lunes, 4 de abril de 2011

La "locura" de los setenta, por Lelio Valdez.


Esta carta es para continuar la conversación que tuvimos, hace unos meses, sobre la “locura” de los setentistas. Recuerdo que hablábamos sobre que la militancia de la época pecó de barbaridades de análisis, de errores de percepción de la realidad, que se evaluó mal, o no se vio, la real correlación de fuerzas. Y recuerdo que yo quería relativizar esa idea, llamando la atención para el hecho de que lo que hoy parece locura, podía tener sentido en aquellos años: nadie ignoraba la represión, pero se pensó que podía ser enfrentada y que, con los debidos cuidados, se podía seguir actuando como se lo hacía. Entonces me parece que la clave está en responder qué hechos fueron dando sentido a, más que a una determinada lectura de la realidad, a una serie de comportamientos más o menos difundidos entre los trabajadores, que permitieron pensar en términos de lo que hoy se llama “radicalización”.
   Pero, en principio, y para rebatir esa idea, se puede argumentar que “los hechos fueron como fueron” y que no se puede hacer historia fuera de eso. Ayer leí un artículo de Luis Mattini, donde usó esta frase que, aclaro, comparto:
   “No creo en la pretensión racionalista de leer la historia en subjuntivo; lo que "hubiera" pasado queda para la imaginación de la literatura, no para la historia; en cambio sabemos lo que pasó.”
   También creo que compartimos la convicción de que para pensar la construcción de un movimiento emancipatorio, hay que tener un análisis correcto de la realidad, y además, que a él se llega sólo por aproximación. Bueno, pero también sabemos que las “representaciones”, o percepciones de la realidad que construyan las clases antagónicas, pasan a ser también “realidad”, en la medida en que referencian, posicionan, dan coraje o aconsejan aguantar, etc.
   El detalle sobre el que quiero que pensemos, es que, como materialistas, reconocemos que a las construcciones ideológicas, a las representaciones o las lecturas de la realidad, hay que entenderlas también como aproximaciones a lo real, hechas y construidas a partir de vivencias, acciones y experiencias en el mundo material de la lucha de clases.
   Para usar una terminología gramsciana, y sin pretensión de ser preciso, creo que de la movilización de las clases subalternas nace la posibilidad de que se construya contra-hegemonía, contrapoder, anti-poder, consciencia de clase, etc. Y estos elementos “culturales” o, mejor, prácticas culturales, pueden y deben entrar en la elaboración histórica, pues son el producto de hechos y experiencias de la lucha real. Pueden ser rescatadas para su transmisión, porque son experiencias vividas, aunque parecen ocultas, por ser cultura “subalterna”. “Cultura” que tuvo un significado fuerte para los oprimidos que la construyeron y vivieron, pues pautó su acción política en su momento, a futuro, como apuesta, de todos aquellos que compartieron esa “nueva moral” o “marco de significaciones”.
   Pero, para percibir algo de su significado y de los hechos que construyeron esa cultura como un producto o resultado, hay que pensar a contra-pelo o a contramano. No por la apariencia del resultado, o sea, de los “hechos como fueron”, sino por los sucesos que le dieron sentido a otra percepción de la realidad. O sea, por el sentido que tuvieron en su tiempo para los contendientes, y que tuvo también la consistencia de hechos o formaron parte de lo real vivido.
  El sentido común sólo ve a la “cultura popular” como un resultado incontestable, no interesándose por los hechos rebeldes que le dieron origen: repetían en los 70, y aún lo hacen hoy, que “la clase obrera es peronista” o que el pueblo es peronista, y punto. Por eso había que votar al peronismo o sus variantes, para no despegarse. Y cuando al sentido común se le pregunta: ¿Y por qué el trabajador es peronista? , te responde, como máximo, con un razonamiento de apariencia racional: que lo es porque tuvo beneficios materiales. El sentido común, inmediato, ve a la clase obrera como a un sujeto pasivo, venal, comprable, homogéneo, incapaz de construir morales rebeldes, o cualquier cosa fuera del Sentido Común o de la moral hegemónica. Se ve a la clase obrera como resultado y no se ve su complicado proceso de construcción en la Historia.
   Para adelantar lo que pienso, sostengo que en Argentina se operó, durante el largo período de ´55 a ´75, la construcción de una densa tradición de resistencia obrera desde los lugares de trabajo, que sustentó una también larga fase de rebelión fabril y popular, en el marco de un capitalismo considerado demasiado “autónomo” por los EEUU y condenado por lo mismo, a quedar rezagado (no subdesarrollado), en relación a Brasil y México. Y que esa cultura rebelde es la que dio sustento, condicionó y formateó a las diversas variantes de la izquierda argentina, fuese guevarista, montonera, trotskista, estalinista, etc. O sea que en muchos sentidos, que hoy pueden parecer ufanistas o exagerados, los comportamientos rebeldes de autonomía obrera alimentaron los análisis de la izquierda. Por otra parte también hay que ver que hubo una relación de ida y vuelta, pues la militancia de izquierda en general de aquellos años, también colaboró y fue constructora de la organización por lugar de trabajo, y cada uno a su manera, es claro.
Creo que hay que hablar, más que de análisis errados (que los hubo), de un marco general que explique los siguientes hechos: el golpe de marzo del ´76, básicamente no fue contra la izquierda guerrillera, que ya había sido neutralizada por la acción del Ejército y las 3A, ni contra la izquierda trotskista, que fue atacada después del golpe. El golpe suprimió a la izquierda como superestructura, prohibiendo pronunciar o escribir sus siglas, etc. pero se focalizó en destruir de inmediato, a toda la organización obrera en los lugares de trabajo, secuestrando u obligando a la fuga o al exilio interno, a aquellos elementos que el radical Balbín llamaba (y en el documental sobre la represión en Mercedes Benz, el gerente dela empresa también lo hacía), “guerrilla fabril”. Eran los que sustentaban el sabotaje, el funcionamiento asambleario casi cotidiano, el trabajo a reglamento, el paro contra los despidos de activistas, el cuestionamiento a los ritmos de producción, el enfrentamiento constante a los efectos de la inflación, los delegados de sección, etc.
   Hay una categoría del sentido común de la que hay que desconfiar: el Movimiento Obrero Organizado. Su única utilidad es cuando se piensa a los trabajadores como UN actor más de la escena nacional. La burguesía quisiera que así fuera: un actor único, homogéneo, indiviso, sin diferenciaciones, con líderes incontestados y dispuestos a negociar. Desean, y piensan y escriben y repiten, que de un 40% a un 60% de la Población Económicamente Activa, debiera tener su comportamiento pautado por experiencias homogéneas. Pero no es así.
   En relación a, sobre todo, el período ´66-´75, hay que ver y considerar que tuvieron espacio y se difundieron en la sociedad argentina (y notoriamente entre los trabajadores industriales), prácticas de enfrentamiento que dieron nuevos significados para las ideas de violencia legítima, por un lado, y “sindicato”, “comisión interna”, “compañero” o “delegado”, por otro. Me refiero a diversas de aquellas prácticas y significados limitados que les había dado el corporativismo del primer peronismo (y que aún intentan sostener los sindicalistas profesionales). Nuevos sentidos, apoyados en prácticas que les dieron sustento lógico y legítimo. Y eso a pesar de que aún la clase obrera, cuando pensaba en otros significantes hegemónicos, tales como el Estado Nacional (Nuestra Argentina Liberada- Socialismo Nacional, Presidente-Líder), votase a Perón…
   Cuándo empezó esto que llamé rebelión obrera? No estoy muy seguro, pero apunto tres fechas: '55, '60, '66. Como todo, seguramente empezó antes también: en la organización de base por lugar de trabajo colaboraron desde los anarquistas en su tiempo de gloria, hasta el PCA en su período de implantación (muy bueno el libro de Hernán Camarero "A la conquista de la clase obrera"), los sindicalistas, etc. También, y a su manera, colaboró el primer peronismo, alentando cierta autoconfianza en lo que fuese acción sindical legal (y legalista) dentro de fábrica. Pero me parece importante tomar el '55, porque a partir de allí, con la deserción del líder y la desarticulación del peronismo, la clase obrera industrial empezó un camino "por la suya", sola y de a poco. Ya el enfrentamiento al Onganiato, muestra algunas luchas donde claramente estuvo ausente la conducción burocrática de los sindicatos. Inclusive el surgimiento de corrientes por fuera del sindicalismo legalista se puede ver desde antes, como el fenómeno de la corriente Palabra Obrera o el funcionamiento inicial de las 62 organizaciones. En realidad, de lo que hablo es del surgimiento lento de una tradición de organización independiente por lugar de trabajo, o su independización de las conducciones, donde esta organización ya existía. El punto más alto es el ´75 y, con certeza, se cierra en marzo del ´76.

