martes, 2 de octubre de 2012

Foxconn y lucha de clases en China, por Rolando Astarita

En su edición de ayer (25/09/12) La Nación informa sobre el estallido de un fuerte
conflicto en la planta de 80.000 empleados que Foxconn posee en Taiyuan, China.
Ocurrió durante el fin de semana del 22 y 23 de septiembre, y dejó un saldo de 40
trabajadores heridos y varios detenidos. “Detrás del nuevo iPhone5, la furia de los
obreros chinos”, titula la periodista, Natalia Tobón, y escribe: “El esperado lanzamiento
del iPhone5 fue todo un éxito de ventas, pero un estallido de furia en una fábrica china
desnudó el lado más oscuro de los productos Apple”. Según Tobón, varios trabajadores
informaron a los medios chinos que un guardia de seguridad estaba golpeando a un
trabajador, y más de 200 compañeros salieron a defenderlo. El enfrentamiento con
el personal de seguridad habría durado unas cuatro horas. “La firma tiene un negro
historial de suicidios, denuncias laborales, pésimas condiciones sanitarias y mal pago
que motivan constantes protestas”, agrega. Lo sucedido en Foxconn se inscribe en
un contexto de creciente resistencia de la clase trabajadora de China a la explotación.
Vale la pena entonces ampliar un poco la información.






Explotación y suicidios

Con 1,2 millones de empleados en todo el mundo, Foxconn es el mayor fabricante
de componentes electrónicos. De origen taiwanés, en 1988 abrió su primera planta
en China, buscando bajar los costos, salariales en primer lugar. Desde entonces no
dejó de expandirse; actualmente es la mayor empleadora privada en China, y también
posee fábricas en Eslovaquia, Polonia, República Checa, India, México y Brasil,
además de Taiwan. En 2011 la empresa informó que estaba considerando realizar una
inversión en Brasil de 12.000 millones de dólares y también ampliar su inversión en
México. Solo en su planta china de Shenzhen trabajan unas 270.000 personas; incluye
dormitorios, negocios internos, restaurantes, hospital y lugares para hacer deportes.
Las denuncias sobre las condiciones de explotación en Foxconn tuvieron resonancia
mundial a partir de la ola de suicidios ocurrida en la planta de Shenzen, en 2010.
Ese año, 18 empleados intentaron suicidarse, y 14 lo lograron. Por entonces, los
trabajadores recién ingresados recibían el salario mínimo de 130 dólares, más
alojamiento y comida. Era más de lo que se pagaba en el resto de China, pero las
condiciones de trabajo eran extenuantes y muchos no resistían. Según The Economist
del 27/05/10, de manera regular los trabajadores de Foxconn están obligados a superar
las 36 horas semanales de horas extras que son permitidas como máximo en China.
De acuerdo a una investigación realizada por Apple, un tercio de los trabajadores de la
planta de Longhua excedía las 60 horas semanales. Pero las historias individuales de
algunos trabajadores son más reveladoras que las cifras globales. Tomemos el caso
de Ma Xiangpian. Ma tenía 19 años, provenía de una aldea campesina empobrecida,
y fue hallado muerto en frente de su edificio de dormitorios; compartía el dormitorio
con otros nueve trabajadores. Su hermana también trabajaba en la empresa, pero
renunció luego de la muerte de su hermano. La familia dice que Ma odiaba el trabajo,
que había tomado unos pocos meses antes. Se trataba de un turno de noche, de 11
horas, siete noches a la semana, fundiendo plásticos y metal en partes electrónicas,
entre humo y polvo. Luego de una discusión con su supervisor, Ma fue puesto a limpiar
baños. En el mes anterior a su muerte Ma trabajó 286 horas, incluyendo 112 horas de
sobretrabajo. Por todo eso, aún con la paga por trabajo extra, ganó un promedio de un
dólar por hora. Ma se suicidó y fue encontrado muerto el 23 de enero. La familia pidió
compensación a la empresa, pero ésta se negó (The New York Times, 6/6/2010).
Preocupada por la repercusión que habían tomado estas muertes, la empresa puso
una línea de asesoramiento y consuelo, contrató sicólogos y monjes budistas, y abrió
un centro para aliviar el stress, donde los trabajadores son invitados a golpear un saco
con una foto con la cara de su supervisor. También elevó los salarios, que son
empujados por una ola de protestas obreras en todo China. Pero las condiciones
laborales siguieron siendo de intensa explotación. En 2011 The Mail of Sunday, de
Inglaterra, envió periodistas a que entrevistaron trabajadores de la planta de Shenzen.
Aquí un testimonio: “Tenemos que trabajar demasiado duro y siempre estoy cansado.
Es como estar en el ejército. Nos hacen estar parados por horas. Si nos movemos, nos
castigan haciéndonos estar parados todavía más tiempo... Tenemos que trabajar sobre
tiempo si se nos dice y solo podemos volver a nuestros dormitorios cuando nuestro
encargado nos da permiso... Si nos piden que hagamos sobre tiempo, debemos
hacerlo. Después de trabajar 15 horas, hasta las 11,30 de la noche, nos sentimos tan
cansados”. Otros trabajadores dicen que entre los castigos figura hacer leer a los
trabajadores “autocríticas” en voz alta. Hay casos en que son presionados a trabajar
hasta 13 días seguidos. La rotación es muy alta, se considera entre el 30% y 40%,
porque la gente no aguanta, y sale de la empresa desmoralizada. Algunos trabajadores
dicen que se sienten como robots. Un trabajador decía que sentía que su vida está
vacía y que trabaja como una máquina. Una investigación realizada por Students &
Scholars Against Corporate Misbehaviour (Sacom) sostiene que en la empresa hay
condiciones de tipo militar donde los empleados están obligados a sentarse en líneas
exactas, trabajando intensamente, y no son autorizados a hablar. Los trabajadores,
sigue el informe, sienten el hostigamiento de los guardias y deben vivir en los
dormitorios de la empresa. En su nota, Tobón transcribe el testimonio de un periodista
chino que se infiltró en la planta de Taiyuan durante 10 días. Relata que trabajaban en
turnos de 12 horas, sin descanso. “Nos pedían que siguiéramos trabajando, pues la
línea de producción se basa en una cinta transportadora, y ninguno puede parar”.



