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domingo, 3 de julio de 2016

"Martí en Nueva York: la experiencia de la totalidad", por Virginia Monti

En 1880, un cubano desembarca en Nueva York. Apenas dos años más tarde, publica, desde las mismísimas entrañas del monstruo y centro de la modernidad, lo que hoy leemos e interpretamos como el primer manifiesto estético del modernismo: el prólogo al Poema del Niágara (1882) de Juan Antonio Pérez Bonalde, testimonio de la crisis y del vértigo que se viven a fines del siglo XIX. Tanto el prólogo como Nuestra América, publicado once años después, se nos presentan como un intento de asir algo concreto en un momento en que resulta necesario definir identidades y prácticas, momento en que un nuevo sujeto literario alza su voz en un discurso que logra el equilibrio justo entre problematización y resignificación.

"Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central" (Fragmento, Diego Rivera, 1947)
El cubano del que hablo es José Martí. En el Prólogo, Martí describe con detalle precioso y simbólico la inquietud y el desasosiego que provocan en el hombre las instancias inauguradas por la modernidad y por los procesos de democratización, racionalización y secularización. Estas no solo repercuten en la producción de la poesía, sino también en la revisión y el cuestionamiento del concepto mismo de literatura y de práctica literaria. Aun así, las formas de literatura que surgieron en ese periodo fueron un medio apropiado para cuestionar el cambio y la fragmentación, y para reflexionar sobre el lugar que debía ocupar el nuevo intelectual latinoamericano. Este cuestionamiento fue posible porque la experiencia de desorientación y malestar trajo aparejados nuevos procesos de subjetivación. La poesía se volvió íntima y personal, atormentada y dolorosa. Para Martí y los suyos, el pasado se presentaba como algo vacío y vano, el presente se asentaba sobre arenas movedizas y el futuro era incierto: «están todos los hombres de pie sobre la tierra, apretados los labios, desnudo el pecho bravo y vuelto el puño al cielo, demandando a la vida su secreto»[1].


Si la vida de estos hombres se había convertido en un enigma, Martí fue capaz de develarlo: tomó la materia del presente y del pasado, observó a sus contemporáneos y comprendió cuál era la única cosa estable, genuina y certera que, en medio de la vorágine y la confusión, podría constituir una base firme sobre la cual repensar el futuro, la nueva literatura y el nuevo intelectual latinoamericano: la naturaleza, el trabajo humano y el espíritu del hombre. Esta era la verdad a la que debía asirse el poeta. Con esta consigna, Martí se dirige a los jóvenes y a los poetas del futuro para avisar sobre la forma y el contenido de la poesía moderna latinoamericana: «La batalla está en los talleres; la gloria, en la paz; el templo, en toda la tierra; el poema, en la naturaleza»[2]. Así queda explicitado el paradigma que Martí elabora como resultado de un nuevo posicionamiento y una nueva mirada frente a la materia confusa de la realidad.

En este nuevo paradigma se manifiestan la esencia y sustancia de las ideas que Martí incorporó del naturalismo y el trascendentalismo durante sus 15 años de exilio en los EE. UU. En este sentido, el poeta debía ser una suerte de oráculo que marcara el camino hacia el cual debía dirigirse la nueva literatura, la humanidad; camino en el que nuestro poeta vio una ruta hacia la independencia cultural. Martí era consciente de que no era tarea fácil llevar a la práctica esta consigna. Al hombre le costaba reencontrarse con su esencia, encontrarse a sí mismo, encontrar su verdadera naturaleza y luchar contra las convenciones impuestas. Lo primero que debía hacer era reconquistarse, recobrar sus sentidos, lo genuino. No obstante, grandes hombres de letras, como Emerson y Walt Whitman, habían demostrado que no era imposible. Ambos habían llevado a la práctica y hasta las últimas consecuencias la ruptura total con las convenciones, tanto sociales como literarias, y vivieron con sinceridad y honestidad. Así pues, Martí construye el retrato del nuevo artista, y su propio retrato, sobre la base de estas dos figuras literarias, formas acabadas de lo que consideraba debía ser el nuevo intelectual. Estos modelos le permiten a Martí indagar qué es el presente y qué escritura, poeta y literatura le caben a ese presente.

