martes, 17 de enero de 2012

El Instituto “Dorrego” y un revisionismo histórico de izquierda, por Omar Acha



Acha, OmarAcha, Omar. Historiador y ensayista. Doctorado en la Universidad de Buenos Aires y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, es investigador del CONICET y docente en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras. Ha publicado los libros El sexo de la historia (2000), Carta abierta a Mariano Grondona: interpretación de una crisis argentina (2003), La trama profunda (2005), La nación futura (2006), Freud y el problema de la historia (2007), La nueva generación intelectual (2008), Las huelgas bancarias, de Perón a Frondizi (2008), Historia crítica de la historiografía argentina, vol. 1, Las izquierdas en el siglo XX (2009), Los muchachos peronistas (2011); ha compilado en colaboración Cuerpos, géneros e identidades (2000) e Inconsciente e historia después de Freud (2010), Integra los colectivos editores de las revistas Herramienta. Revista de Crítica y Debate Marxista y Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico.


La controversia provocada por la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Argentino y Iberoamericano “Manuel Dorrego” y ciertas reacciones universitarias ante el hecho, brinda la oportunidad para una discusión demorada sobre una revisión de la historiografía desde la izquierda.
La eventualidad de una revisión generalizada de la historiografía parecía inviable desde el golpe de estado militar-civil de 1976 hasta nuestros días. Se tornó una práctica pasada de moda y archivada en la era de la ideología. Sostendré que desde hace una década habitamos una vacancia historiográfica habilitadora de una obra revisionista.
Tal faena no puede ser acometida desde un supuesto revisionismo kirchnerista de extrema debilidad intelectual y escaso valor histórico, ni tampoco de una historiografía académica que, en sus rangos prevalencientes, se refugia en la “autonomía” científica de su “campo”.
Situaré la importancia de la controversia mencionada para ubicar luego lo que más me interesa desarrollar, a saber, las condiciones de un revisionismo histórico de izquierda. Creo que al respecto se ha dicho, todavía, demasiado poco. Sugeriré algunos temas básicos para futuras discusiones.
Un revisionismo histórico falseado
Con la creación del Instituto de Revisionismo Histórico “Dorrego” por un decreto presidencial del 17 de noviembre de 2011, parece que el gobierno nacional ha tomado la decisión de impulsar una corriente historiográfica. La misma recuperaría temas y figuras del revisionismo histórico nacionalista y federalista. En el estilo más modesto del revisionismo elitista, el organismo es pensado como recuperador de figuras individuales al fijar su meta como “el estudio, la ponderación y la enseñanza de la vida y obra de las personalidades de nuestra historia y de la Historia Iberoamericana, que obligan a revisar el lugar y el sentido que les fuera adjudicado por la historia oficial, escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX”.1
La composición del Instituto “Dorrego” pretende edificar una usina ideológica de historiografía antiliberal, contraria a una “historia oficial” aparentemente inclinada a una visión antipatriótica.2 El presidente del Instituto, Mario “Pacho” O’Donnell expresa el tipo de historia propuesta: un revisionismo muy genérico, difuso y oportunistamente compatible con las imágenes históricas vendibles en librerías y documentales televisivos, para emplearla como propaganda pro gubernamental. Se trata entonces de utilizar temas de atracción garantizada merced a una larga hegemonía del revisionismo histórico entre las clases medias y populares, donde un nacionalismo muy amplio alimenta una idea conspirativa de la historia. Esta es organizada a través de contraposiciones morales. Las explicaciones son entonces tan simples como uniformes. Hay dos campos enfrentados, el de los buenos contra los malos, el de los nacionales contra los nacionales, el del Interior contra la pérfida ciudad de Buenos Aires en la que vive el setenta por ciento de los autoproclamados revisionistas del Instituto. Se trata de una trama de efectividad interpretativa (todo está siempre clarísimo a tal punto que es innecesario investigar), de repercusión anímica asegurada en su público lector o audiencia, y con cierta coloración crítica pues se quiere popular y anti-oligárquica. Con la declarada adhesión al revisionismo de la presidenta Cristina Fernández, el ánimo histórico revisionista parece haber recobrado vigencia estatal además de comercial.
No obstante, sería un error considerar que las simpatías revisionistas de la presidenta y algunos cuadros gubernamentales constituyen una doctrina histórica que caracteriza la política cultural kirchnerista. Es un aspecto relativamente importante en sus referencias culturales, pero sin duda no es una línea interpretativa dirigida a dominar todas las representaciones históricas difundidas por el estado ni quiere ser la brújula de la “batalla cultural”.
Oportunista, en este sentido el kirchnerismo adopta una modalidad histórica que fue afín al peronismo entre 1955 y 1990. La emplea para coaligar ciertas ideas muy generales y legitimarse como política “nacional y popular”. Pero al mismo tiempo es bastante endeble en la tarea, pues no consigue conciliar el nacionalismo y el proteccionismo que fueron temas clásicos del revisionismo histórico de los años sesenta con la economía transnacionalizada y extractivista de hoy.
La inclusión en el “Cuerpo Académico” del Instituto de ideólogos y políticos sin destrezas historiográficas como el ex cuadro del PRT-ERP y ahora periodista Eduardo Anguita y el ex intendente del conurbano y ahora senador Aníbal Fernández delata, inmisericorde, el afán indigentemente propagandístico del organismo. He allí el núcleo central de un debate sobre este supuesto foco generador de un revisionismo histórico kirchnerista: hasta qué punto encarna o no una política de la historia capaz de promover una transformación del presente a la luz de una interpretación del pasado.
Creo que es incapaz hacerlo, porque la anima una visión histórica tímida e inconsecuente. Le falta pasión y trabajo. Su propuesta de “investigación” está plagada de lugares comunes que rinden frutos porque recuerdan temas vendibles y emocionalmente efectivos, pero se apagan en su capacidad crítica.