Robots, arma del capital

En El Capital Marx sostiene que la máquina es un arma contra la clase obrera. “El
capital proclama y maneja, abierta y tendencialmente, a la maquinaria como potencia
hostil al obrero. La misma se convierte en el arma más poderosa para reprimir las
periódicas revueltas obreras, las strikes (huelgas), etc., dirigidas contra la autocracia
del capital” (t. 1, p. 530, Siglo XXI). En palabras de Ure, citado por Marx, con la
máquina se trata de “restablecer los legítimos derechos” de los capitalistas, imponiendo
la docilidad a la mano de obra rebelde.
La idea se aplica al siglo XXI. En agosto de 2011 diversos medios informaron del plan
de Foxconn de incrementar el número de robots que utiliza en sus líneas de producción
en China, de los actuales 10.000 a un millón para 2013. La “anticuada” tesis de Marx
reaparecía en los comentarios que acompañaban la noticia. Según Reuters: “La movida
de Foxconn evidencia una creciente tendencia hacia la automación entre las empresas
chinas en la medida en que cuestiones laborales, tales como huelgas de alto perfil y
suicidios de trabajadores afectan a las empresas en sectores que van desde autos a
tecnología”.
"Huelgas de alto perfil" y "suicidios de los trabajadores". La alternativa parece clara:
enfrentamos al capital, o la vida no es digna de ser vivida. Esta es la maravilla del
capitalismo chino (el carácter capitalista de China lo analizo aquí). Lo ocurrido en
Foxconn la semana pasada no es un hecho aislado. Hace poco más de un año, The
Economist del 31 de julio 2011 titulaba en tapa “The rising power of China`s workers”, y
decía: “La inquietud laboral en China es más común de lo que usted puede pensar. Las
cortes laborales trataron más de 280.000 disputas en 2008, de acuerdo a Outlook
Weekly, una revista oficial. Es difícil saber si la inquietud está creciendo, pero al menos
el gobierno parece pensar que sí. La misma fuente informa que las disputas en la
primera mitad de 2009 eran 30% más altas que un año antes. Guangdong, una
provincia preferida por las compañías extranjeras, sufrió al menos 36 huelgas entre el
25 de mayo y el 12 de julio, de acuerdo a China Daily, un periódico gubernamental”. La
nota apelaba a Marx para explicar el fenómeno. “Al concentrar a la gente en un lugar,
sostuvo Marx, las fábricas convierten a una multitud de extranjeros en una ‘clase’:
conscientes de sus intereses, unidos unos con otros, y contra el patrón”. Los
trabajadores de la costa “migraban desde todo el país, saltaban de una planta a otra, y
se retiraban a sus pueblos cuando los tiempos eran malos”. Pero los huelguistas de
empresas como Honda han cambiado, ya que tienen más educación que el trabajador
inmigrante rural promedio, y “también se entrenaron juntos, lo que puede haberles
dado el cemento social para organizar su protesta”.


