012 el 21,1%; la del ministerio de Desarrollo Social el 17,3%; Educación el 13,2%; Salud el 16,9%; Ciencia y Tecnología 12,2% (fundación Adenauer, reproducido en La Nación, 10/09/12). La inflación está bien por arriba del 25%. Debe observarse entonces que el ajuste es pro-cíclico. Algo extraño para un gobierno que se precia de ser “keynesiano”. Naturalmente, los anuncios de planes de vivienda, o de nueva política de créditos para las empresas, por sí mismos no pueden revertir el debilitamiento de la demanda.
Si bien no sabemos si ya hay caída del PBI (el Indec ha estado inflando este índice), con estos datos a la vista es difícil negar que hay una desaceleración de la economía. Los defensores del gobierno K que admiten que está ocurriendo, enfatizan que todo se debe a la crisis mundial. Pero con igual énfasis, hasta hace poco nos explicaban que Argentina crecía por sus propias fuerzas, y estaba blindada frente a la crisis externa, gracias al “modelo productivo con inclusión social”. Mi opinión es que se están poniendo en evidencia las debilidades profundas del crecimiento que hubo a partir de 2002. Una cuestión que he planteado en otras notas, y sobre la que volveré.
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La desaceleración de la economía en Argentina

Tomado del Blog personal de Rolando Astarita, reproducido con los criterios de publicación de Copyleft 

Lista de espera, excelente película cubana sobre el sueño común del socialismo

Haz clic aquí para ver la película

Una refrescante comedia que muestra como pueden cambiar las personas y transformarse sus puntos de vista, miedos y potencialidades cuando se embarcan en una dinámica comunitaria, sólo Cuba puede producir y pensar esta maravillosa obra, sólo Cuba por ahora..

jueves, 7 de junio de 2012

La relevancia del debate económico. La fantasía de la corrupción.

NUEVAS ZONCERAS ECONOMICAS › LA DESIGUAL DISTRIBUCION DEL INGRESO

“La economía es la ciencia de la escasez”

Por Carlos Andujar * y Ruben Telechea **
 
Eficiencia y escasez son los conceptos estructurantes a partir de los cuales se construyó el universo neoclásico (y neoliberal en la actualidad), imponiendo como único Dios de la eficiencia al mercado y como límite de las posibilidades a la escasez. Pensar que el problema de la economía es la escasez es una zoncera que precisamente no fue creada por zonzos, sino que tuvo y tiene la intención de hacer de la economía una ciencia neutral y universal, donde los sujetos sociales, la historia, la política y la ideología no tienen lugar. Si el problema es la escasez serán criterios “científicos y técnicos” los que hegemonicen todas las miradas. Si el problema es la escasez se habrá encontrado, en última instancia, una justificación para las desigualdades sociales. La escasez tiene la fuerza de lo inevitable y la claridad de lo evidente y en ello fundamenta su poder de hegemonizar los discursos académicos y los que no lo son. La categoría de escasez y los conceptos y significados que de ella derivan serán los únicos habilitados para pensar, nombrar y darle sentido a la “realidad”.
Sólo la ceguera provocada por esta zoncera impide ver lo realmente evidente, lo que gracias a ella naturalizamos. Y lo evidente es que el problema económico fundamental no es la escasez.
Cómo pensar en ella en un mundo en el que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura informó que en 2008 se produjo la segunda mayor cosecha de la historia. Ese mismo año, y según Acción Internacional, cinco millones de niños murieron de hambre. Está demostrado que el planeta puede producir alimentos para una población mayor que la actual. Sin embargo, 1020 millones de personas sufren hambre. Un mundo en el cual los altos ejecutivos de grandes empresas ganan en una relación de 1700 a 1 comparados con los sueldos mínimos, y de 344 a 1 en relación con los sueldos promedio de la economía.
Un mundo en el que el 20 por ciento más rico de la población mundial tiene más del 80 por ciento del Producto Bruto, las exportaciones, las inversiones y más del 90 por ciento del crédito. El 20 por ciento más pobre, menos del 1 por ciento. La “desigualdad en la distribución de los ingresos” pasó de 30 a 1 en 1960, a 74 a 1 en 1997.
El problema de la ciencia económica son las relaciones sociales de producción que provocan y amplían, año tras año, tal desigualdad. Es sobre ellas y no sobre la escasez donde la producción de conocimiento económico tiene que poner todos sus esfuerzos. La utopía neoliberal muestra una economía sin política ni historia. Una política sin lucha ni conflicto y una historia sin ideología. En definitiva, intenta imponer el pensamiento único como hegemónico, en el sentido de saturar conciencias y percepciones de la realidad. Como menciona Eduardo Galeano, “la derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin; la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambriento (...) La historia (y la economía política) es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será”.
Debemos acercarnos a la economía de modo intencionado, comprometido, de modo no neutral, porque en definitiva no existe nada neutral

* Docente UNLZ.
** Docente UNLZ y UNQ - rtelechea@gmail.com

 Corrupción y denuncismo

Por Claudio Scaletta

En tanto la corrupción trata del desvío de parte del excedente económico en el momento de la circulación, no puede ser más que un tema económico. El equívoco de situarla en otro lado proviene de su constante utilización en el ámbito del discurso político.
Cuando se recorre el discurso opositor, pareciera que el único reproche para la actual administración es la corrupción. El periodismo que necesita llamarse a sí mismo independiente hace grandes esfuerzos cotidianos para dejar en evidencia la extraordinaria corrupción que, insisten, llegaría hasta el último recodo del Gobierno.
Según enseñan los textos canónicos, el periodismo tiene entre sus funciones mostrar aquello que el poder no quiere que se muestre. Resulta notable, sin embargo, que este periodismo jamás enfoque lo que el poder económico no quiere mostrar. A modo de ejemplo, sobran los programas “de investigación” que escrachan con cámaras ocultas a virtuales ladrones de gallinas.
Buena parte de este periodismo tuvo sus años de formación, su génesis, durante la década del ’90. Es lógico que así sea. Los años de auge del neoliberalismo fueron una etapa de corrupción estructural, un momento en que los objetivos políticos de desarmar al controlador, el Estado, coincidieron con los económicos; apropiarse de los restos del patrimonio público en un marco de endeudamiento permanente.
Pero la crítica de esta prensa, salvo honrosas excepciones, nunca apuntó a la corrupción estructural, sino a la coyuntural; a los negociados de la hora de algún que otro funcionario. Este señalamiento no significa que no deban investigarse los negociados, sino que éste no puede ser el único objetivo del periodismo y, mucho menos, patente de independencia. Luego, la situación de la economía, el crecimiento y el desarrollo suelen ser cuestiones bastante separadas de la “corrupción normal del capitalismo democrático”. Contraejemplo: durante toda la revolución industrial japonesa de posguerra, etapa que llevó a esta economía a los primeros lugares del mundo y que transformó las maneras de producir del capitalismo, el sistema político japonés se mantuvo controlado por la Yakuza, la secular mafia de ese país. De nuevo, no quiere decir que esté bien que la economía de un país sea controlada por una mafia, sino que no debe confundirse una cosa con otra. El citado grado de “corrupción normal del capitalismo democrático” lo brindó en la Argentina el “Swiftgate”. La embajada estadounidense se quejó recién cuando el funcionario venal se pasó de la raya del “retorno”.
Observando los resultados sociales del denuncismo, resulta paradigmático que de la potente crítica mediática y social al menemismo haya surgido otro gobierno neoliberal, el de la Alianza. Todo el enojo de “la gente”, ese desagradable indeterminado policlasista de la época, se canalizó contra “la corrupción” y no contra las ideas que sustentaron el modelo de desguace del Estado y desindustrialización. La prensa fue el vehículo que ayudó a las mayorías a creer que el problema era de prolijidad, no de política económica. El costo, que no dio lugar a la autocrítica, fue la profundización de la recesión y la posterior crisis de 2001-2002.
Si se analiza el discurso opositor del presente se encuentran algunos paralelismos con el pasado, pero el panorama es radicalmente diferente. Efectivamente, la principal crítica que se hace al Gobierno es la de corrupción. Luego, la idea de corrupción también reemplaza a la crítica de las ideas. El lector puede probarlo con un test: Identifique a cualquier conspicuo opositor conocido y pregúntele por sus razones. Encontrará un odio preciso en sus destinatarios, pero impreciso en sus contenidos.
Las diferencias del presente residen también en los sujetos que ejercen la crítica y en sus fines. El periodismo crítico de los ’90 fue un proceso histórico que renovó las formas de hacer periodismo. Quizá con el diario de ayer resulte fácil reprocharles el desvío denuncista, pero fue un proceso genuino. El periodismo sedicente independiente de hoy es una parodia del de ayer. Incluso en sus personajes. Se centra en la idea de corrupción a sabiendas de eludir la discusión de ideas, políticas y económicas. Igual que ayer, la derecha política sabe que si confiesa abiertamente su modelo de país, sería indigerible incluso para parte de las minorías que la apoyan.
El paradigma de que todo se hace por “la caja”, como un asalto permanente a cualquier fuente de recursos, fracasó por la potencia de los resultados y sus números. Como quedó claro en las últimas elecciones, también porque los votantes descubrieron la trampa. Seguir contestando frente a cada idea y cada acción de gobierno: “son corruptos” es, una vez más, la negación del debate político.

jaius@yahoo.com.

Artículos tomados del suplemento Cash del Diario Página 12 del domingo 3 de junio de 2012.-

lunes, 7 de mayo de 2012

Cambios en China, por Marcelo Justo


DESAFIOS ECONOMICOS Y RECLAMOS DE MEJORAS SOCIALES
 
El gobierno chino elegirá al sucesor del presidente Hu Jintao, y en ese proceso se define también el rumbo de la economía del gigante asiático. Existen tensiones entre un ala política liberal y otra heterodoxa.

Desde Londres

Con 30 años de reforma pro-capitalista sobre sus espaldas, China está en una encrucijada a pocos meses de la elección del sucesor del presidente Hu Jintao. El gobierno ha bajado la tasa de crecimiento de este año a un 7,5 por ciento, el modelo exportador basado en la mano de obra barata está agotado y es imposible ignorar la deuda social con una nueva generación que no acepta el sacrificio a futuro con la docilidad de sus padres. En este marco, el ala liberal del PC Chino ha avanzado en dos frentes. Un reciente documento de más de 400 páginas publicado por el Banco Mundial y por el influyente Development Research Centre, think tank chino que reporta directamente al Consejo del Estado, es la hoja de ruta. El eje de la propuesta es que China tiene que completar su transformación en una “economía de mercado” plena para evitar la típica trampa de países en desarrollo, como Brasil y Argentina, que no logran dar el salto hacia el status de nación desarrollada y de altos ingresos como lo lograron Corea del Sur o Japón. La contraparte de esta estrategia económica ha sido la eliminación política de su principal escollo, el hoy ex secretario general de la megametrópolis de Chongqing, Bo Xilai.

miércoles, 25 de abril de 2012

"La estatización de YPF, por Rolando Astarita"


“YPF recuperada. Patria sí, colonia no”. El cartel, colgado en una avenida muy transitada del sur del Gran Buenos Aires, y firmado por el partido Comunista, resume el entusiasmo que ha despertado en la población, y en amplios sectores de la izquierda, la expropiación de parte del paquete accionario de YPF. Dado que personalmente no comparto este entusiasmo, en lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el significado de esta medida. Mi objetivo es, en primer lugar, ubicar la estatización de YPF en tendencias que están operando a nivel mundial, y en su perspectiva histórica. En segundo término, analizar la medida en relación al “modelo K” de crecimiento. En tercer lugar, argumentar por qué no estamos ante la vuelta del estatismo anterior a las privatizaciones del 90. Esta nota se complementa con otras que he escrito sobre el capitalismo de Estado (ver aquí) .