Autores de obras históricas partícipes del Instituto “Dorrego” hacen resonar en sus textos las voces usuales del revisionismo, pero menguando toda aspereza. Felipe Pigna, Pacho O’Donnell o Hernán Brienza saben bien aderezar una receta infalible: un poco de caudillos siempre representativos de sus seguidores, menciones a las masas montoneras siempre nacionalistas y tradicionalistas, denuestos al porteñismo siempre egoísta y pro-europeo, lances contra los intereses franceses o ingleses siempre imperialistas, alusiones más o menos simpatizantes a las resistencias indígenas siempre inocentes, referencias a muertes en la pobreza como en Manuel Belgrano, todo eso en fórmulas conocidas por la industria cultural, de probada capacidad para inspirar en la imaginación la pertenencia a los buenos de la historia nacional. Las alusiones “iberoamericanas” están caladas por la misma cuchilla sencillista.
Las recetas se aplican una y otra vez a temas similares, y rinden un saldo editorial más que aceptable, e incluso se hacen best sellers en la clase media con pretensiones lectoras que encuentra un refugio heroico de la gris vida burguesa al identificarse con patriotas de cartón. Así como se ojean escenas de sexo ardiente en las novelas de mayor venta promocional para huir de la modesta fricción semanal en pose misionero, se asiste a luchas heroicas de Güemes para revestir de hazaña a la reproducción del país sojero-minero con modesta redistribución de los ingresos generados por el IVA.
Producir vendibles libros o documentales de factura “revisionista” no exigen talentos extraordinarios. Son un capítulo más de la oferta mercantil de lo que Adorno y Horkheimer denominaron la industria cultural capitalista. De hecho, los más “exitosos” autores del presunto revisionismo pagan a escritores asalariados, los llamados ghost writers, para que les redacten casi todos sus libros según los criterios conocidos, a los que revisan y agregan anécdotas de color. Publicado por editoriales de peso en el mercado, el producto garantiza una buena ganancia sin mayores esfuerzos intelectuales. Además de sus recurrentes debilidades documentales, las “obras” comercializadas sobrevuelan los dilemas históricos de la región, entienden superficialmente la construcción de las dominaciones, y explican mal las conexiones entre el pasado y el presente. De allí la ausencia de un rasgo esperable de cualquier revisionismo que merezca ese nombre: su aporte para la vida política.3
Un revisionismo histórico verosímil plantea bastante más que el uso de imágenes históricas vendedoras y diferentes de una “historia oficial” supuestamente liberal. Un revisionismo cuestiona el pasado pero sobre todo el presente, pues sabe que la historia se escribe desde las perspectivas de la actualidad. O más exactamente, desde una crítica del presente con el objetivo de alterarlo. Allí se define su peso específico, su valor, en la interconexión que ilumina entre lo que construyó al país y las tareas adecuadas para cambiarlo. Por desgracia, la iniciativa kirchnerista de impulsar el revisionismo histórico en el Instituto “Dorrego” revela su superficialidad, al reducirlo a un generador de discursos ideológicos legitimadores de lo dado, es decir, del tímido e inconstante reformismo que lo caracteriza. Es posible que surja alguna vez esa aparente contradicción que es un revisionismo oficialista, pero este no es el caso.
Sería intolerable para el kirchnerismo un revisionismo histórico que estudiara rigurosamente la construcción del capitalismo dependiente argentino, la persistencia del temor a la democracia entre sus clases dominantes, las represiones que reiteradamente se abatieron sobre las clases populares, o las prácticas de resistencia y revolución que atravesaron el pasado argentino. Basado su “modelo” en un neodesarrollismo extractivista y transnacionalizado, no existe interés alguno en cuestionar el capitalismo, no digamos globalmente, sino siquiera en su forma sudamericana actual. Sostenido políticamente por una partidocracia liberal y semipopulista, con poderes decididos entre grupos más o menos enriquecidos que se intercambian lugares para definir los destinos nacionales, carece de una inquietud crítica hacia la ausencia de una verdadera vida democrática donde el pueblo decida su porvenir.
O’Donnell declaró sin firuletes que el Instituto reproduciría lo que cada escritor hacía antes de la fundación, con el añadido de una extensión a las provincias: “Nos abocaremos a continuar en gran medida lo que hacíamos e hicimos hasta ahora. Casi todos los integrantes son buenas plumas. La existencia del organismo nos dará mayor posibilidad de organización y de fomento a la investigación historiográfica; nos permitirá la construcción de acuerdos con otras instituciones, ligarnos más a las provincias, salir del núcleo ciego que es Buenos Aires. Poder escapar de ese funcionamiento marginal que hasta ahora teníamos”.4
Los límites fundamentales del kirchnerismo yugulan cualquier intento de edificar un revisionismo histórico real. No es sorprendente que entonces se apele a autores pocos originales y acríticos. Casi sin excepciones, quienes componen las comisiones del “Dorrego” jamás podrán aportar un solo libro útil para la historiografía argentina. Por lo tanto, carecen de habilidades para contribuir a la reflexión, incluso en el propio kirchnerismo.
El caso del “Dorrego” parece agregar un capítulo más a la complicada relación del kirchnerismo con el quehacer intelectual. Como sucede con la agrupación “Carta Abierta”, también el “Dorrego” se encuentra imposibilitado de operar una auténtica creación intelectual. Si un estudioso de Walter Benjamin y las vetas de la modernidad como Ricardo Forster es sometido, ¡qué si importa sicon su consentimiento!, al yugo de subalterno de la decisión política estatal, ¿qué podemos esperar de Pacho O’Donnell? Pero sería incorrecto explicar está dinámica de la utilización de destrezas literarias por extenuaciones o fortalezas individuales. Se trata de una lógica colectiva.
