domingo, 3 de noviembre de 2013

La izquierda y el militante, por Miguel Puttini [Sept 2000- julio 2001]


Documentos de la crisis.
i."La Izquierda y el Militante"


Asistimos en estos tiempos al derrumbe terminal de todo un largo período signado por la lógica programática clásica. Su entero armazón, como así también cada uno de sus términos, sus objetivos y sus premisas, nos muestran hoy con toda claridad la imposibilidad de esta lógica para proponer un marco de pensamiento adecuado a cualquier manifestación de ruptura con el orden instituido. Para aquellos que han adoptado la perspectiva de mirar la situación sin ningún tipo de pudor ni respeto por la galería de próceres de las luchas populares, esta inadecuación absoluta indica tan sólo el acabamiento, la sentencia final, de un proceso que comenzara el mismo día en que los explotados y oprimidos de este mundo creyeron encontrar el fundamento de su destino y la garantía de su liberación en el seguimiento de un programa elaborado a sus espaldas y ajeno a sus intereses. Asistimos al fin de la capacidad explicativa y predictiva de esta lógica y al fin de su instrumento y encarnación: el partido.
Esta clausura, que por momentos y en nuestro país parece ser un verdadero aniquilamiento, es inmediatamente visible a través de la elucidación de sus efectos sobre el campo de la praxis, tal y como es aún entendida en lo más general del pensamiento de la izquierda de partido. Esta praxis es insignificante a lo real, y lo es en sus dos sentidos más populares: por una parte en tanto esta praxis le es minúscula y, por la otra, en cuanto no puede hacerle decir nada. Nunca antes el pensamiento de la izquierda de partido estuvo tan impotente como para hacerle decir algo a lo real; o, lo que es lo mismo, nunca fueron tan fallidos los intentos por propagar y ayudar al desarrollo de las potencialidades que ofrecen las convulsiones que se dan lugar toda vez que una ruptura acontece en el orden de la situación.
Estas rupturas, a las cuales deberemos abocarnos no bien terminemos de ajustar cuentas con la resaca heredada por tantos años de programas y partidos, constituyen, de conjunto, el referente que comunmente se conoce por Izquierda. Lo que cabe decir al respecto, y que será preciso demostrar, es que la izquierda de partido nada tiene que ver con ella. Existe desde hace algún tiempo una incongruencia radical entre lo que la Izquierda es, lo que ella abre en la situación en tanto es lo que es, y el referente imaginario y el orden institucional con los cuales la izquierda de partido se identificaba, hasta el punto en que durante décadas ambas se tornaron casi completamente indistinguibles. Hemos pasado de una situación en la cual todo lo que pudiera identificarse como izquierda era plenamente recubierto, en el pensamiento y en la acción, por el concepto de partido, hasta una nueva situación donde el partido, y todo lo que él entendía como izquierda, transcurren en una disyunción cada vez más pronunciada respecto a la Izquierda real.
Decir que Izquierda ¹ Partido es algo que todos están dispuestos a admitir. Cualquier militante de cualquier partido de izquierda concederá de buen grado que la izquierda es algo mucho más amplio que lo que está organizado en partido. Lo que de ningún modo admitirán es esta interpretación de la no-igualdad: que la Izquierda es otra cosa que el partido, que la diferencia no es de grado, que no puede ser eliminada a través del tiempo. Lo que es inconcebible para la izquierda de partido es la afirmación de su diferencia de naturaleza con lo que la Izquierda es; que aquella es un obstáculo para ésta y que la solución de aquella desigualdad no puede pasar por un acercamiento progresivo de los términos sino por la desaparición de la primera y su reemplazo por una manera radicalmente distinta de pensar y realizar la Política.
Todo esto tiene que ser explicado, y esta es la tarea que se propone el presente trabajo. Partimos, para ello, del reconocimiento de que la crisis del pensamiento de izquierda tradicional es claramente terminal. Esta aseveración no es solo intolerable sino incluso impensable. Afirmar que todas las nociones, significaciones, prácticas y teorías relacionadas con el concepto de partido y la izquierda que aquel tenía por su referente están hoy caducas representa un punto mucho más allá del límite de la tolerancia que podemos esperar de estas organizaciones. Por ello mismo, y porque nosotros aún permanecemos en parte inmersos en esta lógica, esta aseveración pone en cuestión, incluso, nuestra propia tolerancia y nos exige el mayor de los esfuerzos por pensar todos los problemas de la revolución en unos términos con los cuales no estamos familiarizados.
Observaremos, en lo que se escribe, que esta falta de familiaridad es tanto una parte del problema como una de las consecuencias de la estructura de reflexión que fuera la nuestra. Pero observamos, desde ya, que estos términos existen: la izquierda de partido no puede explicar lo que sucede por la sencilla razón de que lo que sucede queda por fuera de su campo de reflexión. La izquierda de partido puede explicar (y hacerlo muy bien, por cierto) cómo funciona el capitalismo; dónde, cómo y porqué su desarrollo conlleva una crisis estructural (que algunos conciben como terminal desde siempre y otros como cíclica en espiral ¿?); y cuáles son las tareas políticas que se derivan de este análisis estructural (con todos los agregados y precisiones de los análisis particulares de las etapas en el desarrollo histórico de las estructuras). Pero ocurre que todos estos análisis enormes, concienzudos y precisos, toda la larguísima serie de debates impresos sobre estas cuestiones, no pueden evitar que lo que sucede tenga lugar. No se puede evitar, por ejemplo, que en la mayoría de las ocasiones los procesos anímicos y volitivos de los individuos sostengan las estructuras de poder existentes; que, en las ocasiones en que no es así, los partidos de izquierda sean incapaces de realizar la acumulación militante que ellos prometen, y se prometen, como la mediación necesaria para el asalto revolucionario; que, por otra parte, sean incapaces de contener a lo mejor de la vanguardia para terminar destruyéndola e incorporando en su lugar toda clase de lunáticos, desarraigados anómicos, aprendices de burócratas, teóricos incomprendidos, serviciales tecnócratas y megalómanos de cuidado, futuros dirigentes de soviets y preparados combatientes del día final. Esto la izquierda de partido no puede evitarlo; peor aún: no puede pensarlo.
En este trabajo pretendo volcar en forma muy somera algunos de los ejes que nos permitan ir ubicando el espacio de los problemas a tratar. Comienzo con un análisis del pensamiento programático, tal y como se ha realizado en toda la izquierda de partido. Quiero, de todas maneras, anticipar un pensamiento que se sostiene en todo lo que procede. El hecho de cuestionar el pensamiento programático no significa que todo se reduzca a la inmanencia estricta respecto de lo que acontece, que nada se pueda decir, y hacer, en procura de realizar encadenamientos en procura de un objetivo. Lo que se critica es la forma que han adoptado estos encadenamientos. Por otro lado, el hecho de criticar la forma partido no implica en lo absoluto que ninguna forma de organización militante sea posible. Se trata de pensar una militancia organizada de otra manera y, sobre todo, con otros objetivos y métodos. Se trata, en fin, de desabrochar la militancia del partido, de los límites que se ha autoimpuesto y que ya no le dejan ningún espacio para existir salvo el de negarse a sí misma en tanto es lo que es.



Primera parte
La concepción programática de la política


Si buscamos una categoría que resuma el espíritu de las organizaciones partidarias de este siglo, ésta es la de programa. Los mayores esfuerzos de estas organizaciones estuvieron y están encaminados a la definición lo más precisa posible de un conjunto complejo de análisis, hipótesis, lineamientos y conclusiones que dieran la base para el curso de acción. En las batallas libradas entre estas organizaciones, los programas eran, a la vez, el tegumento que mantenía unido al ejército de militantes, un arma sofisticada para el combate ideológico y práctico, y el saldo mismo del combate, en tanto debía incorporar en su seno el contenido de lo aprendido en la batalla. Eran, pues, la idea, la herramienta y la memoria.
No obstante estos enfrentamientos no siempre eran librados directamente entre las organizaciones partidarias. Durante todo el tiempo en que los partidos tuvieron algo que ver con la Izquierda estos programas combatían entre sí apoyándose en ella, haciéndola jugar como un término disyuntor que repartiera inequívocamente triunfos y derrotas. Esta incorporación de la Izquierda en la lógica programática era posibilitada por su transustanciación en términos operables por esta lógica, lo cual volvía a la Izquierda aprehensible y le confería la forma de objeto de la intervención1.
Por otra parte estos programas eran aplicados y defendidos por los destacamentos de militantes que debían ponerlos en juego en el campo del objeto. Portadores de estos programas, los militantes intentaban transformar el objeto con el fin de volverlo apto para la realización de su destino: la revolución. De esta manera se convertían en los ejecutores de un programa.
Es así como, en la lógica programática, cada término ocupa un lugar específico en la disposición del conjunto. En primer lugar tenemos el programa como idea y como memoria, los puntos de partida y de llegada, los cuales deben ser pensados como los extremos de un proceso del sujeto. El sujeto aquí es el programa, y los distintos momentos en que se inviste no son otra cosa que los términos medios de diversas dialécticas por medio de las cuales él se encuentra consigo mismo, en tanto más desarrollado, completo y verídico. En segundo lugar el programa como herramienta es el momento de la praxis; por medio de ella y en ella el programa puede cerrar su círculo de realización. Para que ello sea posible éste debe encontrarse con su objeto y al mismo tiempo ser portado por los ejecutores. Es la dialéctica intermedia entre los militantes, la herramienta y las masas, la que posibilita la superación del programa.
En cuanto a la herramienta, ésta no es otra cosa que el Partido, esto es, el programa en acción. Así adquiere sentido el que se piense, al interior de esta lógica programática, que la organización es una herramienta para que las fuerzas militantes puedan llevar el programa a las masas, es decir, que puedan dirigir una revolución. Dicho en otras palabras: el partido es una táctica. No obstante no hay que perder de vista que si el partido es esta táctica, no lo es respecto a los militantes sino con relación al programa como idea y como memoria. Si el partido es el término medio de la dialéctica secundaria es sólo porque vuelve a aparecer como mediación de la dialéctica principal, allí donde ya no hay ni militantes ni masas, tan sólo el programa en su relación consigo mismo.
Y esto es así porque el partido es el programa. Esto significa que adopta una figura dual. El partido es una herramienta pero es esa herramienta, no pudiendo ser otra. Si el partido es una táctica es esa táctica, y no otra. No hay que confundir mediación con una posición menos importante. En la dialéctica secundaria todo lo que importa es la realización del partido, su capacidad para dirigir a las masas, su efectividad en cuanto herramienta. Es así como surge una figura paradojal: el partido, que estaba llamado a ser el término medio de la dialéctica secundaria, se vuelve lo verdaderamente importante. Y esto sucede por dos forzamientos que fueron hechos en el transcurso de la lógica programática. Por una parte el militante es reducido a la condición de agente, de portador de un programa; por la otra la Izquierda ha sido convertida en aquellas masas por las cuales el programa debe hacerse seguir. El movimiento por el cual el programa es puesto como comienzo y fin no puede resultar en otra cosa que en la reducción del militante a ejecutante y de la Izquierda a una masa-objeto. Esta reducción no puede operar otro resultado, por tanto, que el de su mutua subordinación al Partido.
Existe, sin embargo, una tensión entre partido y programa. Siendo, por su parte, diferentes momentos de un mismo proceso, las fuerzas respectivas de las dimensiones ideal e institucional pueden dar lugar a diversas clases de equilibrio. Las dos clases más extremas son las posiciones reformista y revolucionaria, donde la primera se sostiene sobre la primacía de lo institucional y la segunda sobre la dimensión ideal. No obstante, como posiciones puras son imposibles. El reformismo sin una mínima referencia a lo ideal deja de ser reformismo (la socialdemocracia en la actualidad); del mismo modo, el revolucionarismo sin un apoyo sobre lo institucional no puede ser efectivo (efectivo en sus propios términos y para sus propios fines). En el primer caso el partido adopta la forma de la diversidad atómica bajo la condición de la pérdida casi total de una referencia a los fines. En el segundo caso tenemos el centralismo democrático, bajo la condición de la dictadura del programa. En ambos casos 2 es preciso mantener la dialéctica principal para que la lógica programática tenga un sentido. De todas maneras queda claro que esta lógica se manifiesta en todo su rigor en la posición revolucionaria, dando una forma más acabada al programa tal y como se deriva de la misma. Debido a lo cual es a ésta a la que dedicaremos nuestra atención.
 