La guerrilla fabril
De modo que lo que se vivió y se aprendió como “sindicalismo”, fue algo vivido desde el lugar de trabajo, generalizando prácticas obreras de cuestionamiento a la disciplina del trabajo, en un sentido general. En lo concreto, se enfrentó al poder del capital en el lugar de trabajo allí mismo, en el oscuro reino de la disciplina y la explotación. También allí se testeó el uso de la violencia masiva y se evaluaron sus posibilidades, y se la legitimó.
   Eso aterrorizó a la burguesía. Un capitalista soporta que una paritaria se salga de madre y sus obreros hasta puedan ganar encima de la inflación. Sabe que deja de ganar, pero también sabe que su perjuicio es compartido por el capitalista que compite con él. Lo que no puede perder es la disciplina del proceso de trabajo. No soporta que no pueda despedir a un delegado luchador porque le paran la planta en solidaridad, o que no pueda hacer una previsión de entrega de productos, porque si lo saben sus obreros, le paran la fábrica para pedirle algo. A eso lo llaman “guerrilla fabril” o “terrorismo”.
   Decía que hay que pensar a contrapelo, y romper el sentido común que vió a las Coordinadoras de 1975, como a un nuevo “organismo” que apareció imperfecto, con reuniones que aparentaban ser una “confusión”, “inorgánicas”, sin visión “estratégica”, etc. Pena que esas críticas sean más o menos compartidas por algunas lecturas desde la izquierda de hoy. Es lamentable que se ignore que una rebelión siempre “aparece” como un caos, porque realmente es siempre el caos para el sistema de orden hegemónico.
   Decía que al mirar a contramano, podremos ver en ellas a la concreción más avanzada, más política, más unificadora y más eficiente, de una serie de prácticas obreras de cuestionamiento a la disciplina, en un sentido general, y al poder del capital en el lugar de trabajo en lo concreto, así como de las posibilidades del uso de la violencia masiva. Si, un “organismo”, pero más que eso, un espacio donde se pudieron juntar y potenciar las prácticas asamblearias y de organización por lugar de trabajo que se fueron acumulando por varios años, como una experiencia diversa a la del sindicalismo legalizado y legitimado por el poder.
   El proceso que culmina, groso modo, con el surgimiento de las Coordinadoras, y las movilizaciones contra el Rodrigazo, abrió un nuevo “marco de significación” político, ante el cual, afirmo, “todo era posible”. O sea, se pudieron pensar, potencialmente, varias – más de una – salidas frente, o contra, el poder de la burguesía y su Estado Nacional. Si bien no se trató de una crisis general de hegemonía, como lo fue la de 2001, o la reciente de Egipto, sin duda fue una crisis que polarizó a la sociedad argentina. Si, no todos aceptaban ese comportamiento obrero radical. Tanto es así, que el golpe tuvo sustentación política, en la medida que traía orden al “caos social”. Pero también muchos otros trataron de dar alguna salida a la crisis política, que se apoyara en la fuerza ganada en los lugares de trabajo. Hubo fuerte polarización, como la hubo en España del ´36. Pero eso no le quita radicalidad a la experiencia obrera.
   Pensando hoy (con la ventaja de la distancia del tiempo), creo que la principal crítica que se le puede hacer a la izquierda argentina en general (guerrillera y no guerrillera, peronista o socialista), no es tanto no haber tenido una correcta lectura de la realidad sino, al contrario, que adecuó su lectura de las representaciones obreras y populares, inclusive del uso de la violencia política, a los significantes hegemónicos, que no fueron otros que los del estado nacional, “la Argentina”.
   Es una crítica a la izquierda, entendida como “superestructura”, que poco colaboró en la superación de la crisis política, por el marcado límite que le puso el sentido común, que campeó por todas las agrupaciones guerrilleras y buena parte de la izquierda. Los Montoneros querían el armamento popular para cambiar la estructura social, pero mientras tanto había que ocupar espacios “vacios” en el Estado. Cuando fueron expulsados del Estado, y ya mal posicionados, trataron de construir el Partido Auténtico para enfrentar, electoralmente, a “la derecha”, y “retomar” el camino de la Liberación. El ERP, mucho mejor, proponía la insurrección armada popular para cambiar las estructuras, pero todo arrancaba de la derrota militar del ejército nacional. Su militarismo les hizo retirar a muchos cuadros obreros (esos tipos que estaban haciendo una experiencia increíble) para sustentar el enfrentamiento en el monte tucumano o en los destacamentos urbanos. El centro no fue la lucha social y política, sino la lucha militar contra las Fuerzas Armadas Nacionales, “para seguir los pasos de San Martin y el Che”, pero cada vez más alejada de los significados políticos de las prácticas obreras. La izquierda trotskista, mucho mejor situada y posicionada, quería una insurrección obrera, se insertó en las industrias, pero en los momentos clave, no consiguió proponer salidas políticas más allá de la institucionalidad (un diputado de la CGT para Presidente), pues se suponía que había una correspondencia entre la práctica social de una insurrección victoriosa y una gradual superación del peronismo. Las prácticas rebeldes obreras estuvieron ausentes entre las salidas montoneras, un poco menos en el ERP, y terminaron subordinadas al estado entre nosotros, los troskos de la época.
   Creo que quedó pendiente la superación de los significantes del estado-nación, que hegemónicamente siguieron orientando las salidas “revolucionarias” de la izquierda. Toda la izquierda argentina, a la hora de hacer propuestas para “el público” o el pueblo, habló de un funcionamiento diferente para la “comunidad política” llamada República Argentina. O con un gobierno más democrático, o con instituciones gubernamentales nuevas, o con otro ejército, verdaderamente nacional y popular, etc. pero todos reivindicando a una Argentina a la que había que corregirle alguna política o momento de desvío.
   Hoy es más fácil decir esto, después de la crisis de 2001, que golpeó al estado nacional. Arriesgo decir que un límite para aquella superación, ha sido la fuerte concepción estatalista de la izquierda de aquellos años. Todo terminaba en la construcción de un Estado mejor: la Argentina Socialista, la Patria Socialista, o la Argentina Liberada, etc. Una fuerte permanencia de lo nacional y lo estatal, y tal vez, más precisamente, de lo estatal.
   El período de keynesianismo exitoso en Argentina, con su Estado y sus servicios sociales que funcionaban, la nostalgia de un país en crecimiento (de un capitalismo exitoso), diferente del resto de Latinoamérica, seguramente reforzaron una concepción más propensa a darle nuevos sentidos a la dominación estatal, desde lo "nacional", entendido como opuesto a lo extranjero, y por su parte, lo extranjero como imperialismo. No creo que sea cosa del acaso que la Teoría del subdesarrollo haya nacido acá, y secundariamente en Brasil. Y, seguramente esto pesaba también entre la clase obrera argentina de aquellos años, configurando muchas de sus ideas, de modo que no fue un problema fácil de superar.
   Yo y muchos de la izquierda de mi generación, éramos jóvenes, hijos de obreros, que podíamos aspirar a “subir” en la vida (como lo habían hecho nuestros padres en relación a nuestros abuelos inmigrantes), quien sabe, como profesionales universitarios. Pero muchos nos fuimos a trabajar a las fábricas, porque era allí que pasaba la cosa, el cambio, o encontrábamos gente que quería realmente hacerlo, a partir de acciones colectivas y en marcos solidarios. Ese era el ambiente “macro”. Eso fue lo bueno, lo positivo. Lo cuestionable es que al dirigirnos al público como colectivo político, y “para ganar a los obreros peronistas”, siempre hicimos propuestas de salidas globales o institucionales radicales, pero teniendo como referente a aquella Argentina…