La ausencia de una disputa de proyectos en el seno del conglomerado kirchnerista inhibe cualquier emergencia de una faena intelectual de importancia. Por el contrario, las habilidades literarias o mediáticas se ajustan a un esquema preestablecido. El poder político se impone tan soberanamente sobre las capacidades de crítica y elaboración intelectual que termina sofocando cualquier aporte real y perdurable para una renovación cultural. La fragilidad del “modelo” neodesarrollista y de la atracción electoral que singularizan al kirchnerismo parece así transmitirse, como en un determinismo bien ramplón, a la vida intelectual. Se entiende por qué en tales condiciones la ardua tarea de producir un revisionismo histórico se hiciera tan inviable como desdeñada.
Para forjar un verdadero revisionismo, la política cultural kirchnerista desaprovechó la potencialidad de investigadores e investigadoras más jóvenes y mejor formados que el elenco reunido en el Instituto “Dorrego”. Se sabía de conversaciones entre una camada más o menos joven de investigadores e investigadoras kirchneristas deseantes de construir una historiografía afín al gobierno nacional, pero con calidad intelectual. No sin ceguera, la fundación del “Dorrego” aniquiló la iniciativa. Quedará entre las muelas del tiempo la incertidumbre de si el kirchnerismo hubiera sido capaz de proveer materia para un revisionismo histórico de algún valor. La obra parece inviable por las razones señaladas, pero quién sabe si algo inadvertido hubiera podido sorprendernos. Sin embargo, esa eventualidad es pretérita.
Quienes creyeron que el revisionismo histórico se podía fundar por decreto se equivocaron de plano. Pues el revisionismo, antes que consolidar una realidad, encuentra su savia nutriente e incluso su entusiasmo en la impugnación de lo existente (incluso desde la extrema derecha, según explicaremos luego). Hubiera sido loable que tuviera asidero el deseo del quizá el único historiador de valor existente en el Instituto “Dorrego”, Hugo Chumbita, cuando escribió sobre el novel organismo: “es una apuesta al debate para reconstruir una visión actual del trayecto de la república, a partir de un pensamiento situado –el ‘pensar desde aquí’ de Arturo Jauretche–, con un enfoque nacional, popular, federal y americanista de los dilemas que atraviesan nuestra historia y que aún están pendientes de resolución. No para imponer una contrahistoria ni otra versión oficial del pasado, sino para que el conocimiento histórico cumpla la misión de abrir los ojos de la nueva generación a los retos del futuro”.5
Esto podría ser expresado, por ejemplo, reconstruyendo una historia argentina en la que se mostrara que desde 1810 hubo “dos modelos de país”: uno de corte popular, integrador, plebeyo, nacionalista; otro elitista, excluyente, elitista, extranjerizante.
Sin embargo, las exigencias transnacionales del capitalismo sudamericano son tan vigorosas que impugnan algunos temas esenciales del revisionismo nacionalista del que el Instituto “Dorrego” podría adoptar elementos. Por ejemplo, no es posible apelar al proteccionismo cuando el “modelo” kirchnerista y el capital en la Argentina están atravesados de punta a punta por los flujos globalizados del mercado; la misma razón impide detectar un agente imperialista adecuado para una explicación conspirativa como ocurrió con el imperialismo inglés o el norteamericano, pues hoy eso no podría ser avanzado sin cuestionar el propio capitalismo transnacionalizado y como es sabido el kirchnerismo no puede imaginar una sociedad no capitalista. La roca seca con la que colisiona cualquier revisionismo histórico kirchnerista es la inexistencia de la “burguesía nacional”.
Quiero subrayar que el intríngulis del Instituto revisionista no es privativo de las melladas armas de sus guardianes. Expresa una dificultad primordial en la intelectualidad kirchnerista, a saber, la de conciliar el discurso progresista con una estructuración socio-económica y política que no lo es. Reflexionemos sobre una intervención al estilo “Carta Abierta” sobre el debate. María Pía López dice lo esperable sobre las respuestas universitarias al “Dorrego”, y como veremos enseguida sus indicaciones son compartibles. Pero respecto del Instituto propone una mayor flexibilidad en su nacionalismo y pregunta por qué sí se incluye a Víctor Raúl Haya de la Torre y no a José Carlos Mariátegui entre los héroes latinoamericanos.6 El problema sin embargo subsiste y quizá se agrava. ¿Cómo avalar con la lectura creativa de un socialista como Mariátegui con el neodesarrollismo y la mediática democracia desde arriba de estos tiempos? En lo esencial, los dilemas de un sofisticado ensayista como Horacio González no son distintos de los que aguijonean al previsible O’Donnell. Porque este no es un problema de individuos sino de una lógica social de acumulación y dominación.
Retomar tópicos revisionistas no es tan hacedero como esparcir malabares retóricos, por lo que se entiende la reincidencia de referencias a caudillos, el Interior, el federalismo, siempre en un envase de héroes individuales e ideas. El margen de maniobra argumentativa del “Dorrego” para desplegar un programa revisionista es estrecho. Sucede que impugnar la Argentina contemporánea con sus texturas capitalistas y liberal-democráticas es una meta inimaginable para la mortecina tropa de esa franja de la intelectualidad kirchnerista.
Actitudes de la historiografía universitaria
El rechazo de las líneas hegemónicas de la historiografía universitaria al blando y antes que nada auto-proclamado revisionismo no causó sorpresas.
Satisfecha de su propia autoridad, la red dominante de la investigación histórica con base en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y en las universidades nacionales, descartó de plano la politización de la historia explícita en el nuevo Instituto “Dorrego”.
