PAN AND COMPANY, O EL LUJO DE TENER MIEDO EN VEZ DE HAMBRE, por Virginia Monti

—“Ataque de pánico”, dijo el especialista. “Trastorno de ansiedad, miedo”.
—“Miedo a qué”, le hubiera preguntado, y no lo hice.

Por definición, miedo se le tiene siempre a algo. El miedo a nada no existe. O, mejor dicho, el miedo a nada es lo contrario al miedo, es el arrojo. El pánico es “pan” y “co”; o sea, “pan and company”. Pan, porque si te das el lujo de tener pánico, es porque no tenés otra cosa, como por ejemplo hambre. Es decir, si tenés miedo, pero lo tenés en forma de ataque, es porque tenés pan. Company, porque el miedo nunca es tal si viene solo. La compañía del miedo son los fantasmas, pero no son los típicos fantasmitas de capa blanca. A estos no se los ve, y es porque no se los puede ver que el miedo en vez de ser miedo es pánico y llega de golpe. Vos estás lo más bien haciendo las cosas normales de la vida, como la cola del supermercado para comprar tu pan, y el pánico llega y te ataca. Se te oprime el pecho, se te dificulta la respiración, te suben las pulsaciones, te sudan las manos. Entonces, de repente, pasás de estar ahí a ya no poder estar en ninguna parte. El ataque de pánico es eso: la sensación de no poder ser ni estar.

Es como estar viendo el Aleph: la existencia toda en un mismo instante, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. Es abrumador. Los sentidos desbordan y no entran en el cuerpo. El cuento El Aleph de Borges no es lo que dicen. Es la descripción de cómo Carlos Argentino Daneri baja al sótano y lo ataca el pánico, con todos sus fantasmas, y con todos los fantasmas que suelen alojar los sótanos. Ahí mismo, en el decimonono escalón, le da un ataque de pánico al tipo, pero Borges te dice que no, que no es pánico, que es algo que se llama “el Aleph”, “una esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”, “el microcosmos de alquimistas y cabalistas”. Es haber encontrado el Aleph, o estar viendo el Aleph en el peldaño de una escalera, te dice Borges. Pero yo no estoy de acuerdo, y como soy de clase media y tengo pan y no tengo hambre, entonces me gusta decir que tengo ataques de Aleph, y así se lo expliqué al especialista.

Le dije que tengo experiencias en las que, de un instante a otro, los cinco sentidos empiezan —todos al mismo tiempo— a querer percibir y a querer procesar todos los estímulos posibles. Y entonces estallan. Y que ahí mismo dejo de ser capaz de sobrellevar la responsabilidad vital de ser un ser que respira y vive. Que los pensamientos se vuelven veloces y simultáneos, y es esa misma simultaneidad la que los hace dejar de ser pensamiento para convertirlos en bullicio. Y que el bullicio me aturde. Y que entonces tengo el cuerpo que desborda de sentidos y la cabeza que desborda de pensamientos. Y que me empieza a parecer que hay demasiada gente en el mundo, demasiados autos en la calle, demasiados perros en departamentos, demasiada basura en contenedores y demasiada gente con hambre comiendo de la basura.

—“Todo es demasiado como para poder con ello, doctor”.

Después de haber tenido un ataque de Aleph, después de haber tenido la experiencia de concebir el inconcebible universo en simultáneo, el único sonido que se quiere oír es el del silencio y la única visión que se quiere tener es la del despojo. Entonces ahí ya se sabe cuál es el remedio: el minimalismo, la poquedad, lo escaso. Por qué tanto, si se necesita tan poco. Escasez, pero también gradualidad. Pocas cosas, por favor. Y una por vez, si es posible. El mal de la clase media es tener tanto, que por momentos necesita tener menos.

—“La cuestión es que no quiero más ataques de Aleph, doctor. Basta. Así no se puede”.

En ese estado ando por la vida. La gente me reprocha que me grita desde el colectivo para saludarme y no la escucho. ¿Mirá si los voy a escuchar con el ruido que hay en la calle y adentro de mi cabeza? Además, el ataque de pánico, una vez que te agarra, parece que no te va a soltar. Y como te parece que no te va a soltar, el miedo se vuelve autorreferencial; o sea, se convierte en miedo a tener miedo. Y a esta altura lo que tenés ya es un miedo que se volvió fantasma de sí mismo. Es un miedo de lo más abstracto: la clase de miedo que tienen los de mi clase.

—“Usted tiene un estrés galopante”, me dice el analista.
—“Ojalá galopando se fuera lejos”, le contesto.

Del hambre, cuando es mucha, se dice que es feroz. Cuando el hambre y la pobreza son persistentes, se dice que son estructurales. Del estrés, cuando es mucho, se dice que es galopante. Lo mismo para la locura. Pero parece que el galope de la locura y del estrés no avanza, es un galope in situ, y por eso se quedan en vez de irse. Y por eso son insoportables. Igual que el hambre, pero distinto. La esencia del galope es avanzar, pero la locura y el pánico galopan como quien no quiere moverse. Al galope llegan, y para quedarse.

Creo que ya lo entiendo. El hambre no es ni abstracta ni tiene fantasmas. No se la ve, pero se la siente. Igual que el pánico, pero distinto. El hambre avanza siempre, como sea. La locura y el pánico llegan al galope, pero para quedarse, porque lo que quieren es obligarnos a ver los fantasmas invisibles que los acompañan. Lo que quieren es refregarnos los fantasmas por la cara, por si no los habíamos visto. Nos quieren enrostrar todo aquello con lo que, hasta entonces, no habíamos querido lidiar: nuestras limitaciones burguesas de panza llena. Llegan para quedarse y para decirnos que ya es hora:

—“Si nunca pudiste con eso, es hora de que empieces a poder”, te dicen.

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