Historia de un ascenso de luchas

Debería tenerse en cuenta que el ascenso de las luchas obreras se produce desde
hace años. En 2004, y según el Ministerio de Seguridad Pública, los incidentes y
demostraciones laborales habían sido 74.000, contra solo 10.000 una década antes,
y 58.000 en 2003 (The New York Times, 24/8/05). En los siguientes años continuó
incrementándose la conflictividad. Un hito fue la aprobación, en 2007, de la Ley de
Contrato Laboral. Es que en China hay unos 130 millones de trabajadores que son
emigrantes, y la mayoría no tenía contrato, y debía aceptar todas las condiciones
que les imponían las patronales. La ley reconoció el derecho de los trabajadores a
negociar su contrato por escrito, y estableció que fuera más difícil el despido. También
se votaron leyes para el arbitraje de disputas, la promoción del empleo y contra la
discriminación laboral. Esta legislación hizo a los trabajadores más conscientes de
sus derechos. Pero una vez aprobada, las empresas empezaron a eludir algunas de
sus disposiciones. El gobierno, por su parte, no puso empeño en hacerla cumplir,
ni dio poder a los trabajadores para que defiendan sus derechos sobre una base
colectiva. Los gobiernos locales raramente se ocupan en hacer cumplir la ley, en
especial cuando entra en conflicto con sus intereses locales. La central sindical de toda
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Rolando Astarita Foxconn y lucha de clases en China
China, ACFTU (su sigla en inglés), tampoco puso empeño. En 2008 seguía habiendo
muchas violaciones a los derechos de los trabajadores. Por ejemplo, un estudio en
Shenzhen demostró que 26,6% de los trabajadores no tenían contratos, y que 28% de
los contratos ofrecían menores salarios que el mínimo legal. Casi dos tercios de los
trabajadores entrevistados dijeron que debían trabajar más de las horas estipuladas en
los contratos. De acuerdo al Ministro de Recursos Humanos de China, en 2008 unos
15,6 millones de trabajadores no tenían contratos.
Esta situación alimentó la conflictividad. Luego de la aprobación de la Ley de
Contrato Laboral, las disputas se incrementaron, llegando a fin de 2007 a 693.000, e
involucrando 1,2 millones de obreros. Los comités de arbitraje de disputas laborales
aceptaron 350.000 casos, un aumento del 10,3% con respecto a 2006; comprendían
en total 650.000 obreros. En muchos conflictos los trabajadores organizaron huelgas y
protestas, pidiendo la intervención del gobierno; la mayoría de las veces tuvieron éxito.
Los conductores de taxis hicieron huelga, y en decenas de ciudades obligaron a los
gobiernos locales a recortar las tasas excesivas que imponían las empresas de taxis.
En Dongguan, en el centro de la China manufacturera, miles de obreros despedidos
de las fábricas aseguraron los pagos de sus salarios atrasados, luego de grandes
manifestaciones frente al edificio municipal. Es importante destacar también que en
casi todas estas manifestaciones estuvo ausente la Federación de Sindicatos de Toda
China (All-China Federation of Trade Unions ACFTU), el único sindicato legal, es visto
por la mayoría de los trabajadores como irrelevante para sus necesidades, y por lo
tanto crecientemente toman las cosas en sus manos.