Por lo general los programas políticos de la izquierda partidaria revolucionaria -al menos desde la tercera internacional a esta parte- han sido inmensos mamotretos que versaban tanto sobre lo más general -características de la revolución por hacer, del sujeto social que la realizaría y de la organización política que la comandaría- hasta lo más nímeo y pormenorizado -las tácticas ha llevar a cabo. Estaban incluidos en el programa enormes análisis de la situación mundial y nacional y de la etapa y la coyuntura. En síntesis, demuestran un enorme esfuerzo en precisar las dimensiones analítica y predictiva. En términos de la lógica programática podemos decir que la sobreestimación de la dimensión ideal, unida a la necesidad de efectividad, conllevan un reforzamiento significativo de la institución partido como materialidad del programa en tanto proceso.
Para comprender este reforzamiento es preciso avanzar en las características del programa.
a)es definitivo. Determinadas experiencias históricas son aprehendidas por un grupo de revolucionarios y elevada a la categoría de la esencialidad. Se absolutiza esa experiencia y se percibe todo el desarrollo ulterior como una serie de variaciones sobre un mismo tema. El programa es la finalización de un proceso y todo lo que continúa a su sistematización es modificación o completud progresiva de una base que permanece inalterada. De esta manera las nuevas experiencias pierden lo propio de su novedad.
b)su objetivo es recubrir toda la realidad con un sentido uniforme... Un programa así pensado no admite variantes internas; cada una de sus partes es sostenida por, y sostiene a, todas las otras. No admite líneas divergentes o conclusiones alternativas bajo un mismo paraguas. Entonces cada línea, cada conclusión, constituyen un programa; se llega así a situaciones donde pequeñas variaciones que hacen a aspectos quizá secundarios, dan lugar a programas diferentes y, por cierto, a organizaciones opuestas.
b1)...con un sentido único... La única forma de que esto sea así es sometiendo a todo el análisis de situación, toda la concepción de la organización, y todas las premisas teóricas e ideológicas, a una sola y la misma base conceptual. Esta base conceptual es provista por algún teórico-padre-fundador y, usualmente, corregida y aumentada bajo la particular visión de algún intérprete. Es imposible pensar así un programa donde la base conceptual esté constituida por aportes de varios pensadores y/o donde haya más de un intérprete válido. Más imposible es aún pensar una base conceptual donde todos hagan sus aportes, donde esta base esté permanentemente en construcción y donde todos seamos intérpretes.
b2)...y con un sentido sin residuo. Todas y cada una de las partes de la realidad analizada deben tener sentido. Todo debe ser recubierto sin excepción. Este sentido uniforme y único tiene como un corolario obligado el que no haya nada sin recubrir. Esto se manifiesta en la actitud: "hay que tener respuesta para todo", que es una tradición en la izquierda clásica. Pero hay otra cuestión ligada al recubrimiento total de sentido y que es: todo debe tener sentido a partir de una y la misma base conceptual; lo que no entra en esta base conceptual sencillamente no existe, o se trata de un análisis distinto y, por definición, equivocado. Además este sentido debe estar dado, actual o potencialmente, desde un mismo comienzo. Todo lo que está por venir no puede ser entendido, de esta manera, sino como una variación de lo mismo en lo mismo, o como un agregado que confirma y desarrolla lo que ya existía. En el fondo esta es la visión de Hegel, en la cual todo lo porvenir -incluido el fin de la historia- ya está contenido en el comienzo: teleología. De esta manera se cierra el círculo, porque todo es circular en la concepción de programa tradicional.
c)lleva a la prevalencia del principio negativista en la definición de la identidad. Por la misma minuciosidad del programa, por el carácter muchas veces insignificante o inimportante de la diferencia, se da el caso en que este tipo de programas lleva a insistir en la diferencia minúscula como criterio válido y suficiente para la separación. Es el caso de teóricos-padres-fundadores iguales e intérpretes distintos.
c1)sin embargo otras veces se da el caso en que las diferencias son más o menos importantes, como en la separación entre corrientes globales que adhieren a bases conceptuales alternativas. En este caso las diferencias son grandes, pero entonces opera la ley de la oposición absoluta de bases conceptuales diferentes: cada corriente desarrolla un camino distinto, prácticamente sin contacto con las otras, desarrollando en su soledad y en el encierro de su caparazón, una evolución separada que, o bien las lleva a destinos inconmensurables, o bien las acerca en algunas de sus conclusiones a partir de puntos de partida divergentes. Pero en este último caso se desata el instinto de conservación propiamente identitario-negativista y se recurre a cualquier minuciosidad para mantener bien separadas las cosas y evitar la contaminación.
d)todos los que adhieren a esta concepción del programa juran que lo entienden como a una "guía para la acción" y nada más. Pero se trata de una guía que nunca cambia nada de lo esencial y que no tolera ninguna contaminación. Así, se convierte en la guía para la acción, por lo que ya no es ninguna guía sino una dirección exclusiva, un camino predeterminado hasta en sus últimas consecuencias.
e)es parte de un continuum de una tradición histórica, en tanto la historia es también un continuum 3 en sí misma, un desarrollo progresivo. Lo que sucede en la historia después es, por definición, superior y mejor de lo que sucedió antes. Todas las experiencias son continuación no contradictoria y no diferente de las anteriores. Lo que fue determinó lo que es, y lo que es determinará lo que será. Y sin residuo. Y como los programas reflejan estas experiencias, el programa actual es superior y mejor a los anteriores. Pero mejor en la igualdad esencial, porque lo que fue, lo que es, lo que será, todos pertenecen a la misma secuencia y son de la misma naturaleza. Se parte del presupuesto de que los ensayos y experiencias anteriores del movimiento de masas nos deben hacer partir de un nivel superior en el marco de lo mismo, pero es impensable la posibilidad de partir de un nivel distinto, ensayar otro camino. Es imposible pensar la historia como ruptura, como el surgimiento de formas totalmente distintas. Es imposible, por tanto, pensar al programa como ruptura, y como ruptura permanente. Es impensable que el programa, así como las formas históricas de las experiencias populares, fenezcan, o se transformen en aspectos verdaderamente significativos.
f)uno de los corolarios de todo lo anterior es que este tipo de programa está solidaria e íntimamente unido a un hambre voraz de identidad. El programa es un medio de separación, de distinción, un instrumento que permite definir claramente y sin lugar a dudas dónde termina una organización y comienzan las otras. Por la misma razón permite definir dónde se separa lo verdadero de lo falso, cuál es el punto de partida de la línea justa y dónde comienza la contrarrevolución enmascarada. Esta hambre voraz de identidad es completamente paranoica, y por su propia dinámica interna lleva a un reforzamiento progresivo de esta paranoia, pues es preciso, para sobrevivir, estar permanentemente preparados para resistir la perfidia del enemigo que se viste como nosotros y parece un revolucionario, pero que no lo es. Obviamente no siempre se llega a este extremo, pero está implícito siempre como posibilidad en esta tendencia. Mientras las tensiones no lleguen a su clímax, mientras la revolución no esté a la vuelta de la esquina, todo puede pasar meramente por la indiferencia y la negación simplista de los otros. Pero cuando "se viene" la revolución es inevitable que se desate el combate entre los partidos, habida cuenta que el éxito o el fracaso dependen exclusivamente de la victoria del programa del que cada partido es su materialización. Ya sabemos que la justificación de tal actitud guerrera está presente en todas y cada una de las instituciones partidarias: dada la existencia de otros partidos, portadores de diferentes programas equivocados, y dada la ferocidad conque cada uno de ellos combate por la afirmación exclusiva de su perspectiva, "no nos queda alternativa", dicen, que actuar con una ferocidad aún mayor. La lógica programática llevada hasta sus últimas consecuencias solo puede terminar con la victoria completa de uno de los partidos y el exterminio de los otros 4.
g)el programa "no puede" desaparecer. La muerte de un programa está excluida como posibilidad pensable, de la misma manera, y por la misma razón, que no puede ni siquiera pensarse en la muerte de una organización. La desaparición de un programa es vivida como una catástrofe, como la pérdida de todo sentido, en la medida en que ese programa era el sentido. La desaparición del programa es el fin de una identidad, de la única verdadera identidad. Por tanto, y de acuerdo a lo expresado en el punto f, esto es vivido como la pérdida de los parámetros de lo verdadero y lo falso, la caída en lo indiferenciado, que es otra de las formas de denominar a la muerte.
De todo lo anterior se desprende que no podemos pensar la lógica intrínseca de estos tipos clásicos de programa si no lo ponemos en íntima conexión con el problema de lo institucional. Un programa así entendido es la visión idealizada de una organización. Nos es posible aquí, pues, repensar la dialéctica principal de la lógica programática a la luz de nuestras investigaciones. Los tres momentos de la idea, la herramienta y la memoria no pueden ser pensados ni realizados fehacientemente si no es a partir de la materialización del conjunto en el segundo momento. Así como el programa ideal no puede existir a menos que esté corporeizado en una institución partido, así tampoco el programa como memoria puede recobrarse si no adopta la forma de un enriquecimiento de la institución. En tanto una organización revolucionaria se piensa a sí misma como un germen de la futura revolución, y a su pensamiento y acción como los medios de alcanzarla, el programa se vuelve, entonces, el sendero por medio del cual se unirá la situación presente con la deseada. El programa es otra forma de denominar al autodesenvolvimiento del partido, es el partido bajo la forma de proceso. Pero como el partido debe ser siempre el mismo a través de sus modificaciones y períodos, de ahí que el programa no sea más que lo mismo que se modifica sin dejar de ser lo mismo. Es como el Espíritu Subjetivo que debe pasar por todo un proceso de alienación en lo Objetivo para convertirse en su propio vástago.
Las características formales del programa están, pues, inexorablemente ligadas a las características propias de la institución política. Por tanto, un cambio en la forma de pensar la organización política debe llevar, necesariamente, a una modificación radical en el modo de pensar los programas.


