El peronismo es un sueño eterno, por Ivana Incorvaia y Carla Benisz

El peronismo es un sueño eterno.
Historia y avatares de la clase obrera en Los que no mueren de Andrés Rivera1


Ivana Incorvaia
UNR-UADER

Carla Benisz
UBA-UNR-CONICET

Nuestro trabajo aborda una novela poco trabajada, al menos de manera puntual, por la crítica de la literatura argentina, Los que no mueren (1959), de Andrés Rivera. Si bien el autor goza de premios y reconocimiento en cuanto al mercado, como del prestigio de ciertos espacios de la crítica, su primera etapa y esta novela en particular han permanecido opacadas por el peso de su narrativa posterior. Sin embargo, intentaremos demostrar el interés que Los que no mueren puede despertar no sólo por el contexto histórico que envuelve y brota desde la novela, sino también por las voces que conforman la narración y que tienen que ver con la apuesta escrituraria que Rivera ha puesto en juego a lo largo de toda su trayectoria. Estos dos aspectos se conjugan para problematizar el fenómeno que, para entonces, obsesionaba a los escritores de su generación: el peronismo.

La irrupción del realismo.
La obra de Andrés Rivera traspasa varias generaciones, reconoce diferentes etapas, es compleja y voluminosa, pero a pesar de todo esto, y de haber sido Premio Nacional de Literatura, sigue siendo una “rara avis” para la crítica y la investigación académicas, por lo cual su presencia, en las historias de la literatura latinoamericana o argentina, es escasa. Esta pobreza de lecturas se multiplica cuando se aborda la primera etapa de su narrativa, la que desarrolla hacia fines de los cincuenta y que queda opacada por su obra posterior a la década del ochenta, ya convertida en objeto de mercado y de publicidad literaria bajo la órbita de editoriales trasnacionales.
Sin embargo, elegimos adentrarnos justamente en ese primer periodo poco trabajado y poco editado a través de la novela Los que no mueren, y con ello cuestionar, al mismo tiempo, ciertos lugares de la crítica que cierra este periodo en la temporalidad del beginning, como diría Said (1975), caracterizada como un ensayo panfletario dentro del proceso de aprendizaje de un escritor que madura el oficio al dejar de ser militante.
De acuerdo con las periodizaciones generacionales, Andrés Rivera suele ser ubicado dentro de la denominada «generación del 55». El grupo, como se sabe, incluye a los narradores nacidos entre 1920 y 1930 que iniciaron sus publicaciones luego de la caída de Perón. Esta generación de escritores está signada por un hecho de importancia histórica y política, como lo es el derrocamiento de Perón, pero también, y quizás como acompañamiento de esta experiencia histórica, por el impulso de una clara revisión de las tendencias dominantes en el plano de la escritura, vinculadas al fantástico, la que animó a estos narradores a una marcada propensión hacia el realismo. A su vez, el periodo se caracteriza por una intensificación de la vida intelectual y un desarrollo excepcional de los medios masivos de comunicación. Así, se puede considerar que tanto la contaminación de una esfera vinculada a lo comunicacional como el interés intelectual por la circunstancia histórica, repercutieron en la inclusión de temáticas de tipo social, característica decisiva de la generación.
Ahora bien, el vínculo con el fenómeno peronista no debe concebirse de manera mecánica o lineal. Por el contrario, es notorio que su tratamiento literario sufre modificaciones con las posiciones y, en muchas casos, con las incertidumbres que asumen y mantienen los escritores durante este contexto.
El peronismo como fenómeno de masas, su proscripción y el recrudecimiento de la represión tras la caída de Perón, hicieron que muchos intelectuales se preguntaran acerca de la naturaleza del movimiento, lo cual no podía ser respondido simplemente bajo las fórmulas que tanto liberales como comunistas ortodoxos compartieron durante sus años de hegemonía. Sin embargo, aún después del 55, encontramos explicaciones del peronismo como “fascismo posible” (Halperín Donghi, 1956) así como, con toda coherencia, la directora de Sur tituló el número inmediatamente posterior a la Libertadora “La hora de la libertad”.