Para qué puede ser útil pensar la historia?
Con toda esta reflexión no quiero encontrar los errores de tal o cual agrupación, y mucho menos pretendo caer en el juego sectario de descubrir quién tuvo “la política correcta”. Ya hay bastantes equivocados que hacen ese trabajo. O sea, que mi crítica a la izquierda en el '75, no es sobre su “fracaso”. Tal vez no hubiera forma de derrotar a la represión ni al golpe. Lo que sí puede ser útil para nosotros hoy, es pensar que hubo una crisis de la dominación hegemónica, provocada por una importante rebelión obrera, y que una salida para tal situación, no se puede sacar de un programa partidario o de una consigna. Una alternativa moral y ética a una crisis moral sólo puede ser construida en colectivo, y con sus tiempos, no hay recetas. Es una crítica reflexiva en el sentido de ver qué debe ser superado y sobre qué temas no repetir errores.
   Además de esa utilidad, quise llamar la atención al proceso lento de cuestionamiento a la disciplina en los lugares de trabajo, y de construcción de un espacio “político” o “público” asambleario entre los obreros, pues creo que eso debe orientarnos para actuar hoy, sin caer en las trampitas “lógicas y obvias” del sindicalismo barato y legalista.
   Inclusive hoy creo que tendríamos que revisar las conclusiones que consideraban “a priori” la afirmación de lo nacional como potenciales rupturas del sistema. Pero este es un tema muy denso, y paro por aquí, porque va para largo y más que aclarar está dando más tela para manga.

Volviendo a los '70
Un síntoma de la fuerza social de lo que llamé “rebelión” obrera fue que, justamente todos las tendencias políticas que le dieron una importancia secundaria, todas estuvieron insertas en ella y, paradoxalmente, también la construyeron. Si no se puede atribuir principalmente a la izquierda el éxito y la envergadura de las manifestaciones de julio de ´75, sí se tiene que decir que ella fue un componente esencial, y que tuvo un papel importante en las tareas de coordinación y puesta en contacto entre sectores obreros.
   Y la fuerza social de esa rebelión obrera fue tan real, que creó una situación muy polarizada. La necesidad de apoyarse en ella fue tan viva que, habría que destacar, fue percibido también al interior de las agrupaciones de la izquierda, provocando debates sobre la situación social, las salidas, repliegues, los métodos de construcción, las prioridades de intervención, etc. Algo de esto trajo a la luz la revista Lucha Armada en sus primeros números. Y pienso que aquellas discusiones deben ser rescatadas, pues muestran que no se trató de una izquierda “ciega”. Los militantes trataron de dar cuenta de las luchas obreras, y no fueron absolutamente disciplinados a las lecturas y concepciones de sus direcciones. Y esto ocurrió en casi todas las organizaciones.