El partido y los militantes


En el apartado anterior veíamos que el pasaje del partido a ocupar la posición verdaderamente importante en toda la lógica programática era posibilitado por dos forzamientos. El primero de ellos es la conversión del militante en agente portador del programa. Esta conversión implica que el militante no lleva consigo la necesidad de convertirse en tal cosa, que ésta es el producto de su involucramiento en la lógica programática, de su inclusión en un partido. Sin este forzamiento el partido simplemente no podría existir. Es importante aclarar que tal forzamiento no es exclusivo de las organizaciones burocráticas o totalitarias de la izquierda revolucionaria 5. Este carácter burocrático solo da cuenta de que se ha tomado bien en serio y sin culpa el asunto de la efectividad, asunto que unido al principio ideal nos da como resultado una organización con posibilidades de ejercer su dominio real.
Para pensar este forzamiento debemos hacernos dos preguntas: ¿cómo se forma un militante? y ¿qué hace la estructura partido con él? Cuando pensamos en el surgimiento de un militante, salvo cuando lo hace por una moda, tenemos que dar cuenta que el punto de partida es un distanciamiento con el orden dado de las cosas, una actitud crítica que no encuentra un objetivo que sea exclusivamente esencial. El militante surge criticándolo todo y cada una de las partes del todo; es más: no puede parar de criticarlo todo, es algo más fuerte que su voluntad. Este militante es, justamente, un acontecimiento en sí mismo, algo que no estaba previsto en absoluto pues todo lo que había entrado en su cabeza tenía por destino el volverlo un número más en este mundo alucinado. Pero no lo es, porque es producto de una falla. El militante es una verdad producida que conmueve su entorno y genera fuertes ondas concéntricas que repercuten en su alrededor. El militante no puede estarse quieto y de este modo transforma su entorno más inmediato. Pero no lo hace "a propósito", sino que no puede conducirse de otra manera. La militancia no es una opción. El militante simplemente es un exceso de la situación, y no puede más que serlo.
El militante es un múltiple en sí mismo. Todo le molesta, y no hay nada en particular que le moleste más que otra cosa. Se revela contra la hipocresía tanto en su familia como en su escuela, en su grupo de amigos, en su vecindario, en su trabajo, etc. Al mismo tiempo quiere hacerlo todo y de todo: no está restringido a la política como actividad profesional exclusiva. Pero esto es lo que logra su incorporación a los partidos. Estos lo mutilan en su multiplicidad, lo reducen, como reducen a los acontecimientos en general, a una sola de sus dimensiones: militante político profesional 6. Entonces todo que lo conmovía, que era múltiple, ya no lo conmueve más. ¿Cómo se logra esto? Pues convenciéndole de que los problemas de la humanidad trabajadora están jerarquizados, que hay que atacar los problemas desde su cúspide, socavando al poder burgués, tomando el poder, haciendo una revolución (como si fuera un deus ex machina) y que a partir de ello se derivarían en cascada las soluciones para todos los problemas de la humanidad. El militante se vuelve insensible a todo lo que, en un comienzo, lo sensibilizaba. Está como anestesiado para todo lo que no sea la toma del poder. Mutilado, con las alas mochas, ya no puede ser otra cosa que un despojo conmovedor, una máquina política. Lo que ha perdido es su móvil inmanente, supliéndolo por otro trascendente, el fin de la revolución.
Esto no significa que deba evitarse una visión de conjunto, y concluir que es preciso derribar el sistema por completo para avanzar en una vida que merezca ese nombre. Pero esta visión de conjunto no debería segar la multiplicidad que el militante es. Todo esto nos lleva a una teoría del militante que hay que construir, y que es uno de los objetivos de este trabajo.
Que el militante se vuelva un número que fabrica números solo se puede lograr mediante su subordinación a una lógica que le trasciende y para la cual él no es otra cosa que un ladrillo más. El partido se construye reventando militantes y reduciendo a los despojos que sobreviven a la condición de máquinas 7.
Este forzamiento es, entonces, la recuperación del militante como acontecimiento para la lógica del orden. Pero esta recuperación es la condición de posibilidad de existencia del partido, pues éste es un orden residual. En el doble movimiento de restricción de la Política a los fines del programa y los medios de realizarlo, y de conversión del militante en agente y soporte de lo que queda de aquella, vemos como todo se dispone para habilitar una lógica programática y de partido que comienza a girar alocadamente sobre sí misma. El militante es extraído de sus entornos naturales o creados por él y reimplantado en una institución que no puede ser más que paranoica, pues se funda sobre el olvido, y más aún en el olvido del olvido, de aquello que diera origen al militante en tanto tal y que permanecerá como reprimido. La institución partido es un organismo cuyo fin es evitar el retorno de lo reprimido bajo su forma original, no pudiendo evitar que lo haga de muchas otras maneras, siendo la más difundida la de la pérdida de todo interés y la militancia a desgano.
La otra consecuencia importante derivada de la extracción del militante de su medio, y de la reducción de su multiplicidad, es el empobrecimiento de la Izquierda en tanto tal, esto es, el aumento en las posibilidades del cierre de la crisis, respecto a la cual el militante era su producto más genuino. Esto cumple un papel para nada despreciable en el segundo forzamiento al que hacíamos referencia: la conversión de la Izquierda en objeto. 