Es preciso aclarar que la postura aquí resumida no fue aceptada uniformemente por todo el sistema académico (donde hay profesionales kirchneristas por doquier), aunque en ningún caso se apoyó explícitamente la creación del Instituto ni se reafirmó la necesidad u oportunidad de un revisionismo histórico.
La crítica encarnada en textos producidos desde los cuadros académicos más encumbrados detectó en los considerandos del decreto fundador la voluntad estatal de unificar un discurso histórico, el desconocimiento de las décadas de investigación académica acumulada desde 1983, y sobre todo defendió la preeminencia universitaria en la producción del saber historiador.
El argumento resumido en una declaración firmada por Mirta Lobato, Hilda Sabato y Juan Suriano, con el apoyo de numerosas firmas de la historiografía universitaria, deploró la voluntad de instaurar una historia oficial adocenada por un “pensamiento único”.7 Ese proyecto pondría en peligro treinta años de investigación plural y actualizada realizada desde el CONICET y las universidades, las que por otra parte, en modo alguno podrían ser calificadas de “liberales y extranjerizantes” tal como se dice en el mencionado decreto. Algunas voces, también del riñón de la historiografía académica, relativizaron la amenaza atribuida al “Dorrego”. El gobierno kirchnerista no habría mostrado ninguna vocación por unificar la investigación histórica a través de un programa explícito, ni la aparición de un instituto más (que por lo demás, hasta donde conozco, ningún especialista universitario apoyó positivamente) suponía un peligro real.8 El último señalamiento es cierto. De hecho, el estado financia hoy al Instituto “Juan Manuel de Rosas” que goza de la más huraña irrelevancia.
Ante el revisionismo de pacotilla del “Dorrego” se reitera una conocida reacción universitaria, una actitud que puede ser rastreada por lo menos desde 2004. Entonces Luis Alberto Romero deploró al “neo revisionismo de mercado” representado por Pigna, O’Donnell y Jorge Lanata, como una versión simplificadora y conformista de un discurso científicamente anacrónico.9 Muchas otras voces se alzaron en el mismo sentido, no sorprende que sean las mismas: Lobato, Sabato, Suriano, Beatriz Sarlo. No es difícil reconocer que las críticas son tan acertadas como inocuas pues no afectan a la capacidad de venta o visión que sostiene las mercaderías ofrecidas por los Pignas. Sin embargo, hay algo del contra-ataque de los autores autodenominados revisionistas que da en el blanco. Estos se quejan de la pretensión de exclusividad historiográfica de la profesión historiadora de base universitaria. Al respecto reclaman una democratización de la producción de discurso histórico.
Es sencillo descubrir en los textos anti-revisionistas de origen académico la pretensión de prerrogativa. Por ejemplo, en rechazo del Instituto “Dorrego”, la Asociación Argentina de Investigadores en Historia, integrada por universitarios, declaró su convencimiento de que “es a través del sistema universitario y científico nacional que se seguirá fomentando la generación de conocimientos históricos amplios, diversos y de altos estándares de rigurosidad académica en sus contenidos y enfoques, así como relevantes en términos de su contribución a los debates públicos”.10 Naturalmente, es bien discutible que la generación de saberes históricos públicamente relevantes sea una exclusividad académica. Es más, la lógica de producción historiográfica académica merece un examen tan hondo como el dirigido al apacible pseudo-revisionismo kirchnerista.
El problema de la producción histórica académica es otro orden, incomunicable con los bemoles del Instituto “Dorrego” y sus escritores. A primera vista es imposible presentar un discurso histórico universitario uniforme y atenazado por una sola ortodoxia. La imagen de una historiografía universitaria liberal y extranjerizante revela solo la ignorancia de quien la sostiene, su total desconocimiento de una disciplina que posee enormes diferencias de acuerdo a las especialidades, las regiones del país, y las redes académicas que predominan en cada espacio. Es indiscutible que hay una franja hegemónica, ubicada en la Universidad de Buenos Aires pero con fuertes implantaciones en las universidades nacionales y no pocos contactos con algunas universidades privadas como San Andrés y Di Tella. La caracteriza un cierto estándar progresista, cuya paternidad puede ser rastreada hasta José Luis Romero, una trocha sobre la que se han montado una diversidad de matices y diferencias.
Por otra parte, desde 1983, el “campo historiográfico” de matriz universitaria fue afectado por modelos internacionales que impusieron normas generales y facilitaron la circulación de bibliografías “renovadas”. En buena medida la conformación del “campo” actualizó las ideas, pero no impuso una subordinación a discursos extranjeros. Temas como la historia de la inmigración, la historia de género, los estudios subalternos, entre otros, fueron incorporados en la matriz progresista regida por nombres que hemos mencionado en el rechazo del Instituto “Dorrego”. Al mismo tiempo que fraguó esta construcción universitaria, fueron desplazados dos paradigmas históricos vigentes en los años setenta en el debate intelectual de raigambre historiográfico: 1) el revisionismo histórico sea de derecha o de izquierda, 2) el marxismo. El primero fue desechado desdeñosamente. El segundo fue anulado primero por una recepción culturalista y relativista del marxismo británico (Williams, Thompson, en menor medida Hobsbawm), diluyéndose en un abanico de alternativas aprisionadas en la visión progresista de la historia. Como consecuencia, la historiografía marxista local pasó a ocupar un lugar accesorio y pienso que funciona como lo que en inglés se denomina un token. Es parecido a la maniobra de incluir un actor secundario negro en un film de y para blancos, inclusión necesaria para velar el racismo a través de un pluralismo artificial. Creo que una similar lógica tokenista se aplica al feminismo radical. “Vean qué autónomo y variado es el campo historiográfico, ¡si hasta tenemos marxistas y feministas de izquierda en el Conicet!”.
