MENU

viernes, 30 de diciembre de 2011

El "final" de la guerra en Irak y la política interna de EEUU

Lecciones - Por Santiago O’Donnell



Estados Unidos dio por terminada la guerra y se despidió de Irak con una ceremonia. Se hizo en el aeropuerto de Bagdad, rápido y a los gritos, en un patio vallado con bloques de cemento fortificado, bajo el tableteo constante de los helicópteros y la amenaza latente de un ataque insurgente. A Obama ni se le ocurrió asistir. Hubiera sido demasiada tentación. Entonces Leon Panetta, secretario de Defensa, se hizo cargo del asunto, que no pasó de la hora. Habló delante de unos 200 soldados, de los 4000 que quedan hasta el 31 de diciembre, de los más de 170 mil que ocupaban Irak en el 2007, el pico de la guerra. “Quedan desafíos pero Estados Unidos estará cerca del pueblo iraquí mientras navegan esos desafíos para construir una nación más fuerte y más próspera.” Agradecieron los militares iraquíes, se firmaron documentos. Los abanderados de ambos países desfilaron a la par y en uniforme de gala. Después de los soldados se sacaron fotos abrazados en alegre montón, tipo viaje de egresados.+/- Ver mas...

No fue la despedida más cómoda pero la caretearon bien. Sirvió para decir misión cumplida. No pueden decir que ganaron porque se quedaron con el petróleo, aunque sea la mejor forma de decir que ganaron. No alcanza para justificar los 4487 muchachos que no volvieron a casa, ni siquiera ante una sociedad tan materialista como la estadounidense, mucho menos en medio de una recesión. Tampoco se puede decir que se recuperaron las inexistentes armas de destrucción masiva invocadas por el gobierno de Bush para lanzarse a la invasión en el 2003. Ni que Obama siempre estuvo en contra de la guerra, que dijo que era estúpida.

Entonces hay que decir algo. Hay que decirlo aunque la realidad, el escenario mismo donde se pronuncian las palabras, demuestre otra cosa. Hay que decir ganamos, ganaron los buenos, ganó la democracia entre bloques de concreto vigilados por helicópteros artillados. Según el New York Times, hace unos meses los militares estadounidenses debieron cancelar las ceremonias abiertas de entrega de mando a los militares iraquíes de las más de 500 bases que llegaron a tener en ese país. Resulta que los insurgentes aprovechaban esas ceremonias para atacar a las bases. A partir de entonces los traspasos empezaron a hacerse en pequeños actos a puertas cerradas en los que las partes firman documentos, se dan la mano y se les entregan las llaves de la base a los militares iraquíes, informa el diario.

“Según fuentes militares, las tropas que permanecen todavía son atacadas a diario, principalmente por ataques de fuego indirecto sobre estas bases y por bombas a la vera del camino, contra convoyes que se dirigen al sur a través de Irak bases en Kuwait”, agrega el principal matutino estadounidense.

El propio Panetta reconoció en su discurso que el futuro de Irak no será sencillo. “Déjenme ser claro: Irak será desafiado en los próximos días. Por el terrorismo, por aquellos que buscan dividir, por temas sociales y económicos y por las demandas de la democracia misma”, advirtió el funcionario. Pero no se privó de agradecerles a los soldados por el “increíble progreso” que habían logrado en ese país.

Porque podrían haberse ido en silencio, pero tenían que decir algo. Se vienen las elecciones y había que mostrar que Obama había cumplido su promesa de la campaña anterior de terminar la guerra. Especialmente ahora, había que decirlo porque una guerra más o menos, con el petróleo manoteado pero no asegurado, es mejor una guerra así que una gran recesión.

Para la campaña, mejor la despedida de Irak que la crisis en la economía. Y Obama está en campaña. Entonces sale de gira por los cuarteles y los pueblos homenajeando a los soldados, proclamando que el esfuerzo no ha sido en vano. El jueves pasado cerró con un discurso en Fort Bragg, la base más grande del país, en el sur profundo, ante un auditorio de soldados que volvían de la guerra. “Hace mucho que espero pronunciar estas tres palabras: ¡Bienvenidos a casa!”, exclamó el comandante en jefe.

Obama dijo que había que aprender de la experiencia. “Funcionarios e historiadores continuarán analizando las lecciones estratégicas de Irak y nuestros comandantes incorporarán las duras lecciones en campañas militares futuras”, auguró. “Pero la lección más importante que podemos tomar de ustedes no es la de estrategia militar, es la lección sobre nuestro carácter nacional.”