Repensar la izquierda, reescribir su historia


Es preciso reescribir la historia de la izquierda. La corriente dominante -absolutamente dominante- quiere que esta historia sea una genealogía. Así, cada corriente o partido o tendencia política de izquierda debe ser inscrita en una larga genealogía donde sea posible definir con precisión quien ha sido el padre y quien el hijo. Esto es lo mismo que decir que la historia de la izquierda es la historia de sus partidos. O, de otra manera, esta historia es vista como la de lo escrito, más que la de aquellos que la escribieron, el modo y los objetivos por lo que lo hicieron, y las corrientes subterráneas que constituyeron el referente límite sobre el cual se escribió. Reescribir la historia de la izquierda es prestar atención a lo que cada vez constituyó un emergente social histórico que fuera sobrescrito por organizaciones (partidos) en su propio lenguaje y de acuerdo al imaginario que cada una de ellas tenía por identidad y programa.
Por dar el ejemplo más común, piénsese en la identificación que existe entre la historia de la revolución rusa y la historia del partido bolchevique (comunista). Ya sea que uno lea a Trotsky o a la versión "oficial" del PCUS se encontrará con que todo pareciera llevar, desde un comienzo, hacia el desenlace de octubre. No es que las polémicas internas a ese partido (como a todos los otros que existían en Rusia) no tuvieran su efectividad particular, sino que pareciera que ellas ocuparan todo el universo político; como que éste carecería de significación si no fuera por la acción de los partidos. Pero por debajo y por detrás existió una historia que fue la de las inmensas masas que la hicieron, ese colectivo anónimo que excedió con mucho a lo que pudiéramos pensar como partidos. Es una historia plurilingüe que habla de rupturas profundísimas con todos los niveles de lo instituido. En los setenta años previos a Octubre las masas rusas experimentaron transformaciones inconmensurables en los modos de percepción y significación de una realidad que, por ello mismo, era reconstruida a la luz de estas modificaciones radicales. Esta es la historia del hijo de campesino que va a Moscú o Petrogrado y que en ese viaje siente explotar el mundo tal y como lo habían vivido por generaciones sus antecesores, incorporándose al torbellino de la vida ciudadana y experimentando una revolución en su vida y en sus ideas que lo llevará a incorporarse a la lucha política (en un principio terrorista) contra las instituciones zaristas. Es la historia del obrero que ve levantarse a su alrededor ciclópeas fábricas donde encuentra a miles y miles como él, lo que le permite hacer una experiencia social inédita de colectivización. Es, también, la historia de los soviets de 1905, la de unos obreros que de la nada crean una organización autónoma que por primera vez en la historia de Rusia inaugura la existencia del obrero como fuerza política separada, con métodos, organización y proyectos propios. Por último, es la historia de 1917, la de una experiencia múltiple y colectiva de 12 años que da a luz a los consejos de fábrica, otra creación original que redefine al obrero como capaz de tomar en sus manos su propio destino y de fundar una nueva sociedad que signifique el fin de toda opresión y explotación. Pero toda esta riquísima historia, que fue lo que fue haciéndose, fue posteriormente sobrescrita por el partido triunfante que tomó las riendas de la gestión social.
En fin, reescribir la historia de la izquierda es desatarla de esa junción privilegiada, incluso única, con la cuestión del partido. Sólo esta actitud permite entender acontecimientos como Kronstadt, o las guerrillas maknovistas que recorrieron al campo ucraniano. Incluso este último acontecimiento resquebraja sin remedio la sobrescritura bolchevique. Desde antes de Octubre miles de campesinos y artesanos de Ucrania construyeron una organización y establecieron una política que era impensable según los parámetros del Partido y, por supuesto, según la historia escrita por él. Se trata de un movimiento originalísimo de organización campesina con objetivos revolucionarios, construida con una amplia independencia (lo que no podía ser de otra manera dada la separación que existía entre la ciudad y el campo) respecto a lo que sucedía en las ciudades. El destino tanto de Kronstadt como de la guerrilla maknovista fue exactamente el mismo: testimonio de una historia que se escurría por todos los costados respecto al molde impreso por la lógica de partido, fueron literalmente exterminados. Así la historia volvió a "su" cauce. De más está decir que poco fue lo que escribieron los soldados, marineros, obreros y campesinos que participaron en estos acontecimientos. Ellos escribían la historia a su modo, haciéndola. El hacer en la historia no se puede identificar, por tanto, con la cuestión del partido.
Sin embargo esto es lo que ha sucedido. A pesar que la izquierda, y su historia, no pueden reducirse a la dimensión de partido, que en ocasiones la exceden tanto que terminan siendo otra cosa, incluso la contraria; no obstante, de acuerdo a las características del programa y del partido enumeradas al comienzo, se opera un recubrimiento total y uniforme del único y mismo sentido, que progresa como en un continuum haciendo que la historia se convierta también en un continuum, culminando en la definición de una guía-dirección única que no admite que nada se le escape. Este es el sentido de lo que llamamos segundo forzamiento, o conversión de la Izquierda en objeto.
Debido a ello es inevitable que, periódicamente, la Izquierda y su historia entren en conflicto con el sistema-partido y su modo de concebir la historia. Pero, entonces, ¿qué es esta Izquierda que puede, y en el límite debe, entrar en conflicto con la lógica de partido?
Izquierda es el nombre de un movimiento mutante que atravesó y sigue atravesando a inmensas masas de seres humanos (en lapsos prolongados o por momentos minúsculos; penetrando toda su existencia o apenas arañando su epidermis) y que se refiere al momento de ruptura con el orden instituido, a su puesta en cuestión como orden natural de las cosas, y a las acciones y formas organizativas a las que da vida, y en las cuales se manifiesta, en todos y en cualquier orden de la existencia. Es el costado de crisis y falta de cierre de un orden construido en una etapa histórica muy prolongada en la cual se ha vuelto lícito preguntarse sobre la legitimidad del orden mismo, el cambio y la transformación individual y sociales son pensados como posibles y surge la noción de proyecto y prefiguración de futuro (las utopías son el primer emergente). Un costado que implica la investidura de deseo de los campos colectivos de organización, de pensamiento, de decisión y de acción.
Este movimiento, o dimensión siempre presente a partir de la apertura de esta época (llamémosla, por comodidad, moderna), se manifiesta ya, en la emergencia histórica del individuo, como un distanciamiento respecto al orden de la repetición (en el nivel individual) y la tradición (en lo social). Esto puede parecer una base miserable para cualquier militante de partido pero este parecer se derrumba apenas nos preguntamos sobre las condiciones sociales que han hecho posible la existencia efectiva y las nociones mismas de militante y partido; pero también las de la Política, como actividad, más o menos consciente, dirigida a un objetivo de transformación social, pero sobre todo como esta misma transformación social en acto. Pues si la Izquierda es el momento de ruptura del orden, la Política es la serie de sus consecuencias, el conjunto de pensamientos y haceres que escapan a la reducción de sentido que el orden busca imponerles. La Política es lo que se abre toda vez que la Izquierda sucede. Son por ello la base que permite que surjan a la vida creaciones tales como el partido, pero que no se reduce a él, ni a su lógica. No obstante la lógica de partido pretende apropiarse de esta base como un nuevo orden, como una especie de orden residual que funcionaría intentando recubrir ahí donde el orden principal fracasaría.
Esto puede sorprender a primera vista, pero si se mira bien de cerca se podrá notar que el orden y su crisis no pertenecen a dos mundos separados, sino que son parte de la misma realidad y se manifiestan en todas sus dimensiones y momentos. En verdad se trata de un movimiento ilimitado e indefinible que se abre con el desmoronamiento del mundo tradicional y que implica, entre otras cosas, el estallido del sentido y la precarización de la representación. No solo ahora es posible una multiplicidad de sentidos sino incluso que estos sentidos sean puestos por nosotros mismos para nosotros y para lo que pensamos y hacemos. La diferencia con la situación previa es que la construcción de un sentido uniforme y sin residuo, que hasta entonces podía recubrir por completo la vida social e individual, se encuentra con una base que ha mutado y que le resulta esquiva a sus propósitos. Surge entonces un nuevo tipo de orden, más flexible, más apegado a lo que pretende uniformizar, incluso materialista, pero que de todas maneras no puede funcionar más que fallando aquí y allá, hasta llegar a periódicas catástrofes. Este orden es la lógica programática y su vástago, el partido.
La izquierda es lo que no se deja uniformizar, lo que escapa a este intento radical del orden instituido por reducirlo todo a su propia lógica y lenguaje. Por ello la historia de la izquierda es una historia residual, casi no escrita, casi imposible de escribir, pero que se hace. Es lo que es en el modo de lo irrepresentable, en el modo de la creación, de lo excedentario o emergencia de lo nuevo no determinado y no determinable y que por ello no solo es irreductible al pensamiento y la acción tal y como se concebían sino que los transforman y permiten concebirlos bajo una nueva luz.

