viernes, 14 de julio de 2017

FORMAS DE LEER Y DE SER, por Virginia Monti

Esos árboles son magníficos,
pero es más magnífico todavía
el espacio sublime y patético entre ellos,
como si con su crecimiento
aumentara también.

—Rainer Maria Rilke


Entre las innumerables sensaciones que experimentamos a diario los seres humanos podemos mencionar la ilusión. De todas, esta quizás sea una de las más productivas. Las hay de todo tipo: ilusiones ópticas, auditivas, de movimiento, de Ebbinghaus, de Ehrenstein, de Kohnstamm y de lo que a usted se le ocurra. La que a mí se me ocurre es la ilusión de descubrimiento. Me refiero a esas ocasiones en que creemos haber descubierto algo extraordinario, que en un primer momento suponemos inédito, por ejemplo, una relación asombrosa entre A y B, para después constatar que alguien ya lo había advertido y que incluso había teorizado, escrito y publicado sobre el asunto. Lo que empieza como ilusión, pronto se vuelve desilusión. Pero no es para sentirse mal. Si le sucede, para suavizar el golpe puede decirse que al menos tuvo la lucidez de reparar en ello.

Esta misma sensación experimenté después de leer el cuento La dama de picas (1834) de Alexander Pushkin. La ilusión de descubrimiento no se produjo de inmediato y, generalmente, no es así como sucede. Si bien resultó ser un descubrimiento-ya-descubierto, que es esencialmente de lo que trata esta sensación, me permitió reflexionar acerca de algo que, hasta ese entonces, había dado por sentado: el espacio. Y no me refiero al espacio físico ni al espacio del espacio-tiempo de la teoría de la relatividad de Einstein, sino a un espacio quizás un poco menos aprehensible de manera inmediata, pero no por ello menos habitable que los otros: el espacio literario. Con su permiso, voy a dejar esta idea momentáneamente en suspenso para ocuparme primero de Pushkin.

La dama de picas, relato breve, pero monumental, adaptado a la ópera por Chaikovski, tiene como personaje principal a Anna Fedótovna, una condesa mala y decrépita que, si bien en el presente de la narración se nos muestra como un ser “horroroso y deforme”, durante su juventud en París había gozado de una belleza que le había valido el apodo de la Vénus moscovite y la obsequiosidad de, entre otros, el mismísimo Cardenal Richelieu. El intríngulis del relato se halla en que esta señora ochentona, “más muerta que viva”, guarda un secreto: el método infalible para ganar a los naipes. La información llega a oídos de un oficial de ingenieros alemán, el joven Guermann, quien intenta inútilmente impedir que la vieja se lleve el secreto a la tumba.

Anna Fedótovna me resultó fascinante. Me dije que era un personaje auténticamente ruso, digno producto de la imaginación, la pluma y el alma rusas. Aun así, me asedió la máxima borgeana de que “nuestro patrimonio es el universo”, y con ella, la sospecha. Me pregunté, entonces, si acaso era posible determinar cuánto de la materia prima con la que se trabaja en la ficción procede de las tradiciones narrativas orales, cuánto es inherente a la literatura como quehacer formal, cuánto depende de las posibilidades que ofrece el lenguaje y, finalmente, cuánto es resultado de la necesidad irrefrenable del hombre de crear mundos y seres posibles en función de aquello que lo desvela —sea el hombre ruso, panameño o senegalés. Semejante ímpetu meditativo rara vez nos conduce a respuestas concretas, pero suele ser la antesala de una revelación inminente. Efectivamente, los telones del buen discernimiento se corrieron para dar lugar, sin más demora, al descubrimiento propiamente dicho. Tanto el personaje como la dinámica y la estructura del relato guardaban una semejanza —casi imposible de eludir— con otro relato, un poco más extenso y no ya fruto de la portentosa imaginación rusa: Los papeles de Aspern (1888) de Henry James. Cincuenta y cuatro años después, estepas y océano de por medio, la imaginación norteamericana coincidió con la imaginación rusa o, como insinuaría Borges, Pushkin y James tenían, ambos, como patrimonio el universo.