¿Qué es una empresa capitalista de Estado?
El primer punto a señalar es que se ha producido un giro bastante importante en la noción misma de qué se entiende por una empresa capitalista de Estado (en adelante, ECE). Hace algunas décadas atrás el tema parecía claro: una ECE era propiedad del Estado, y la dirigía un directorio nombrado por el Estado. En Argentina, los ejemplos típicos eran YPF, ENTEL, Aerolíneas Argentinas, y similares. Por eso, todavía a fines de los años 1980, cualquier apertura de la propiedad al capital privado era entendida como una “privatización”. Así, por ejemplo, la propuesta de Rodolfo Terragno, ministro del gobierno de Alfonsín, de que YPF, y otras ECE, salieran a bolsa y colocaran el 49% de sus stocks accionarios entre inversores privados, para que el Estado retuviera el 51%, fue considerada, lisa y llanamente, una privatización (y por muchos, una traición a la patria). Hoy, sin embargo, la compra por parte del Estado del 51% de las acciones de YPF parece habilitar para calificarla de “empresa estatal”, y saludar la medida como un acto de liberación nacional. Esto muestra entonces que en la actualidad existen diversos grados de injerencia estatal, y que los límites entre lo privado y estatal, en alguna medida, se han difuminado. Según algunos criterios, son ECE aquellas empresas en las que el Estado tiene un control significativo. La UNCTAD, por ejemplo, considera ECE a las empresas en que el Estado tiene más del 10% del paquete accionario. Por eso, y de acuerdo a este criterio, Sudáfrica tendría más empresas multinacionales estatales que China (54 contra 50), e YPF habría sido una ECE hasta 1999. Otros consideran ECE aquellas empresas que son totalmente propiedad del Estado. Es el criterio que aplica la OCDE para analizar la situación en China. Y otros solo consideran estatales a las empresas en que el Estado es propietario de más del 50% de las acciones. En definitiva, y volviendo a YPF, se la consideraría “estatal” según los criterios actuales, pero no de acuerdo a los parámetros “estatistas” anteriores a los 90. Algo así como que la “patria” que hoy reivindica el PC es una patria “al 51%” (y cotizando en bolsa, dicho sea de paso).

ECE y globalización
La segunda cuestión a analizar se relaciona con la idea que tienen muchos sectores de la izquierda progresista, de que el conflicto fundamental de la época está planteado en términos “Estado versus mercado”, y más precisamente, “Estado nacional versus globalización”. Según este enfoque, la acción del Estado se opone a la voracidad sin límites de los mercados y los capitales privados. Las ECE, en particular las que pertenecen a los países atrasados, pondrían vallas al hambre incesante de ganancias de las compañías transnacionales, que se despliegan a nivel planetario, arrasando con las naciones. Por lo cual la estatización de YPF sería una medida casi revolucionaria.
Pero esto es lo que dice el mito, no lo que sucede. De hecho, las ECE, incluidas las de los países atrasados, son partícipes activas de la globalización. En este terreno no hay contradicción ni enfrentamiento, sino complementación. Según la UNCTAD, en 2010 había unas 650 empresas multinacionales estatales, que poseían 8500 afiliadas externas a lo largo del planeta. A pesar de representar el 1% de las empresas transnacionales, estas grandes empresas fueron responsables por el 11% de las inversiones extranjeras directas. En este universo, las ECE de los países atrasados y de las economías “en transición” tienen un peso significativo: abarcan el 56% de las transnacionales estatales. Esto nos está mostrando que estas ECE se integran perfectamente en la mundialización del mercado. No hay aquí un conflicto de fondo con el mercado y las leyes de la valorización. Las ECE de los países atrasados explotan mano de obra y participan de la extracción de plusvalía en combinación con las empresas privadas, de países adelantados y atrasados, en los más diversos países.
Además, el núcleo de estas ECE está conformado por petroleras. Éstas poseen la mayor parte de las reservas mundiales: las 13 principales petroleras de países tradicionalmente considerados no imperialistas controlan el 75% de las reservas mundiales (The Economist (21/01/12). Exxon Mobil, la más grande de las que son totalmente privadas, ocupa el lugar undécimo. Las compañías estatales de Irán, Arabia Saudita, Venezuela, Kuwait, Rusia, Qatar, Irak, Unión de Emiratos Árabes, Libia, China y Nigeria figuran entre las principales propietarias de las reservas probadas de gas y petróleo. Aramco de Arabia Saudita y NIOC de Irán poseen, cada una, aproximadamente el 10% de las reservas totales. A esto habría que agregar las estatales Pemex, de México, Petrobrás de Brasil y Petronas de Malasia. Estas compañías más o menos rutinariamente hacen tratos con gobiernos y capitalistas locales, con los que acuerdan las condiciones en que realizan sus inversiones. Se trata de relaciones entre Estados y empresas capitalistas, de fuerza desigual, que negocian sus participaciones en la plusvalía generada en el negocio. Las relaciones que establecía Repsol con Argentina no eran cualitativamente distintas de las que establece Petrobrás con Argentina, o con cualquier otro país latinoamericano, o las que pudieran haber establecido los chinos si éstos hubieran terminado comprando Repsol (China habría llegado a un acuerdo con Respsol para comprar YPF, poco antes del anuncio del gobierno K).
En este marco, no hay lugar para que se desarrolle un conflicto “capitalismo mundial – Estado nacional” que pudiera derivar en algún tipo de régimen burocrático estatista (los “socialismos reales”), y menos aún en la aplicación de algún programa de transición al socialismo, con que especulan algunos. No va a haber ruptura de fondo.

La cuestión en perspectiva histórica
Vinculados a la expropiación, por estos días circulan discursos que nos presentan una historia argentina plagada de “patriotas” y “vendepatrias”, según los funcionarios de turno hayan favorecido al capitalismo estatista, o las privatizaciones. En algunos casos habrían sido “entreguistas” en los 90, pero patriotas (o parcialmente patriotas) hoy. Así, incluso Menem, que ahora votará a favor de la expropiación, estaría por redimirse.
La visión que defiendo es un poco distinta a este relato de “eternautas” y villanos. Según mi punto de vista, aquí hubo cambios de orientación que afectaron al conjunto de las clases capitalistas de los países atrasados, y que estuvieron condicionados por circunstancias históricas y sociales. Si bien hay matices y diferencias, a grandes rasgos podemos decir que durante décadas, y hasta la crisis de la industrialización por sustitución de importaciones, el Estado fue considerado una palanca para la acumulación. En los 1980 y 1990 el giro privatista fue generalizado Y ahora estaríamos en una fase en la que se acepta como “normal” la participación de las ECE en la mundialización, pero con diferencias marcadas con respecto a la anterior etapa “estatista”. Aunque con virajes más abruptos, la suerte de YPF tuvo que ver con estos derroteros.
Recordemos que históricamente las empresas estatales cumplieron un rol en la consolidación de capitalismos locales en América Latina y otras regiones del tercer mundo. Es que en estos países el capitalismo privado no estaba en posición de establecer empresas capaces de asumir las inversiones necesarias en infraestructura, energía y similares. De ahí que la clase dominante apelara a las palancas del Estado. Marx decía que en tanto el capitalismo es débil, utiliza las “muletas” del Estado, y que las deja cuando se siente lo suficientemente poderoso. Más en general, y contra lo que dice el relato neoliberal, la realidad es que los mercados nacionales nunca se construyeron espontáneamente. Desde que el capitalismo es capitalismo, siempre hubo participación del Estado en la economía, y esto se aplica a los países atrasados. La vasta red de empresas estatales, y de intervencionismo estatal, al menos en América Latina y en muchos países de Asia, tuvo su razón, histórica y social, en la necesidad de crear condiciones para la acumulación del capital, e impulsarla. Esto explica que en Argentina, por ejemplo, tanto gobiernos conservadores, nacionalistas, como progresistas, hayan promovido empresas como YPF, las telefónicas, los ferrocarriles o la energía nuclear.
Por otra parte, en este largo período, hubo también fases de mayor participación privada. En lo que respecta al petróleo, se pueden señalar los acuerdos de Perón con la Standard Oil, a principios de los 50, luego los contratos petroleros de Frondizi, y más tarde el plan Houston, aplicado por Alfonsín. Lo importante es que estos vaivenes eran la expresión de un problema más profundo, que consistía en que las empresas del Estado, al permanecer relativamente al margen de la “disciplina” que impone la ley del valor, y de la valorización, en muchos casos se descapitalizaban, y terminaron enfrentando crecientes dificultades. La historia de YPF es ilustrativa. Por ejemplo, bajo la dictadura 1976-83 la obligaron a endeudarse (y no para realizar inversiones), y posteriormente le impidieron tomar seguros de cambio. Como resultado, en 1983 YPF estaba fuertemente endeudada. Además, se privatizaron muchos servicios periféricos, lo cual dio pie al negocio de contratistas, que hicieron fortunas a costa de YPF. En otras ocasiones, se dispuso una política de precios ruinosa para la empresa, con el objetivo de “anclar” la inflación. También se la obligaba a comprar a empresas nacionales insumos a un precio muy superior al internacional; era transferencia de plusvalía para grupos locales. En definitiva, el capitalismo estatal no fue un canto a “la defensa de la patria”, como ahora se lo quiere presentar. Dio lugar a muchos negocios, que favorecieron a determinadas fracciones de la clase dominante. Esta situación terminaría por hacer crisis, en Argentina, hacia finales de los 80 y principios de los 90.

Privatizaciones y la ley del mercado
La agravación de los déficits fiscales, el peso de las deudas, el reconocimiento de que muchas empresas estatales estaban tecnológicamente atrasadas, y la circunstancia de que los capitales locales enfrentaban una creciente presión del mercado mundial, generaron las condiciones para el viraje hacia las privatizaciones. En los años 1980 esta presión aumentó con la caída de la URSS y de los “socialismos realmente existentes”. La decadencia de muchas ECE, palpable a fines de los 80, creó el clima para que las privatizaciones fueran aceptadas por la población. YPF, en particular, estaba descapitalizada, tenía baja productividad y ya se había avanzado en su desarticulación.
En esta coyuntura se impuso entonces el “no hay alternativa al mercado”, y se desató la ola de privatizaciones, con el apoyo mayoritario de los capitalismos locales. A mediados de los 90 el Banco Mundial calculaba que se habían privatizado unas 15.000 empresas estatales. Como en otras partes, en Argentina las privatizaciones también tuvieron el beneplácito de prácticamente toda la clase dominante. Había discrepancias en cuanto a las formas (el plan de Terragno y Alfonsín no era el mismo que el de Menem), pero no en contenido. Los capitales exigían que todos los sectores productivos se sometieran a la ley del valor, y las privatizaciones se visualizaban como la vía más rápida y expeditiva para lograrlo. De ahí la ferocidad con que se despidieron trabajadores, se anularon beneficios sociales, se dejaron pueblos enteros en la desolación. Cuando Menem, con el apoyo de los Kirchner, y de tantos “patriotas” de hoy, impulsaba las privatizaciones, estaban respondiendo a intereses de clase bien definidos. Hubo apoyo del Congreso, de cámaras empresarias, de los grandes medios y, por supuesto, de los organismos internacionales. En estas operaciones participaron capitales privados, nacionales y extranjeros, asociados de las más diversas formas. Compraron a precio de liquidación los activos, e hicieron fortunas con su posterior valorización. No hubo una “imposición” colonial para que actuaran de la manera que actuaron. Es hora de terminar con ese cuento, la burguesía argentina y sus gobernantes no son “oprimidos”. Son explotadores, que reclaman lo suyo de la manera que más les conviene en cada coyuntura.
La venta de las acciones de YPF de 1999 también evidencia que las relaciones entre el capital extranjero y el Estado argentino fueron de naturaleza puramente “capitalista”. Y el tema tiene trascendencia, porque de alguna manera estableció, al menos parcialmente, las condiciones que regirían en los 2000. Es que en 1999 el gobierno argentino aceptó que Repsol comprara las acciones de YPF endeudándose. En consecuencia, Repsol estaba casi obligada a tener una política de alta distribución de utilidades, y baja inversión, porque debía pagar a sus acreedores internacionales. Para adquirir la empresa, Repsol ofreció 45 dólares por acción, cuando estaban a 33 dólares. Sin embargo, en ese momento los precios del petróleo estaban deprimidos. De manera que se quedó con YPF por poco dinero (1600 millones de dólares), y la empresa pasó a ser el apéndice de un grupo trasnacional. A su vez, el ingreso de eso dólares le permitió al Estado cubrir el déficit fiscal. Muchos de los que hoy hablan de la estatización de YPF como de un acto de liberación nacional, aplaudieron a rabiar esa venta.

