jueves, 7 de junio de 2012

La relevancia del debate económico. La fantasía de la corrupción.

NUEVAS ZONCERAS ECONOMICAS › LA DESIGUAL DISTRIBUCION DEL INGRESO

“La economía es la ciencia de la escasez”

Por Carlos Andujar * y Ruben Telechea **
 
Eficiencia y escasez son los conceptos estructurantes a partir de los cuales se construyó el universo neoclásico (y neoliberal en la actualidad), imponiendo como único Dios de la eficiencia al mercado y como límite de las posibilidades a la escasez. Pensar que el problema de la economía es la escasez es una zoncera que precisamente no fue creada por zonzos, sino que tuvo y tiene la intención de hacer de la economía una ciencia neutral y universal, donde los sujetos sociales, la historia, la política y la ideología no tienen lugar. Si el problema es la escasez serán criterios “científicos y técnicos” los que hegemonicen todas las miradas. Si el problema es la escasez se habrá encontrado, en última instancia, una justificación para las desigualdades sociales. La escasez tiene la fuerza de lo inevitable y la claridad de lo evidente y en ello fundamenta su poder de hegemonizar los discursos académicos y los que no lo son. La categoría de escasez y los conceptos y significados que de ella derivan serán los únicos habilitados para pensar, nombrar y darle sentido a la “realidad”.
Sólo la ceguera provocada por esta zoncera impide ver lo realmente evidente, lo que gracias a ella naturalizamos. Y lo evidente es que el problema económico fundamental no es la escasez.
Cómo pensar en ella en un mundo en el que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura informó que en 2008 se produjo la segunda mayor cosecha de la historia. Ese mismo año, y según Acción Internacional, cinco millones de niños murieron de hambre. Está demostrado que el planeta puede producir alimentos para una población mayor que la actual. Sin embargo, 1020 millones de personas sufren hambre. Un mundo en el cual los altos ejecutivos de grandes empresas ganan en una relación de 1700 a 1 comparados con los sueldos mínimos, y de 344 a 1 en relación con los sueldos promedio de la economía.
Un mundo en el que el 20 por ciento más rico de la población mundial tiene más del 80 por ciento del Producto Bruto, las exportaciones, las inversiones y más del 90 por ciento del crédito. El 20 por ciento más pobre, menos del 1 por ciento. La “desigualdad en la distribución de los ingresos” pasó de 30 a 1 en 1960, a 74 a 1 en 1997.
El problema de la ciencia económica son las relaciones sociales de producción que provocan y amplían, año tras año, tal desigualdad. Es sobre ellas y no sobre la escasez donde la producción de conocimiento económico tiene que poner todos sus esfuerzos. La utopía neoliberal muestra una economía sin política ni historia. Una política sin lucha ni conflicto y una historia sin ideología. En definitiva, intenta imponer el pensamiento único como hegemónico, en el sentido de saturar conciencias y percepciones de la realidad. Como menciona Eduardo Galeano, “la derecha tiene razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías, pero orden al fin; la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambriento (...) La historia (y la economía política) es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será”.
Debemos acercarnos a la economía de modo intencionado, comprometido, de modo no neutral, porque en definitiva no existe nada neutral