En la novela de James, también hay una vieja que guarda un secreto. Se llama Sra. Bordereau y, al igual que Anna Fedótovna, es mala y fea. El relato está contado desde el punto de vista de un joven (o no tan joven) que es quien se afana por evitar que la vieja se lleve el secreto a la tumba, aunque tampoco logra su propósito. El secreto son los papeles inéditos de Aspern. Jeffrey Aspern es un poeta renombrado, ya fallecido, y el joven no tan joven es uno de sus editores. Los papeles, que nunca logramos saber si son poemas, documentos o qué (porque probablemente el editor tampoco lo sepa), los tiene la Sra. Bordereau. Al parecer, la belleza de la que había gozado en su juventud le había valido la obsequiosidad del poeta y, con ella, sus papeles. 

Lo que empezó como ilusión, pronto se volvió desilusión. El escritor mexicano Carlos Fuentes, y probablemente alguien más antes que él, ya lo había advertido y había teorizado, escrito y publicado sobre el asunto. Anna Fedótovna y la Sra. Bordereau pertenecían a un linaje de viejas malas y decrépitas de la literatura, integrado además por la Sra. Havisham de Charles Dickens (Grandes esperanzas, 1860) y la viuda Consuelo (Aura, 1962), fruto oportuno de la universal y mexicana imaginación del señor Fuentes, quien no solo había identificado la relación entre A, B (y ahora C), sino que, además, la había ampliado y nutrido con D. En los tres relatos, dice Fuentes, el joven desea revelar el secreto de la vieja: el secreto de la fortuna en Pushkin, el de la poesía en James y el del amor en Dickens. Todas ellas descienden, a su vez, de la bruja medieval de Michelet, quien se lleva a la hoguera el secreto del conocimiento condenado por la razón moderna. En consonancia con la máxima borgiana, Fuentes agrega, “cada hoja escrita es un retoño del gran árbol genealógico de la imaginación literaria de la humanidad”.

Antes de llegar al quid del asunto, permítame una aclaración necesaria. No me interesa en este momento definir qué es la literatura, qué es una obra ni qué es un libro. Que los libros son objetos tangibles, pertenecientes a lo terrestre y mundano, es una realidad imposible de refutar, pero que no se puede considerar vana por ser evidente. Muy por el contrario, es un hecho que pone en primer plano su insuficiencia como intento de definición. Lo mismo vale para la literatura, pero como de algo hay que asirse, quizás lo más conveniente sea reflexionar sobre cuánto de material y tangible es capaz de ofrecer una realidad que a nivel conceptual se nos presenta como algo escurridizo. Me aferro entonces, aunque no sin perjuicio, a la noción de libro, objeto al cual, para bien o para mal, la literatura está íntimamente ligada. En mi realidad —en mi mundo al menos— la literatura tiene forma de libro.

Ahora bien, lo que demuestra la relación entre estos relatos es que existen no dos, sino como mínimo tres formas de leer. Las dos primeras son las habilidades básicas requeridas para comprender un texto, es decir, la clásica lectura negro sobre blanco o literal y la lectura entre líneas o implícita. La tercera forma de leer —el lujo que nos tiene reservado la literatura— es la habilidad básica requerida para viajar entre siglos, soñar y habitar el espacio literario. Leer implica, siempre, un movimiento: entre letras, palabras, frases, líneas, hojas, libros. Este último movimiento es el que hace a la tercera forma de leer: la lectura entre-libros.

Habitar el espacio literario implica ser capaz de recorrer la constelación proyectada infinitamente a partir del diálogo que los libros establecen entre sí. Dicha constelación no está determinada a priori, sino que el trayecto depende enteramente del lector, quien se mueve, siempre, en dirección a aquello que lo sacude, lo interroga y lo intriga, porque uno no encuentra en un libro sino lo que ha ido a buscar. Y como el lector no es nunca en todo momento una misma persona, sino muchas, la constelación es necesariamente inestable. En ese espacio entre-libros, en ese intersticio delimitado por el silencio que antecede y precede a un relato, se inscribe una trama otra que nos invita a hacerla hablar. Cada libro significa una cosa en tanto elemento individual y, otras, en tanto elemento constitutivo de la constelación. La literatura es al mismo tiempo arte de lo concreto y de lo potencial. Cada libro es cosmicidad en germen, un portal por el cual accedemos a otro universo. En ellos se cifran los índices y los indicios en virtud de los cuales el lector traza la constelación. Para Borges, universo y biblioteca son una y la misma cosa. Me permito agregar, entonces, que libro y oráculo también lo son. El espacio literario no admite nociones tales como “adentro”, “afuera”, “principio” ni “final”. Es un espacio absoluto y constante. Desde el momento en que se crea una obra literaria, se la consagra a una existencia sideral, que no es ni punto de partida, ni atajo, ni curva, ni punto de llegada, sino todo eso al mismo tiempo. Para descubrir los itinerarios ocultos, es necesario ejercitarse en la lectura entre-libros. El procedimiento es sencillo: hay que leer, luego leer más y finalmente seguir leyendo. 