La objetualización de la Izquierda


No obstante no hay que perder de vista la tremenda efectividad y realidad que han poseído los partidos en su recubrimiento casi sin defecto de la izquierda durante un largo período. Esto nos debe llevar a pensar en que la Izquierda, si bien es irreprensentable y múltiple, puede ser forzada a entrar en la lógica programática y ser subsumida en el partido; por la misma razón nos permitirá ubicar mejor qué es lo que ha cambiado en la naturaleza de su ser como para que la situación no pueda seguir siendo la misma.
Explicábamos antes que la Izquierda es el costado de crisis y falta de cierre de un orden instituído, y que ello se debía a que los intentos por ordenar la realidad en la época "moderna" se encontraban con una modificación radical en el referente que lo volvía inepto para ser recubierto completamente por un único y mismo sentido uniforme y homogeneizador. Pero esto no significa que no pueda ser recubierto y homogeneizado parcialmente y en grados variables. La razón principal para que esto sea así es que este movimiento mutante de crítica y cuestionamiento del orden instituido, que es la Izquierda, posee una lógica propia de movimiento que es imposible eludir. Dos son las consideraciones que se abren a nuestro pensamiento:
  • La historia de la izquierda es una historia en negativo, una historia residual. Va construyendo su propia lógica pero no lo hace por un camino separado al del orden instituido sino como exceso, crisis y apertura de este orden. Esto implica que su ser no es, ni puede ser, el ser determinado tal y como se manifiesta en el orden. Es un ser determinante que abre otros senderos. Pero a cada paso tiene que formalizarse y expresarse y no lo puede hacer de otro modo que tomando los elementos conceptuales y las herramientas teóricas disponibles hasta el momento. El orden, es, cada vez, entre otras cosas, un orden simbólico. En su atadura a lo imaginario este orden es concebido, y adquiere una existencia eficaz, en tanto sistemático, concluso, unívoco y total. En cuanto no puede dejar de penetrar en todo lo que emerge (justamente para normalizarlo) alcanza permanentemente su objetivo. El problema que surge aquí es que la necesidad de formalización -de ser pensada- es recubierta por la demanda de normalización, propuesta por el orden simbólico dominante y por el imaginario instituido.
  • Lo que es lo mismo, mirado de otro lado: la izquierda no ha alcanzado a constituir una formalización y una teorización acordes y, sobre todo, fieles, a su propio modo de ser. Los programas y partidos son un episodio de esta incapacidad, pero en general lo han sido todos los modos de pensamiento y acción hasta ahora: el sindicalismo, el basismo, el vanguardismo, etc. Las formalizaciones sovietistas y consejistas han sido las que más han conseguido un valor no normativizador, en cuanto se fundaban en la fidelidad al acontecimiento y a lo propiamente emergente de la izquierda: organización de la clase en cuanto clase en su ser ahí (lo que incluía, por supuesto, su por-ser, su ser en movimiento, su proyectualidad), pero rápidamente fueron recubiertas (no sin cierto esfuerzo) por la lógica de partido y de programa correspondiente.
Retengamos la diferencia entre formalización y normalización. Es incorrecto pensar que la Izquierda es informalizable, que no puede ser pensada. Ciertamente lo es (lo ha sido). El problema es que esta formalización ha sido hecha violentando su naturaleza, imponiéndole una representación surgida del riñón mismo del orden simbólico que pretende que la Izquierda, como costado de crisis, no exista, pensándola en términos sustancialistas, como si tuviera un ser de la misma naturaleza que la del orden social dominante. Esta representación ha sido tanto reformista como revolucionaria, resultando en ambos casos en una imposición de la lógica sistémica propia del orden: el partido que representa a la izquierda sustancializada y a los intereses históricos de la clase, el partido que pretende superponer una lógica a una masa que por sí es considerada como amorfa e incapaz de asumir y producir una forma propia; el partido que define un objetivo estratégico que la clase debería alcanzar y que, debido a ello, puede precisar el momento de desarrollo de la conciencia de clase y de su organización como un menos o un más en referencia a este parámetro puesto por él; un objetivo estratégico que no surge de una interpretación de la realidad de la izquierda tal cual es (su sucedáneo es la táctica, como medio de acercamiento a la estrategia predefinida) sino que se le impone de acuerdo a una derivación lógica a partir de premisas definidas de una vez y para siempre. Esto es lo que llamo normalización. Es la idea de que para que la clase obrera, o cualquier sector refractario al orden instituido, se constituya en una fuerza política es preciso que asuma una forma organizacional y programática en el mismo lenguaje que el enemigo que procura enfrentar; también la idea de que el terreno en disputa es el mismo, y que las dos fuerzas antagónicas combaten entre sí por un objetivo que tienen en común, por ejemplo el poder.
Esta normalización ha sido realizada históricamente: es lo que llamo objetualización o conversión de la Izquierda en objeto. Si lo ha sido fue como resultado de aquellas dos consideraciones. La capacidad política proletaria de desencadenar efectos a partir de la apertura que es la Izquierda ha tenido que encontrarse con los esfuerzos de pensamientos (nobles o innobles, intencionadamente libertarios o burocráticos, para el caso es lo mismo) que, al intentar ordenar y dirigir las fuerzas desatadas por esta situación, no lograron otra cosa que subsumirla bajo una lógica que no le correspondía. El Socialismo Científico es, quizá, el episodio más significativo de esta subsunción. Esta forma de pensamiento se distanció cada vez más del pensar en y con esta capacidad política hacia una dirección que la ubicaba como pensamiento sobre esta. La pretensión del Socialismo Científico de lograr una determinación del movimiento de la historia que garantizara el derrocamiento del capitalismo puede considerarse ciertamente loable en sus intenciones, pero completamente desastrosa en sus resultados. Lo que se cuestiona no es el intento por echar alguna luz sobre el movimiento global de la sociedad y de la economía, sino la pretensión de fundar sobre este conocimiento una Política. La Política deja de pertenecer, entonces, al orden de lo instituyente para pasar a ser una consecuencia del orden de lo cognoscible: la teoría determina la acción y no hay revolución sin teoría revolucionaria previamente elaborada.
Este encuentro entre la capacidad política proletaria y el Socialismo Científico 8 tuvo éxito. Un éxito enorme. La razón del mismo yace en la enorme confianza que dio a las masas obreras sobre la posibilidad de su emancipación social. En el aturdimiento de una vida cotidiana de luchas incesantes y sin destino aparente, estas masas se encuentran con que hay un sentido para todo lo que hacen. Habría una finalidad en la historia, al fin de cuentas, y ese fin sería nuestro. Esta confianza, y la tranquilidad que conllevaba, no podían más que provocar un giro brusco en los movimientos proletarios, poniéndolos ahora en función no ya de lo que creaban por sí mismos, de lo que ponían en y por su pensar y hacer inmanentes a sus luchas, sino en dependencia de un programa. El dominio del programa, de esta teoría revolucionaria, abrió una nueva época en la lucha de clases. Como la teoría era la que iluminaba la acción, y como la teoría era científica, no podía suceder otra cosa que el surgimiento de los especialistas en política, los políticos profesionales. El marco de organización de estos políticos profesionales es el partido y este partido es el encargado de llevar la teoría a las masas, para así poder dirigir su liberación.
A partir de esta nueva situación se abre todo un proceso de debate al interior de los partidos. A la tranquila ilusión de la socialdemocracia en el devenir progresivo del socialismo le siguió, a partir del trauma que para esta ilusión resultó ser la primera guerra mundial, una vacilación inquietante que conmovió a lo más progresivo de la militancia partidaria. La mirada se vuelve entonces a la Izquierda y a la Política que ella abre. Si las predicciones científicas ya no son tan infalibles, entonces ¿dónde buscar la capacidad política proletaria, dónde encontrar la ruptura con un orden burgués cada vez más eficaz? Esta pregunta atraviesa todo el trayecto del cual surgiera la tercera internacional y sus partidos comunistas. El desmoronamiento de la confianza y la ruptura de la tranquilidad que habían fundado la adhesión de las masas obreras al Socialismo Científico estaban ahí. ¿Cómo restaurar esta confianza sin demoler el conjunto de la lógica programática que había dado a luz y sin poner en cuestión a los partidos que eran sus portadores?
La respuesta a estas preguntas atormentó a los partidos de la tercera internacional. De sus respectivas respuestas se abrieron líneas opuestas de pensamiento que no tardaron en chocar entre sí. En líneas generales se perfilaron dos grandes bloques de pensamiento. Por un lado aquel que intentó pensar el quiebre del optimismo progresista pero sin salir fuera del marco heredado. Por el otro se orientaron aquellos que concluían que la experiencia vivida había dado por finalizada una etapa, la correspondiente a la lógica programática y de partido.
La primera corriente tuvo, a su vez, dos alas importantes: la leninista y la luxemburguista. La conclusión que extrae la primera de la experiencia de la guerra es que la solución pasaría por la definición de una teoría verdaderamente revolucionaria unida a la construcción de un partido de cuadros teóricos bien formados. Para sus integrantes el problema no radica en lo absoluto en la concepción programática de la política sino en la traición de la socialdemocracia, en su burocratización y apego al orden burgués y en su concepción de partido excesivamente amplia y poco disciplinada. Como vemos la solución propuesta pasa por agudizar la lógica programática por el lado de su dimensión ideal (recuperar el verdadero programa contra la traición reformista) y de la efectividad práctica (el tipo de partido de cuadros). Contra el orden burgués: el orden socialista. En cuanto a los luxemburguistas, seguramente influenciados por la erupción de los consejos obreros de Baviera y otras regiones de Alemania, éstos intentaron dar cuenta de la profunda crisis que la guerra había traído sobre toda la concepción programática pero buscaron una solución de compromiso. El énfasis estaba dado, en este caso, en el intento de conciliación de los partidos y los programas con la autonomía obrera y la cuestión de los consejos. Para los integrantes de esta ala los partidos comunistas deberían subordinar su lógica a los consejos obreros, pero sin perder su integridad en tanto partidos, principalmente debido al combate que habría que librar contra los reformistas que habían copado la dirección de los consejos. Contra el reformismo en la dirección de los consejos: una dirección comunista oculta, igualmente disciplinada y centralizada, que garantizara y cuidara una orientación revolucionaria.
La segunda gran corriente, la ligada a Pannekoek y otros comunistas de Holanda, comenzó a realizar una crítica vigorosa de la concepción programática que, siendo similar a la luxemburguista en cuanto al reconocimiento de los consejos obreros como el organismo global de organización y acción de la clase, se distanciaba de ella al reconocer que esta opción implicaba el abandono de la lógica programática y la crítica terminante a la noción de partido. Esta corriente encontrará su continuación en tendencias como Socialismo y Barbarie y la Internacional Situacionista, y en militantes como Castoriadis, Debord, Negri y otros. Por otra parte fue una fuente de inspiración para todo el movimiento consejista europeo que va desde fines de los ‘60 hasta mediados de los ‘70. Más allá de los límites de esta corriente es preciso reconocer que se constituyó como la alternativa al pensamiento programático y partidista que fuera hegemónico sobre todo a partir de la toma del poder por los bolcheviques en Rusia (incluyendo a leninistas, trotskistas, maoístas, guevaristas, etc.).
Así como el Socialismo Científico promovió una confianza de las masas obreras en un destino comunista más allá de lo que hicieran voluntariamente, del mismo modo el éxito logrado por los bolcheviques en Rusia renovó la confianza perdida durante la primera guerra, pero esta vez el éxito ya no estaría garantizado por el desarrollo histórico sino por el forzamiento a realizar por un partido de militantes profesionales dirigiendo a las masas hacia su destino con la ayuda de un programa revolucionario. De la confianza en la Historia se pasa a la obediencia al Partido; del culto al Progreso al culto al Líder. Lo que queda por fuera en ambos casos es la capacidad proletaria para fundar una política por sí misma.
Justamente fue la negación de esta capacidad proletaria uno de los objetivos de la teoría leninista de la organización. Para realizar este objetivo, lo cual era imprescindible para fundamentar una fe ciega en el partido, esta capacidad proletaria fue recobrada al interior de la teoría, pero invirtiendo su posición. De ser fundante pasa a ser una consecuencia de la acción sistemática y permanente del partido. Si las masas pueden fundar sus organizaciones autónomas de poder, esto solo es posible si están dirigidas por el partido. Las masas pueden formar consejos, pero su carácter revolucionario solo puede estar garantizado por el partido comunista 9. Un soviet no tiene valor en sí; este valor es otorgado por el partido, en tanto que reconocido como su dirección. Según la teoría programática las masas obreras no pueden por sí solas lograr la autonomía. Sin la guía de la teoría caerán en el espontaneísmo no revolucionario 10. Pero según el ejercicio práctico del poder bolchevique las masas no deben ser autónomas, sino que lo que más les conviene es someterse a su dirección indiscutida, a la dirección de los que saben qué es lo mejor para ellas. Si el reformismo es administrativista y burgués, el bolchevismo es policíaco y burocrático 11.
Para empezar a terminar con esta normalización es preciso abandonar esta lógica superpuesta. Es necesario lograr una formalización que no normalice, lo cual implica un enorme esfuerzo teórico y práctico que hasta hoy apenas ha sido iniciado. Una formalización acorde a la naturaleza y al modo de ser del referente Izquierda debe intentar respetar su carácter. Este objetivo lo intentaremos alcanzar en la segunda parte del trabajo.
Sin embargo tenemos que responder aún a esta otra pregunta: ¿cómo y porqué ha sido posible que pensáramos en la Izquierda de esta manera? ¿Se debe, exclusivamente, a un ejercicio de nuestra imaginación, a una elaboración diurna de nuestros sueños? ¿O estaríamos autorizados a pensar en que algo ha cambiado en la Izquierda y en la realidad toda que nos permitiría descubrir este su ser como costado de crisis y límite del orden, como un algo más a lo que ha sido representado según la lógica de partido?