Linda lección. Un país los manda a la guerra y ellos pelean. No importan el enemigo ni tampoco la excusa. Cuando llega la orden, hay que pelear. El tiempo pasa, los países cambian, las generaciones se suceden, pero lo que nunca cambia es el sentido del deber, el “carácter nacional”, explicó Obama en Fort Bragg.

Lo hizo con estas palabras: “Nunca se olviden de que ustedes son parte de una línea inquebrantable que se extiende a lo largo de dos siglos, desde los colonos que derrocaron al imperio, hasta sus abuelos y padres que enfrentaron al fascismo y al comunismo, hasta ustedes que lucharon por los mismos principios en Fallujah (Irak) y Kandahar (Afganistán), e hicieron justicia con aquellos que nos atacaron el 11-S”.

Lecciones de estrategia para los comandantes y los manuales que dirigirán la próxima guerra, lecciones de la fortaleza espiritual para inspirar a las víctimas de la recesión doméstica. Democracia en Irak, nación próspera, refundada y pacificada. Misión cumplida.

Suena a tomada de pelo pero algo había que decir. Arrancan las primarias republicanas y faltan once meses para las elecciones presidenciales. No se les puede dejar la cancha mediática a Newt Gengrich, Mitt Romney y compañía, por más que insistan en autodestruirse.

La guerra dejó de ser noticia pero está metida en la piel de los estadounidenses, en películas, en noticieros y series de televisión, en el folklore country, en los homenajes antes de cada partido de béisbol y fútbol americano, en los monumentos, en los cementerios de pueblos perdidos y grandes ciudades.

Se van de Irak y atrás queda un país en ruinas. En los nueve años que estuvieron ahí la guerra mató a un millón y medio de civiles. ¿Para qué? Algo había que decir para tapar el ruido de los helicópteros, el ruido de Vietnam. Tuvieron que proclamar el triunfo de la libertad desde un bunker fortificado. Decir que ganaron por todo lo que perdieron. Hablar de lecciones en heroicos discursos para la campaña, como si no hubieran aprendido nada.

Publicado en Página/12 el 18 de diciembre de 2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

Delicias del revisionismo histórico, por Rolando Astarita


 

En los últimos días Mario O’Donnell ha explicado, una y otra vez, que la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego tiene como objetivo reivindicar “la historia nacional, popular y federal” frente a la corriente “liberal, entreguista, elitista y antipatria”, que no es otra que la historia escrita por “los vencedores” (ayer Mitre, hoy Romero o Halperín Donghi). Como dice O’Donnell, el Instituto se propone rescatar a “aquellos representantes de los intereses populares y patrióticos, como Dorrego, Juana Azurduy, Güemes, Artigas, Monteagudo, que han sido ninguneados por la historiografía liberal y reaccionaria”.
Pues bien, en aras de revisar esta historia de héroes y villanos, la década de los 90 y el menemismo aparecen como objetivos ineludibles para el Instituto Revisionista. ¿Qué tal preguntarnos quiénes estaban en la línea “nacional”, y quiénes “en la antipatria”? Pregunta que, con toda seguridad, se hará el Instituto acerca del propio O’Donnell. Recordemos que O’Donnell en 1989 fue nombrado agregado cultural de la embajada argentina en España; luego fue embajador en Panamá; después en Bolivia; entre 1994 y 1997 ocupó el cargo de secretario de Cultura; en 1998 fue senador; y en 1999 era miembro del entorno de Menem. Pareciera que al buen Pacho no lo incomodaba por entonces el indulto de Menem a los asesinos de la dictadura, la liberalización de los mercados, las privatizaciones, la destrucción de la educación pública, la precarización del trabajo o el aumento de la desocupación. ¿Virtudes de la línea nacional y popular? Sin embargo, Pacho O’Donnell es apenas una anécdota, porque en tren de revisar el menemismo, habrá que ubicar a Néstor y Cristina Kirchner. Así, arrancar de la asunción de Kirchner como gobernador de Santa Cruz, en diciembre de 1991, y analizar el decreto del 2 de enero de 1992, que llevaba las firmas de Carlos Zanini, Ricardo Jaime y Alicia Kirchner (nombres K- emblemáticos, si los hay) por el cual se recortaban el 15% los haberes de la administración pública. Eran tiempos en que Néstor Kirchner despotricaba por la herencia que le había dejado el anterior gobernador, Arturo Puricelli, que hoy es el ministro de Defensa. Luego, habría que seguir con la emblemática privatización de YPF, de la cual Kirchner fue un activo propulsor. Por ejemplo, recordar que ante las resistencias que encontraba el menemismo entre los diputados, Néstor reclamó (22/09/92), en conferencia de prensa desde la Casa Rosada, apoyo de los diputados a la privatización. En el mismo sentido, traer a la memoria que pocos días antes Cristina había pedido, en la legislatura de Santa Cruz, que los diputados aprobaran la privatización. Documentar (la historia se apoya en documentos) cómo en aquella ocasión Cristina presentó un proyecto que declaraba “la necesidad de sanción del proyecto de ley nacional ‘Ley de Federalización de los Hidrocarburos y de Privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales”. Y destacar que cuando en la noche del 23 de septiembre Diputados aprobó la privatización, el miembro informante por el oficialismo fue Oscar Parrilli, actual Secretario General de la Presidencia K. Como para que no quedaran dudas de su vocación de servicio a la causa nacional, un año más tarde Parrilli publicaba Cuatro años en el Congreso de la Nación, 19889-1993, en el que decía que “YPF es hoy una gran empresa privada” (citado por Rodolfo Terragno en La Nación, 25/02/07). Seguramente nuestros revisionistas encontrarán una magnífica explicación para tamaño aporte al pensamiento nacional. Y podrán decirnos cómo ubican lo actuado por Parrilli en 1993, cuando fue el miembro informante por el bloque del Partido Justicialista en ocasión de la privatización de las jubilaciones. Eran los años en los que Kirchner afirmaba que Menem había sido el mejor presidente que habían tenido los argentinos. Siempre dispuestos a luchar contra la entrega, en 1994 Cristina y Néstor Kirchner fueron convencionales a la Asamblea Constituyente, la que habilitaría la reelección de Menem. En ella, Cristina defendió la reelección de Menem diciendo que se trataba del gobierno “que rescató a la Argentina del incendio que nos dejaron”. Todo esto será debidamente registrado por la historia no-oficial, no-liberal y no-entreguista.