Durante la recesión, y después

La conflictividad continuó en 2008. De enero a septiembre las protestas por atrasos
en los salarios comprendieron aproximadamente la mitad de los conflictos tratados
oficialmente en Guangdong. En Dongguan, los incidentes de esta tipo en los cuales
los trabajadores bloquearon caminos principales, representaron el 40,5% del total. En
la última parte de 2008, y en 2009, la crisis se hizo sentir con fuerza. En las ciudades
costeras, cerraron unas 670.000 empresas, que empleaban trabajo intensivo. Como
consecuencia, 25 millones de trabajadores emigrantes perdieron sus empleos; a esto
se agregaban los seis o siete millones de recién graduados que buscaban empleo
por primera vez. Muchos trabajadores eran despedidos sin indemnizaciones, y los
contratos laborales se convirtieron en letra muerta. Las empresas argumentaban
que por la crisis no podían respetarlos. Muchas empresas redujeron bonificaciones,
congelaron los salarios o los “flexibilizaron”, no pagaban las vacaciones, y algunas
dejaron de pagar a la seguridad social. Según un estudio (Su Hainan), entre la segunda
mitad de 2008 y la primera de 2009, los salarios en las empresas con orientación
exportadora, de tamaño mediano o pequeño, fueron reducidos entre el 20 y 30%. El
Gobierno, a su vez, congeló los salarios mínimos en noviembre de 2008. Algunos
Gobiernos provinciales contribuyeron con el capital introduciendo el sistema “de tres
flexibilidades”: utilización flexible de los trabajadores; flexibilidad en las horas de
trabajo; y salarios flexibles.
A pesar del aumento de la desocupación, la conflictividad se mantuvo, e incluso
pudo haber aumentado. En la primera mitad de 2009 se habían aceptado 170.000
casos de conflictos laborales en tribunales, un incremento del 30% con respecto al
mismo período del año anterior. Muchos obreros industriales participaron en protestas
de masas. En abril, más de 1000 obreros de una fábrica textil, en Baoding, Hebei,
organizaron una marcha hacia la capital; en julio, trabajadores de la fábrica Wuhan
realizaron tres bloqueos de caminos; en agosto, en una empresa siderúrgica, un
directivo fue tenido cautivo por 90 horas; en noviembre, trabajadores de una empresa
de maquinarias en Chongging fueron la huelga.
Con la recuperación económica, que se produjo a partir del segundo trimestre de 2009,
los conflictos tomaron un carácter más ofensivo. La clase obrera buscó recuperar el
terreno perdido con la crisis. China Daily, un diario del gobierno, informaba que solo
entre el 25 de mayo y el 12 de julio de 2010, había habido al menos 36 huelgas en a
provincia de Guangdong, donde están radicadas muchas empresas multinacionales
(The Economist, 31/07/10). Los trabajadores exigían salarios mejores salarios y
condiciones laborales; y en algunos casos, el derecho a formar un sindicato propio.
En una importante huelga en la planta de Foshan de Honda, en 2011, los trabajadores
formaron una organización separada del sindicato oficial, que eligió delegados de
forma independiente para negociar con la dirección de la empresa. El éxito de los
trabajadores de esta planta incitó a otros obreros de las plantas de Honda a encarar
acciones, demandando las mismas condiciones que en Foshan. Se consiguieron
importantes aumentos, del 30%, y en alguna de las plantas proveedoras, de hasta el
47%.
Por otra parte, en varias ciudades los salarios mínimos fueron aumentados un 20%.
Las autoridades se ven obligadas a tener una actitud más conciliadora hacia las
protestas obreras. De todas maneras los líderes obreros todavía son hostigados y
detenidos; y no existe el derecho de huelga, o la libertad de asociación. Las conquistas
laborales generan ánimo, y crean plataformas para nuevas luchas, como sucedió con la
ley de del contrato laboral.
Naturalmente, los economistas dicen que las subas de salarios están erosionando la
competividad de las empresas chinas. Según Dong Tao, economista en jefe del Credit
Suisse de la región, los salarios de los trabajadores migrantes de Foxconn aumentaron
entre un 30 y 40% en 2010, y esperaba que crecieran entre el 20 y 30% anualmente
al menos hasta 2013 (Financial Times, 1/08/11). De ahí el programa de incrementar la
robotización.