La “locura” silenciada y condenada
Si, es verdad que no tiene sentido historiar lo no acontecido. Pero si miramos a fondo, es a partir de las prefiguraciones, o representaciones, de las posibilidades que un actor social pudo tener ante sí, que pueden comprenderse sus opciones y actos. De otro modo, sólo veremos a la “Historia oficial”, la historia del vencedor de una cierta correlación de fuerzas, una historia que da el sentido actualmente predominante y que oculta las experiencias (que también son “lo acontecido”) del vencido, en nuestro caso, la clase trabajadora.
Me tomé el trabajo de estas líneas, para pensar y traer aquella experiencia del olvido y del silencio. Siempre me debatí con la imagen construida del militante setentista como héroe desinteresado, socialista, bueno y aún ingenuo. Algunas de estas imágenes fueron construidas con evidentes y, tal vez, justificados propósitos políticos, por el Mov. de Derechos Humanos, las Madres, Hijos, etc. Las imágenes son románticas y hasta simpáticas, pero falsas, porque ocultan. Y al hacerlo, creo que terminaron siendo funcionales a aquello que el Poder, bajo el slogan “Nunca Más”, tuvo de más retrógrado y ambicioso: el olvido y la ocultación de la experiencia de autonomía y violencia obrero-popular más radical, que corrió por fuera de los marcos institucionales de la República Burguesa, y que marcó a la Argentina en aquellos años.
   La muerte y la desaparición, además que para meter miedo a la población trabajadora en general, fueron para eliminar a los individuos que encarnaban aquella experiencia, que debía ser cortada y eliminada, y así producir un corte de la continuidad histórica, en la construcción de una tradición y cultura rebeldes, cultivadas por más de una generación de trabajadores argentinos. Recordemos que la mayoría de los desaparecidos fueron jóvenes obreros, y que muchos más hicieron su exilio interno. Pensar sobre ella y hacer historia, es rescatar una experiencia, y sobre todo, aprender con sus límites y errores, que los hubo, pero que no fueron sobre la “evaluación de la correlación de fuerzas”. Fueron, más bien, sobre la posibilidad de construir otro marco de significantes para esa rebelión, un marco unificador y contrahegemónico que permitiera dar una salida desde la rebelión. En realidad, me parece que la cosa es más profunda y más densa, se trataba de un Ordine Nuovo, como diría Gramci.
   Sabemos que la historia política también es una lucha por el sentido de las acciones en el presente. Desconfiemos de la versión del obrero ingenuo, víctima de la barbarie militar. Demos lugar a una comprensión del obrero astuto, que buscó proyectos para seguir, haciéndolo junto con sus compañeros de trabajo, que practicó la solidaridad, no por bueno, sino porque la construyó como ética para la sobrevivencia y el enfrentamiento a la patronal, así como supo usar la violencia con inteligencia y en colectivo, fuera de cualquier ética de lo “democrático”, pregonado hoy por nuestros constitucionales políticos nacionales. Si, un obrero que puso en cuestión la viabilidad del capitalismo en Argentina.
   Resumiendo: creo que desde los ´60 a ´76 se fueron configurando prácticas y concepciones de acción colectiva entre los trabajadores industriales, que cuestionaron seriamente, no sólo la ganancia de los capitalistas que aquí invirtieron, sino todo el sistema disciplinario del trabajo. Y que por ser una sociedad de alto peso de la actividad industrial y urbana, estuvo seriamente obstruido el desarrollo capitalista, pues fue a partir de actividades obreras masivas, extendidas, y que consiguieron cierto consenso social. Que ellas no hayan conseguido realizar una “revolución social”, no quiere decir que no fueron profundas y radicales. Creo que tanto lo fueron, que hoy nos aparecen como “locura”.

Lelio Valdez. Licenciado en Historia.
Porto Alegre, Marzo de 2011.

43 Aniversario de la CGT de los Argentinos, por Leónidas Ceruti

Por Leónidas Ceruti, historiador - En el Congreso Normalizador de la CGT, “Amado Olmos”, para los días 28, 29 y 30 de marzo de 1968, las distintas corrientes del movimiento obrero chocaron entre sí. El Congreso se transformó en una verdadera batalla contra la dictadura, contra el participacionismo y el colaboracionismo de los burócratas. En él tuvieron cabida las aspiraciones de lucha de los trabajadores, y su voluntad de impulsar la lucha antidictatorial.
Afiche de la CGT de los Argentinos