La izquierda y su referente: la crisis terminal


Toda una tradicional forma de pensar la organización política está en crisis terminal. Similar destino tiene la forma correspondiente de pensar los programas. Estamos presenciando un momento de quiebre trascendental en lo que hace a los modos de pensar la organización, la acción y el pensamiento políticos. Las organizaciones tradicionales de la izquierda, con sus programas monumentales y excluyentes, con su existencia independiente de los militantes que las componían, están dejando el paso a una multiplicidad de ensayos tendientes a la conformación de pequeños grupos de acción que no pretenden, o apenas pueden soportar, una instancia organizativa que los trascienda. El partido como institución inmortal construida con moléculas mortales está dejando paso a una institución que no puede tener más vida que la de sus componentes. El partido como proceso de modificación y completud de lo mismo en lo mismo comienza a dar lugar a pequeñas organizaciones que enfrentan el cambio sin la presencia de parámetros rígidos ni bases conceptuales incuestionables. El cambio de intérpretes o hasta de teóricos-padres-fundadores cede su espacio a la ausencia de los mismos o a su extrema debilidad. El problema a resolver adquiere un estatuto superior a los marcos interpretativos e institucionales en los cuales se busca darles una respuesta.
Obviamente todo el proceso se da de un modo muy entremezclado, donde las viejas formas de entender lo político se cruzan con la situación emergente. Así tenemos una pluralidad de variantes que incluyen los intentos de algunas de las organizaciones emergentes por pensarse bajo los antiguos parámetros. Sin embargo es notable el fracaso de estos intentos. La razón de estos fracasos está dada por la incongruencia radical entre lo que emerge y el pensamiento heredado con el que todavía se le pretende dar una respuesta y entenderlo. Pero no podría ser de otra manera: las grandes transformaciones políticas suelen desarrollarse más rápido que las formas conceptuales con que se las analizan y comprenden. Nosotros mismos somos un resultado de esta nueva situación y tenemos las mismas dificultades para comprender lo que nos pasa. En las dificultades que tiene el nuevo movimiento para pensarse colabora también la acción de la vieja izquierda, que busca por todos los medios fagocitar esta proceso sin transformarse en lo esencial. Un ejemplo de esto lo encontramos en el discurso sobre la autoorganización.
Este tema de la autoorganización parece convertirse cada vez más en un leitmotiv apto para todo terreno. Lo encontramos profusamente propagandizado en organizaciones de viejo cuño, como el POR, el MST y el PTS. Pero para ellos la autoorganización es tal en la justa medida en que lleve a… los objetivos y métodos que el partido ya había definido como los verdaderamente correctos. Ella está prevista en los diferentes programas de acción. Para el POR pasa por las asambleas y su carácter resolutivo y por la capacidad de las masas en abandonar las viejas direcciones, pero a condición de adoptar el programa de transición o al menos su hermano menor: el "pliego único de reivindicaciones" que aparece una y otra vez en sus periódicos, página 2, abajo; el PTS lo identifica con los cuerpos de delegados y organizaciones del tipo del CGH de México; el MST dice querer la autoorganización pero da una importancia fundamental a la participación en organismos directivos de sindicatos y centros de estudiantes. Ninguno de ellos ve la autoorganización como lo que verdaderamente es: como lo que las masas van creando en el transcurso de su lucha y como la transformación radical en el modo en que ellas mismas puedan percibirse; como el surgimiento de lo nuevo que es producto de una creación social muy compleja que en absoluto es enteramente previsible. El mejor ejemplo de todo esto sigue siendo los soviets y consejos fabriles europeos. La actitud de los partidos comunistas fue fagocitarlos, incorporarlos como mediaciones al partido y, donde esto no fuera posible por la resistencia obrera, destruirlos. Los partidos de la izquierda tradicional son verdaderos enemigos de la autoorganización, en tanto ella les plantea, como se los plantea todo producto de la creación social de las masas, que su programa no es coextensivo a la realidad, porque la realidad no es coextensiva a sí misma. Los confronta con su propia finitud, con su muerte en tanto ser así, con la limitación cualitativa, y ya no meramente cuantitativa, de sus programas y de sus previsiones. Ellos no pueden seguir la pista de lo nuevo que emerge pues tienen que acomodarlo todo el tiempo a los fundamentos sobre los cuales se alzan. Funcionan así de acuerdo a su programa: reduciéndolo todo sin residuo, homogeneizando lo heterogéneo, haciendo único lo que es diverso. No podemos decir que carezcan de efectividad. Por su alta organización y disciplina y por las carencias de la nueva izquierda, estos partidos logran un gran éxito en "normalizar" al movimiento.
No obstante su éxito e influencia, queda un resto que se debe a la incapacidad de la nueva izquierda en comprenderse a sí misma. En parte esto es consecuencia de que lo que debe explicar, y que es la base que le da origen como una nueva izquierda, se desarrolla muy lentamente y en un marco muy adverso. En parte, también, a que no posee un marco conceptual apropiado y desarrollado que le permita entenderse a sí misma y a lo que la rodea. En parte, por último, a que carece de una concepción apta, en su contenido y en su forma, que le permita desarrollar lo que existe a la vez que a sí misma. La tarea que se abre es, entonces, la de pulir y volver consciente:
  • Lo que la hace emerger, la comprensión de su propia naturaleza y lo que la hace tan disímil a la izquierda tradicional; en relación con esto va la elaboración de una teoría no programática del militante y de la izquierda;
  • El tipo organizativo que corresponde a la nueva situación abierta; esto implica, entre otras cosas, repensar todo lo atinente a las relaciones políticas entre los diversos grupos pero, por sobre todo, las características mismas de una organización posible de la militancia que corresponda a lo que la izquierda es;
Queda, entonces, por estudiar estos dos elementos. De ello dependerá la confirmación o no de la hipótesis que subyace a todo este trabajo y que plantea una modificación de alcances históricos en el tipo de activista de izquierda; el surgimiento, como parte de lo anterior, de un nuevo tipo de organización de izquierda; y una nueva manera de pensar el plan de acción, tanto en sus contenidos como en su forma.

Segunda parte
Relocalización del militante y disgregación


La concepción programática de la política se ha sostenido sobre una alienación del militante. El significado más íntimo y preciso de esta alienación se juega en la sustitución del carácter inmanente del proceso que hacía que un militante fuera lo que es, por su subordinación a un fin trascendente localizado en la dimensión ideal del programa y encarnado en su aspecto institucional. Por esta localización el militante se niega a sí mismo, convirtiéndose en un ejecutante de determinados medios comprobados al servicio de unos fines objetualizados. El trazado de un sendero deja espacio a la dependencia del objeto. Es preciso insistir en este punto pues corresponde a uno de los nudos principales donde se juega la supervivencia del militante y, con él, de la Izquierda y la Política. Para ello deberemos seguir el camino de este militante y encontrar el punto donde se decide entre la fidelidad a lo que él es y su conversión en un término de la lógica programática.
Lo primero que cabe decir es que el militante surge en el modo de una ruptura. Todo ha sido organizado para que él no fuera lo que es, y nada puede hacerse ex profeso para convertir un humano común en un militante. Nada, al menos, en lo que se refiere a una acción racional dirigida a un fin predeterminado. En un nivel superficial, meramente descriptivo, podemos observar que un militante demuestra un grado inaudito de intolerancia respecto al orden que le circunda. Sin embargo no se trata de "ese" orden, sino del orden sin más. Si la intolerancia manifiesta se refiriera simplemente al orden en cuanto a su contenido particular nos encontraríamos no ante a un militante sino frente a un simple humano que intenta desplegar su yo en un medio hostil o al menos no lo suficientemente apto. El fin de este individuo es el de afirmar su individualidad en un medio resistente, el "superarse" en su desempeño, el desarrollar o crear un entorno más afín a sus intereses personales. En contra del orden efectivamente existente, busca modificarlo o abandonarlo en procura de un orden más eficiente. Es el caso del joven de origen obrero que se esfuerza por alcanzar un status diferente en el marco de una sociedad estructurada sobre bases clasistas, sin cuestionarla. Este fenómeno ya ha sido estudiado por los sociólogos como la cuestión de la movilidad social y no es lo que nos interesa aquí.
Al contrario, lo que sucede con el militante es que ve superado su nivel de insoportabilidad respecto al orden en cuanto orden. Su movimiento no se dirige, por tanto, en el sentido de una afirmación yoica, de su unicidad, sino en contra de la reducción de la multiplicidad que él es a esa unicidad, que es un efecto del orden. No busca la afirmación de un yo completo y satisfecho en un medio que no es fuente de complementación sino el trazado de un recorrido de su ser múltiple y escindido en un medio que, por el simple hecho de estar ordenado, es fuente de unificación simplificada, de repetición de uno en sí mismo y de igualación de uno en cualquiera. El efecto de su trayectoria no es la relocalización de su individualidad en un orden superior sino la disgregación de todo orden circundante.
No obstante el motivo del surgimiento de tal militante permanece aún escondido. Si todos los efectos del orden están encaminados a constituir un humano simple, unificado, repetitivo y equivalente no se ve de qué manera podría surgir un militante. La única manera de explicar esto es recapitulando la historia hasta su punto de partida: un humano es una multiplicidad, y su unicidad es un efecto del orden. Luego, el orden falla. ¿Qué es un humano en tanto múltiple? ¿Qué significa que el orden falle?
En cuanto a la primera pregunta lamentablemente todavía estamos en un período inicial de nuestras investigaciones. No obstante podemos inferir, sobre la base de ciertas constataciones empíricas, algunos rasgos que tipifican, con perdón de la palabra, la condición múltiple. El primer elemento que se nos presenta a consideración es que en un determinado período de la vida de un humano, precisamente el momento de su inserción en instituciones globales que se relacionan con un destino definido y adoptado por él –un trabajo, la universidad, etc.- se asiste a una especie de direccionalidad más o menos asumida como tal que se contrapone y diferencia de lo que hasta ese momento se mostraba como juego, actividad sin destino y proliferación de relaciones y preocupaciones inconmensurables12. Podemos llamar a este período previo una multiplicidad no reflexiva, en tanto no es contemporánea de una asunción por el humano mismo. Es esta asunción la que nos interesa.
Sucede que ocasionalmente un humano es puesto frente a frente con esta multiplicidad que él es. Cuando esta ocasión se da estamos entonces ante un acontecimiento decisivo en el cual se jugará su destino. La variabilidad de este acontecimiento es verdaderamente infinita: es imposible reconocer a priori, y muy difícil hacerlo a posteriori, la localización y las características de aquel. Al contrario, es posible inferirlo a partir de sus efectos y resultados. De cualquier manera la forma genérica de este acontecimiento se resuelve en la apertura de un campo en el cual esta multiplicidad que el humano es se torna reflexiva. ¿Debemos inferir de esto que se trata de una "toma de consciencia"? No necesariamente. Más bien deberíamos hablar de una efectividad retroalimentativa por medio de la cual la multiplicidad se reafirma ante un orden que procura reducirla a una unicidad. Todavía no hay percepción de este orden, por tanto no es posible hablar aún de una toma de consciencia. Lo que hay es una experiencia del orden y del acontecimiento, una vivencia. En el ámbito de la experiencia esto es vivido como una revelación sin objeto revelado, como una sorpresa sin motivo.
Puesto ante esta situación, la deriva del humano se convierte en un trazado de un sujeto, ciertamente original. La multiplicidad-que-se-sostiene desplaza al orden a una lateralidad, permitiéndose desarrollar, así, un trayecto que es una singularidad. Es importante retener este concepto de trazado como singularidad en proceso pues es lógica e históricamente anterior al enfrentamiento de un orden en tanto obstáculo hostil, cuando abandona la lateralidad para ubicarse en la misma línea del trazado. La confusión de estos dos momentos ha sido muy común y ha tenido por resultado una fenomenología del sujeto fundada en la contradicción. Un acontecimiento sería, según esta fenomenología, una experiencia de la contradicción con un mundo opresivo para el desarrollo del individuo, de lo cual resultaría, en el mejor de los casos, una toma de consciencia rebelde o revolucionaria. Sin desmerecer este tipo de acontecimientos no es de ellos de lo que se trata aquí. Éstos pueden tener un rol vital en la historia posterior del sujeto, pero no permiten explicar satisfactoriamente la emergencia de éste. A una tal fenomenología del sujeto le queda aún por explicar qué es lo que hace que una experiencia con un objeto tan universalmente presente, como es la explotación, por ejemplo, sea contemporánea, durante determinadas secuencias históricas, de un estado de rebelión general, mientras que en otras secuencias no encuentre otra cosa que una paz de los cementerios. La única forma de explicar satisfactoriamente esta ambigüedad de la contradicción en sus efectos es afirmando una multiplicidad de carácter original cuya experiencia con el orden es anterior a los momentos de la contradicción. Esto es lo mismo que decir que el humano, en tanto multiplicidad, no es coextensivo al orden, como fuente de unicidad.
Pero, ¿es esta experiencia con el orden siempre igual? ¿Es el orden igual a sí mismo en todas las ocasiones? De ningún modo. La experiencia del humano con el orden en cuanto orden es una fuente inagotable de cambios en esta relación. De hecho podemos atestiguar diferentes intensidades de orden, esto es, una mayor o menos eficacia en su capacidad de lograr resultados de unicidad en detrimento de lo múltiple. La razón más relevante para la explicación de esta variabilidad debemos buscarla en la existencia o no, y su grado de importancia, de espacios ajenos al orden mismo, creados a partir de fuertes sacudidas en las pretensiones de unidad y homogeneidad de lo real sobre las cuales el orden se apoya para efectuar los procesos de unicidación. En otras palabras, cuando el orden ha sido contestado por experiencias colectivas de emancipación, que son efectuación de las multiplicidades en tanto tales, entonces ve acotado su espacio de ejercicio. Este acotamiento es mortal para el orden, en la medida en que su pretensión de unidad necesita recubrir todo el espacio pensable para poder desatar con facilidad los procesos de unicidación. El resultado es que el orden encuentra mayores posibilidades de fallar en la medida en que tales sacudidas hayan tenido lugar. Y viceversa.
Pero la capacidad de fallar es congénita. Aún si no existiera memoria alguna de sacudidas anteriores, aún si las contradicciones estuvieran tan recubiertas de justificación y naturalización como para que no pudieran ser siquiera percibidas, de todas maneras el orden seguiría siendo reactivo. Debe siempre, en mejores o peores condiciones, tenérselas que ver con multiplicidades de base, las cuales no tienen en el orden su elemento natural. En cuanto a la segunda pregunta, entonces, que el orden falle significa una posibilidad siempre abierta en la medida en que éste no es consubstancial a lo múltiple, en que sus efectos de unicidad son reactivos, en que existe un costado de crisis localizado en la falta de cierre de algo que no puede cerrar. Y no puede cerrar porque para hacerlo debería ser consubstancial a lo múltiple, lo cual no es. Porque si lo fuera nunca hubieran existido sacudidas y situaciones comprometedoras para el orden, y nunca nadie se hubiera preguntado porqué sucedieron.
Lo cual nos lleva a una explicación circular. En efecto, si partimos de la aseveración de la existencia del humano como múltiple, y del orden como reactivo, acabaremos llegando a la conclusión de que el orden falla. Y, retrospectivamente, si el orden falla, existe la posibilidad de que las multiplicidades que los humanos son puedan afirmarse por fuera de él. Pero una tal explicación circular es inevitable: la posibilidad contraria, que el orden sea coextensivo y consubstancial a lo humano en tanto múltiple, no puede explicar lo que sucede. Y si algo nos mueve a pensar es que algo sucede.
Tenemos entonces un punto en donde apoyarnos: el orden falla. Sobre esta falla puede afirmarse el humano como multiplicidad: desplaza al orden a una lateralidad y se dispone a desarrollarse en tanto multiplicidad. Se abre aquí un proceso por el que surge una multiplicidad-que-se-sostiene, una singularidad en trazado. Esto significa que estamos ante la presencia de un sujeto. Una de las consecuencias de la emergencia de este sujeto es que distribuye efectos disgregadores sobre el orden circundante. Lo cual es evidente por sí mismo. Es imposible una posición neutra frente a un sujeto: o se le ama o se le odia; se acepta su contagio o se reacciona contra él en formas policíacas. Esto es así pues un sujeto puede hacer cualquier cosa menos permanecer en su lugar; y no puede hacerlo porque no existe tal cosa como su lugar. Ha abandonado, mejor, nunca ha ocupado el lugar al cual estaba predestinado por el orden, y se ha entregado a trazar un campo indiscernible. Este trazado se inmiscuye en los lugares ocupados por los humanos que le circundan, desestabilizándolos. El orden ha encontrado a su enemigo.
Sin embargo estamos aún en una posición de sujeto, lo cual nada nos dice de la asunción de la misma por él. El sujeto está, en este estadio, en una posición salvaje. Un militante es apenas algo más que esto. Un militante es uno de los efectos posibles de su desarrollo como singularidad: la capacidad de anticipación. Una tal capacidad se forma no bien el sujeto se asume como tal. Para que esta asunción tenga lugar debemos seguir al sujeto en la trayectoria que describe, y ver con qué se encuentra. Se encuentra con un orden que le es profundamente hostil. Porque ha encontrado en él a su enemigo. La reactividad del orden se vuelve más fuerte, buscando recuperarlo en la perspectiva de su propia estabilización, desatando para ello recursos extraordinarios.
La anticipación, entonces, es la capacidad de disgregación organizada. Es la singularidad autoasumida que responde al orden que busca siempre recuperarla, con la creación de formas radicalmente nuevas de disgregación. Un militante frente al orden solo puede sostenerse si no se deja atrapar, si su invención es más rápida que la relocalización. Pero para evitar esta relocalización deberá pensarse no solo en lo que hace el orden social dominante sino también los peligros con que se enfrentará ante la reaparición permanente del orden residual que se constituye a partir de la lógica programática de la política.
La nueva izquierda puede definirse, entonces, con muy pocas palabras. Es aquella que a partir de una experiencia histórico-social de lo que el orden residual ha sido, y suspendida a la apertura que la crisis de este orden ha producido, se abre a sí misma para buscar en ella su propio fundamento. Es aquella que concibe que su necesidad militante no es oposición ni superación de su posición salvaje sino la profundización interminable de su fidelidad a ésta, por medio del desarrollo de su capacidad de anticipación y del pensamiento y la efectuación de un campo de espacios de autonomía que soporten esta fidelidad.