La corriente hegemónica de la historiografía académica no es tal porque domine sin matices el conjunto de una por lo demás indócil red de contactos universitarios. Sería absurdo representar la producción histórica de las universidades y el Conicet como una maquinaria unitaria regida desde su vértice. Por otra parte, las realidades porteñas no pueden ser trasladadas sin enmiendas a las situaciones provinciales. Es cierto que existe una reiteración de nombres entre quienes integran los comités de redacción de las revistas “más prestigiosas”, en las comisiones evaluadoras de becas y proyectos de investigación, en la dirección de colección de editoriales “reconocidas”, etcétera. Es imposible dejar de lado esas posiciones tan definitorias en la construcción de cientos de carreras académicas.
Sin embargo, los caminos por los que se difunde el progresismo historiográfico prevaleciente son extremadamente complejos, y encuentran en los mecanismos mencionados solo uno de sus aspectos. Su efectividad fue “althusseriana”: se expresa como eficacia estructural de un cambio histórico masivo y complejo imposible de atribuir a un sujeto.
Fue la derrota de los proyectos revolucionarios la que condujo a un desplazamiento de la posibilidad de repensar radicalmente la historia. Lo mismo sucedió en las ciencias sociales, en la Argentina y en el mundo. Varios estudios han mostrado cómo la intelectualidad argentina transformó sus ideas revolucionarias y los cambió por paradigmas reformistas-progresistas. Se perdió el sentido de construir una sociedad nueva. La investigación del pasado se fragmentó y especializó. Pereció la aspiración a construir comprensiones generales. Hoy no hay historiador y historiadora, en cualquier etapa de su desarrollo intelectual, capaz de encarar seriamente una “historia argentina” tal como ocurría con frecuencia cincuenta años atrás. Eso ocurre tanto dentro como fuera de las paredes universitarias.
Este es el fundamento conceptual y social del rechazo académico de todo revisionismo histórico. En su relativismo, el saber universitario se quiere modesto. Si ha leído algo de filosofía se dice popperiano por su exigencia de falsabilidad y reclama que no hay conocimiento que se exima de la corrección. Pero es una corrección siempre parcial, que nada tiene que ver con el revisionismo que discute más que detalles o variaciones de un mismo tema. Pone en cuestión el modo de definir los temas relevantes. Tampoco implica simplemente una modificación política de la historiografía, como a veces se sostiene con error. Es algo mucho más grave: es la forja de una nueva política de la historia.
Las voces académicas deploran en el pseudo-revisionismo kirchnerista la politización de la historiografía, a la que se identifica con una superada era de enfrentamientos. Lo expresa claramente el historiador José Carlos Chiaramonte al subrayar que “la historia como disciplina con objetivos científicos es la que busca dejar de lado las manipulaciones políticas o ideológicas –incluidas las que puedan portar los mismos historiadores– por más bien intencionadas que ellas puedan ser, para intentar lograr un mejor conocimiento del pasado. Es ésta, por otra parte, la mejor forma de servir los intereses de una nación, al contrario de los esquemas ideologizados que son propensos a alentar soluciones políticas desastrosas, como lo muestra la historia de las últimas décadas del siglo pasado”.11 Sin embargo, en modo alguno el “Dorrego” pretende regresar al pasado de los años sesenta y setenta. No debemos confundir lo imaginario del discurso de ese achacoso revisionismo con lo real de la política. Entonces, es discutible que el revisionismo histórico sea siempre una tarea retrospectiva. Lo cierto es que una revisión de la historia está fuera de la agenda de la hegemonía académica.
La historiografía de raíz universitaria renuncia de antemano a esa tarea porque la considera externa e incompatible con las bases de su reproducción. La historiografía académica puede pensar de otro modo cualquier cosa, introducir cualquier bibliografía, aquilatar toda nueva moda bibliográfica, incluso modificar sus hallazgos. Lo que no puede poner en cuestión son los fundamentos, los a priori de su propia existencia política. Y es eso lo que hace un revisionismo histórico, disputa la política de la historia.
Por un revisionismo de histórico de izquierda
La emergencia de una revisión de la historia es un acontecimiento complejo y en modo alguno obedece a una decisión individual, ni tampoco es separable de una crisis profunda. Conocemos tres momentos de revisionismo histórico en las inmediaciones de 1890, 1930 y 1955. No es ningún azar que fueran coyunturas críticas que revelaron cuestionamientos de lo que hasta entonces parecía inconmovible.12
En 1890 la confiada Argentina roquista vio el abismo de la debacle financiera y un levantamiento revolucionario. Fueron los tiempos de la insolvencia de la firma Baring Brothers, el desfonde de los valores bursátiles en el país y la Revolución del Parque. Pocos años después algunas obras de historia pusieron en duda la hasta entonces indudable legitimidad del país liberal-burgués. Autores como Adolfo Saldías, José María Ramos Mejía y David Peña produjeron interpretaciones que confluyen en un retrospectivo primer revisionismo argentino. El primer José Ingenieros planteó una alternativa desde la izquierda. Sin embargo, cuando la crisis cedió, los ademanes históricos se revelaron impotentes para conmover una legitimidad de la Argentina agro-exportadora y porteñocéntrica que recuperó su credibilidad. Hacia el Centenario de 1910 el primer revisionismo no dejó huellas profundas y cuando poco después apareció la historiografía universitaria, con la llamada Nueva Escuela Histórica con autores como Ricardo Levene y Emilio Ravignani, la política de la historia no fue muy distinta a la canonizada por el paradigma mitrista.