En los límites de la ortodoxia.
Los que no mueren se ubica en el momento inmediatamente posterior a la caída de Perón. La primera edición es de 1959, momento de ebullición política al calor de la resistencia peronista, y cuando Andrés Rivera todavía militaba en el PC. De ahí, su significativa dedicatoria, a Juan Carlos Portantiero, lo cual además lo ubica cercano al grupo de los disidentes que pocos años después, concretamente en 1963, son expulsados del partido. Mientras que Rivera se va apenas un año después y, según Jorgelina Núñez:
Su expulsión del PC en 1964, señaló un camino de divergencias que iba a exceder lo político para fracturar de manera definitiva su avión de las cosas. Alejado de las cuestiones partidarias, prefirió aferrarse a un conjunto de principios hacia los que sigue profesando una lealtad incondicional. Las consecuencias de esa fractura se hicieron visibles en “Ajuste de cuentas”, un libro de relatos que apareció en 1972 y en el que buena parte de la crítica encuentra el punto de inflexión de toda su obra. A diferencia de sus novelas anteriores, en las que la expresión de la violencia es el arma que le sirve para denunciar la opresión social y postular la posibilidad de una transformación futura, en este volumen su mirada da un giro radical (2001).
Los que no mueren, por su parte, pertenece a una oscura primera etapa del autor que habría quedado sellada, incluso por él mismo, luego de la inflexión que significó Ajuste de cuentas y de los años que pasó sin publicar. En los ochenta, inicia la serie de novelas que lo consagrarían y que son las referencias siempre mencionadas a la hora de hablar de su obra: Nada que perder, En esta dulce tierra, La revolución es un sueño eterno¸ etc. Sin embargo, la reedición reciente de Los que no mueren así como de su primera novela (en una nueva versión) permite hablar de una relectura por parte del mismo Rivera de su obra primera. Además de que vuelve a poner en circulación obras que parecían destinadas a los anaqueles de las librerías de viejo, lo hace –en un caso– bajo una nueva apuesta escrituraria y –en ambos– con el sello Razón y Revolución, editorial independiente vinculada a la investigación y reedición de clásicos de la izquierda. Gesto que vincula esta obra primera con un universo editorial completamente diferente del que caracteriza su obra consagrada, publicada ésta por sellos multinacionales.
De todos modos, Jorgelina Núñez parece rubricar esa interpretación según la cual, la literatura de Rivera gana especificidad y adquiere valor al dejar de verse minada por la militancia. Sin embargo, previo a ese punto de inflexión que significó Ajuste de cuentas, y estando aún Rivera dentro del PC, Los que no mueren permite una mirada diferente a la de la ortodoxia del partido, lo cual es posibilitado por las mismas estrategias formales de la narración y es por ello que creemos que la novela debe situarse dentro de esa esfera intelectual que busca salir de los discursos del gorilismo clásico. Aunque no se la puede asociar con la izquierda nacional entonces en ciernes, la novela se esfuerza por generar y dar verosimilitud a un punto de vista proletario. Por ello –es evidente– se encuentra en las antípodas del cinismo de Sur y los escritores vinculados a la revista. Esto tampoco significa, de acuerdo con nuestra lectura de la novela, que el peronismo sea reconsiderado tal como lo hiciera un sector significativo de la franja cultural denuncialista; mucho menos se siente responsabilidad o culpa por su caída, sino que la angustia expuesta, en todo caso, será más por los fracasos del proyecto político del peronismo: se lamentan los límites inevitables del populismo que terminan de evidenciarse durante la dictadura de Aramburu.
Si bien la opinión manifiesta de Rivera sobre el peronismo destaca la retórica nacionalista como continuación de una política autoritaria (lo cual puede verse en su polémica con Galasso),2 la novela –al centrarse en las subjetividades contrapuestas de dos obreros– no da lugar al sustrato de clase que alimenta el gorilismo. El foco de la narración es la subjetividad conflictuada de dos obreros pertenecientes a dos generaciones diferentes de la clase: por un lado, Demetrio, obrero de larga sindicalización bajo la órbita del PC ortodoxo, por otro, Carlos, más joven, que entra en la vida laboral bajo la hegemonía del peronismo y, en consecuencia, personifica al obrero de vida política reciente y cooptada por el peronismo.