* Docente UNLZ.
** Docente UNLZ y UNQ - rtelechea@gmail.com

 Corrupción y denuncismo

Por Claudio Scaletta

En tanto la corrupción trata del desvío de parte del excedente económico en el momento de la circulación, no puede ser más que un tema económico. El equívoco de situarla en otro lado proviene de su constante utilización en el ámbito del discurso político.
Cuando se recorre el discurso opositor, pareciera que el único reproche para la actual administración es la corrupción. El periodismo que necesita llamarse a sí mismo independiente hace grandes esfuerzos cotidianos para dejar en evidencia la extraordinaria corrupción que, insisten, llegaría hasta el último recodo del Gobierno.
Según enseñan los textos canónicos, el periodismo tiene entre sus funciones mostrar aquello que el poder no quiere que se muestre. Resulta notable, sin embargo, que este periodismo jamás enfoque lo que el poder económico no quiere mostrar. A modo de ejemplo, sobran los programas “de investigación” que escrachan con cámaras ocultas a virtuales ladrones de gallinas.
Buena parte de este periodismo tuvo sus años de formación, su génesis, durante la década del ’90. Es lógico que así sea. Los años de auge del neoliberalismo fueron una etapa de corrupción estructural, un momento en que los objetivos políticos de desarmar al controlador, el Estado, coincidieron con los económicos; apropiarse de los restos del patrimonio público en un marco de endeudamiento permanente.
Pero la crítica de esta prensa, salvo honrosas excepciones, nunca apuntó a la corrupción estructural, sino a la coyuntural; a los negociados de la hora de algún que otro funcionario. Este señalamiento no significa que no deban investigarse los negociados, sino que éste no puede ser el único objetivo del periodismo y, mucho menos, patente de independencia. Luego, la situación de la economía, el crecimiento y el desarrollo suelen ser cuestiones bastante separadas de la “corrupción normal del capitalismo democrático”. Contraejemplo: durante toda la revolución industrial japonesa de posguerra, etapa que llevó a esta economía a los primeros lugares del mundo y que transformó las maneras de producir del capitalismo, el sistema político japonés se mantuvo controlado por la Yakuza, la secular mafia de ese país. De nuevo, no quiere decir que esté bien que la economía de un país sea controlada por una mafia, sino que no debe confundirse una cosa con otra. El citado grado de “corrupción normal del capitalismo democrático” lo brindó en la Argentina el “Swiftgate”. La embajada estadounidense se quejó recién cuando el funcionario venal se pasó de la raya del “retorno”.
Observando los resultados sociales del denuncismo, resulta paradigmático que de la potente crítica mediática y social al menemismo haya surgido otro gobierno neoliberal, el de la Alianza. Todo el enojo de “la gente”, ese desagradable indeterminado policlasista de la época, se canalizó contra “la corrupción” y no contra las ideas que sustentaron el modelo de desguace del Estado y desindustrialización. La prensa fue el vehículo que ayudó a las mayorías a creer que el problema era de prolijidad, no de política económica. El costo, que no dio lugar a la autocrítica, fue la profundización de la recesión y la posterior crisis de 2001-2002.
Si se analiza el discurso opositor del presente se encuentran algunos paralelismos con el pasado, pero el panorama es radicalmente diferente. Efectivamente, la principal crítica que se hace al Gobierno es la de corrupción. Luego, la idea de corrupción también reemplaza a la crítica de las ideas. El lector puede probarlo con un test: Identifique a cualquier conspicuo opositor conocido y pregúntele por sus razones. Encontrará un odio preciso en sus destinatarios, pero impreciso en sus contenidos.
Las diferencias del presente residen también en los sujetos que ejercen la crítica y en sus fines. El periodismo crítico de los ’90 fue un proceso histórico que renovó las formas de hacer periodismo. Quizá con el diario de ayer resulte fácil reprocharles el desvío denuncista, pero fue un proceso genuino. El periodismo sedicente independiente de hoy es una parodia del de ayer. Incluso en sus personajes. Se centra en la idea de corrupción a sabiendas de eludir la discusión de ideas, políticas y económicas. Igual que ayer, la derecha política sabe que si confiesa abiertamente su modelo de país, sería indigerible incluso para parte de las minorías que la apoyan.
El paradigma de que todo se hace por “la caja”, como un asalto permanente a cualquier fuente de recursos, fracasó por la potencia de los resultados y sus números. Como quedó claro en las últimas elecciones, también porque los votantes descubrieron la trampa. Seguir contestando frente a cada idea y cada acción de gobierno: “son corruptos” es, una vez más, la negación del debate político.

jaius@yahoo.com.

Artículos tomados del suplemento Cash del Diario Página 12 del domingo 3 de junio de 2012.-

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