Lo que sucedió en las inmediaciones de la crisis de 1930 tuvo otra envergadura. Las tensiones mundiales, tanto en lo económico como en lo político, repercutieron en la especificidad argentina, la que generó sus propios conflictos. El momento promovió el conocido Revisionismo Histórico ligado a escritores como los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, Ernesto Palacio, José María Rosa, entre otros. Fue una empresa nacionalista, moderadamente proteccionista, ambiguamente anti-imperialista, pero sin dudas antidemocrática y elitista. Su horror a la revolución soviética constituyó la filigrana en que se enhebró su antiliberalismo. Como fuera, propuso una política de la historia denuncialista de la doxa historiográfica previa a la que calificó de falsificada. Aspiró a cambiar el rumbo de la sociedad argentina, aunque fuera muy inconsecuente en el cuestionamiento de su matriz agro-exportadora. La promoción de la industrialización fue medrosa y careció de una vocación para integrar a las masas excluidas. Desde la izquierda surgió otro intento revisionista desde el comunismo, con Rodolfo Puiggrós como figura destacada.
El momento revisionista de 1955 tuvo bases sobre todo sociales y políticas, ligadas a la imposibilidad del sistema burgués argentino para tolerar al peronismo como lógica reformista de integración. El peronismo que quería pacificar un país burgués inclusivo y más justo implicó así una crisis estructural que no podía ser resuelta. Una flexión el revisionismo histórico de los años treinta confluyó con ciertas expresiones nacionalistas del marxismo para generar una nueva generación revisionista con escritores como Jorge Abelardo Ramos, Rodolfo Ortega Peña, un nuevo J. M. Rosa. Antagónico al revisionismo nacionalista pero externo a cualquier afinidad con la Nueva Escuela levenista o el naciente progresismo romerista, desde la izquierda la novedad revisionista marxista de mayor calidad la ofreció el joven Milcíades Peña. En todos los casos, este revisionismo interpretó el pasado con el deseo de transformar la Argentina.
Las recientes discusiones en torno al Instituto “Dorrego” y su auto-proclamado revisionismo son incomunicables con las experiencias apasionadamente creativas que acabo de esquematizar.
Quiero desarrollar ahora la tesis de que un revisionismo histórico de nuevo cuño es una exigencia de la hora y que esa tarea solo puede ser realizada desde la izquierda. La izquierda no fue extraña a los momentos en que asomaron prácticas de revisión histórica, tal como he indicado para los casos de Ingenieros, Puiggrós y Peña, aunque ninguno de ellos aceptara una denominación por entonces hegemonizada por la derecha intelectual.13
Construir un revisionismo histórico no es un asunto fácil. Lo demuestra que no pueda hacerlo el kirchnerismo con un importante apoyo intelectual y la disponibilidad casi ilimitada de recursos. Se entiende que tampoco sea fácil para la izquierda organizar un programa revisionista en materia historiográfica. Al respecto no hay privilegios ni vías reales. No hay un revisionismo de izquierda ya configurado, como una vestimenta prêt-à-porter, esperando que alguien la luzca.
Desde los rangos de la izquierda, incluyendo algunas voces de formación histórica, surgieron algunos posicionamientos respecto de la discusión abierta por la fundación del Instituto “Dorrego”. ¿Qué señalaron esas intervenciones?14
Por supuesto, Pacho O’Donnell recibe reiteradas denuncias merecidas por su oportunismo, superficialidad literaria y pereza archivística. El revisionismo en todas sus variantes es calificado de historiografía reaccionaria y explicativamente deficiente, a pesar de que se reconoce el aporte de algún tema de debate. Las vacilaciones del kirchnerismo y sus vertientes intelectuales, como “Carta Abierta”, son sometidas a escrutinio. Por otra parte, la reacción de la historiografía universitaria dominante también es reprendida como variante despolitizante y conservadora.
Casi sin sorpresa, todos los textos concluyen señalando la importancia de recuperar el marxismo como instrumento de interpretación histórica, de una historia que explique las luchas de la clase obrera y el pueblo. También se señala que una nueva generación de investigadores e investigadoras está surgiendo con propuestas destinadas a una versión distinta de la historia.
Es en este preciso momento en que quiero recuperar algunos temas desarrollados en los párrafos precedentes. Me parece que las intervenciones publicadas desde la izquierda concluyen formulísticamente (con el saludo a la bandera de una historiografía diferente) cuando recién comenzaba el aporte decisivo.
La singularidad de una posición de izquierda en la discusión sobre el Instituto “Dorrego” no puede restringirse a desnudar las partes pudendas del desabrido pseudo-revisionismo kirchnerista ni los atildados mohines de la historiografía universitaria. Su desafío consiste en asumir la faena de desarrollar un revisionismo histórico de izquierda. No existe otro sector del mundo político-cultural de hoy que pueda llevar adelante ese proyecto, pues hemos visto que el kirchnerismo intelectual y el campo universitario carecen de cualquier vocación seria de hacerlo.
Es significativo que dispongamos de trabajos individuales y algunos casos colectivos que llevan a cabo discusiones parciales con la historiografía existente. Pienso en el trabajo de Hernán Camarero sobre el comunismo y el movimiento obrero durante los años veinte y treinta del siglo XX en la ciudad de Buenos Aires. En los textos de Ariel Eidelman y Débora D’Antonio sobre la represión estatal y paraestatal durante los años sesenta y setenta. En el estudio de Pablo Ben sobre las prácticas sexuales en el Buenos Aires de 1900. Pienso en la investigación de Ezequiel Adamovsky sobre las clases medias. O en las reflexiones teóricas sobre marxismo e historia de Ariel Petruccelli. Alejandro Belkin, Agustín Nieto, Laura Caruso, Lucas Poy, Diego Ceruso, Gustavo Contreras, ya están dando a conocer sus descubrimientos. En fin, no quiero seguir mencionando investigaciones recientes porque –no soy de fierro– tiendo a privilegiar a mis amigos y amigas. Por ejemplo, tendría que agregar ciertos estudios producidos desde el grupo Razón y Revolución, como los de Marina Kabat y Héctor Löbbe. O la reconstrucción de Facundo Aguirre y Ruth Werner de las coordinadoras interfabriles de 1975. La lista incompleta y arbitraria se podría acrecentar y modificar. De todos modos el cuadro ofrecido redundaría en una posible proyección generacional. Pienso que esa posibilidad de una fragua generacional en materia historiográfica no se podría producir sin una vocación revisionista ni una voluntad conciente. Y así como el lance es difícil para otros cuarteles ideológicos, por razones diferentes es aún más arduo para la izquierda. En efecto, las circunstancias de la vacancia historiográfica atinente a un revisionismo de izquierda están presentes desde la crisis de 2001 y todavía estamos en veremos.