Petróleo y modelo K
Repetidas veces se ha señalado que YPF invirtió poco, con la consecuencia de la baja de la producción y de las reservas; estas últimas cayeron 18% entre 1998 y 2010. El año pasado el país debió importar petróleo y gas por más de 9.000 millones, y en 2012 la cuenta sería más pesada. Esta es la razón por la cual el gobierno terminó optando por la expropiación. Pero la caída de la inversión en petróleo y gas debe inscribirse en la dinámica del “modelo productivo K”. Como hemos señalado en otras notas (aquí; también en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo) una característica del “crecimiento sustentado en el tipo de cambio alto” que promovieron los gobiernos K fue la caída relativa de la inversión en infraestructura, y no sólo energética. El caso del transporte ferroviario, que se puso bajo la luz a raíz de la tragedia de Once, es parte del mismo fenómeno (ver aquí). En buena medida la renta agraria y petrolera (y ahora la minera, en crecimiento) no se ha reinvertido en ampliar la matriz productiva. Por diversos canales, una parte ha ido al exterior (los giros de utilidades de Repsol son solo parte del problema); otra se ha canalizado hacia la inversión inmobiliaria; y hacia el gasto corriente del Estado. En este último respecto, las provincias, reciben, en promedio, el 12% de lo facturado por las empresas; y el Estado nacional se hace de otra parte de la renta petrolera, por medio de las retenciones. Globalmente, la diferencia entre el precio internacional del barril y 42 dólares queda en manos del Estado. Cuando desde distintos sectores, tanto de la derecha como de la izquierda, se señalaba que el proceso de acumulación era estructuralmente débil, la respuesta de los K-defensores era que no había por qué preocuparse, ya que estimulando el consumo (y el Estado jugaba un rol en esto), la inversión se daría casi automáticamente. Pero la realidad no confirmó el K-diagnóstico; y no pudo seguir ocultándose.
En el área del petróleo y gas la debilidad de inversión tiene efectos catastróficos. Es que a medida que se agotan los pozos en existencia, es necesario realizar fuertes inversiones en exploración y también, por supuesto, en la puesta en funcionamiento de los yacimientos encontrados. Para desarrollar la producción de Vaca Muerta, en Neuquén (contiene grandes reservas de gas), sería necesaria, según los especialistas, una inversión de unos 5.000 millones de dólares anuales, durante una década. Pero no solo Repsol no invirtió (o invirtió poco), sino tampoco lo hicieron las otras compañías que tienen áreas concesionadas. Después de todo, YPF maneja solo el 34% de la producción, y la caída de las reservas es generalizada. Lo cual indicaría que en todos lados tendió a prevalecer la mecánica de sacar la máxima ganancia con la mínima inversión, cuando no una lógica puramente especulativa. Como se ha señalado repetidas veces, el grupo Petersen entró a YPF, en 2007, comprando primero el 10% de las acciones, y luego otro 15%, prácticamente sin poner un dólar. Simplemente tomó préstamos de un sindicato de bancos, con la promesa de devolverlos con las utilidades que reportaría YPF. Los españoles aceptaron porque en contrapartida el gobierno permitiría subir los precios (cosa que sucedió). Pero entonces Repsol profundizó la política de girar dividendos a sus accionistas. No solo se repartieron todas las utilidades, sino también reservas contables por 850 millones de dólares. En esencia, era la misma operatoria de 1999, cuando Repsol compraba la tenencia accionaria del Estado tomando créditos. Todo esto se hizo con el visto bueno del gobierno nacional. El acuerdo entre Respsol y Petersen fue aprobado por Guillermo Moreno. Los balances de Repsol fueron aceptados por el representante del Estado en el directorio. El movimiento nacional y popular K, a todo esto, se rompía en elogios por la “argentinización” de YPF. Pero se trataba de un vaciamiento, liso y llano. Y fue una operación realizada con el pleno acuerdo de un Estado soberano. Aquí hubo fabulosos negociados de capitalistas de todos los colores y nacionalidades. Un festín de plusvalía que se reparte a dentelladas entre lobos. Luego, y aprovechando su carácter multinacional, Repsol apuró la transferencias de utilidades y, en los últimos tiempos, buscó salir de Argentina definitivamente.
El repaso de las concesiones de explotación que adjudicaron las provincias en los últimos seis años arroja el mismo resultado: hubo una lógica especulativa, casi de saqueo. De las 190 áreas que se concedieron, 87 correspondieron a grupos económicos que no tenían la menor relación con el petróleo (pero sí con el gobierno). Lázaro Baez, Vila y Manzano y Raúl Moneta (Cristóbal López también recibió áreas). Todo indica que estos personajes se metieron en el asunto para obtener ganancias especulativas. Ninguno se preocupó por la inversión productiva. Agreguemos todavía que Enarsa, la empresa estatal creada por los K, posee desde hace años el monopolio de la exploración en el mar argentino. Pero casi no invirtió en ello. Aunque sí se dedicó a importar gas (metiendo al amigo Cirigliano, de paso). A todo esto, en fin, se le llama “el modelo productivo”.

El nuevo escenario, capitalismo de Estado y globalización
Luego de la etapa estatista y de la fiebre privatizadora de los 90, en los últimos años ha tendido a estabilizarse un nuevo capitalismo de Estado que, como vimos, participa activamente en la mundialización. Miles de empresas que antes eran estatales se privatizaron, pero algunas estatales adquirieron dimensiones de gigantes transnacionales, y como tales son aceptadas por el capital en general. Se pueden discutir detalles y aspectos de su funcionamiento, pero prácticamente nadie duda de que son parte integrante del modo de producción capitalista. Organismos como el Banco Mundial hoy reconocen su “aporte”. Lo más significativo, para lo que nos ocupa, es que en su inmensa mayoría se rigen más y más por las leyes de la valorización que le caben a cualquier capital. Esto es, sean estatales o privadas, todas las unidades productivas se sostienen en la explotación del trabajo. Las recomendaciones de la OCDE para el “buen gobierno” de las ECE expresan esta necesidad. Según la OCDE, el Estado no debe interferir en la marcha de la empresa estatal, ni involucrarse en el día a día de su gestión. Debe separar su función en cuanto regulador del mercado, de su rol de propietario, a fin de no “distorsionar la competencia”. Tiene que permitir que los consejos de directorios de las ECE actúen con independencia; el ejercicio de sus derechos de propiedad debe estar claramente identificado. Las ECE deben aceptar auditorías externas y la inspección de los órganos de control estatal específicos. Tienen que disponer esquemas de remuneración que acerque personal de conducción capacitado. El Estado y las ECE deben reconocer los derechos de todos los accionistas, y que éstos reciban un trato igualitario. Es necesaria una política de transparencia e información plena a los accionistas. Los directores deben ser plenamente responsables por el desempeño de las ECE. Y si se admiten representaciones de los trabajadores en los directorios, las mismas deben contribuir a la buena marcha de la empresa.
Las ECE cada vez cumplen más estrechamente con estas pautas. Además, son regidas por directores que se entrenan en las mismas escuelas de negocios que entrenan al personal jerárquico de las privadas. La valorización y los balances son puestos bajo escrutinio de los inversores, que “votan” en las bolsas de valores. Estamos muy lejos del viejo estatismo vinculado a la industrialización por sustitución de importaciones. Los nuevos criterios para definir qué es una ECE, y las ambigüedades que surgen al tratar de establecer los límites entre lo privado y lo estatal, tienen que ver con este giro.
Es en este marco en el que debería analizarse a la “estatizada” YPF y sus perspectivas. Naturalmente, en lo inmediato va a haber fuertes tensiones y disputas por el precio a pagar al grupo español (en el cual también está implicada Pemex). Pero por encima de esto, el gobierno intentará renegociar con el capital internacional.  La propia burguesía argentina lo está pidiendo. El gobierno ya ha solicitado a Petrobrás que aumente su participación en el mercado del 8% actual al 15%, y se apresta a iniciar conversaciones con Exxon, Conoco Phillips y Crevron.
En conclusión, en medio de un clima de exaltación patriótica, es conveniente recordar que por debajo de estos giros subyace la explotación del trabajo. El conflicto no es entre “patria y colonia”, sino entre distintos grupos de explotadores. Lo que negociará el gobierno con Petrobrás, Chevron o Total son las porciones que corresponden a los respectivos explotadores, sean estatales o privados, nacionales o extranjeros. Es la “liberación nacional” de los tiempos que corren. La clase trabajadora y el pueblo no deberían depositar esperanzas en ninguna de estas fracciones. La crítica desde la perspectiva socialista, parece imprescindible. 

martes, 24 de abril de 2012

Entrevista a Claudio Katz a propósito de YPF

Claudio Katz sobre Repsol: "Cuando hay un derecho popular, un derecho nacional en juego, hay que estar en el campo del derecho nacional" 

 

Video de la entrevista 

Tomado de http://www.barricadatv.blogspot.com.ar/ 

[fuente: 20 de abril de 2012]

miércoles, 22 de febrero de 2012

La decadencia de EE.UU. en perspectiva (II parte): El camino imperial, por Noam Chomsky

Tomado de Rebelion.org
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens



En los años de consciente, auto-infligida decadencia en el país, las “pérdidas” siguieron aumentando en otros sitios. En la última década, por primera vez en 500 años, Suramérica ha emprendido pasos exitosos para liberarse de la dominación occidental, otra pérdida seria. La región ha progresado hacia la integración, y ha comenzado a encarar algunos de los terribles problemas internos de sociedades gobernadas por elites en su mayor parte europeizadas, pequeñas islas de extrema riqueza en un mar de miseria. También se han librado de todas las bases de EE.UU. y de controles del FMI. Una organización recientemente formada, CELAC, incluye a todos los países del hemisferio con la excepción de EE.UU. y Canadá. Si realmente funciona, será otro paso en la decadencia de EE.UU., en este caso en lo que siempre ha considerado como su “patio trasero”. Incluso más seria sería la pérdida de los países de MENA –Medio Oriente/Norte de África– que han sido considerados por los planificadores desde los años cuarenta como “una estupenda fuente de poder estratégico, y una de las mayores preseas materiales en la historia del mundo”. El control de las reservas energéticas de MENA generaría “un sustancial control del mundo”, en las palabras del influyente consejero de Roosevelt, A.A. Berle.

1979-2012: de la primavera de Teherán al invierno de Alí Jameneí, Richard Hadiette / París

El autor, analista político y periodista experto en Irán, explica la historia reciente de una república donde impera una férreo control político y donde 78 millones de personas viven amenazadas por Israel y Estados Unidos.
 