Pensamientos sobre la organización a partir del abandono de la concepción programática de la política

Indudablemente, un cambio radical en lo que hace a la concepción de la política, y que parte del abandono de su forma específica programática, tiene por fuerza que manifestarse también en todos los aspectos relativos a la organización, en principio respecto a sus fines y objetivos, pero incluso en los aspectos formales mismos de la organización. Por otra parte el carácter de ruptura que se manifiesta a nivel del pensamiento de la política debe asimismo presentarse como ruptura también en lo organizativo. Ruptura no significa aquí superación dialéctica que conserva lo esencial en su movimiento progresivo de adquisición de formas nuevas, ni retorno a una situación original pretendidamente inmaculada, ni mucho menos un aumento en la racionalidad cuyo objetivo sería el de acercarnos a una mayor efectividad práctica. Ruptura es abandono, liso y llano. Supone que lo que no hay que conservar es precisamente lo esencial; que el mayor perfeccionamiento de la lógica programática solo significa el mayor perfeccionamiento de una vía equivocada; que no hay nada reformable, que todo debe ir directamente al tacho de la basura. En términos de una metáfora usada hace un tiempo (que quizá ya se nos antoja lejano), esta ruptura se manifiesta como un arrojar bien lejos al niño junto con el agua sucia. Quien quiera ingresar aquí que abandone todo compromiso con la lógica programática de la política.
Esta ruptura en lo organizativo se presenta inmediatamente como una aporía del pensamiento. Este es el primer efecto de continuar enredados en las telarañas de lo programático. Según su lógica todo lo que no es el partido es pura espontaneidad; todo lo que no se ajusta a una identidad plenamente delimitada es la caída en lo indiferenciado; todo lo que no es determinación cae en lo indeterminado, entendido éste como una especie de tercer mundo más pobre de la determinación. Pero estas no son otra cosa que patrañas de un orden ruin que captura como una red de último recurso todo lo que se derrama, incontenible, del orden social dominante. No hay más que pensar por fuera de esta telaraña para encontrar que todo el asunto no reviste mayor complejidad. Todas las nebulosas se desvanecen no bien intentamos definir un punto de apoyo a partir del cual desatar la deriva de nuestro pensamiento.
El punto de apoyo de la lógica programática de la política, la base inconmovible a partir de la cual todos los desarrollos pueden ser hechos y todos los hechos y pensamientos pueden recabar su significación en el marco de una totalidad, es la existencia triple del programa como idea, herramienta y memoria. Este punto de apoyo se define por lo que cierra, y por la completud de aquello que queda dentro de este cierre. El alcance de una situación de eficacia se define, por su parte, a partir del desarrollo monumental de su momento en tanto herramienta-partido, a condición de un empobrecimiento y subordinación de los elementos de transmisión que son el militante y la izquierda, reducidos al cabo a ejecutante y objeto de la intervención, respectivamente.
El punto de apoyo que se funda a partir de la crítica es exactamente el contrario: son este militante y esta izquierda. A partir de ellos se produce significación en la misma medida en que se inicia un trazado y que es este trazado mismo. Por lo tanto este punto de apoyo se define por lo que abre, y por la infinitud de aquello que queda luego de esta apertura. El alcance de una situación de eficacia se define, por su parte, a partir del desarrollo ininterrumpido e ilimitado del militante y la izquierda en tanto tales, a condición del enriquecimiento de un campo de espacios de autonomía que se constituya como ejercicio práctico de la prefiguración.
La oposición queda así marcada entre el partido-programa y un campo de espacios de autonomía. Y, como queda claro a partir de la definición anterior, no es posible pensar a uno a partir de la otra ni viceversa. Por lo mismo no es pertinente pensar la eficacia de una concepción en términos de la otra.
Para alguien que adscribe a la concepción programática la eficacia se define en términos de una racionalidad técnica13 de medios ajustados a un fin. Como de lo que se trata es de dirigir a las masas informes, tanto conceptual como prácticamente14, esta eficacia se sostendrá sobre el desarrollo técnico ininterrumpido del programa como herramienta: el partido. Como lo que se disputa con el enemigo es un terreno en común –la dirección de las masas- y como también hay que competir con los otros partidos –que también quieren dirigir a las masas- se vuelve evidente que la efectividad depende de lo acertado de las tácticas y de la rapidez de respuesta. Lo acertado de las tácticas supone la conversión de la izquierda en objeto de intervención, mientras que la rapidez en la respuesta requiere de una organización dispuesta a actuar como un solo hombre. Debido a las disputas con el enemigo y el resto de los partidos, y a la necesidad de vencer en ellas, es preciso mantener el secreto y recurrir a todo tipo de argucias que harían sonrojar al mismo Maquiavelo. Todo vale en el camino a la victoria final15.
La eficacia en términos de un campo de espacios de autonomía funciona de manera completamente diferente. En primer lugar se pierde lo común del terreno en disputa. Luego, no hay disputa alguna. En un comienzo la oposición se da entre lo que existe todavía y lo que aún no es, entre el orden y lo que emerge a pesar de él. Un campo de espacios de autonomía no puede ser un terreno en disputa porque en tanto existe solo puede ser ajeno al orden. Si el orden tiene algo que disputar en semejante campo solo se puede deber a que este campo ya no es tal o está en camino de no serlo. Lo que está en entredicho es la existencia o no de este campo, y no su dirección por tal o cual clase o partido. Un campo de espacios de autonomía solo puede existir como ajeno tanto respecto al orden social dominante como al orden residual del partido, y es, en sí mismo, esta misma ajenidad. En segundo lugar, por tanto, la efectividad de este campo puede pensarse como la capacidad de producirse a sí mismo y de resistir y sostenerse a pesar de los intentos del orden social dominante por anularlo y del orden residual por transmutarlo en un término de la lógica programática.
La pregunta que aparece entonces es, ¿cuáles son las condiciones mínimas para la existencia y el sostenimiento de un campo de espacios de autonomía? Y, luego, ¿qué es, a fin de cuentas, este campo? Vamos entonces a observar algunos de los parámetros clásicos de la lógica programática y ver qué pasa con ellos en un funcionamiento de campo.