En conclusión, en China estamos asistiendo a un proceso que en sus líneas
tendenciales ya era descripto por Marx y Engels a mediados del siglo pasado: “El
progreso de la industria, cuyo agente involuntario y pasivo es la burguesía, sustituye,
con la unificación revolucionaria de los obreros por la asociación, su aislamiento
provocado por la competencia. Al desarrollarse la gran industria, pues, la burguesía,
por consiguiente, produce sus propios enterradores” (El Manifiesto Comunista). No es
casual que The Economist, con su habitual instinto de clase, cite a Marx. Retengamos
la importancia del hecho: doscientos trabajadores de Foxconn salieron a defender a
un compañero, abusado por la patronal. Esto se llama lucha de clases. Es el conflicto
entre el capital y el trabajo, en su manera más pura y directa. Es el producto genuino
del modo de producción capitalista. En medio de tanto cinismo burgués, de tanta
adaptación al “establishment”, de tanto cortesano y de tanta obsecuencia, no puede
haber mejor noticia para los socialistas. En una próxima nota me propongo examinar
otro aspecto de este combate: el cuestionamiento y la crítica al trabajo alienado, e
inhumano, bajo el modo de producción capitalista.

Rolando Astarita
Buenos Aires, 2012
http://rolandoastarita.wordpress.com/

lunes, 1 de octubre de 2012

El trasfondo económico de la disputa chino-japonesa, por Yukon Huang

Financial Times

Las protestas antijaponesas en China en relación a la disputa de las islas Senkaku/Diaoyu se han ido apagando gradualmente. Pero si tenemos en cuenta que sigue habiendo en la zona buques taiwaneses y chinos en busca de problemas, y que es probable que se produzcan más provocaciones, bastará cualquier roce para que los ánimos se enciendan de nuevo.
Ni los líderes chinos ni los japoneses se encuentran en este momento en buena posición para manejar una confrontación prolongada, dadas las presiones que reciben para revivir sus respectivas economías. Políticamente, ambos bandos no pueden permitirse distracciones en un momento en que Beijing trata de poner fin a un complejo proceso de traspaso de poderes que tiene lugar una vez por década, mientras que en Tokyo la escena política es confusa, pues se están preparando unas nuevas elecciones. Ninguno de los dos bandos tampoco puede permitirse dar la imagen de estar dejándose influir por presiones nacionalistas.
Los más ecuánimes en China y Japón comprenden que hay mucho que ganar en fomentar vínculos económicos más estrechos y en enfriar la tensión. Ambos bandos pueden recurrir a un olvido benevolente para posponer cuestiones con una fuerte carga emocional hasta que los sentimientos permitan un descenso de la animosidad. Este es un método que la China continental y Taiwan han empleado con cierto éxito los últimos años.
Está claro que tanto China como Japón saldrían perdiendo si la disputa acaba provocando una ruptura de relaciones que interrumpa la producción y provoque boicots. El comercio bilateral entre ambos países se ha triplicado durante la última década, hasta llegar a superar los 340.000 millones de dólares. Hoy, China es el mayor mercado de exportación para el Japón, y durante los últimos años las inversiones japonesas han llegado a duplicar las de EE.UU. y Corea del Sur. Parece obvio que ambos bandos tienen más que perder si interrumpen sus relaciones económicas de lo que podrían ganar controlando unas pocas islas sin importancia. Pero si prevalece la retórica combativa y los gestos políticos ostentosos, entonces el cálculo económico podría pasar de cómo proteger el beneficio mutuo a evaluar qué bando quedará más dañado en caso de recurrir a represalias económicas.
Japón tiene una presencia económica mucho más importante en el mercado doméstico chino que viceversa. Las cadenas de restaurantes japoneses son bastante populares y sus tiendas minoristas venden de todo a los chinos, desde coches a aparatos electrónicos; no obstante, muchos consumidores chinos no considerarían un sacrificio excesivo cambiarse a otras marcas europeas o del resto de Asia. En este aspecto, Japón podría ser más vulnerable a una interrupción del comercio o a un boicot. No obstante, China también acabaría perdiendo –la mayoría de esos bienes son producidos por compañías de propiedad china con trabajadores y materias primas locales- por lo que los efectos secundarios también se cobrarían su tributo sobre los intereses chinos.