Pero no sólo a los Kirchner habrá que clasificar, porque eran los tiempos en que Miguel Angel Pichetto (hoy presidente del bloque de senadores kirchneristas), calificaba al de Menem como “el mejor gobierno de todos los tiempos”; en que Alberto Fernández era superintendente de seguros; y en que Arturo Puricelli se definía como “menemista de alma”. También habría que incursionar por el terreno de los que colaboraron con las políticas educativas del menemismo. Por ejemplo, echar un vistazo a Daniel Filmus (ministro de Educación de Néstor Kirchner, luego candidato K), en los tiempos en que fue asesor de la ministra Decibe, y colaboró en la redacción de la Ley Federal de Educación; y antes había estado con Grosso, quien transformaba escuelas en shoppings. ¿Serían shoppings no-elitistas?
Además, el equipo de revisionistas no dejará de ubicar en el casillero correspondiente la privatización del banco de la Provincia de Santa Cruz, adquirido en 1996 por Enrique Eskenazi, quien luego de haber sido ejecutivo de Bunge y Born, fue titular de Petersen Inversiones, y estuvo cercano a Corach (ministro clave de Menem). Aunque a partir de la adquisición del banco de Santa Cruz, también fue amigo de Néstor Kirchner, y en especial, de la obra pública. Así como no pasará desapercibido para el fino análisis revisionista que en 1998 Kirchner decía (se puede ver en Internet) que Menem había sido “el mejor presidente de toda la historia, desde Perón”. Un indudable aporte a la lucha ideológica contra los enemigos de la Patria. Pero podemos extendernos un poquito más de los 90, y preguntarnos también de qué lado de la línea divisoria ubicará el revisionismo a los muchos que estuvieron en la Alianza, y hoy ocupan (u ocuparon) cargos prominentes en el kirchnerismo, como Nilda Garré, Juan Manuel Abal Medina, Gustavo López y Daniel Filmus, para mencionar sólo algunos. Asimismo, habría que clasificar a los que aplicaban los planes de ajuste en 2000 y 2001, y firmaban los “pactos fiscales” con el gobierno de la Alianza. Por ejemplo, volver a registrar a Filmus, ahora como secretario de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, ajustando salarios docentes y firmando, en 2001, resoluciones por las que recomendaba a las concesionarias de los comedores escolares que adecuaran sus menús “a la grave situación financiera”. Pero ya que estamos en la crisis de 2001, nuestros revisionistas podrán documentar cómo el gobernador Kirchner disponía la rebaja de las asignaciones familiares a los empleados públicos de Santa Cruz; y cómo recortaba adicionales e impulsaba el recorte de gastos por unos 75 millones de pesos. En tanto, los fondos provenientes de la privatización de YPF seguían colocados en el sistema financiero internacional; y se enviaban patotas a reprimir a los que protestaban con cacerolas. Alguien explicará que en aquellas políticas de 1991-1 y 2001-2 estaban, in nuce, las fórmulas que hoy Cristina Kirchner transmite a los líderes mundiales para salir de la crisis.
En fin, la pregunta que hay que hacerse es cómo encaja este pasado de menemismo, privatizaciones y liberalización económica en las dicotómicas clasificaciones a las que está obligado el revisionismo. Dado que en su marco conceptual están ausentes los análisis en términos de clase, y se pone el acento en una historia de traidores y patriotas, debemos esperar que el Instituto Revisionista responda preguntas tan trascendentes como ¿quiénes fueron los “nacionales” en los 90, o durante la crisis de 2001? ¿Quiénes aplicaban las recetas neoliberales y los ajustes para salir de las crisis? ¿Quiénes eran los “vendepatrias” y “entreguistas”? ¿Acaso los que se oponían a las privatizaciones, o los que privatizaban? Y entre los que privatizaban, ¿sólo están Menem y María Julia? Sin embargo, en el haber patriótico de Menem habrá que anotar la repatriación de los restos de Rosas y su monumento, en Palermo; además del nombre de Facundo Quiroga a una calle de Buenos Aires. No es poco. Por eso, tal vez, al final solo quede María Julia. Pero también habrá que ver cómo se incluye en la lista de réprobos entreguistas a los que se opusieron a las privatizaciones de YPF, Gas del Estado o las cajas jubilatorias, pero hoy son críticos del gobierno de liberación nacional. Es cuestión de afinar el lápiz. De todas maneras, ya tenemos un adelanto de cómo puede terminar la evaluación de los 90. A fines de la década, después de haber prologado las memorias de Carlos Saúl, O’Donnell decía: “Allí está mi opinión sobre Menem para los tiempos que vienen. Yo me siento muy consustanciado con su gobierno, y no sólo con sus aciertos sino con sus errores también. El tiempo va a recuperar al gobierno de Menem como un período importante. Ninguno de nosotros puede negar que la Argentina de hoy es muy distinta a la de hace diez años. O, mejor dicho, a la de diez años y seis meses. Porque hay que recordar que él tuvo que tomar el gobierno anticipadamente. Nadie puede negarle esa vocación de conducción. Yo realmente aprecio mucho que Menem sea un conductor” (Suplemento Radar, Página12, 11/07/99). El revisionismo histórico, rigurosa y científicamente aplicado a la interpretación del pasado reciente, puede depararnos resultados deliciosos.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Economía política: "La mayor burbuja de la historia", entrevista a Randall Wray