Tomado de http://www.diagonalperiodico.net
Viernes 20 de enero de 2012.  Número 166 
 

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El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, al frente de una "banda lumpen" sin apoyo popular, amenaza con revelar la corrupción en las altas esferas del Estado. Foto: Chavezcandanga
Entre recurrentes crisis políticas y un intenso proceso de asedio económico, diplomático y militar por parte del eje israelí estadounidense, lo que queda de República Islámica en Irán se dispone a pasar el día 3 de marzo el trámite de las primeras elecciones (al parlamento) desde que la «presidencial» de 2009 marcara la penúltima expulsión del escenario político oficial iraní: la de quienes primero ejecutaran en 1979 la toma de rehenes en la embajada americana como «estudiantes de la línea del Imam» (Jomeini) para ser conocidos luego como «la izquierda islámica» (estatal) y transmutarse finalmente desde 1997, con la «presidencia» de Mohammad Jatamí, en «los Reformistas».
Tras aquella «primavera de la libertad» de 1979, la historia de la revolución habrá sido otra vez la de un proceso de eliminación de las variadas identidades y corrientes políticas que componen una sociedad tan plural como la iraní. La primera, claro está, la de monárquicos y autoridades de la dictadura Pahlaví; para seguir con las fuerzas entre liberal y socialdemócratas del Frente Nacional mosaddeqista; el islamismo liberal y nacionalista del Movimiento por la Libertad (Nehzat-e Âzâdí), la izquierda islámica revolucionaria de los Moyahedín del Pueblo, el comunismo guerrillero de los Fedayines; el prosoviético Tudé; maoístas del Peykar; el islam receloso del autoritarismo jomeinista profesado por gran-ayatolás como Shariatmadarí o Montazerí.
Esto, sin hablar de las fuerzas no persas: kurdos, baluches, azeríes, árabes…; o de las tendencias religiosas diferentes del chiísmo duodecimano estatalizado: bahaíes, sufíes miles, evangelistas cristianos, suníes, chiitas laicistas. Eliminación en distintas formas y grados de violencia, desde la censura directa en los media y la ocultación del cuerpo femenino por represión vestimentaria (hiyab impuesto) a la persecución de todo sindicato obrero no controlado férreamente en vertical, pasando por la ejecución en secreto de entre cuatro y 30 mil presos políticos en 1988 o los asesinatos en serie de decenas de opositores exiliados e intelectuales disidentes en los años 90. Sólo una formidable renta petrogasera, con la consecuente hipertrofia del poder estatal y el desarrollo de fuertes redes clientelares, más la machacona llamada a la lucha contra el Enemigo exterior, han podido mantener en marcha este proceso durante más de 30 años.
Fue frente a dicha lógica violenta de exclusión que cobró forma y fuerza el movimiento reformista, con el lema «Irán para todos los iraníes» del «presidente» Jatamí, que quiso favorecer una relativa permisividad (y fomento) de espacios de expresión más libres. La estrategia teorizada por Said Hayarián de «presión desde abajo y regateo por arriba», como medio de imponer la apertura al núcleo duro del Estado comandado por el ayatolá Jameneí, los cuerpos de seguridad y la clase mercantil ultra tradicionalista del bazar, chocó con las contradicciones de la propia izquierda islámica estatal, que ni estaba dispuesta a poner en entredicho más de la cuenta a los poderes fácticos con su doctrina jomeinista de la «tutela del alfaquí» (del clero islámico), ni dejaba de participar a su vez en la represión de las corrientes que pudieran hacer escapar de su control a actores políticos e intelectuales autónomos.
Se favorecía la difusión de tesis liberales popperianas al tiempo que los medios autorizados insistían en la difamación de cuanto oliera a marxismo, izquierda o secularismo. Esa estrategia permitió que saliera a la luz pública la autoría parapolicial de los asesinatos en serie, pero dejó impunes a sus responsables. Concedió muchos permisos de prensa a sectores críticos, mientras que el poder judicial con el Líder Supremo a la cabeza iba cerrándolos uno tras otro. Subvencionó películas exitosas en los festivales de cine extranjeros, que sin embargo no se podían a menudo ver dentro de Irán. Impulsó una ley de prensa más liberal pero no supo defenderla cuando el ayatolá Jameneí ordenó su retirada. Y tampoco supo reaccionar cuando el Consejo de Guardianes vetó de forma masiva, desde el año 2000, toda candidatura electoral no lo bastante sumisa al poder de Jameneí.
Así fue como en 2005, en medio de la frustración general de las supuestas «clases medias» urbanas (el 70% de los iraníes viven en ciudades), los órganos de seguridad hicieron pasar a la «presidencia», aprovechando la singular tendencia iraní a votar desconocido y anti sistema, a su candidato Mahmud Ahmadineyad, que prometía justicia social con hechos en vez de palabrerío intelectualoide. La acción gubernamental ulterior, marcada por censuras redobladas y la puesta de cada vez más medios públicos en manos de los jefes militares fieles al Líder, hace difícil discernir, dentro o fuera de Irán, hasta qué punto los esfuerzos descentralizadores y el reparto de pequeñas subvenciones a los más necesitados se han materializado de verdad o han podido compensar la explosión de una inflación que los reformistas habían al menos logrado contener.
Alianzas diplomáticas
Mientras, por otro lado, las industrias iraníes son desmanteladas en beneficio de la producción china a cambio, si no de pagos en metálico, de un apoyo diplomático que acaso contenga la amenaza militar americano-israelí. En este ambiente fue que el golpe de Estado electoral de 2009 produjo la reacción popular de protesta pacífica que logró durante varios meses acercar y movilizar, dentro y fuera del país, a muy distintos sectores opuestos al aparato del poder, concentrado en manos cada vez más exiguas.
La crisis abierta prosigue pese a la exclusión de las masas por la represión, el miedo y el hastío ante la continuidad del ventajismo de los reformistas, tras romper el Líder con su candidato de 2005 y 2009 una vez que este ya sirvió de ariete para desarmar el reformismo –que ha anunciado desde la cárcel o el inmovilismo su abstención en marzo–. La banda de lumpen de Ahmadineyad, pese a las detenciones y acoso sufridos tras la ruptura y a comprobarse en marzo de 2011, con el encierro de 11 días del «presidente» para protestar por el veto de Jameneí a su control ministerial, que carece de apoyo popular efectivo, parece de momento haberse asegurado presencia parlamentaria amenazando con desvelar la corrupción de las más altas esferas del Estado, método más efectivo que las componendas de la antigua izquierda islamista. Mientras, fuera del Estado hacen estragos, como en tantos países de subsuelo menos afortunado, la pobreza, la atomización social y la depresión: terreno propicio para el desastre de una intervención exterior.

lunes, 20 de febrero de 2012

La decadencia de EE.UU. en perspectiva, Parte I “Perdiendo” el mundo, por Noam Chomsky

Introducción del editor de Tom Dispatch
    En mayo de 2007, tropecé con bocetos en el sitio en la web de una firma arquitectónica de Kansas contratada para construir una monstruosa embajada combinada con ciudadela para el centro de comando de Gran Medio Oriente en 42 hectáreas en el centro de la capital iraquí, Bagdad. Presentaban las impresiones de un artista de cómo se vería el lugar – un gigantesco complejo autosuficiente prosaico (pensad en centros comerciales o proyectos habitacionales) y opulento (una gigantesca piscina, canchas de tenis, un centro recreativo).
    Impresionado por el hecho de que el gobierno de EE.UU. se propusiera construir la mayor embajada de todos los tiempos en el corazón petrolero del planeta, escribí un artículo: “El buque nodriza aterriza en Iraq” sobre esos planes y presenté un pequeño tour del proyecto mediante esos burdos dibujos. Desde TomDispatch comenzó a circular por Internet y pronto un Departamento de Estado aterrorizado declaró una “ruptura de la seguridad” y obligó a la firma a retirar los bocetos de su sitio en la web.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sin políticas industriales activas, viejos problemas, por Martin Schorr *

En la posconvertibilidad, de la mano del “dólar alto” y la casi total ausencia de políticas industriales activas y coordinadas, se manifestaron, aggiornadas, algunas de las “viejas” problemáticas de la dinámica industrial argentina.
a) El creciente predominio del capital extranjero que, en la fase actual, posee un ciclo de acumulación muy vinculado con los mercados externos a partir de producciones para las que los salarios bajos constituyen una necesidad. Estas actividades son muy poco generadoras de empleo y eslabonamientos productivos virtuosos.
b) La profundización de la dependencia tecnológica y el carácter regresivo de la estructura manufacturera. Esto se expresa en que el crecimiento fabril fortaleció las tendencias a la reprimarización del perfil de especialización e inserción en el mercado mundial del período 1976-2001. Y derivó en un aumento considerable de importaciones, sobre todo de maquinarias y equipos en un escenario signado por un débil proceso sustitutivo.
c) La vigencia de instrumentos de promoción industrial que desalientan la producción nacional de bienes de capital y otros segmentos complejos en los que existe masa crítica. Es el caso del esquema de privilegio para las terminales automotrices y las ensambladoras de productos electrónicos en Tierra del Fuego, el régimen promocional instituido por la Ley 25.924 y el de importación de bienes integrantes de grandes proyectos de inversión.
d) El desempeño fabril en materia de comercio exterior arroja un comportamiento de tipo stop and go y un déficit significativo que termina siendo “financiado” por las divisas aportadas por actores poco o nada industriales. Básicamente por las grandes empresas extranjeras y locales altamente transnacionalizadas de los sectores minero, petrolero, agropecuario y elaboradoras de ciertos commodities industriales.
e) La “paradoja” de un proceso en el que la industria está llamada a convertirse en la “locomotora del crecimiento” y en el núcleo ordenador de las relaciones socioeconómicas, pero que consolida en términos estructurales y de poder de veto a actores poco o nada industriales

* Flacso.

Tomado de Página/12, 26 de junio de 2011

jueves, 9 de febrero de 2012

La primera potencia militar en su lucha contra la principal potencia económica, por Nazanín Armanian*

Y ahora, a por China


El presidente de EEUU Barak Obama, debe de pensar que Irán es pan comido para declarar que la nueva estrategia de Defensa en 2012 es contener a China. Adicto a la guerra, Washington, que ha borrado la palabra “paz” de su diplomacia, considera a Pekín un peligro para “sus intereses nacionales” en el Pacífico y Asia Meridional y para su hegemonía unilateral planetaria. Con el 5% de la población mundial el país occidental tiene un presupuesto militar siete veces mayor que el gigante amarillo, posee fuera de sus fronteras alrededor de 900 bases militares, once flotas navales que pasean por todos los océanos y cientos de miles de soldados esparcidos por el globo, y aun así está preocupado por una China sin tropas ni instalaciones militares fuera de su territorio.
Regreso a Asia es el “santo y seña” del Pentágono para allanar el Extremo Oriente y tomar el Mar de China cuyos fondos marinos, además, ocultan millones de barriles de petróleo y billones de pies cúbicos de gas. El pretexto no le faltará: velar por la seguridad marítima mermada por las supuestas armas nucleares ocultas de China, luchar contra el terrorismo islámico y la piratería y ayuda “humanitaria” en los desastres naturales.
La primera potencia militar, en su lucha contra la principal potencia económica, pretende controlar el estratégico Estrecho de Malaca, que une el Mar de China Oriental (al que Hillary Clinton llama Mar Occidental de Filipinas) con el océano Indico y Europa. Por sus aguas circula la mitad del tonelaje mercante mundial y los 20 millones de barriles del petróleo del Golfo Pérsico con destino Japón, Corea del Sur y China.