Las consecuencias más importantes, en términos de impacto sobre el crecimiento, afectarían a la complementariedad entre los dos países en la red productiva de Asia Oriental. China, en su condición de planta de producción del mundo, puede que sea el rostro visible de esta red, pero la mayor parte de los componentes sofisticados que son montados en sus cadenas de procesamiento tienen su origen en el Japón. Por otra parte, China se ha beneficiado largamente de los puestos de trabajo generados por las industrias orientadas a la exportación. Y tanto China como Japón han prosperado debido a que esa organización explota las ventajas relativas de ambos, las cuales les han permitido especializarse y conseguir economías de escala. El gran superávit comercial de China con occidente, en parte provocado por esta estructura en red, ha fomentado considerables tensiones con los EE.UU. Pero a menudo se pasa por alto que Japón se lleva en forma de valor añadido una gran parte de este superávit comercial.
Resulta más complicado evaluar los costes relativos si la red de producción queda supeditada a la disputa por las islas, porque también están implicados otros países cuyos roles están cambiando. China tiene cada vez más capacidad de operar tanto en los niveles altos como en los bajos del espectro tecnológico. En el pasado, su abundancia de mano de obra y su relativo atraso tecnológico, le otorgaba mayor ventaja en sectores que requerían mucha mano de obra. Pero costes salariales en rápido aumento, la apreciación del renminbi y una mano de obra en disminución le ha empujado a competir en el extremo más elevado de la cadena de valor. Gracias a una agresiva mejora de su capacidad tecnológica y de una solidificación de su infraestructura, China ha reforzado su posición en líneas de producción que requieren trabajo más cualificado.
Aspectos como el aumento de los costes del transporte y las complejidades de una red de suministro dispersa están también animando a firmas que anteriormente traían componentes del extranjero a integrar más su producción dentro de las fronteras chinas. A medida que compañías chinas altamente tecnificadas, como Huawei, se van expandiendo, sus vínculos locales se han ido profundizando. Durante la pasada década, las importaciones y exportaciones asociadas a la industria de procesamiento han caído aproximadamente diez puntos porcentuales dentro del total a medida que la producción se ha ido integrando dentro de China. El resultado final es que existen fuerzas que están empujando a China a convertirse más en un competidor con Japón dentro de la red de producción que en un socio complementario.
Consideraciones regionales, tanto económicas como comerciales, también influyen en los cálculos. Ambos países compiten por el acceso a recursos, desde hidrocarburos a metales base. La tensión bilateral crece cada vez que se cierra un acuerdo, como por ejemplo cuando se determina la ruta para el oleoducto ruso que suministra a Asia o cuando se conceden contratos de extracción minera en Myanmar. En tanto que economía madura, el crecimiento de Japón depende menos de los recursos que el de China. Pero su vulnerabilidad no es menor, si consideramos factores especiales como la posición cuasi-mopolística de China en la producción de tierras raras, las cuales son vitales para las más sofisticadas líneas de producción del Japón.
También es importante la forma en que ambos bandos administran unos acuerdos comerciales cargados de implicaciones políticas. Japón podría considerar que uniéndose a la Asociación Trans Pacífica se acercaría a un bloque de comercio liderado por América que serviría de barrera contra el creciente complejo económico chino. Pero esto, combinado con el „giro“ americano hacia Asia, podría confirmar la dudas de los chinos partidarios de la línea dura, los cuales podrían sospechar que todo esto formaría parte de una política de „contención“, y que unos vínculos económicos más fuertes con Japón podrían no valer la pena.
Todo esto nos recuerda que disputas aparentemente menores pero altamente emotivas pueden acabar desencadenando acciones que tengan consecuencias negativas de gran alcance para todos. Ambos bandos necesitan relegar esta disputa a un lugar secundario, que es donde debería estar.
Fuente: http://www.carnegieendowment.org/2012/09/24/economics-behind-china-japan-dispute/dwc6
Traducido para Eurasianhub por el historiador Javier Romero

Tomado de Rebelion.org, con fecha 1 de octubre de 2012.-