EL SINDICALISMO DESDE EL GOLPE DEL 66

Sindicalistas como Vandor, Coria y Alonso conspiraron activamente para el derrocamiento del presidente Illía. Luego, su presencia en la asunción del gobierno dictatorial, y posteriormente a los pocos días, la firma del convenio de los metalúrgicos en la Casa de Gobierno, fue otro símbolo, de la relación de Vandor con los militares golpistas.
Entre las primeras medidas tomadas por la dictadura que afectaron a la clase obrera estuvo la suspensión por cuatro meses del decreto 969/66, dictada por el gobierno de Illía, que promovía el pluralismo y la federalización de los sindicatos, y se devolvió la personería gremial a varios sindicatos que habían sido sancionados durante el gobierno radical. Posteriormente, se promulgo la ley 16.936 de “arbitraje obligatorio”, medida duramente criticada por los sindicalistas, ya que la misma limitaba el derecho de huelga. Además, Onganía, ordeno que fuesen intervenidos varios gremios como el Sindicato de Prensa y Canillitas, Sindicato Unidos Portuarios Argentinos (SUPA), Trabajadores del Pescado de Mar del Plata, Municipales de Córdoba, Empleados del Tabaco.
La política anti-popular que llevó a cabo el gabinete económico, más la represión que se ejerció a los reclamos obreros, hicieron añicos el galanteo entre algunos sindicatos y el gobierno. En distintas provincias del país, se iniciaron protestas obreras que de a poco inauguraron un tiempo de sangre y plomo.
La policía, siguió reprimiendo varias manifestaciones de trabajadores: como la de Luz y Fuerza de Buenos Aires, o la de los gremios del riel, como la Unión Ferroviaria y La Fraternidad.
Los desocupados comenzaron a pulular como resultado del despido de miles de trabajadores. La FOTIA (Federación de Obreros y Trabajadores de la Industria Azucarera) en Tucumán, por tal motivo, decidió convocar a una huelga. Córdoba no se quedó atrás, y a fines de enero de 1967 los obreros de la fábrica de automóviles IKA (Industrias Kaiser Argentinas), dieron inicio a los paros al conocer que 950 operarios habían quedado sin trabajo.
En febrero de ese año, la CGT presionó al gobierno anunciando un plan de lucha. Pero los militares contraatacaron con rapidez: se denuncio la existencia de un plan terrorista, se interrumpió el diálogo con la central obrera y se suspendió la personería gremial de varios gremios (FOTIA, Unión Ferroviaria, UOM, FOETRA y otros). El plan de lucha planteado naufragó.
Cuando a escasos días de su asunción del dictador Onganía, registraba entre sus medidas la disolución de los partidos políticos y de intervención a las universidades nacionales, muchos se preguntaron con los matices lógicos ¿porque no la CGT?. Los golpistas estaba cumpliendo un compromiso, y en virtud de ello, la central obrera se negaba a tomar partido en el problema universitario y apoyaba sin reservas la disolución de las agrupaciones políticas.
La designación de Rubens San Sebastián para la Secretaría de Trabajo, a mediados de octubre 1966, constituyó un rudo golpe para los sectores “rupturistas”, y a partir de ese instante se ratifico y robusteció el compromiso de “conciliación”. Dentro de la CGT el compromiso fue piloteado por Vandor, que estaba al frente de las 62 Organizaciones, y de esa manera lograba consenso entre los gremios “no alineados” e “independientes”. El gobierno buscaba un “pacto social”, pero cuando se promulgo la ley de arbitraje obligatorio, muchos creyeron ver un acto de fuerza, pero la CGT lo recibió con serenidad.
Los anunciados reordenamientos portuarios y ferroviarios, para modificar la infraestructura de los puertos (reequipamiento) y de los ferrocarriles (transformación del sistema de transporte) provocaron sendos conflictos. Se agregaron a los conflictos los azucareros tucumanos.

Augusto Timoteo Vandor Imagen: Augusto Timoteo Vandor

A pesar de las expectativas y del apoyo de los jerarcas sindicales hacia el nuevo gobierno, producto de las disposiciones tomadas en materia de legislación laboral y del plan económico, sectores del sindicalismo respondieron con paros como en General Motors, empleados de farmacia, lecheros, papeleros, textiles, metalúrgicos, transporte, portuarios, maestros, construcción. En Tucumán los enfrentamientos de los obreros de los Ingenios azucareros, con las patronales y la política impulsada desde el gobierno llevaron a la ocupación de diferentes empresas, manifestaciones, asambleas, hasta choques armados, lo que origino una fuerte represión, con la trágica muerte de Hilda Guerrero de Molinas.
Desde mediados de octubre se llevo adelante durante más de dos meses una huelga portuaria, contra la racionalización del personal, nuevas reglamentaciones del trabajo. Los dirigentes de la CGT no los apoyaron ni se solidarizaron con los huelguistas. Durante el conflicto se realizaron manifestaciones, actos y se instalaron dos comedores para portuarios funcionaron en Dock Sur y La Plata. Con el gremio intervenido, muchos trabajadores fueron despedidos, y la CGT reacciono demasiado tarde y convoco a un paro general para el 14 de diciembre.
En medio del clima creado por la huelga portuaria se convocó al Comité Central Confederal de la CGT para el 30 de noviembre. Allí se vio que dirigentes de importantes federaciones ya no adherían a lo que se llamaba la “expectativa esperanzada” en el gobierno de Onganía.
El propio Vandor tuvo que confesar que “después del discurso del presidente hemos visto claramente la pata de la sota, y no tenemos ningún tipo de esperanzas”. Lorenzo Pepe, de los ferroviarios, agrego “Ante la política de libre empresa del gobierno, los trabajadores debemos plantearnos nuestros propios objetivos y salir a la lucha”.
De esa manera se llegó al primer paro general a nivel nacional durante el gobierno de Onganía, el 14 de diciembre de 1966. La medida se acato en las fábricas industriales, el comercio, los bancos, los ferrocarriles. La CGT no propagandizo la huelga, y “algunos de sus dirigentes, como Vandor, Prado y Cardoso, tergiversaron sus objetivos, haciendo creer que era para apoyar a los “hombres buenos” del gobierno y repudiar a los “malos”.
La CGT decidió a principios del 67, dos medidas que terminaron en un rotundo fracaso como fueron el Plan de Lucha del 22 de febrero y el paro general del 1º de marzo. La dictadura contesto con dos medidas: la intervención de más gremios, entre otros la UOM, Unión Ferroviaria, Sindicato Único Petroleros del Estado y refloto el decreto 969/66 de Illía.
Encuentro de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco Imagen: Encuentro de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco

La agresión hacia las conquistas históricas de la clase obrera continuó en los años venideros. Agustín Tosco las sintetizo en estas líneas “retiro de personería a sindicatos, desconocimiento de las representaciones laborales en organismos del estado, imposición del arbitraje obligatorio, anulación del salario mínimo, vital y móvil, legislación contra el derecho de huelga, anulación de la ley 1884 de indemnización reduciendo sus montos a la mitad, cesantías, suspensiones, rebajas, de categorías, perdidas de salario, suspensión de la estabilidad en varias convenciones colectivas de trabajo: aumento de la edad para jubilarse y régimen de alquileres de libre contratación”.
Luego, del fracaso de las iniciativas de la central obrera a comienzos del 67, creció la relación de los sindicatos colaboracionistas con el gobierno. Por su parte, Vandor decidió dar batalla por la conducción del peronismo, y lanzó su célebre frase: “para salvar a Perón, hay que estar contra Perón”.
La CGT debió efectuar una suerte de modificación para delinear una nueva estrategia. Así es como las dos alas de las 62 Organizaciones se unificaron bajo la hegemonía de Vandor, pero surgió un sector llamado “Nueva Corriente de Opinión”, liderado por José Alonso (del Sindicato del Vestido), Rogelio Coria (de la Construcción) y Juan José Taccone (de Luz y Fuerza), que planteaban dejar de lado los métodos de presión y colaborar abiertamente con el régimen militar.
Amado Olmos Imagen: Amado Olmos