Pekín avanza sin colonizar ni ocupar países. Consigue sus objetivos mediante el sereno y sutil método de “acupuntura” en vez de “ataques quirúrgicos”. Ha construido, por ejemplo, el conducto más largo del mundo que lleva el gas del Caspio desde Turkmenistán a sus tierras, sin pegar un solo tiro, mientras decenas de miles de soldados de la OTAN llevan una década en Afganistán sin poder construir el gasoducto transafgano.
Que el coloso asiático sea, además, el único proveedor de tierras raras –usadas en microchips y alta tecnología-, aumenta el nerviosismo de EEUU, que actúa antes de verse superado por Pekín: se apodera de las fuentes de energía (Irak, Sudan, Libia, y ahora prueba con Irán), estrecha su alianza con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), arma a Taiwán con sistemas antimisiles y en Myanmar apoya a la oposición presionando al gobierno para que suspenda la construcción de un importante gasoducto hacia China. Por otro lado incrementa el número de 70.000 soldados que tiene en Corea del Sur y Japón, fortalece el Comando Estadounidense del Pacífico, refuerza las bases militares en Corea del Sur, Tailandia, Taiwán, Indonesia, Filipinas y Australia, e impide la formación de “Chindia” (China+India). Reducir a Pakistán y un escaño en el Consejo de Seguridad sería el premio a India a cambio de su cooperación, que junto con Japón harían de contrapeso al enemigo.
Pekín ante una situación de desventaja geopolítica en Europa, África y Asia comienza a reaccionar, sin perturbar sus relaciones con Washington. Su armada realizó, en noviembre, unas maniobras militares sin precedentes cerca de las fronteras de Pakistán, para advertir a EEUU de que no toleraría una invasión al país centroasiático. También incrementó, en 2011, su presupuesto militar en un 12%, cayendo en la trampa de la carrera armamentística, que tiene incluida una Guerra de las Galaxias.
Despunta la nueva Guerra Fría.

Fuente: http://blogs.publico.es/puntoyseguido/381/y-luego-a-por-china/ 

Tomado de Rebelion.org

* Nazanín Armanian

domingo, 5 de febrero de 2012

Los conflictos laborales y sociales atenazan a China

El gigante asiático afronta una desaceleración económica a partir de 2012

EFE

China afronta una desaceleración económica a partir de 2012, junto con un aumento de los conflictos laborales y sociales que ponen en peligro la estabilidad de la segunda economía mundial, en cuyas reservas confía Occidente para superar la crisis. Según la organización China Labour Bulletin, que estudia los conflictos laborales en el país asiático, el centro manufacturero de China, situado en el delta del Río Perla (provincia de Cantón, sur), registra unas 10.000 disputas laborales al año.

martes, 17 de enero de 2012

El Instituto “Dorrego” y un revisionismo histórico de izquierda, por Omar Acha



Acha, OmarAcha, Omar. Historiador y ensayista. Doctorado en la Universidad de Buenos Aires y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, es investigador del CONICET y docente en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras. Ha publicado los libros El sexo de la historia (2000), Carta abierta a Mariano Grondona: interpretación de una crisis argentina (2003), La trama profunda (2005), La nación futura (2006), Freud y el problema de la historia (2007), La nueva generación intelectual (2008), Las huelgas bancarias, de Perón a Frondizi (2008), Historia crítica de la historiografía argentina, vol. 1, Las izquierdas en el siglo XX (2009), Los muchachos peronistas (2011); ha compilado en colaboración Cuerpos, géneros e identidades (2000) e Inconsciente e historia después de Freud (2010), Integra los colectivos editores de las revistas Herramienta. Revista de Crítica y Debate Marxista y Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico.