Supone tareas tan complejas como, en primer término, repensar la herencia de Marx. Solo para mencionar un punto decisivo, pienso que la interpretación de su obra como derivando en una concepción materialista de la historia es completamente equivocada. Es que Marx brinda argumentos, con mayor exactitud, para una crítica de la historia. Para él la historia como historia universal, Weltgeschichte, es correlativa a la formación de un mundo capitalista, de una lógica de la abstracción que se extiende globalmente. Por eso la historia es una de las formas de la dominación del capital, principalmente a través de la colonización y la subsunción de otras dinámicas productivas. Se comprende entonces que su trabajo no consistiera tanto en elaborar una “teoría” de la historia como en revelar su alienada lógica histórica y la dialéctica de su destrucción. En consecuencia, una historiografía marxista que se sostenga en esa crítica de la propia historia antes que en una explicación que solo puede derivar en una positivización, en su apología. Decir esto no implica una mera aclaración teórico, porque con la concepción materialista de la historia se desploma toda una biblioteca marxista. No puedo detallar aquí por qué esta crítica de la historia es completamente antagónica con la denuncia postmodernista de los “Grandes Relatos”. Solo diré que mientras el postmodernismo censura en la Historia una forma de dominación de la Modernidad, por lo tanto reduciéndola a una mistificación, el marxismo la estudia como una verdad ideológica de la alienación capitalista. Así, en lugar de sofrenarse en la mera imputación de falsedad, el marxismo sostiene que su crítica no puede ser completada sin la transformación revolucionaria de sus condiciones materiales de existencia. Como fuera, rediscutir Marx y el marxismo respecto del concepto crítico de la historia es una tarea inmensa requerida por cualquier revisionismo historiográfico de izquierda.
¿Será el marxismo la única biblioteca útil? Decisivo, el marxismo no abarca todo el pensamiento crítico. Seguramente no estaremos siempre de acuerdo sobre qué otras perspectivas radicales deben ser movilizadas, leídas, reinterpretadas. El feminismo y el psicoanálisis son las que usualmente vienen a la mente, pero no son las únicas texturas conceptuales en debate. Nuevas reflexiones requerirá también poner en suspenso las barreras académicas de la historiografía con disciplinas como la sociología y la antropología.
Otro capítulo contiene al análisis de la historia de la historiografía de izquierda. Es sorprendente que respecto del magro pseudo-revisionismo kirchnerista se crea ofrecer una alternativa suficiente al mencionar a Milcíades Peña. Entiendo que eso puede ser propuesto como una nominación polémica de ocasión. Sin duda Peña, incluso con su obra inconclusa y prematuramente trunca, fue por lejos el mejor de los revisionistas de los años sesenta y, desde luego, sus materiales aniquilan la reciedumbre de los O’Donnells de hoy. Algunos puntos de vista medulares como la conformación del capitalismo argentino y sus clases sociales brindan temas de reflexión. Pero en un debate en regla la obra de Peña es, salvo en temas específicos, más una cantera de reflexiones críticas que otra cosa. Una historia crítica de la historiografía de izquierda requiere extender el examen a otras fuentes, quizá en primer término el marxismo historiográfico inglés, pero también a otras producciones que merecen ser meditadas. Repensar obras como las del peruano Alberto Flores Galindo es central. Esa tarea no se ha realizado sino parcialmente y es otro ingrediente faltante en cualquier proyecto revisionista.
La situación historiográfica de los últimos decenios merece un estudio cuidadoso. Las producciones de la investigación y docencia universitarias, en la que casi todos los nombres de la nueva generación intelectual de izquierda tiene alguna conexión (al menos en estos años de expansión del aparato académico), son complejas. Las instituciones académicas son más porosas y sutiles que una imaginación de control absoluto puede sugerir. Los intersticios para la edificación de alternativas historiográficas no son escasos. Y no puede negarse que contrastado con el resto de la sociedad, el sistema universitario contiene más pensamiento crítico-radical que cualquier otro espacio. Es sin duda paradójico que la institucionalidad académica refractaria a todo proyecto revisionista sea un sitial decisivo para la ruptura intelectual.
La propia calidad del mainstream histórico académico habilita una discusión y toda historiografía de izquierda debe aceptar esa confrontación. Como dijo Edward P. Thompson, una historia radical debe ser tan buena como la mejor historia puede serlo. Pero esto no significa que la armonía sea factible. El avance de un revisionismo de izquierda coherente producirá conflictos inexorables porque lo que se pone en discusión son los criterios mismos de la historiografía. Por ejemplo, debe discutir la pretensión de exclusividad universitaria en la producción de saber histórico. Además, requiere cuestionar la “autonomía” del “campo historiográfico” al entrecruzarse con las luchas sociales y políticas, un tema inasimilable para el cientificismo. Tanto como de sus prácticas más estrechamente científicas, un revisionismo de izquierda se alimenta de los combates de la clase obrera y el pueblo, por lo que cualquier encierro academicista es fatal.