La propiedad privada y el cuerpo del obrero.
De todos modos, más allá de las operaciones que el autor y que el mercado realizaron sobre esta obra en particular, creemos que la novela en sí misma ofrece un foco de interés para la crítica por varios motivos
En primer lugar, el foco de la novela anclado en la subjetividad de los personajes permite que la reconstrucción de la historia no sea tanto una puesta en escena epocal, una minuciosa reconstrucción en la que los personajes cubrirían sencillamente una función de la trama histórica, sino que a partir de sus contradicciones se repone esa dimensión epocal implicada pero no del todo explícita. De modo que en este subjetivismo como foco de la narración se puede observar lo que será, con el desarrollo de una lengua literaria ligada a los recursos de la poesía, la marca registrada de la novelística consagrada de Rivera.
Reconocido admirador de Faulkner, también en Los que no mueren, Rivera hace uso de los recursos que identifican la narrativa de influencia faulkneriana. Fluctúa el foco de la narración entre distintos puntos de vista, pero con una clara preeminencia de voces obreras, las de Carlos y Demetrio, que funcionan como dos puntos de vista contrapuestos y que muestran –en su contrapunteo, pero también en el interior de cada voz– las contradicciones surgidas, en el seno de la clase trabajadora, por el influjo del peronismo.

Todo se conseguía, para su gusto, de un modo demasiado fácil: los veraneos, las vacaciones, los aguinaldos. Pero los patrones no se morían; tenían más plata que nunca y no se morían, y ésa era una cosa que nadie podía explicarle satisfactoriamente.
Antes, todo se obtenía de otra manera, pensaba él. Y lo decía a veces. Entonces le contestaban (el petiso, o Francisco, o Carlos en ocasiones) moviendo las manos y escupiendo rabia por los ojos, ah, ah, antes, déjese de embromar con antes; ¿antes había esto? Antes, antes.
Los patrones daban: apretaban los dientes pero daban. Daban uno y ganaban tres, pero apretaban los dientes. Déjese de embromar con antes. ¿Antes tenía aguinaldo y Comisión Interna y horas pagas por telar parado, y trabajo? Mierda tenía antes. Escupían rabia por los ojos y a Demetrio le resultaba duro entenderse con ellos (Rivera, 1959: 73-74).

Demetrio se forma en un sindicalismo clasista de una etapa previa y caracterizada por importantes huelgas obreras que funcionaron como gestas propias de la clase, pero que termina opacada, a la vista de los obreros jóvenes, por la política de Juan Domingo Perón de efectivizar los derechos laborales que, hasta el momento, no habían tenido más realización que la de una legislación impotente. El peronismo, entonces, quiebra la lógica de la clase de ser agente exclusiva de sus luchas y obtener las victorias luchando contra el Estado. En consecuencia, el Estado como conciliador de clases y de los conflictos entre el capital y el trabajo, vuelve impotente al discurso estrictamente clasista de Demetrio en su intento de rebatir la lógica del populismo.
La idea de la propiedad funciona como una especie de leitmotiv simbólico y eje a partir del cual comprender la contraposición entre las dos generaciones de obreros. Por un lado, proliferan las expresiones de los trabajadores que manifiestan el deseo, concebido como una imposibilidad, de ser dueños de algo, del propio cuerpo, del futuro, del bienestar de su familia, es decir, no se trata de ser dueño como propietario, sino como posibilidad de agenciamiento. Por otro lado, la crítica central de Demetrio hacia el peronismo es justamente que éste no modificó ni alteró las relaciones de propiedad. Más allá de los derechos laborales, los trabajadores no eran dueños de nada más que de vender su fuerza de trabajo, mientras que los patrones son –justamente– “los que no mueren” ni pierden. “Hace doce años que trabajo aquí –dijo Demetrio– y Weldman sigue siendo el patrón. Fue patrón antes del Hombre, y los sigue siendo con el Hombre. Y por lo que veo no dejará de serlo, él o su hijo” (Rivera, 1959: 89). Esta lógica inalterada de la propiedad mantiene, entonces, la enajenación del trabajador respecto de su propio cuerpo, lo cual determina el trágico fin de Demetrio después de ser echado de la fábrica. Hasta ese final, ya en el contexto de la Libertadora, la realidad de la enajenación resulta incomprensible para los trabajadores jóvenes formados bajo el paradigma de la conciliación de clases.
Este complejo tramado de los discursos políticos de la época se formatea a nivel de la narración y por ello, creemos que la novela no se queda solo en una estética de “redentorismo social” aunque asuma una postura política evidente y acorde, pero no limitada, a la militancia del autor. El redentorismo requiere de ciertas seguridades que la novela reemplaza por un mosaico tan complejo como las mediaciones que existen entre el trabajador y la conciencia de clase, sobre todo tras la experiencia de un gobierno populista como el de Perón.
Según Claudia Gilman:
En El precio o Los que no mueren, lo que sostiene a los personajes en su papel es una identidad económica social, el lugar que ocupan en las relaciones materiales de producción del sistema capitalista. Esta identidad es colectiva y se actualiza solidariamente con todos aquellos que son funcionalmente idénticos. Lo que cuenta es el alcance, la representatividad. De la masa anónima y equivalente de los trabajadores, en el proceso de individualización que obliga a la literatura a sostener un nombre o un pronombre singular para rodearlo con una frase o una historia, surge el personaje (1991).