La controversia provocada por la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Argentino y Iberoamericano “Manuel Dorrego” y ciertas reacciones universitarias ante el hecho, brinda la oportunidad para una discusión demorada sobre una revisión de la historiografía desde la izquierda.
La eventualidad de una revisión generalizada de la historiografía parecía inviable desde el golpe de estado militar-civil de 1976 hasta nuestros días. Se tornó una práctica pasada de moda y archivada en la era de la ideología. Sostendré que desde hace una década habitamos una vacancia historiográfica habilitadora de una obra revisionista.
Tal faena no puede ser acometida desde un supuesto revisionismo kirchnerista de extrema debilidad intelectual y escaso valor histórico, ni tampoco de una historiografía académica que, en sus rangos prevalencientes, se refugia en la “autonomía” científica de su “campo”.
Situaré la importancia de la controversia mencionada para ubicar luego lo que más me interesa desarrollar, a saber, las condiciones de un revisionismo histórico de izquierda. Creo que al respecto se ha dicho, todavía, demasiado poco. Sugeriré algunos temas básicos para futuras discusiones.
Un revisionismo histórico falseado
Con la creación del Instituto de Revisionismo Histórico “Dorrego” por un decreto presidencial del 17 de noviembre de 2011, parece que el gobierno nacional ha tomado la decisión de impulsar una corriente historiográfica. La misma recuperaría temas y figuras del revisionismo histórico nacionalista y federalista. En el estilo más modesto del revisionismo elitista, el organismo es pensado como recuperador de figuras individuales al fijar su meta como “el estudio, la ponderación y la enseñanza de la vida y obra de las personalidades de nuestra historia y de la Historia Iberoamericana, que obligan a revisar el lugar y el sentido que les fuera adjudicado por la historia oficial, escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX”.1
La composición del Instituto “Dorrego” pretende edificar una usina ideológica de historiografía antiliberal, contraria a una “historia oficial” aparentemente inclinada a una visión antipatriótica.2 El presidente del Instituto, Mario “Pacho” O’Donnell expresa el tipo de historia propuesta: un revisionismo muy genérico, difuso y oportunistamente compatible con las imágenes históricas vendibles en librerías y documentales televisivos, para emplearla como propaganda pro gubernamental. Se trata entonces de utilizar temas de atracción garantizada merced a una larga hegemonía del revisionismo histórico entre las clases medias y populares, donde un nacionalismo muy amplio alimenta una idea conspirativa de la historia. Esta es organizada a través de contraposiciones morales. Las explicaciones son entonces tan simples como uniformes. Hay dos campos enfrentados, el de los buenos contra los malos, el de los nacionales contra los nacionales, el del Interior contra la pérfida ciudad de Buenos Aires en la que vive el setenta por ciento de los autoproclamados revisionistas del Instituto. Se trata de una trama de efectividad interpretativa (todo está siempre clarísimo a tal punto que es innecesario investigar), de repercusión anímica asegurada en su público lector o audiencia, y con cierta coloración crítica pues se quiere popular y anti-oligárquica. Con la declarada adhesión al revisionismo de la presidenta Cristina Fernández, el ánimo histórico revisionista parece haber recobrado vigencia estatal además de comercial.
No obstante, sería un error considerar que las simpatías revisionistas de la presidenta y algunos cuadros gubernamentales constituyen una doctrina histórica que caracteriza la política cultural kirchnerista. Es un aspecto relativamente importante en sus referencias culturales, pero sin duda no es una línea interpretativa dirigida a dominar todas las representaciones históricas difundidas por el estado ni quiere ser la brújula de la “batalla cultural”.
Oportunista, en este sentido el kirchnerismo adopta una modalidad histórica que fue afín al peronismo entre 1955 y 1990. La emplea para coaligar ciertas ideas muy generales y legitimarse como política “nacional y popular”. Pero al mismo tiempo es bastante endeble en la tarea, pues no consigue conciliar el nacionalismo y el proteccionismo que fueron temas clásicos del revisionismo histórico de los años sesenta con la economía transnacionalizada y extractivista de hoy.
La inclusión en el “Cuerpo Académico” del Instituto de ideólogos y políticos sin destrezas historiográficas como el ex cuadro del PRT-ERP y ahora periodista Eduardo Anguita y el ex intendente del conurbano y ahora senador Aníbal Fernández delata, inmisericorde, el afán indigentemente propagandístico del organismo. He allí el núcleo central de un debate sobre este supuesto foco generador de un revisionismo histórico kirchnerista: hasta qué punto encarna o no una política de la historia capaz de promover una transformación del presente a la luz de una interpretación del pasado.
Creo que es incapaz hacerlo, porque la anima una visión histórica tímida e inconsecuente. Le falta pasión y trabajo. Su propuesta de “investigación” está plagada de lugares comunes que rinden frutos porque recuerdan temas vendibles y emocionalmente efectivos, pero se apagan en su capacidad crítica.
Autores de obras históricas partícipes del Instituto “Dorrego” hacen resonar en sus textos las voces usuales del revisionismo, pero menguando toda aspereza. Felipe Pigna, Pacho O’Donnell o Hernán Brienza saben bien aderezar una receta infalible: un poco de caudillos siempre representativos de sus seguidores, menciones a las masas montoneras siempre nacionalistas y tradicionalistas, denuestos al porteñismo siempre egoísta y pro-europeo, lances contra los intereses franceses o ingleses siempre imperialistas, alusiones más o menos simpatizantes a las resistencias indígenas siempre inocentes, referencias a muertes en la pobreza como en Manuel Belgrano, todo eso en fórmulas conocidas por la industria cultural, de probada capacidad para inspirar en la imaginación la pertenencia a los buenos de la historia nacional. Las alusiones “iberoamericanas” están caladas por la misma cuchilla sencillista.
Las recetas se aplican una y otra vez a temas similares, y rinden un saldo editorial más que aceptable, e incluso se hacen best sellers en la clase media con pretensiones lectoras que encuentra un refugio heroico de la gris vida burguesa al identificarse con patriotas de cartón. Así como se ojean escenas de sexo ardiente en las novelas de mayor venta promocional para huir de la modesta fricción semanal en pose misionero, se asiste a luchas heroicas de Güemes para revestir de hazaña a la reproducción del país sojero-minero con modesta redistribución de los ingresos generados por el IVA.
Producir vendibles libros o documentales de factura “revisionista” no exigen talentos extraordinarios. Son un capítulo más de la oferta mercantil de lo que Adorno y Horkheimer denominaron la industria cultural capitalista. De hecho, los más “exitosos” autores del presunto revisionismo pagan a escritores asalariados, los llamados ghost writers, para que les redacten casi todos sus libros según los criterios conocidos, a los que revisan y agregan anécdotas de color. Publicado por editoriales de peso en el mercado, el producto garantiza una buena ganancia sin mayores esfuerzos intelectuales. Además de sus recurrentes debilidades documentales, las “obras” comercializadas sobrevuelan los dilemas históricos de la región, entienden superficialmente la construcción de las dominaciones, y explican mal las conexiones entre el pasado y el presente. De allí la ausencia de un rasgo esperable de cualquier revisionismo que merezca ese nombre: su aporte para la vida política.3
Un revisionismo histórico verosímil plantea bastante más que el uso de imágenes históricas vendedoras y diferentes de una “historia oficial” supuestamente liberal. Un revisionismo cuestiona el pasado pero sobre todo el presente, pues sabe que la historia se escribe desde las perspectivas de la actualidad. O más exactamente, desde una crítica del presente con el objetivo de alterarlo. Allí se define su peso específico, su valor, en la interconexión que ilumina entre lo que construyó al país y las tareas adecuadas para cambiarlo. Por desgracia, la iniciativa kirchnerista de impulsar el revisionismo histórico en el Instituto “Dorrego” revela su superficialidad, al reducirlo a un generador de discursos ideológicos legitimadores de lo dado, es decir, del tímido e inconstante reformismo que lo caracteriza. Es posible que surja alguna vez esa aparente contradicción que es un revisionismo oficialista, pero este no es el caso.
Sería intolerable para el kirchnerismo un revisionismo histórico que estudiara rigurosamente la construcción del capitalismo dependiente argentino, la persistencia del temor a la democracia entre sus clases dominantes, las represiones que reiteradamente se abatieron sobre las clases populares, o las prácticas de resistencia y revolución que atravesaron el pasado argentino. Basado su “modelo” en un neodesarrollismo extractivista y transnacionalizado, no existe interés alguno en cuestionar el capitalismo, no digamos globalmente, sino siquiera en su forma sudamericana actual. Sostenido políticamente por una partidocracia liberal y semipopulista, con poderes decididos entre grupos más o menos enriquecidos que se intercambian lugares para definir los destinos nacionales, carece de una inquietud crítica hacia la ausencia de una verdadera vida democrática donde el pueblo decida su porvenir.
O’Donnell declaró sin firuletes que el Instituto reproduciría lo que cada escritor hacía antes de la fundación, con el añadido de una extensión a las provincias: “Nos abocaremos a continuar en gran medida lo que hacíamos e hicimos hasta ahora. Casi todos los integrantes son buenas plumas. La existencia del organismo nos dará mayor posibilidad de organización y de fomento a la investigación historiográfica; nos permitirá la construcción de acuerdos con otras instituciones, ligarnos más a las provincias, salir del núcleo ciego que es Buenos Aires. Poder escapar de ese funcionamiento marginal que hasta ahora teníamos”.4
Los límites fundamentales del kirchnerismo yugulan cualquier intento de edificar un revisionismo histórico real. No es sorprendente que entonces se apele a autores pocos originales y acríticos. Casi sin excepciones, quienes componen las comisiones del “Dorrego” jamás podrán aportar un solo libro útil para la historiografía argentina. Por lo tanto, carecen de habilidades para contribuir a la reflexión, incluso en el propio kirchnerismo.
El caso del “Dorrego” parece agregar un capítulo más a la complicada relación del kirchnerismo con el quehacer intelectual. Como sucede con la agrupación “Carta Abierta”, también el “Dorrego” se encuentra imposibilitado de operar una auténtica creación intelectual. Si un estudioso de Walter Benjamin y las vetas de la modernidad como Ricardo Forster es sometido, ¡qué si importa sicon su consentimiento!, al yugo de subalterno de la decisión política estatal, ¿qué podemos esperar de Pacho O’Donnell? Pero sería incorrecto explicar está dinámica de la utilización de destrezas literarias por extenuaciones o fortalezas individuales. Se trata de una lógica colectiva.
La ausencia de una disputa de proyectos en el seno del conglomerado kirchnerista inhibe cualquier emergencia de una faena intelectual de importancia. Por el contrario, las habilidades literarias o mediáticas se ajustan a un esquema preestablecido. El poder político se impone tan soberanamente sobre las capacidades de crítica y elaboración intelectual que termina sofocando cualquier aporte real y perdurable para una renovación cultural. La fragilidad del “modelo” neodesarrollista y de la atracción electoral que singularizan al kirchnerismo parece así transmitirse, como en un determinismo bien ramplón, a la vida intelectual. Se entiende por qué en tales condiciones la ardua tarea de producir un revisionismo histórico se hiciera tan inviable como desdeñada.
Para forjar un verdadero revisionismo, la política cultural kirchnerista desaprovechó la potencialidad de investigadores e investigadoras más jóvenes y mejor formados que el elenco reunido en el Instituto “Dorrego”. Se sabía de conversaciones entre una camada más o menos joven de investigadores e investigadoras kirchneristas deseantes de construir una historiografía afín al gobierno nacional, pero con calidad intelectual. No sin ceguera, la fundación del “Dorrego” aniquiló la iniciativa. Quedará entre las muelas del tiempo la incertidumbre de si el kirchnerismo hubiera sido capaz de proveer materia para un revisionismo histórico de algún valor. La obra parece inviable por las razones señaladas, pero quién sabe si algo inadvertido hubiera podido sorprendernos. Sin embargo, esa eventualidad es pretérita.
Quienes creyeron que el revisionismo histórico se podía fundar por decreto se equivocaron de plano. Pues el revisionismo, antes que consolidar una realidad, encuentra su savia nutriente e incluso su entusiasmo en la impugnación de lo existente (incluso desde la extrema derecha, según explicaremos luego). Hubiera sido loable que tuviera asidero el deseo del quizá el único historiador de valor existente en el Instituto “Dorrego”, Hugo Chumbita, cuando escribió sobre el novel organismo: “es una apuesta al debate para reconstruir una visión actual del trayecto de la república, a partir de un pensamiento situado –el ‘pensar desde aquí’ de Arturo Jauretche–, con un enfoque nacional, popular, federal y americanista de los dilemas que atraviesan nuestra historia y que aún están pendientes de resolución. No para imponer una contrahistoria ni otra versión oficial del pasado, sino para que el conocimiento histórico cumpla la misión de abrir los ojos de la nueva generación a los retos del futuro”.5
Esto podría ser expresado, por ejemplo, reconstruyendo una historia argentina en la que se mostrara que desde 1810 hubo “dos modelos de país”: uno de corte popular, integrador, plebeyo, nacionalista; otro elitista, excluyente, elitista, extranjerizante.
Sin embargo, las exigencias transnacionales del capitalismo sudamericano son tan vigorosas que impugnan algunos temas esenciales del revisionismo nacionalista del que el Instituto “Dorrego” podría adoptar elementos. Por ejemplo, no es posible apelar al proteccionismo cuando el “modelo” kirchnerista y el capital en la Argentina están atravesados de punta a punta por los flujos globalizados del mercado; la misma razón impide detectar un agente imperialista adecuado para una explicación conspirativa como ocurrió con el imperialismo inglés o el norteamericano, pues hoy eso no podría ser avanzado sin cuestionar el propio capitalismo transnacionalizado y como es sabido el kirchnerismo no puede imaginar una sociedad no capitalista. La roca seca con la que colisiona cualquier revisionismo histórico kirchnerista es la inexistencia de la “burguesía nacional”.
Quiero subrayar que el intríngulis del Instituto revisionista no es privativo de las melladas armas de sus guardianes. Expresa una dificultad primordial en la intelectualidad kirchnerista, a saber, la de conciliar el discurso progresista con una estructuración socio-económica y política que no lo es. Reflexionemos sobre una intervención al estilo “Carta Abierta” sobre el debate. María Pía López dice lo esperable sobre las respuestas universitarias al “Dorrego”, y como veremos enseguida sus indicaciones son compartibles. Pero respecto del Instituto propone una mayor flexibilidad en su nacionalismo y pregunta por qué sí se incluye a Víctor Raúl Haya de la Torre y no a José Carlos Mariátegui entre los héroes latinoamericanos.6 El problema sin embargo subsiste y quizá se agrava. ¿Cómo avalar con la lectura creativa de un socialista como Mariátegui con el neodesarrollismo y la mediática democracia desde arriba de estos tiempos? En lo esencial, los dilemas de un sofisticado ensayista como Horacio González no son distintos de los que aguijonean al previsible O’Donnell. Porque este no es un problema de individuos sino de una lógica social de acumulación y dominación.