EL CONGRESO NORMALIZADOR DE LA CGT
Citado el Congreso Normalizador de la CGT, “Amado Olmos”, para los días 28, 29 y 30 de marzo de 1968, las distintas corrientes del movimiento obrero chocaron entre sí. El lugar elegido fue la sede de la Unión Tranviarios, al que asistieron 290 delegados sobre 447 en condiciones de participar, de 39 federaciones.
La gran mayoría de los delegados, presionadas por las bases, concurrieron con un espíritu de legítima hostilidad hacia los jerarcas colaboracionistas y participacionistas. Éstos comprendieron que serían repudiados, y no se presentaron. Los congresales de Luz y Fuerza, construcción, metalúrgicos, comercio, vitivinicolas, petroleros y otros recibieron orden de no concurrir a las el fin de frustrar el quórum e imponer la postergación del Congreso.
La Comisión de Poderes, desafiando las pretensiones del gobierno, aceptó las credenciales de los delegados de los gremios intervenidos: Unión Ferroviaria, químicos, prensa, portuarios, telefónicos y azucareros.
La Comisión de Delegados sostuvo que el congreso no era lo bastante representativo para sesionar, pero la protesta generalizada de la sala obligó a presidir el congreso. Posteriormente se retiraron nueve miembros de esa comisión, lo mismo que los delegados del vestido, aguas gaseosas, SOEME y madera. Raimundo Ongaro en el Congreso Normalizador Imagen: Raimundo Ongaro en el Congreso Normalizador

El Congreso Normalizador de la CGT se transformó en una verdadera batalla contra la dictadura, contra el participacionismo y el colaboracionismo de los burócratas. En él tuvieron cabida las aspiraciones de lucha de los trabajadores, y su voluntad de impulsar la lucha antidictatorial.
Tanto vandoristas como participacionistas se valieron de una “chicana” política (según éstos, sólo podían concurrir los sindicatos en condiciones estatutarias) y la CGT quedó definitivamente quebrada en dos partes. Se retiraron del congreso tanto vandoristas como colaboracionistas, constituyendo la “CGT de Azopardo”, que paso a ser la “CGT oficialista y colaboracionista”, mientras que el resto de los gremios conformaron la CGT de los Argentinos (CGTA) o de Paseo Colón.
Los participacionistas levantaron la consigna “Primero la unión, después la lucha”, mientras que la CGTA comandada por Ongaro, les respondieron planteando “Primero la lucha, después la unión”.
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Imagen: Los Rosariazos

LA CGT DE LOS ARGENTINOS: NACIÓ PARA LUCHAR
Algunas de las resoluciones adoptadas por la CGTA, aquel 30 de marzo de 1968, fueron:
a) Por una CGT única, libre e independiente de sectores extraños a los trabajadores, que no renuncie a su autodeterminación.
b) Por la libertad de Eustaquio Tolosa y de quienes sufren injusta privación de libertad, y para que se devuelvan a los representantes que habían elegido los trabajadores las organizaciones intervenidas, restituyéndose también las personerías canceladas o retiradas.
c) Para que cesen los desalojos y el drama de las “villas de emergencia”, se garanticen planes de tierra y vivienda, por la defensa de la educación en todas sus etapas al acceso del pueblo, por la asistencia integral de la salud para la familia argentina, por el respeto a dignas normas de previsión social y a los derechos de los trabajadores.
d) Por la defensa de las fuentes de trabajo, la plena ocupación, y que la industria y el comercio nacional no sean liquidados al capital exterior, cuyos organismos financieros anhelan mantenernos en el papel de países productores de materias primas, precisamente cuando nos hallamos en los umbrales de la era tecnológica.
e) Por la derogación de la ley 17.224, y para que se discutan los Convenios de Trabajo, reajustándose los salarios de acuerdo a la suba del costo de la vida, y para el cese de la mal llamada racionalización administrativa.
f) Los trabajadores argentinos apoyamos fervorosamente la normalización institucional, con plena vigencia de las libertades y derechos constitucionales, y para que las trasformaciones c cambios que requiere una Argentina con real crecimiento y desarrollo sean decididas únicamente con la voz y el voto del pueblo argentino, respetándose su soberana voluntad.
Huelga, de Ricardo Carpani Imagen: Huelga, de Ricardo Carpani

El gobierno y los ex dirigentes de la CGT se pusieron de acuerdo para desconocer la validez del congreso. En tanto que el primero se negaba a que la dirección surgida del congreso tomase posesión del edificio y los bienes de la CGT, la dirección que caduco citó al Comité Central Confederal para el 5 de abril de 1968, y con la presencia de 93 delegados de 58 organizaciones resolvió "suspender a todos los gremios participantes en el congreso de la calle Moreno" y convocar un nuevo congreso de la CGT.
De tal modo, como hemos comentado quedaron constituidas en los hechos dos centrales obreras: la oficialista, que fue denominada "CGT de Azopardo" por mantener la sede central de Azopardo 802 y la CGTA también llamada CGT de Paseo Colon, ya que fijo su residencia en la sede de la Federación Gráfica Bonaerense, Paseo Colón 731, que se denomino CGT de los Argentinos (CGTA). CGT de los Argentinos Imagen: Raimundo Ongaro hablando ante los compañeros