La afirmación de Gilman resalta esa estricta caracterización política y social que, más por una cuestión de desarrollo de su poética que de los intereses temáticos, deja de ser privilegiada en la segunda etapa de la obra de Rivera, pero es central en sus primeras novelas. Sin embargo, en cuanto a Los que no mueren, si nos centramos en ese sinuoso camino que, en cierto modo thompsoniano, hace de la conciencia de clase un proceso complejo, la bajada de línea política de Rivera de su época comunista, permite hacer de esa individualización del personaje algo más que una tipificación funcional para la reconstrucción histórica, es decir, el espacio para explotar un intenso drama personal de contenido histórico.
Una visión peculiar de la alienación
El relato es guiado por el drama personal de los protagonistas. Entonces, aun en la trasposición de los hechos históricos más densos, predomina una mirada subjetiva; mejor dicho: los hechos históricos aparecen a través de esa mirada subjetiva.
Precisamente, la masa anónima que ocupa un lugar determinado en las relaciones de producción, la clase obrera, es singularizada por Rivera, narrando los acontecimientos a través de la vivencia personal y subjetiva de los personajes. De allí surge una visión, asimismo singular, de la complejidad del entramado social, pero desde la experiencia personal dramática: una suerte de visión existencialista de la alienación.
A través de la mirada colectiva pero individualizada en el contrapunteo de los dos personajes obreros, como resultado de la lógica capitalista imperante en el mundo del trabajo, la vida cotidiana se muestra atada a ella en un alto nivel de intensidad, aunque sin hipérbole, sin amplificación ni exageración alguna. Es la exaltación de una posición ante la vida, ante la vida laboral y económica, pero con el agregado de proyectarse sutilmente en la intimidad, o, podría decirse así: la novela también narra la imposibilidad de pensarse, incluso en la privacidad, por fuera de la vida laboral y económica.
Uno de los fenómenos de la modernidad es la división burguesa entre el espacio público del trabajo y el espacio interior de la casa: “Para el hombre privado aparece por primera vez un espacio vital distinto y opuesto al lugar del trabajo. Ese espacio se constituye en un interior. La tienda pasa a ser su complemento. El hombre de vida privada, que debe contar con la realidad en su negocio, exige de su interior que lo mantenga en sus ilusiones” (Benjamin, 1972: 132). Esta es la experiencia burguesa del “yo poseedor” que construye un espacio interior resguardándolo del mundo del trabajo “donde la desnudez y la sordidez van de la mano, donde la productividad economiza la belleza y el confort para alcanzar el más alto rendimiento monetario” (Rama, 1983: 111). Ahora bien, los obreros y empleados no comparten esta experiencia, sino que para ellos sólo existe el espacio frustrante del “interior de la actividad productiva” (1983: 112).
Hemos terminado de cenar. Lucía plancha, se mueve a mi lado, y yo no olvido a Demetrio, sus cuatro mil madrugadas de tejedor –frío, humo, niebla, cansancio, calor-; pienso en mí que sigo tan fielmente sus pasos.
La miro a ella, a su vientre, a las paredes de este departamento, y digo: `Esto es mío.´ ¿Y qué? Alguna vez Demetrio también se sintió dueño de algo, de sus manos, de su cuerpo, de una mujer. ¿Y hoy?
Lucía se vuelve hacia mí, y su rostro pálido habla:
Demetrio no va a vivir mucho si ustedes no lo sostienen”
Y agrega:
Un hombre no puede vivir sin que algo lo sostenga.
Esto me lo dice ella, una mujer. Yo miro sus ojos, y oigo sus palabras, y veo sus manos quietas sobre la ropa blanca, planchada, sobre esta serenidad que nos rodea. `No puede vivir sin que algo lo sostenga´. ¿Para qué vivimos nosotros? ¿Para levantarnos durante cuatro mil madrugadas, llegar a los telares, pararnos bajo los tubos fluorescentes y sentir la acumulación de la fatiga, el crecimiento de la barba y las canas; y eso es todo? (Rivera, 1959: 27-28).