Retomar tópicos revisionistas no es tan hacedero como esparcir malabares retóricos, por lo que se entiende la reincidencia de referencias a caudillos, el Interior, el federalismo, siempre en un envase de héroes individuales e ideas. El margen de maniobra argumentativa del “Dorrego” para desplegar un programa revisionista es estrecho. Sucede que impugnar la Argentina contemporánea con sus texturas capitalistas y liberal-democráticas es una meta inimaginable para la mortecina tropa de esa franja de la intelectualidad kirchnerista.
Actitudes de la historiografía universitaria
El rechazo de las líneas hegemónicas de la historiografía universitaria al blando y antes que nada auto-proclamado revisionismo no causó sorpresas.
Satisfecha de su propia autoridad, la red dominante de la investigación histórica con base en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y en las universidades nacionales, descartó de plano la politización de la historia explícita en el nuevo Instituto “Dorrego”.
Es preciso aclarar que la postura aquí resumida no fue aceptada uniformemente por todo el sistema académico (donde hay profesionales kirchneristas por doquier), aunque en ningún caso se apoyó explícitamente la creación del Instituto ni se reafirmó la necesidad u oportunidad de un revisionismo histórico.
La crítica encarnada en textos producidos desde los cuadros académicos más encumbrados detectó en los considerandos del decreto fundador la voluntad estatal de unificar un discurso histórico, el desconocimiento de las décadas de investigación académica acumulada desde 1983, y sobre todo defendió la preeminencia universitaria en la producción del saber historiador.
El argumento resumido en una declaración firmada por Mirta Lobato, Hilda Sabato y Juan Suriano, con el apoyo de numerosas firmas de la historiografía universitaria, deploró la voluntad de instaurar una historia oficial adocenada por un “pensamiento único”.7 Ese proyecto pondría en peligro treinta años de investigación plural y actualizada realizada desde el CONICET y las universidades, las que por otra parte, en modo alguno podrían ser calificadas de “liberales y extranjerizantes” tal como se dice en el mencionado decreto. Algunas voces, también del riñón de la historiografía académica, relativizaron la amenaza atribuida al “Dorrego”. El gobierno kirchnerista no habría mostrado ninguna vocación por unificar la investigación histórica a través de un programa explícito, ni la aparición de un instituto más (que por lo demás, hasta donde conozco, ningún especialista universitario apoyó positivamente) suponía un peligro real.8 El último señalamiento es cierto. De hecho, el estado financia hoy al Instituto “Juan Manuel de Rosas” que goza de la más huraña irrelevancia.
Ante el revisionismo de pacotilla del “Dorrego” se reitera una conocida reacción universitaria, una actitud que puede ser rastreada por lo menos desde 2004. Entonces Luis Alberto Romero deploró al “neo revisionismo de mercado” representado por Pigna, O’Donnell y Jorge Lanata, como una versión simplificadora y conformista de un discurso científicamente anacrónico.9 Muchas otras voces se alzaron en el mismo sentido, no sorprende que sean las mismas: Lobato, Sabato, Suriano, Beatriz Sarlo. No es difícil reconocer que las críticas son tan acertadas como inocuas pues no afectan a la capacidad de venta o visión que sostiene las mercaderías ofrecidas por los Pignas. Sin embargo, hay algo del contra-ataque de los autores autodenominados revisionistas que da en el blanco. Estos se quejan de la pretensión de exclusividad historiográfica de la profesión historiadora de base universitaria. Al respecto reclaman una democratización de la producción de discurso histórico.
Es sencillo descubrir en los textos anti-revisionistas de origen académico la pretensión de prerrogativa. Por ejemplo, en rechazo del Instituto “Dorrego”, la Asociación Argentina de Investigadores en Historia, integrada por universitarios, declaró su convencimiento de que “es a través del sistema universitario y científico nacional que se seguirá fomentando la generación de conocimientos históricos amplios, diversos y de altos estándares de rigurosidad académica en sus contenidos y enfoques, así como relevantes en términos de su contribución a los debates públicos”.10 Naturalmente, es bien discutible que la generación de saberes históricos públicamente relevantes sea una exclusividad académica. Es más, la lógica de producción historiográfica académica merece un examen tan hondo como el dirigido al apacible pseudo-revisionismo kirchnerista.
El problema de la producción histórica académica es otro orden, incomunicable con los bemoles del Instituto “Dorrego” y sus escritores. A primera vista es imposible presentar un discurso histórico universitario uniforme y atenazado por una sola ortodoxia. La imagen de una historiografía universitaria liberal y extranjerizante revela solo la ignorancia de quien la sostiene, su total desconocimiento de una disciplina que posee enormes diferencias de acuerdo a las especialidades, las regiones del país, y las redes académicas que predominan en cada espacio. Es indiscutible que hay una franja hegemónica, ubicada en la Universidad de Buenos Aires pero con fuertes implantaciones en las universidades nacionales y no pocos contactos con algunas universidades privadas como San Andrés y Di Tella. La caracteriza un cierto estándar progresista, cuya paternidad puede ser rastreada hasta José Luis Romero, una trocha sobre la que se han montado una diversidad de matices y diferencias.
Por otra parte, desde 1983, el “campo historiográfico” de matriz universitaria fue afectado por modelos internacionales que impusieron normas generales y facilitaron la circulación de bibliografías “renovadas”. En buena medida la conformación del “campo” actualizó las ideas, pero no impuso una subordinación a discursos extranjeros. Temas como la historia de la inmigración, la historia de género, los estudios subalternos, entre otros, fueron incorporados en la matriz progresista regida por nombres que hemos mencionado en el rechazo del Instituto “Dorrego”. Al mismo tiempo que fraguó esta construcción universitaria, fueron desplazados dos paradigmas históricos vigentes en los años setenta en el debate intelectual de raigambre historiográfico: 1) el revisionismo histórico sea de derecha o de izquierda, 2) el marxismo. El primero fue desechado desdeñosamente. El segundo fue anulado primero por una recepción culturalista y relativista del marxismo británico (Williams, Thompson, en menor medida Hobsbawm), diluyéndose en un abanico de alternativas aprisionadas en la visión progresista de la historia. Como consecuencia, la historiografía marxista local pasó a ocupar un lugar accesorio y pienso que funciona como lo que en inglés se denomina un token. Es parecido a la maniobra de incluir un actor secundario negro en un film de y para blancos, inclusión necesaria para velar el racismo a través de un pluralismo artificial. Creo que una similar lógica tokenista se aplica al feminismo radical. “Vean qué autónomo y variado es el campo historiográfico, ¡si hasta tenemos marxistas y feministas de izquierda en el Conicet!”.
La corriente hegemónica de la historiografía académica no es tal porque domine sin matices el conjunto de una por lo demás indócil red de contactos universitarios. Sería absurdo representar la producción histórica de las universidades y el Conicet como una maquinaria unitaria regida desde su vértice. Por otra parte, las realidades porteñas no pueden ser trasladadas sin enmiendas a las situaciones provinciales. Es cierto que existe una reiteración de nombres entre quienes integran los comités de redacción de las revistas “más prestigiosas”, en las comisiones evaluadoras de becas y proyectos de investigación, en la dirección de colección de editoriales “reconocidas”, etcétera. Es imposible dejar de lado esas posiciones tan definitorias en la construcción de cientos de carreras académicas.
Sin embargo, los caminos por los que se difunde el progresismo historiográfico prevaleciente son extremadamente complejos, y encuentran en los mecanismos mencionados solo uno de sus aspectos. Su efectividad fue “althusseriana”: se expresa como eficacia estructural de un cambio histórico masivo y complejo imposible de atribuir a un sujeto.
Fue la derrota de los proyectos revolucionarios la que condujo a un desplazamiento de la posibilidad de repensar radicalmente la historia. Lo mismo sucedió en las ciencias sociales, en la Argentina y en el mundo. Varios estudios han mostrado cómo la intelectualidad argentina transformó sus ideas revolucionarias y los cambió por paradigmas reformistas-progresistas. Se perdió el sentido de construir una sociedad nueva. La investigación del pasado se fragmentó y especializó. Pereció la aspiración a construir comprensiones generales. Hoy no hay historiador y historiadora, en cualquier etapa de su desarrollo intelectual, capaz de encarar seriamente una “historia argentina” tal como ocurría con frecuencia cincuenta años atrás. Eso ocurre tanto dentro como fuera de las paredes universitarias.
Este es el fundamento conceptual y social del rechazo académico de todo revisionismo histórico. En su relativismo, el saber universitario se quiere modesto. Si ha leído algo de filosofía se dice popperiano por su exigencia de falsabilidad y reclama que no hay conocimiento que se exima de la corrección. Pero es una corrección siempre parcial, que nada tiene que ver con el revisionismo que discute más que detalles o variaciones de un mismo tema. Pone en cuestión el modo de definir los temas relevantes. Tampoco implica simplemente una modificación política de la historiografía, como a veces se sostiene con error. Es algo mucho más grave: es la forja de una nueva política de la historia.
Las voces académicas deploran en el pseudo-revisionismo kirchnerista la politización de la historiografía, a la que se identifica con una superada era de enfrentamientos. Lo expresa claramente el historiador José Carlos Chiaramonte al subrayar que “la historia como disciplina con objetivos científicos es la que busca dejar de lado las manipulaciones políticas o ideológicas –incluidas las que puedan portar los mismos historiadores– por más bien intencionadas que ellas puedan ser, para intentar lograr un mejor conocimiento del pasado. Es ésta, por otra parte, la mejor forma de servir los intereses de una nación, al contrario de los esquemas ideologizados que son propensos a alentar soluciones políticas desastrosas, como lo muestra la historia de las últimas décadas del siglo pasado”.11 Sin embargo, en modo alguno el “Dorrego” pretende regresar al pasado de los años sesenta y setenta. No debemos confundir lo imaginario del discurso de ese achacoso revisionismo con lo real de la política. Entonces, es discutible que el revisionismo histórico sea siempre una tarea retrospectiva. Lo cierto es que una revisión de la historia está fuera de la agenda de la hegemonía académica.
La historiografía de raíz universitaria renuncia de antemano a esa tarea porque la considera externa e incompatible con las bases de su reproducción. La historiografía académica puede pensar de otro modo cualquier cosa, introducir cualquier bibliografía, aquilatar toda nueva moda bibliográfica, incluso modificar sus hallazgos. Lo que no puede poner en cuestión son los fundamentos, los a priori de su propia existencia política. Y es eso lo que hace un revisionismo histórico, disputa la política de la historia.
Por un revisionismo de histórico de izquierda
La emergencia de una revisión de la historia es un acontecimiento complejo y en modo alguno obedece a una decisión individual, ni tampoco es separable de una crisis profunda. Conocemos tres momentos de revisionismo histórico en las inmediaciones de 1890, 1930 y 1955. No es ningún azar que fueran coyunturas críticas que revelaron cuestionamientos de lo que hasta entonces parecía inconmovible.12
En 1890 la confiada Argentina roquista vio el abismo de la debacle financiera y un levantamiento revolucionario. Fueron los tiempos de la insolvencia de la firma Baring Brothers, el desfonde de los valores bursátiles en el país y la Revolución del Parque. Pocos años después algunas obras de historia pusieron en duda la hasta entonces indudable legitimidad del país liberal-burgués. Autores como Adolfo Saldías, José María Ramos Mejía y David Peña produjeron interpretaciones que confluyen en un retrospectivo primer revisionismo argentino. El primer José Ingenieros planteó una alternativa desde la izquierda. Sin embargo, cuando la crisis cedió, los ademanes históricos se revelaron impotentes para conmover una legitimidad de la Argentina agro-exportadora y porteñocéntrica que recuperó su credibilidad. Hacia el Centenario de 1910 el primer revisionismo no dejó huellas profundas y cuando poco después apareció la historiografía universitaria, con la llamada Nueva Escuela Histórica con autores como Ricardo Levene y Emilio Ravignani, la política de la historia no fue muy distinta a la canonizada por el paradigma mitrista.
Lo que sucedió en las inmediaciones de la crisis de 1930 tuvo otra envergadura. Las tensiones mundiales, tanto en lo económico como en lo político, repercutieron en la especificidad argentina, la que generó sus propios conflictos. El momento promovió el conocido Revisionismo Histórico ligado a escritores como los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, Ernesto Palacio, José María Rosa, entre otros. Fue una empresa nacionalista, moderadamente proteccionista, ambiguamente anti-imperialista, pero sin dudas antidemocrática y elitista. Su horror a la revolución soviética constituyó la filigrana en que se enhebró su antiliberalismo. Como fuera, propuso una política de la historia denuncialista de la doxa historiográfica previa a la que calificó de falsificada. Aspiró a cambiar el rumbo de la sociedad argentina, aunque fuera muy inconsecuente en el cuestionamiento de su matriz agro-exportadora. La promoción de la industrialización fue medrosa y careció de una vocación para integrar a las masas excluidas. Desde la izquierda surgió otro intento revisionista desde el comunismo, con Rodolfo Puiggrós como figura destacada.
El momento revisionista de 1955 tuvo bases sobre todo sociales y políticas, ligadas a la imposibilidad del sistema burgués argentino para tolerar al peronismo como lógica reformista de integración. El peronismo que quería pacificar un país burgués inclusivo y más justo implicó así una crisis estructural que no podía ser resuelta. Una flexión el revisionismo histórico de los años treinta confluyó con ciertas expresiones nacionalistas del marxismo para generar una nueva generación revisionista con escritores como Jorge Abelardo Ramos, Rodolfo Ortega Peña, un nuevo J. M. Rosa. Antagónico al revisionismo nacionalista pero externo a cualquier afinidad con la Nueva Escuela levenista o el naciente progresismo romerista, desde la izquierda la novedad revisionista marxista de mayor calidad la ofreció el joven Milcíades Peña. En todos los casos, este revisionismo interpretó el pasado con el deseo de transformar la Argentina.
Las recientes discusiones en torno al Instituto “Dorrego” y su auto-proclamado revisionismo son incomunicables con las experiencias apasionadamente creativas que acabo de esquematizar.