La dirección de la CGTA quedó integrada así: Secretario General, Raimundo Ongaro (Gráfico); Secretario Adjunto, Amancio Pafundi (UPCN); Secretario de Hacienda, Patricio Datarmine (Municipal); Prosecretario de Hacienda,, Enrique Coronel (La Fraternidad); Secretario Gremial e Interior, Julio Guillan (Telefónico); Prosecretario, Benito Romano (POTIA); Sec.de Prensa, Cultura, Propaganda y Actas. Ricardo De Luca (Navales); Secretario de Previsión Social, Antonio Scipione (Ferroviario); Vocales: Pedro Avellaneda (ATE), Honorio Gutiérrez (UTA), Salvador Mangare (gas del Estado), Enrique Bellido (Ceramista), Hipólito Ciocco (empleado textil), Jacinto Padín (SOYEMEP), Eduardo Arrausi (viajantes), Alfredo Lettis (Marina mercante), Manuel Veiga (edificios de renta), Floreal Lencinas (Jaboneros), Antonio Márchese (calzado) y Félix Binettí (Carbonero).
Todo el conglomerado de fuerzas políticas, sindicales y estudiantiles que se expresaron en la CGTA lo hicieron tras un programa antiimperialista, antimonopolista y antioligarquico. Imagen: Rodolfo Walsh, Enrique Coronel, José Vázquez, Ricardo de Luca y Raimundo Ongaro, principales orientadores del periódico de la CGT de los Argentinos

En abril, un sector del Movimiento Obrero de Rosario y del Cordón Industrial, lanzó una convocatoria titulada “Por una CGT... sin compromisos o ataduras espurias”, donde se afirmaba: “Asumimos la responsabilidad que el momento nos exige, UNIR en torno a esta Regional de la CGT, a todos los que, sin compromisos o ataduras espurias, entendemos que a los trabajadores se los arma de fe y de ansias de lucha, con posiciones claras, que no dividen, sino que unifican y sirven para hacer surgir dirigentes leales a las ideas e intereses del pueblo trabajador.”
Posteriormente, el 17 de ese mes, un plenario de 27 gremios, presidido por Héctor Quagliaro, conformó la “CGT de los Argentinos Regional Rosario”, que adhirió a la Central Obrera que lideraba Raimundo Ongaro, aprobando lo resuelto en el Congreso Normalizador.
Previo a la apertura de dicha asamblea, se leyeron entre otras las adhesiones del Sindicato de Prensa, del reverendo padre Santiago MacGuirre, de la Unión de Mujeres Argentinas, del Centro de Estudiantes de Ciencias Medicas, Bioquímica, Farmacia y Ramas Menores, del Movimiento de Liberación Nacional, Rama femenina del Justicialismo y Frente Estudiantil Nacional.
Luego, Quagliaro, dado el clima de efervescencia entre los delegados obreros, los invito a debatir el tema que los convocaba, que aprobaron la conformación de la CGTA Regional Rosario. Los gremios que lo hicieron fueron: Asociación Trabajadores del Estado (ATE), filial Rosario y filial Borghi, Sindicato de Minería, Asociación Bancaria, Federación Gráfica Rosarina, La Fraternidad, Sindicato del Seguro, Sindicato de Jaboneros y Afines, Sindicato de Obreros ceramistas, Sindicato de Viajantes, Luz y Fuerza, Gas del Estado. Unión Ferroviaria del Ferrocarril Mitre, Belgrano de Puerto Rosario, de Santa Fe y Villa Constitución, Sindicato Químico Papelero, Sindicato de Panaderos, Federación de Obreros y Empleados de Correos y Telecomunicaciones (FOE CYT) Sindicato de Marítimos, Industrias Químicas, Sindicato de Obreros Mosaístas, Sindicato de Operadores Cinematográficos y Sindicato de Obreros de Calzado. Periódico de la CGT de los Argentinos Imagen: Periódico de la CGT de los Argentinos