La lectura entre-libros tiene la capacidad de transformar el mundo, o nuestra percepción de él: el montaje elaborado a fuerza de intersticios, de silencios entre-libros es la nueva morada del lector. Esta, junto con las tramas, los personajes, los objetos que conforman un relato pasan a formar parte de una realidad que excede incluso al sujeto que fue capaz de concebirlos, de modo que, cuando se produce la ilusión de descubrimiento de una relación entre dos o más puntos de la constelación, resulta imposible determinar si fue provocada por el autor, por el lector o si fue la relación misma la que provocó a ambos. Efectivamente, los libros son mucho más que objetos con forma, volumen y superficie. Son también ese no lugar que habilitan fuera de sí mismos. Miro mi biblioteca y se me hace que es una caja de resonancia en la que se oye el diálogo incesante que establecen los libros entre sí. Cada uno contiene en su interior, por mención u omisión, el universo. La lectura entre-libros es una segunda manera de ser, de habitar los espacios y de habitarse uno mismo. Es un lujo, porque permite proyectar un horizonte abierto y lanzarse hacia él para dejar de parecerse a cualquier cosa en la Tierra que tenga forma humana. Inténtelo. Vale la pena, porque ¿qué limita al ser humano sino el cuerpo? El itinerario es infinito y el viaje perpetuo: Y me hago de un plumazo / dueño del mundo, / hombre ilimitado.[1]

Referencias:
Bachelard, Gastón (1957) La poética del espacio.
Benjamin, Walter (1936) El narrador.
Blanchot, Maurice (1969) La conversación infinita.
Blanchot, Maurice (1955) El espacio literario.
Borges, Jorge Luis (1941) La biblioteca de Babel.
Borges, Jorge Luis (1932) El escritor argentino y la tradición.
Dickens, Charles (1860-1) Great Expectations.
Febvre, Lucien y Martin, Henry-Jean (1958) La aparición del libro.
Fuentes, Carlos (1982) Como escribí algunos de mis libros.
Fuentes, Carlos (1962) Aura.
Kluge, Alexander (2003) Las entrañas de la narración.
James, Henry (1888) The Aspern Papers.
Pushkin, Alexander (1834) La dama de picas.



[1] Pierre Albert-Birot.

domingo, 19 de febrero de 2017

El cine japonés de posguerra, por Morena Goñi


El cine japonés de posguerra. Un análisis de “La condición humana”, de Masaki Kobahashi

Morena Goñi1

No hay que fijarse tanto en el rigor de la reconstitución del pasado, sino en cómo ven ese pasado los cineastas”
Santiago De Pablo

Cine e historia

Como historiadores, a la hora de analizar una producción cinematográfica es imprescindible prestar especial atención al contexto en que se produjo. Más taxativo aún debe ser el análisis si el objeto de producción refiere a un proceso histórico determinado, no porque exista una verdad susceptible de ser representada, sino porque conviven en su interior posiciones ideológicas e historiográficas que deben ser visibilizadas. En tal caso, la intervención de un historiador en el proceso fílmico tampoco garantiza la fidelidad de la representación del pasado, pues también él está atravesado por propias motivaciones. En este sentido, no importa tanto analizar qué sino por qué se dice algo, qué esconden los diálogos y las representaciones en la pantalla; ya que por más objetividad que se les quiera aludir, las imágenes nunca son un imperio autónomo sino que forman parte de un universo simbólico compartido, cargado de significaciones y estrategias discursivas que transforman la imagen en imaginario.