 Por Javier Lewkowicz


La entrada masiva de los fondos de pensión estadounidenses es el factor central que impulsa los precios de los commodities al alza. Esa es la explicación que el economista heterodoxo Randall Wray ofrece para analizar lo que llama “la mayor burbuja en la historia”. Wray es profesor de la Universidad de Missouri-Kansas City, en los Estados Unidos, e investigador del prestigioso Levy Institute. Discípulo de Hyman Minsky, se enrola en la corriente poskeynesiana que recupera buena parte de la tradición de Keynes y la articula con conceptos marxistas y sraffianos. Wray se especializó en teoría monetaria, mercados financieros y macroeconomía. Dialogó con Cash acerca de la magnitud de la actual tendencia a la suba de los commodities y sus causas, entre las cuales sobresale la entrada de los fondos de pensión. Analizó el impacto de China y pidió aplicar una “reforma estructural que elimine a la clase rentista”.

¿Cómo describe el fenómeno de la suba generalizada en el precio de los commodities?
–Para resumirlo, desde 2004 a 2008 experimentamos la mayor burbuja de commodities de la historia. Si se observan los 25 commodities más comercializados, los precios se han duplicado en el curso de ese período. Para los ocho productos más intercambiados, la suba fue mucho más espectacular. De acuerdo a un análisis del estratega de mercado Frank Veneroso, durante el siglo XX sólo hubo 13 episodios en los cuales el precio de un commodity en particular creció un 500 por ciento o más. Pero en 2004-2008, hubo ocho commodities cuyos precios mostraron ese desempeño: fuel-oil (suba de 1313 por ciento), níquel (1273 por ciento), petróleo crudo (1205), plomo (870), cobre (606), zinc (616), estaño (510) y trigo (500 por ciento).