Quiero desarrollar ahora la tesis de que un revisionismo histórico de nuevo cuño es una exigencia de la hora y que esa tarea solo puede ser realizada desde la izquierda. La izquierda no fue extraña a los momentos en que asomaron prácticas de revisión histórica, tal como he indicado para los casos de Ingenieros, Puiggrós y Peña, aunque ninguno de ellos aceptara una denominación por entonces hegemonizada por la derecha intelectual.13
Construir un revisionismo histórico no es un asunto fácil. Lo demuestra que no pueda hacerlo el kirchnerismo con un importante apoyo intelectual y la disponibilidad casi ilimitada de recursos. Se entiende que tampoco sea fácil para la izquierda organizar un programa revisionista en materia historiográfica. Al respecto no hay privilegios ni vías reales. No hay un revisionismo de izquierda ya configurado, como una vestimenta prêt-à-porter, esperando que alguien la luzca.
Desde los rangos de la izquierda, incluyendo algunas voces de formación histórica, surgieron algunos posicionamientos respecto de la discusión abierta por la fundación del Instituto “Dorrego”. ¿Qué señalaron esas intervenciones?14
Por supuesto, Pacho O’Donnell recibe reiteradas denuncias merecidas por su oportunismo, superficialidad literaria y pereza archivística. El revisionismo en todas sus variantes es calificado de historiografía reaccionaria y explicativamente deficiente, a pesar de que se reconoce el aporte de algún tema de debate. Las vacilaciones del kirchnerismo y sus vertientes intelectuales, como “Carta Abierta”, son sometidas a escrutinio. Por otra parte, la reacción de la historiografía universitaria dominante también es reprendida como variante despolitizante y conservadora.
Casi sin sorpresa, todos los textos concluyen señalando la importancia de recuperar el marxismo como instrumento de interpretación histórica, de una historia que explique las luchas de la clase obrera y el pueblo. También se señala que una nueva generación de investigadores e investigadoras está surgiendo con propuestas destinadas a una versión distinta de la historia.
Es en este preciso momento en que quiero recuperar algunos temas desarrollados en los párrafos precedentes. Me parece que las intervenciones publicadas desde la izquierda concluyen formulísticamente (con el saludo a la bandera de una historiografía diferente) cuando recién comenzaba el aporte decisivo.
La singularidad de una posición de izquierda en la discusión sobre el Instituto “Dorrego” no puede restringirse a desnudar las partes pudendas del desabrido pseudo-revisionismo kirchnerista ni los atildados mohines de la historiografía universitaria. Su desafío consiste en asumir la faena de desarrollar un revisionismo histórico de izquierda. No existe otro sector del mundo político-cultural de hoy que pueda llevar adelante ese proyecto, pues hemos visto que el kirchnerismo intelectual y el campo universitario carecen de cualquier vocación seria de hacerlo.
Es significativo que dispongamos de trabajos individuales y algunos casos colectivos que llevan a cabo discusiones parciales con la historiografía existente. Pienso en el trabajo de Hernán Camarero sobre el comunismo y el movimiento obrero durante los años veinte y treinta del siglo XX en la ciudad de Buenos Aires. En los textos de Ariel Eidelman y Débora D’Antonio sobre la represión estatal y paraestatal durante los años sesenta y setenta. En el estudio de Pablo Ben sobre las prácticas sexuales en el Buenos Aires de 1900. Pienso en la investigación de Ezequiel Adamovsky sobre las clases medias. O en las reflexiones teóricas sobre marxismo e historia de Ariel Petruccelli. Alejandro Belkin, Agustín Nieto, Laura Caruso, Lucas Poy, Diego Ceruso, Gustavo Contreras, ya están dando a conocer sus descubrimientos. En fin, no quiero seguir mencionando investigaciones recientes porque –no soy de fierro– tiendo a privilegiar a mis amigos y amigas. Por ejemplo, tendría que agregar ciertos estudios producidos desde el grupo Razón y Revolución, como los de Marina Kabat y Héctor Löbbe. O la reconstrucción de Facundo Aguirre y Ruth Werner de las coordinadoras interfabriles de 1975. La lista incompleta y arbitraria se podría acrecentar y modificar. De todos modos el cuadro ofrecido redundaría en una posible proyección generacional. Pienso que esa posibilidad de una fragua generacional en materia historiográfica no se podría producir sin una vocación revisionista ni una voluntad conciente. Y así como el lance es difícil para otros cuarteles ideológicos, por razones diferentes es aún más arduo para la izquierda. En efecto, las circunstancias de la vacancia historiográfica atinente a un revisionismo de izquierda están presentes desde la crisis de 2001 y todavía estamos en veremos.
Supone tareas tan complejas como, en primer término, repensar la herencia de Marx. Solo para mencionar un punto decisivo, pienso que la interpretación de su obra como derivando en una concepción materialista de la historia es completamente equivocada. Es que Marx brinda argumentos, con mayor exactitud, para una crítica de la historia. Para él la historia como historia universal, Weltgeschichte, es correlativa a la formación de un mundo capitalista, de una lógica de la abstracción que se extiende globalmente. Por eso la historia es una de las formas de la dominación del capital, principalmente a través de la colonización y la subsunción de otras dinámicas productivas. Se comprende entonces que su trabajo no consistiera tanto en elaborar una “teoría” de la historia como en revelar su alienada lógica histórica y la dialéctica de su destrucción. En consecuencia, una historiografía marxista que se sostenga en esa crítica de la propia historia antes que en una explicación que solo puede derivar en una positivización, en su apología. Decir esto no implica una mera aclaración teórico, porque con la concepción materialista de la historia se desploma toda una biblioteca marxista. No puedo detallar aquí por qué esta crítica de la historia es completamente antagónica con la denuncia postmodernista de los “Grandes Relatos”. Solo diré que mientras el postmodernismo censura en la Historia una forma de dominación de la Modernidad, por lo tanto reduciéndola a una mistificación, el marxismo la estudia como una verdad ideológica de la alienación capitalista. Así, en lugar de sofrenarse en la mera imputación de falsedad, el marxismo sostiene que su crítica no puede ser completada sin la transformación revolucionaria de sus condiciones materiales de existencia. Como fuera, rediscutir Marx y el marxismo respecto del concepto crítico de la historia es una tarea inmensa requerida por cualquier revisionismo historiográfico de izquierda.
¿Será el marxismo la única biblioteca útil? Decisivo, el marxismo no abarca todo el pensamiento crítico. Seguramente no estaremos siempre de acuerdo sobre qué otras perspectivas radicales deben ser movilizadas, leídas, reinterpretadas. El feminismo y el psicoanálisis son las que usualmente vienen a la mente, pero no son las únicas texturas conceptuales en debate. Nuevas reflexiones requerirá también poner en suspenso las barreras académicas de la historiografía con disciplinas como la sociología y la antropología.
Otro capítulo contiene al análisis de la historia de la historiografía de izquierda. Es sorprendente que respecto del magro pseudo-revisionismo kirchnerista se crea ofrecer una alternativa suficiente al mencionar a Milcíades Peña. Entiendo que eso puede ser propuesto como una nominación polémica de ocasión. Sin duda Peña, incluso con su obra inconclusa y prematuramente trunca, fue por lejos el mejor de los revisionistas de los años sesenta y, desde luego, sus materiales aniquilan la reciedumbre de los O’Donnells de hoy. Algunos puntos de vista medulares como la conformación del capitalismo argentino y sus clases sociales brindan temas de reflexión. Pero en un debate en regla la obra de Peña es, salvo en temas específicos, más una cantera de reflexiones críticas que otra cosa. Una historia crítica de la historiografía de izquierda requiere extender el examen a otras fuentes, quizá en primer término el marxismo historiográfico inglés, pero también a otras producciones que merecen ser meditadas. Repensar obras como las del peruano Alberto Flores Galindo es central. Esa tarea no se ha realizado sino parcialmente y es otro ingrediente faltante en cualquier proyecto revisionista.
La situación historiográfica de los últimos decenios merece un estudio cuidadoso. Las producciones de la investigación y docencia universitarias, en la que casi todos los nombres de la nueva generación intelectual de izquierda tiene alguna conexión (al menos en estos años de expansión del aparato académico), son complejas. Las instituciones académicas son más porosas y sutiles que una imaginación de control absoluto puede sugerir. Los intersticios para la edificación de alternativas historiográficas no son escasos. Y no puede negarse que contrastado con el resto de la sociedad, el sistema universitario contiene más pensamiento crítico-radical que cualquier otro espacio. Es sin duda paradójico que la institucionalidad académica refractaria a todo proyecto revisionista sea un sitial decisivo para la ruptura intelectual.
La propia calidad del mainstream histórico académico habilita una discusión y toda historiografía de izquierda debe aceptar esa confrontación. Como dijo Edward P. Thompson, una historia radical debe ser tan buena como la mejor historia puede serlo. Pero esto no significa que la armonía sea factible. El avance de un revisionismo de izquierda coherente producirá conflictos inexorables porque lo que se pone en discusión son los criterios mismos de la historiografía. Por ejemplo, debe discutir la pretensión de exclusividad universitaria en la producción de saber histórico. Además, requiere cuestionar la “autonomía” del “campo historiográfico” al entrecruzarse con las luchas sociales y políticas, un tema inasimilable para el cientificismo. Tanto como de sus prácticas más estrechamente científicas, un revisionismo de izquierda se alimenta de los combates de la clase obrera y el pueblo, por lo que cualquier encierro academicista es fatal.
En el terreno conceptual pienso que la tarea principal de un revisionismo histórico de izquierda consiste en destruir las ilusiones progresistas de la historia universitaria, parcialmente compartidas por el pseudo-revisionismo del Instituto “Dorrego”. Esas visiones consideran que existe algo así como la “historia”. En ese sentido son pre-marxistas. Además suponen que hay algo así como un sentido, un proceso objetivo. Los nombres para el mismo pueden variar. Modernización, integración, inclusión, desarrollo, democratización, en fin, lo importante es que el par continuidad/discontinuidad organiza el pensamiento histórico. Es una perspectiva completamente equivocada, que de alguna u otra manera contaminó a casi toda la historiografía argentina de izquierda en el siglo pasado. Un revisionismo histórico de izquierda, y no solo en su faz marxista, somete a crítica toda noción de historia y de sentido histórico. El feminismo de izquierda ha sido más consecuente que el marxismo en revisar la historia progresista. Solo una concepción antiprogresista de la historiografía puede realizar su crítica radical y devenir el nervio transmisor de una revisión histórica profunda.
Para concluir estas indicaciones expeditivas, pasemos a las condiciones prácticas de una revisión histórica. Además de los debates necesarios, se requieren institutos, centros, bibliotecas, revistas, congresos, jornadas, encuentros informales, asados, cafés, cervezas, becas de investigación, seminarios de grado y de postgrado, en fin, una pléyade de emprendimientos institucionales que sostengan materialmente los encuentros y desavenencias a través de las cuales devenga posible construir un revisionismo histórico. Al constituir sus instituciones alternativas, sin abandonar necesariamente la universidad, la izquierda historiográfica ya no deberá ser por definición una izquierda académica.
Se dirá que la tarea es demasiado complicada, que demanda una excesiva carga teórica, interminables controversias, fatigosos encierros en los archivos e ingratas edificaciones institucionales. Sin duda, pero los resultados pueden ser también extraordinarios. En verdad no me parece más difícil que diseñar un buen vino o enamorar una mirada, delicias que recuerdan tanto a la revolución.
1Ver el decreto en el Boletín Oficial: http://www.boletinoficial.gov.ar/DisplayPdf.aspx?s=01&f=20111121 (consultado en enero de 2012).
2 Quizá sea innecesario aclarar que el revisionismo histórico en la Argentina tiene un sentido muy diferente al empleado en Europa donde suele ser relacionado con el negacionismo pro nazi.
3Desde hace una década en que domina el mercado editorial de temas históricos y biográficos, el presunto “revisionismo histórico” no ha dado un solo paso adelante en materia conceptual. Creo vigentes las consideraciones en mi artículo “Las narrativas contemporáneas de la historia nacional y sus vicisitudes”, en Nuevo Topo. Revista de historia y pensamiento crítico, n° 1, setiembre-octubre de 2005.
4“Historia nacional y popular”, entrevista en Página 12, 29 de noviembre de 2011.
5H. Chumbita, “La necesidad del revisionismo”, en Página 12, 5 de diciembre de 2011.
6 M. P. López, “La historia en cuestión”, en Tiempo Argentino, 2 de diciembre de 2011.
7 La nota circuló por mail y fue reproducida parcialmente en los diarios nacionales.
8 Por ejemplo, Daniel Campi, “Creo que se ha dramatizado en exceso el impacto que tendrá el Instituto del Revisionismo”, entrevista en la revista kirchnerista La Columna, Santiago del Estero, nº 945, 15 de diciembre de 2011; Juan Manuel Palacio, “La historiografía no está en jaque”, en La Nación, 17 de diciembre de 2011.
9L. A. Romero, “El neo revisionismo de mercado”, en revista Ñ, nº 66, diciembre de 2004.
10 Buenos Aires, 6 de diciembre de 2011, disponible en http://www.asaih.org/?p=338 (consultado en enero de 2012).
11 J. C. Chiaramonte, “Historia y revisionismo”, en Página 12, 4 de diciembre de 2011.
12 Imposibilitado de discutir adecuadamente los diversos revisionismos argentinos, remito a su bibliografía principal: Clifton Kroeber, Rosas y la revisión de la historia argentina, Buenos Aires, Fondo Editor Argentino, 1965; Tulio Halperin Donghi, El revisionismo histórico argentino, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1970; Alejandro Cattaruzza, “El revisionismo: itinerario de cuatro décadas”, en A. Cattaruzza y Alejandro Eujanián, Políticas de la historia: Argentina 1860-1960, Buenos Aires, Alianza, 2003; Maristella Svampa, El dilema argentino: civilización y barbarie, de Sarmiento al revisionismo peronista, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994; Diana Quattrocchi-Woisson, Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1995; Michael Goebel, Argentina’s Partisan Past. Nationalism and the Politics of History, Liverpool, University of Liverpool Press, 2011.
13 He propuesto lecturas de estos autores en mi Historia crítica de la historiografía argentina. 1, Las izquierdas en el siglo XX, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2009.
14Resumiré algunas posturas reunidas en la serie de ensayos del dossier “La historia en debate. A propósito de la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico”, en el Boletín de la Asamblea de Intelectuales, Docentes y Artistas en Apoyo del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, nº 1, enero de 2012. Incluye textos de Eduardo Grüner, José César Villarruel, María Cecilia Feijoó, Hernán Camarero, Lucas Poy, Natalia Boca, Federico Sena, Federico Novofoti y Mariano Schlez. Este material es accesible en http://www.ips.org.ar/wp-content/uploads/2012/01/La-historia-en-debate.-... (consultado en enero de 2012).
Tomado de http://www.herramienta.com.ar