Resultado de imagen para cine japones honda


viernes, 3 de febrero de 2017

EL ÍNCUBO DE LO POSIBLE, por Virginia Monti

Ilustración de Delphine Lebourgeois
Alguna vez le preguntaron al cineasta alemán Werner Herzog qué se requería para filmar películas. La respuesta que ofreció fue tan insólita como audaz. En primer lugar, dijo que era necesario tener buen estado físico y ser una persona atlética: “el cine no nace de tu pensamiento académico abstracto; nace de tus rodillas y de tus muslos”, especificó. Dijo, además, que si tuviera que fundar una escuela de cine, aquellos que quisieran inscribirse deberían cumplir con el requisito de haber recorrido a pie una distancia de no menos de 5000 kilómetros. Luego, tendrían que presentar sus libretas y diarios de viaje como prueba de haber llevado a cabo dicha hazaña[1]. Herzog aseguró que en ese viaje a pie los aspirantes aprenderían más sobre la labor de un realizador que durante cinco años de instrucción formal: “Sus experiencias serán lo opuesto del conocimiento académico, porque la academia es la muerte del cine. Es exactamente lo contrario de la pasión”. Según Herzog, una buena escuela de cine debería permitirles a sus alumnos experimentar un estado de excitación mental, porque es eso lo que hace posible concebir una película: “Las escuelas de cine no deben producir técnicos sino personas de mente agitada. Personas con espíritu, con una llama ardiendo en su interior”.


martes, 11 de octubre de 2016

Reflexiones sobre Hegemonía y Emancipación. Por Lelio Valdez


Para bajar clique aqui
Versión en portugués. Clique aquí


 La política en el lugar equivocado

Es curioso cuánto el concepto gramsciano de hegemonía se ha extendido por la cultura política en Latinoamérica. De hecho, se ha vuelto tan importante, que es usado por los más diversos pensadores, en un espectro que va desde los medios académicos, o los sectores dirigentes de las instituciones estatales para elaborar sus planes estratégicos, hasta, específicamente, los partidos políticos, tanto de la derecha como de la izquierda, en diversas variantes ideológicas.
¿Por qué Gramsci sirve a griegos y a troyanos? Suele ocurrir con los pensadores revolucionarios que políticas e intereses diversos y hasta opuestos, se justifiquen usando sus conceptos o invocando su autoridad. Diversamente, aquí será propuesta una reflexión crítica y puntual, sobre algunas derivaciones y usos de la teoría de la hegemonía cuando es enunciada como guía para una política emancipadora y anticapitalista, en nuestro medio. O sea, una discusión sobre política y no una sobre la interpretación de las ideas de Gramsci.

domingo, 3 de julio de 2016

"Martí en Nueva York: la experiencia de la totalidad", por Virginia Monti

En 1880, un cubano desembarca en Nueva York. Apenas dos años más tarde, publica, desde las mismísimas entrañas del monstruo y centro de la modernidad, lo que hoy leemos e interpretamos como el primer manifiesto estético del modernismo: el prólogo al Poema del Niágara (1882) de Juan Antonio Pérez Bonalde, testimonio de la crisis y del vértigo que se viven a fines del siglo XIX. Tanto el prólogo como Nuestra América, publicado once años después, se nos presentan como un intento de asir algo concreto en un momento en que resulta necesario definir identidades y prácticas, momento en que un nuevo sujeto literario alza su voz en un discurso que logra el equilibrio justo entre problematización y resignificación.

"Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central" (Fragmento, Diego Rivera, 1947)
El cubano del que hablo es José Martí. En el Prólogo, Martí describe con detalle precioso y simbólico la inquietud y el desasosiego que provocan en el hombre las instancias inauguradas por la modernidad y por los procesos de democratización, racionalización y secularización. Estas no solo repercuten en la producción de la poesía, sino también en la revisión y el cuestionamiento del concepto mismo de literatura y de práctica literaria. Aun así, las formas de literatura que surgieron en ese periodo fueron un medio apropiado para cuestionar el cambio y la fragmentación, y para reflexionar sobre el lugar que debía ocupar el nuevo intelectual latinoamericano. Este cuestionamiento fue posible porque la experiencia de desorientación y malestar trajo aparejados nuevos procesos de subjetivación. La poesía se volvió íntima y personal, atormentada y dolorosa. Para Martí y los suyos, el pasado se presentaba como algo vacío y vano, el presente se asentaba sobre arenas movedizas y el futuro era incierto: «están todos los hombres de pie sobre la tierra, apretados los labios, desnudo el pecho bravo y vuelto el puño al cielo, demandando a la vida su secreto»[1].