En Nuestra América (1891) muchas de estas ideas reaparecen al servicio de una voluntad de definición de la esencia de América Latina, problemática que requería una nueva mirada, y que Martí construyó una vez más como un enigma a descifrar. Era a través de la mirada hacia dentro, hacia sí misma, hacia lo autóctono que América lograría definirse, delinear sus contornos y conquistar su autonomía: «Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. […] El buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país»[3]. En un momento de conformación de los sujetos nacionales y de constitución de las repúblicas, este fue el precepto que propuso para el buen gobierno de América. Podríamos trasladar el mismo término que Martí emplea en el Prólogo a propósito de los hombres y decir que América necesitaba «reconquistarse», volver a lo más básico y elemental. Tanto en el Prólogo como en Nuestra América se advierte una relación entre la palabra poética, lo social y la acción política: la literatura como medio eficaz de reconstrucción de la totalidad. La literatura entonces, y a través de ella, la Naturaleza como asunto, son las que pueden darle forma, sentido y coherencia a la vida del hombre moderno. La poesía, dice Martí, es más necesaria para los pueblos que el comercio y que lo material: es el modo de sobrellevar la angustia existencial, el bullicio y la vacuidad de la vida moderna. No caben dudas de que el proceso de secularización trajo aparejados nuevos cultos. Para Martí, la poesía era el nuevo culto y los poetas los nuevos profetas.

En este intento de reconfiguración del orden universal, Martí enuncia su posición, plantea la mirada y luego la define y, de esta manera, construye sujeto y objeto a la vez. Antes de la mirada que intenta representarla, América Latina no tiene una identidad organizada ni definida y es solo en la disposición del discurso que lo nombra y lo identifica que «lo latinoamericano» adquiere identidad. La voz de Martí se sitúa en un espacio del saber, del conocimiento, y desde ese saber interpela, orienta y aconseja. En este sentido, añade Julio Ramos en Desencuentros de la modernidad en América Latina, la voz de Martí se autoriza desde el margen, desde el reverso de la modernidad y la racionalización, y la literatura, a su vez, construye un nuevo espacio como crítica de ambas. Voz y mirada se conjugan para modelar las zonas inciertas de la modernidad en América Latina, para iluminar y dar sentido a aquellos aspectos de la realidad que se presentan como complejos y contradictorios. Voz y mirada se ponen al servicio de una necesidad de reacomodamiento a las nuevas instancias de la modernización. Los escritores modernistas proponen un modo de comunicación diferente al modo de los letrados tradicionales. La palabra del escritor modernista hispanoamericano no se acredita por la ley. El modo de autorización en el contexto de las nuevas condiciones sociales del discurso se orienta a la construcción del lugar de la enunciación para la independencia no solo cultural, sino también de las convenciones. Se produce un deslizamiento de la función intelectual hacia un rol espiritual; emerge la figura del intelectual con proyección hacia el futuro y la del poeta ligado a su tiempo que, valiéndose de la literatura como nuevo credo, reconstruye «la experiencia de la totalidad perdida»[4].

Estas dos obras podrían interpretarse como un gran acto de habla. En ellas, se expone el contenido y, a su vez, son el arquetipo de lo que exponen. Es el mundo el que habla a través de las palabras del poeta, es el espíritu del hombre con sentidos recobrados el que se expresa. A propósito de la palabra literaria, Maurice Blanchot dice: «Allí donde está [la palabra], solo habla el ser, lo que significa que la palabra ya no habla, pero es, se consagra a la pura pasividad del ser»[5]. En Martí la palabra nace, atraviesa los océanos, se impregna del perfume de las hojas de hierba, se enarbola, frunce el ceño, mira a los hombres del pasado, del presente y del futuro, y les dice a gritos: ¡que hierva la sangre nueva!


Referencias:

Blanchot, Maurice (2002): El Espacio Literario. Editora Nacional, Madrid.

Martí, José (2005): José Martí. Nuestra América. Biblioteca Ayacucho.

Martí, José (2005): José Martí. Obra literaria. Primera ed., Biblioteca Ayacucho.

Rama, Ángel (1998): La ciudad letrada. Montevideo: Arca.

Ramos, Julio (2003): Desencuentros de la modernidad en América Latina. México: FCE.



[1] Martí, José (1882): Prólogo al Poema del Niágara en José Martí. Obra literaria. Primera ed., Biblioteca Ayacucho, p. 217.
[2] Martí, José: Ob. cit., p. 210.
[3] Martí, José (1891): Nuestra América en José Martí. Nuestra América (2005). Biblioteca Ayacucho, p. 33-4.
[4] Ramos, Julio (2003): Desencuentros de la modernidad en América Latina. México: FCE, p. 408, Cap. IX.
[5] Blanchot, Maurice (2002). El Espacio Literario. Editora Nacional, Madrid. p. 22.

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