En el terreno conceptual pienso que la tarea principal de un revisionismo histórico de izquierda consiste en destruir las ilusiones progresistas de la historia universitaria, parcialmente compartidas por el pseudo-revisionismo del Instituto “Dorrego”. Esas visiones consideran que existe algo así como la “historia”. En ese sentido son pre-marxistas. Además suponen que hay algo así como un sentido, un proceso objetivo. Los nombres para el mismo pueden variar. Modernización, integración, inclusión, desarrollo, democratización, en fin, lo importante es que el par continuidad/discontinuidad organiza el pensamiento histórico. Es una perspectiva completamente equivocada, que de alguna u otra manera contaminó a casi toda la historiografía argentina de izquierda en el siglo pasado. Un revisionismo histórico de izquierda, y no solo en su faz marxista, somete a crítica toda noción de historia y de sentido histórico. El feminismo de izquierda ha sido más consecuente que el marxismo en revisar la historia progresista. Solo una concepción antiprogresista de la historiografía puede realizar su crítica radical y devenir el nervio transmisor de una revisión histórica profunda.
Para concluir estas indicaciones expeditivas, pasemos a las condiciones prácticas de una revisión histórica. Además de los debates necesarios, se requieren institutos, centros, bibliotecas, revistas, congresos, jornadas, encuentros informales, asados, cafés, cervezas, becas de investigación, seminarios de grado y de postgrado, en fin, una pléyade de emprendimientos institucionales que sostengan materialmente los encuentros y desavenencias a través de las cuales devenga posible construir un revisionismo histórico. Al constituir sus instituciones alternativas, sin abandonar necesariamente la universidad, la izquierda historiográfica ya no deberá ser por definición una izquierda académica.
Se dirá que la tarea es demasiado complicada, que demanda una excesiva carga teórica, interminables controversias, fatigosos encierros en los archivos e ingratas edificaciones institucionales. Sin duda, pero los resultados pueden ser también extraordinarios. En verdad no me parece más difícil que diseñar un buen vino o enamorar una mirada, delicias que recuerdan tanto a la revolución.
1Ver el decreto en el Boletín Oficial: http://www.boletinoficial.gov.ar/DisplayPdf.aspx?s=01&f=20111121 (consultado en enero de 2012).
2 Quizá sea innecesario aclarar que el revisionismo histórico en la Argentina tiene un sentido muy diferente al empleado en Europa donde suele ser relacionado con el negacionismo pro nazi.
3Desde hace una década en que domina el mercado editorial de temas históricos y biográficos, el presunto “revisionismo histórico” no ha dado un solo paso adelante en materia conceptual. Creo vigentes las consideraciones en mi artículo “Las narrativas contemporáneas de la historia nacional y sus vicisitudes”, en Nuevo Topo. Revista de historia y pensamiento crítico, n° 1, setiembre-octubre de 2005.
4“Historia nacional y popular”, entrevista en Página 12, 29 de noviembre de 2011.
5H. Chumbita, “La necesidad del revisionismo”, en Página 12, 5 de diciembre de 2011.
6 M. P. López, “La historia en cuestión”, en Tiempo Argentino, 2 de diciembre de 2011.
7 La nota circuló por mail y fue reproducida parcialmente en los diarios nacionales.
8 Por ejemplo, Daniel Campi, “Creo que se ha dramatizado en exceso el impacto que tendrá el Instituto del Revisionismo”, entrevista en la revista kirchnerista La Columna, Santiago del Estero, nº 945, 15 de diciembre de 2011; Juan Manuel Palacio, “La historiografía no está en jaque”, en La Nación, 17 de diciembre de 2011.
9L. A. Romero, “El neo revisionismo de mercado”, en revista Ñ, nº 66, diciembre de 2004.
10 Buenos Aires, 6 de diciembre de 2011, disponible en http://www.asaih.org/?p=338 (consultado en enero de 2012).
11 J. C. Chiaramonte, “Historia y revisionismo”, en Página 12, 4 de diciembre de 2011.
12 Imposibilitado de discutir adecuadamente los diversos revisionismos argentinos, remito a su bibliografía principal: Clifton Kroeber, Rosas y la revisión de la historia argentina, Buenos Aires, Fondo Editor Argentino, 1965; Tulio Halperin Donghi, El revisionismo histórico argentino, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1970; Alejandro Cattaruzza, “El revisionismo: itinerario de cuatro décadas”, en A. Cattaruzza y Alejandro Eujanián, Políticas de la historia: Argentina 1860-1960, Buenos Aires, Alianza, 2003; Maristella Svampa, El dilema argentino: civilización y barbarie, de Sarmiento al revisionismo peronista, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994; Diana Quattrocchi-Woisson, Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1995; Michael Goebel, Argentina’s Partisan Past. Nationalism and the Politics of History, Liverpool, University of Liverpool Press, 2011.
13 He propuesto lecturas de estos autores en mi Historia crítica de la historiografía argentina. 1, Las izquierdas en el siglo XX, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2009.
14Resumiré algunas posturas reunidas en la serie de ensayos del dossier “La historia en debate. A propósito de la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico”, en el Boletín de la Asamblea de Intelectuales, Docentes y Artistas en Apoyo del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, nº 1, enero de 2012. Incluye textos de Eduardo Grüner, José César Villarruel, María Cecilia Feijoó, Hernán Camarero, Lucas Poy, Natalia Boca, Federico Sena, Federico Novofoti y Mariano Schlez. Este material es accesible en http://www.ips.org.ar/wp-content/uploads/2012/01/La-historia-en-debate.-... (consultado en enero de 2012).
Tomado de http://www.herramienta.com.ar 

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