Así, las esferas de lo social (el trabajo, la fábrica, el conflicto histórico de la clase) y la esfera de lo privado, se narran sin posibilidad de escisión alguna. El hogar, en este sentido, no puede funcionar como refugio, mucho menos como un espacio de confort. El cuerpo materno de Lucía, pareja de Carlos, encierra la vida, y, metafóricamente, se manifiesta como oposición a la muerte anunciada de Demetrio, sin embargo, Carlos vivencia ambas esferas como continuidad, sin la posibilidad de disociar el afuera alienante de la privacidad de su hogar. No obstante intenta refugiarse en la vitalidad del vientre de Lucía, pero su cuerpo, poseído por el trabajo, es el mismo cuerpo reglamentado, disciplinado, también en su ámbito de intimidad.
Estoy aquí, en mi casa, esta tarde de domingo, harto de la pausa que me separa del lunes, de este trecho de tiempo que me separa de la posesión de mi cuerpo por el trabajo y de saber que la muerte (¿o la humillación de la inutilidad?) no se divisa aún. Peor hoy es domingo, domingo gris, y el mundo está allí, afuera, en los árboles deshojados, en una claridad blanca y floja; y yo estoy aquí, circundado por cuatro paredes, con los hombros que me pesan, cansado de comer, dormir, hablar, esperar, mis ojos sin nada que descubrir, temiendo encontrar mañana, entre los telares, la cara de Demetrio y palparlo en el crujido de mis huesos.
Lucía me alcanza un mate. Obramos como si nos desconociéramos.
Ella se mueve en silencio; en silencio dialoga con esa carne que crece en su vientre y allí parece terminar todo.
Le devuelvo el mate, vacío. Doy unos pasos por el comedor. Hace frío en la habitación y está a oscuras. Retorno a la cocina y me siento. Lucía, desde su altura, deja caer estas palabras:
Ustedes lo dejaron solo a Demetrio (Rivera, 1959: 63-65).