EL PROGRAMA DEL 1º DE MAYO DE 1968
Los principios económicos, sociales y políticos, de la CGTA, quedaron de manifiesto cuando dieron a conocer el “Mensaje a los trabajadores y el pueblo. Programa del 1º de Mayo de 1968”, que siguió el camino de otros documentos del sindicalismo como el de La Falda (1957) y el de Huerta Grande (1962). El que pasaría ha ser un documento histórico de la clase obrera, fue ampliamente divulgado entre los sindicatos, activistas gremiales y políticos, fue redactado por Rodolfo Walsh, mientras que Ongaro le dio los últimos retoques.
El 1º de mayo de 1968, la CGTA presento el programa en un acto encabezado por Raimundo Ongaro y Agustín Tosco, en el Córdoba Sport Club. Una de las sorpresas del acto fue la presencia del ex-presidente Arturo Illia, que se abrazo con Ongaro y Tosco ante los aplausos de los concurrentes.
Entre los principales párrafos del mismo encontramos los siguientes planteos “Durante años nos han exigido sacrificios. Nos pidieron que aguantáramos un invierno: hemos aguantado diez. Y cuando no hay injusticia que reste cometerse con nosotros, se nos pide irónicamente que “participemos”. Les decimos, ya hemos participado y no como ejecutores sino como víctimas. (..) Agraviados en nuestra dignidad venimos a alzar viejas banderas de lucha. (..) El aplastamiento de la clase obrera va acompañada de la liquidación de la industria nacional, la entrega de todos los recursos, la sumisión a los organismos financieros internacionales. (..) Este es el verdadero rostro de la libre empresa, de la libre entrega, filosofía oficial del régimen. Este poder de los monopolios que amenaza a las empresas del Estado. Es el FMI el que fija el presupuesto del país. Es el Banco Mundial el que planifica nuestras industrias claves, Es el Banco Interamericano de Desarrollo el que indica en qué países podemos comprar. La participación que se nos pide, además de la ruina de la clase obrera, el consentimiento de la entrega. Y eso no estamos dispuestos a darlo los trabajadores argentinos.”
“La historia del movimiento obrero, nuestra situación concreta como clase y la situación del país nos llevan a cuestionar el fundamento mismo de esta sociedad la compraventa del trabajo y la propiedad privada de los medios de producción. (..) La estructura capitalista del país, fundada en la absoluta propiedad privada de los medios de producción, no satisface sino que frustra las necesidades colectivas, no promueve sino que traba el desarrollo individual. De ella no puede nacer una sociedad justa ni cristiana. (…) Los trabajadores de nuestra patria, compenetrados del mensaje evangélico de que los bienes no son propiedad de los hombres sino que los hombres deben administrarlos para que satisfaga las necesidades comunes, proclamamos la necesidad de remover a fondo aquellas estructuras. Para ello retomamos pronunciamientos ya históricos de la clase obrera argentina, a saber: La propiedad sólo debe existir en función social, Los trabajadores, auténticos creadores del patrimonio nacional, tenemos derecho a intervenir no sólo en la producción sino en la administración de las empresas y la distribución de los bienes, Los sectores básicos de la economía pertenecen a la Nación. El comercio exterior, los bancos, el petróleo, la electricidad, la siderurgia y los frigoríficos deben ser nacionalizados, Los compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo no pueden ser reconocidos, Los monopolios que arruinan nuestra industria y que durante largos años nos han estado despojando, deben ser expulsados sin compensación de ninguna especie, Sólo una profunda reforma agraria, con las expropiaciones que ella requiere, puede efectivizar el postulado de que la tierra es de quien la trabaja, Los hijos de obreros tienen los mismos derechos a todos los niveles de educación que hoy gozan solamente los miembros de las clases privilegiada”.
La CGTA aglutino a distintos sectores que reflejaban el pensamiento de distintos agrupamientos y de la base social obrera. Entre las distintas posiciones se destacaron:
*.-Direcciones sindicales ideológicamente social-cristianos, políticamente vinculados al peronismo como el ongarismo en el movimiento obrero, la UNE en el movimiento estudiantil, sacerdotes del Tercer Mundo, etc.
*.-Direcciones sindicales, que eran expresión de sectores de raíz ideológica nacionalista, que se enrolaban en el “peronismo duro” como telefónicos, sanidad, etc.
*.-Direcciones sindicales influenciadas por el radicalismo y los socialistas democráticos, expresados en ferroviarios (Scipioni), viajantes (Arrausi), etc.
*.-Sectores sindicales que respondían a la política del Partido Comunista
*.-Grupos políticos con posiciones radicalizadas, que no escapaban a la influencia del Partido Comunista Revolucionario (PCR), Partido Revolucionario de los Trabajadores, ex Movimiento de Liberación Nacional, etc.
Dicha central obrera fue el producto de un complejo conjunto de circunstancias, pero reflejaba en esencia la conjugación de elementos como fueron por un lado la presión social del proletariado que fue adoptando posiciones antidictatoriales y la necesidad de expresarse en una organización sindical para su lucha económica ante las medidas que la dictadura tomaba.
“Más vale honra sin sindicatos que sindicatos sin honra” y “Unirse desde abajo y organizarse combatiendo”, fueron las consignas que encarnaron el espíritu que dio origen a dicha central.
En su corta vida, fue además un espacio de encuentro “en la acción entre ese activismo y grupos de intelectuales, profesionales y artistas”. El semanario de CGTA se convirtió en un instrumento central de ese intento. Dirigido por Rodolfo Walsh, y denominado simplemente “CGT”, editó 55 números entre mayo de 1968 y febrero de 1970. Llegó a editar un millón de ejemplares y sus páginas sirvieron, por ejemplo, para publicar por primera vez, dividida en varias notas, la investigación de Walsh sobre el asesinato del dirigente metalúrgico de Avellaneda Rosendo García: “¿Quién mató a Rosendo?”, un análisis del significado político, y de los métodos de acción del vandorismo.
La CGTA fue también el escenario en el que se desarrollaron experiencias de militancia artística como los artistas plásticos que dieron lugar a “Tucumán Arde”, las del pintor Ricardo Carpani, o las del Grupo Cine Liberación.
Partiendo de la situación de crisis de la industria azucarera en Tucumán, del cierre de ingenios, de pobreza en aumento, de altísimos índices de mortalidad infantil, conviviendo junto a un grupo de familias “tradicionales” propietarias de grandes extensiones de tierras, de ingenios, que invertían sus enormes ganancias para consumos suntuarios o inversiones especulativas fuera de la provincia, un conjunto de artistas plásticos de Rosario y Buenos Aires entre ellos Roberto Jacoby, Pablo Suárez, Beatriz Balve de Buenos Aires y Juan P. Renzi y Rubén Naranjo de Rosario, viajan a la zona, para desarrollar un trabajo de documentación y registro de testimonios con la población (fotos, filmaciones, grabaciones, etc.) y se vinculan con obreros, estudiantes y sindicalistas ligados a la regional de la CGTA, al Sindicato de Trabajadores Azucareros (FOTIA), gremio docente, etc.
Posteriormente, realizan dos muestras denominadas “Tucumán Arde”. En Rosario se llevo a cabo el 3 de noviembre de 1968, en el local de la CGTA, Córdoba al 2100, “al cruzar el pasillo de entrada a la sede sindical, el público se veía obligado a optar entre pisar los nombres de los dueños de los ingenios, o esquivarlos dificultosamente. En las paredes estaban pegados los afiches de la campaña callejera, recortes de periódicos que daban cuenta de lo decían los medios sobre la situación provincial, diagramas que ponían en evidencia las relaciones entre el poder económico y el poder político local, cartas de pobladores y maestras...Grandes carteles colgantes, pintados a mano sobre tela, con diversas consignas, entre las que predominaban “Visite Tucumán, Jardín de la Miseria, No a la tucumanización de nuestra patria o Tucumán, no hay solución sin liberación”, atravesaban el pasillo y el interior del hall central. (....) numerosos paneles sobre los que desplegaban fotografías ampliadas a tamaño mural que testimoniaban la situación de miseria que se vivía en la provincia”. Además se proyectaban cortos y audiovisuales elaborados con materiales recogidos durante el viaje, y se repartían folletos sobre la situación tucumana.
LA HISTORIA SE REPITE
Y hoy volvemos a ver a sindicalistas con posiciones antagónicas. Aquellos que van en sentido contrario de los intereses de los trabajadores, que son empresarios, que reprimen a los que luchan, como Pedraza.
Por otro lado, están aquellos que se expresaron bajo la consigna “Una CTA de millones que vuelva lo extraordinario cotidiano”, en el polideportivo de la ciudad de Mar del Plata en el Congreso Federal de la Central de Trabajadores de la Argentina.
En esas jornadas, se planteo una CTA “de puertas abiertas y en la calle”, y el actual Secretario General, Pablo Micheli, marcó la agenda para lo que viene. “En cada ciudad, en cada calle hay que estar peleando, abriendo las puertas no sólo de un edificio, abriendo la cabeza y sobre todo el corazón”. Esta Central es “una CTA que se abre a los pueblos originarios, a los trabajadores desocupados, que está abierta para todos aquellos que quieran pelear”.
 
Leónidas Ceruti, Historiador