miércoles, 13 de abril de 2016

Brasil: Não há atalhos

Por Coletivocanudos.blogspot.com.br





O debate em torno da  disputa na esfera política, pela continuidade ou não do governo do Partido dos Trabalhadores, tende a ignorar a nova configuração do capitalismo. Mesmo com todas as mediações entre uma e outra esfera, essas transformações de fundo são base material das determinações que se impõem para os Estados e para os governos. 

jueves, 12 de noviembre de 2015

Miseria del entusiasmo

por M.K.
Con el correr de los meses hemos presenciado un fenómeno relativo al estado, minoritario ciertamente pero igualmente significativo, que nos sitúa ante la emergencia a esta altura incuestionable de una veta pulsional, que había permanecido largo tiempo como subterránea, y que ha detonado un entusiasmo obnubilado y frenético. Por un momento hemos resultado espectadores perplejos, o cuanto menos incómodos, de una creciente intensificación en la actividad y el discurso públicos de amigos o desconocidos próximos que enarbolan unos estandartes que asemejan un Santo Grial.
Sin embargo no estamos en presencia de aquel Santo Grial del que nos hablan las historias de Arturo, sino más bien de este, más próximo a nuestra cultura, que perseguían los austeros caballeros personificados por la pandilla de los Monty Python.

sábado, 24 de octubre de 2015

Mirando a Brasil desde el Sur


Traemos a nuestros lectores un punto de vista que, alejado del análisis económico coyuntural más corriente, que se suele encontrar en los medios de prensa sobre Brasil, trata de entender los movimientos ocultos que vienen moldeando la actuación institucional de su máquina estatal. A despecho de la imagen cultivada por propios y admiradores, de un Estado (y de una clase capitalista) que habría mostrado su capacidad de imponerse en el mercado mundial, esta entrevista revela los mecanismos que han configurado al Estado brasileño como un lugar de hacer negocios (para los pocos Señores de siempre) y como un "sistema" que se ha reestructurado de una manera “neocolonial”. Así como en tiempos coloniales la extracción de impuestos en beneficio de la Corona portuguesa garantizó a los señores de esclavos las concesiones de explotación en América, hoy se ha recreado una suerte de vuelta a aquel viejo sistema. Sobre las espaldas del conjunto del pueblo, sobre todo del más pobre, se sostiene una máquina estatal que garantiza y genera mecanismos rentistas de extracción, en beneficio del sector financiero (nacional e internacional). La Deuda Pública es el nuevo tributo que le permite a los modernos Señores tener acceso al comercio mundial.

viernes, 20 de marzo de 2015

La rebelión ocultada

A 39 años del Golpe Militar

Por Lelio Valdez
Lo que sigue fue pensado como un aporte a la organización de los trabajadores. Específicamente, a la construcción de poder obrero/trabajador, a la renovación y el fortalecimiento de prácticas autónomas en situación de trabajo.

El tabú de los ’70: La violencia.
Los relatos históricos pos Dictadura han dejado –necesitan hacerlo - buena parte de la radicalidad obrera en la experiencia popular, encubierta en la neblina del olvido. Es necesario hablar de la violencia para descartar a una historia oficial que acusa al pueblo con esa “mala palabra”, como una puteada. Con “violencia”, se oculta, se injuria y se condena la acción vital de una buena parte de nuestra sociedad, quizá mayoritaria.
Creemos que en parte colaboró en esta política de olvido, aunque sin proponérselo, el impacto de la victimización de los desaparecidos, que ha hecho con que la atención sobre los años ‘70 se fijase en el rescate de memorias particulares o de organizaciones políticas de entonces, y no se haya conseguido profundizar una reflexión popular que asimile la experiencia social, intensa y masiva, de buena parte de los argentinos. Quizá colabore en ello el particular sentimiento al que aludió recientemente el filósofo Slavoj Zizek: que cuando la injusticia cometida sobre alguien ha sido tan atroz que la venganza no compensa, ni aún siendo del tipo ley del Talión, atroz de tal forma que la reconciliación es impensable, quien sabe sólo nos reste el camino de la eterna denuncia…