En la propia voz de su compañera, un ser cercano e íntimo, a Carlos le resuena la impotencia (una impotencia histórica quizás, por el sostenimiento intacto de los modos de producción dominantes) para sacar a Demetrio del lugar donde lo colocó la patronal.
Así, la visión existencialista de la alienación se traduce como el conflicto de clase, tejido o hilvanado, a veces silenciosamente, en la intimidad del hogar; quizás así sea porque el peronismo no habría viabilizado la posibilidad de la desalienación del trabajador y la sensación de esclavitud que siente el obrero por realizar un trabajo que no le pertenece, continua. Por eso, la contención afectiva de Carlos, el olor a leche –la vitalidad– que él huele en los labios de Lucía, la vida en sus propios labios (ella, como cofre de la vida aunque actuando, a veces, como la conciencia enjuiciadora), no le alcanza para evitar la muerte de Demetrio: la crónica de una muerte anunciada, el deceso producido por un sistema que, lejos de reconsiderarse positivamente luego del golpe de la Libertadora evidencia entonces desgarradoramente que algunas cosas cambiaron pero nada esencial cambió realmente. De ahí que la épica –los años de hegemonía peronista– se transforme rápidamente en tragedia, en derrota histórica, la cual se experimenta subjetivamente como angustia.
La alienación respecto de sí mismo, de su cuerpo, la angustia experimentada por Carlos, son consecuencia de la lógica inalterada de la propiedad que denunciaba Demetrio y que lo conduce incluso a su propio final. Pero que Carlos vivencia como quiebre en la conciencia, en un momento clave de la novela, la declaración de derrota que parece no ser más que un despertar amargo después de un sueño:
Llegamos al sindicato. La puerta estaba cerrada: no había nadie. Golpeamos hasta gastarnos los nudillos; algunos puteaban. Miramos por las ventanas: nadie. Sólo quedaba el busto de la señora, las flores que la rodeaban –cuyo aroma dulzón llegaba hasta nosotros por las banderolas abiertas– y las fotografías del general pegadas en las paredes. Sólo eso dentro del Sindicato.
Me reí calladamente: yo, un hombre tranquilo, fui en busca de un fusil –ahora lo sé– para cortarle, de un golpe, el gesto satisfecho a un tipo que se preparaba a decirnos jodan, a ver jodan, jodan que se les terminó el dulce, y con eso obtener que Demetrio pudiera seguir, en paz, junto a nosotros, y algunas otras cosas, muy pocas, que un hombre levanta o hereda a lo largo de su vida (Rivera, 1959:42).

Referencias bibliográficas:
Benjamin, Walter. (1972). “Paris, capital del siglo XIX”. En: Iluminaciones II. Madrid: Taurus.
Gilman, Claudia. (1991). “Historia, poder y poética del padecimiento en las novelas de Andrés Rivera”. En: Roland Spiller (ed.) La novela argentina de los años 80, Lateinamerika-Studien 29. Universitat Erlangen-Nurnberg. Zentralinstitut (06). Frankfurt am Main: Vervuert Verlag.
Halperín Donghi. (1956). “Del fascismo al peronismo”. En Contorno, Nros. 7-8.
Núñez, Jorgelina. (2001). “El silencio de todas las derrotas”. En: Clarín, Buenos Aires, 17 de junio de 2001. Disponible en: http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2001/06/17/u-00611.htm
Rama, Ángel. (1983). “El poeta frente a la modernidad”. En Literatura y clase social. México: Folios.
Rivera, Andrés. (1959). Los que no mueren. Buenos Aires: Nueva Expresión.
Said, Edward W. (1975). Beginnings: Intention and Method. New York: Basic Books Inc. Publishers.
1 Publicado en América Latina desde América Latina: arte, creación e identidad cultural en América Latina (2014), Rosario: Iracema Ediciones. Este Libro-Cd reúne el resultado de los trabajos presentados en el XIII Encuentro Artes, Creación e Identidad en América Latina, Facultad de Humanidades y Artes, UNR
2 En un comentario poco afortunado y tal vez un tanto dispar a la propuesta narrativa que analizamos, Rivera, en su polémica, recurre a un gorilismo clásico al sentenciar, casi como oxímoron indiscutible, la imposibilidad de conciliar ser un intelectual o un verdadero escritor e identificarse como peronista. Asimismo, recupera algunas líneas del PC de aquella etapa de los “frentes antifascistas” y, aunque luego fueron revisadas por el propio partido, dictamina de modo virulento paralelos entre Perón y los distintos fascismos. En efecto, frente a la respuesta de Norberto Galasso, la nueva nota de Rivera como respuesta a dicha réplica se sostiene en la identificación del nacionalismo como derecha inevitable, transformando el rótulo, con el que el mismo historiador revisionista se identifica, en “izquierda nazional”. En esto, además, puede observarse, por parte de Rivera, una caracterización del intelectual deficitaria de los parámetros sartreanos, de gran influencia en los sesenta, que asociaba el carácter de intelectual con el compromiso político y social; a partir de esto, para Rivera parece imposible la existencia de un intelectual de derecha. El debate apareció en la Revista Sudestada, entre octubre y noviembre de 2004.

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