Espacio público de singularidades o imperio de la particularidad


La lógica programática define esencialmente el camino a recorrer para que una parte se convierta en una parte total. O, en palabras más profanas, todo su andamiaje tiene sentido en la medida en que permite alcanzar a un partido la dirección del conjunto. Al alcanzar esta situación un partido no deja de ningún modo de ser un particular, pero adquiere el estatuto de parte total en tanto su programa ha sido internalizado por las amplias masas, sus tácticas son aprobadas espontáneamente, sus líderes son seguidos voluntariamente y la significación general de la vida social adquiere un sentido único, uniforme y sin residuo que es, al mismo tiempo, el sentido encerrado en el programa. Lo mismo es decir que el partido ha logrado la hegemonía. Estamos entonces ante el imperio de una particularidad: la creación de un orden residual coherente que está en condiciones de disputar, con posibilidades de éxito, con el orden social dominante. En esta situación la izquierda es un perfecto objeto, el militante un perfecto ejecutante y la efectividad se encuentra en su máximo posible. Este es, a fin de cuentas, el sueño de cualquier partido que se precie y, al mismo tiempo, la pesadilla de la revolución.
Un campo se define, por el contrario, como un espacio público de singularidades. Una singularidad es un sujeto en proceso y una multiplicidad que define trayectorias. En tanto un sujeto es lo que emerge a partir de una falla en el orden social dominante, solo puede continuar existiendo en la medida en que contribuya a mantener abierta la herida de la cual es un resultado. O, lo que es decir lo mismo, solo puede sostenerse a condición de que se retome a sí mismo y se proyecte hacia delante como militante de su propia causa. En este proyectarse, una singularidad abre la posibilidad de un espacio que puede adquirir estatuto de real en tanto encuentre otras singularidades dispuestas a sostenerlo, al mismo tiempo que lo conciben como condición de su propio sostenimiento en tanto singularidades. Un espacio público es, entonces, una creación de singularidades, cuyo motivo primordial es el sostenimiento de ellas mismas. Pero como el sostenimiento de una singularidad no es el de algo estático sino de algo en proceso, este espacio público solo puede existir como multiplicador de este proceso, como amplificador y sostenedor de la multiplicidad en tanto tal. Por esto la existencia de un espacio público es lo mismo que decir el sostenimiento de la ajenidad respecto al orden. Y si una parte definida según los cánones de la lógica programática es un orden residual, de allí se deriva que un espacio público no puede ser un espacio constituido por partes ni un terreno sobre el cual se disputa la dirección, sino un estricto espacio de singularidades.
Una singularidad no es un individuo, aunque podemos decir que éste es su soporte. Más precisamente, una singularidad es el principio de negación del individuo en tanto tal, pues éste último es ya un efecto del orden, un objeto detenido, y la singularidad es justamente lo que se abre a partir de las fallas en el orden, incluso en el ámbito personal. El cuerpo imaginario del individuo, quieto en su plenitud, permanece contenido por la coraza de una piel sin poros que le permite retomarse en una posición de mismidad donde hallar la certeza de lo que él es. A partir de allí pueden definirse las relaciones humanas en tanto interpersonales, esto es, como conexiones establecidas a partir de estos cuerpos cerrados. Precisamente es este cuerpo imaginario el que se fisura cuando un acontecimiento viene a restituir los derechos de la multiplicidad inordenada que es el sujeto. A través de sus fisuras el cuerpo imaginario de un individuo deja de ser una fuente de identidad cierta y (de)terminada para convertirse en soporte mínimo de un sujeto. No es que la identidad ceda en beneficio de un indeterminado, sino que lo que era un ente cerrado se manifestará como mero soporte mínimo para la producción de un espacio colectivo, y ya no interpersonal.
Este espacio colectivo no es consecuencia, entonces, de las relaciones interpersonales de individuos sino que es un campo posible producido por sujetos a partir del momento en que ellos son. Todas las cuestiones relativas a las catexis16 por identificación, propias de los individuos, deja lugar a lo que tiene que ver con –por ponerle un nombre provisorio- una catexis por producción. El no haber notado la diferencia sustancial entre individuo y sujeto ha estado en la base de la imposibilidad de pensar una catexis de un campo colectivo, pues se intentaba pensar a ésta según los cánones de lo individual, a partir de los cuales es ciertamente imposible derivar lo colectivo, a no ser por medio de banalidades tales como la voluntad, la consciencia, etc. El aspecto fundamental que se deriva de estas reflexiones es la eliminación de la necesidad de un particular como requisito para pensar y hacer un espacio colectivo. Esto es así por una sencilla razón. La justificación de un particular descansaba sobre la imposibilidad efectiva de pensar un espacio colectivo que no fuera artificial, es decir, que debía ser creado ex profeso a través de un mecanismo decisional como conclusión de una posición programática: el programa requiere de organización. Esta organización particular –el partido- terminaba siendo lo esencial y perdurable, mientras que los espacios colectivos de autonomía eran pensados como derivados y circunstanciales. De allí que solo podrían existir a condición de que el partido considerara oportuna y necesaria su existencia. Esta es la base del verdadero drama que atraviesa a los partidos y que se traduce como el hecho paradojal de que en su búsqueda incesante de una sociedad de emancipación –según lo que dice el aspecto ideal de su programa- no hacen otra cosa que destruir las bases de ella.

Sabotaje del código o estratificación discursiva


Una derivación particularmente significativa de la antinomia anterior la constituye la cuestión de las estratificaciones; en particular la que hace referencia a los tipos de comunicación entablados según las perspectivas de cada lógica. La perspectiva programática diferencia primeramente dos grandes estratos: la organización y las masas. Al interior de cada uno de ellos vemos también la diferenciación de estratos como subclases. En las masas cabe distinguir la masa propiamente dicha de la vanguardia; por el lado del partido, la base de la dirección. Cada uno de estos estratos posee, por así decirlo, un tipo y una intensidad particulares de discurso. En cada uno de ellos el mensaje es codificado según una instancia específica, en tanto que los contenidos del mensaje son escandidos, hacia abajo según la prioridad jerárquica, teniendo en cuenta los criterios de complejidad, diversidad y requerimientos de reflexión decrecientes. El resultado es la existencia de un código y un mensaje particulares para cada intersticio entre estratos. Así tenemos, en los extremos, una dirección partidaria que es toda consciencia, decisión y planificación, y una masa indiferenciada que es puro objeto de intervención. La reflexión como característica primordial de la dirección requiere, para ser inicio de un proceso de efectividad17, de una codificación científica que le permita procesar una ingente cantidad de información. Un escalón más abajo encontramos al ejecutante; su codificación pragmática18 debe vérselas con un contenido ya procesado en la instancia superior y que esencialmente está conformado por definiciones categóricas sobre lo que es y lo que debe ser. No obstante el ejecutante requiere de cierta capacidad explicativa, y por tanto de reflexión, en tanto debe vérselas con la vanguardia, la cual no es fácil de convencer.
La vanguardia constituye un punto de crisis en todo el andamiaje programático. En ella encontramos, prescindiendo del ropaje metafísico con que han sido revestidos por la concepción programática, los sujetos, los cuales, como vimos, poseen una lógica propia que es ajena a la de aquel andamiaje. El capítulo más problemático de la relación del partido con los sujetos yace en el carácter necesariamente violento de su incorporación a un plano estratificado del discurso. Nos encontramos ante un discurso doblemente ambiguo:
En lo que hace a la codificación el sujeto es tratado como punto de partida de un discurso que es el propio y cuya relación con la existencia múltiple de códigos es la de una permanente transcodificación. Esto es así en la medida en que la fidelidad del sujeto a lo que él es es resultado de una lateralización del orden, lo cual tiene por consecuencia, en este caso, la ocupación de una posición transversal a los códigos compartimentalizados. Esta transversalidad opera de diferentes maneras, siendo las más usuales el transporte de bloques discursivos de un código a otro, la resignificación por la relocalización, conjunción o estallido de los bloques, sin olvidar la ocasional invención pura de significación. Es precisamente esta transversalidad el valor buscado por el partido pues le permite proyectar la efectiva dirección de las masas (que sin aquella sería simplemente imposible) en lugar de limitarse a la acumulación cuantitativa de ejecutantes. En su visión simplificada, metafísica e interesada al extremo el partido traduce la transversalidad por inserción, estructuración, cantidad de "conexiones" e información relevante de primera mano sobre el estado de "las masas". Pero al mismo tiempo, y para que esta transversalidad sea capitalizable por el programa, el partido busca la incorporación del sujeto a una posición particular en relación con los códigos, es decir, busca ponerlo frente a una jerarquización. En primer lugar intenta inculcarle el carácter esencialmente heterogéneo de las instancias discursivas, principalmente la división entre el partido y las masas. En segundo lugar intenta ubicarlo frente a las estratificaciones internas al partido mismo, que va de la dirección a la base ejecutante (por lo general en esta última). Sin esta doble puesta en estratificación todo el proceso abierto por el sujeto sería sencillamente inclasificable e improcesable para el programa y el partido. A partir de este momento el sujeto comenzará a hablar un código privilegiado y una jerga de iniciado. Por otra parte como uno de los objetivos del programa es recubrir toda la realidad con un sentido uniforme, único y sin residuo, puede verse claramente que la transcodificación debe necesariamente resentirse: un bloque discursivo perteneciente al programa posee un sentido único que depende principalmente de su connotación obligada a partir de la posición que ocupa en el corpus programático. En todo caso la transferencia de bloques de un código a otro queda reducida a la divulgación de una consigna esquemática sobre las masas o a los cursos debidamente dosificados y previamente rumiados que las comisiones de propaganda preparan para la ejecución más eficiente de las tareas militantes19.
Algo similar ocurre con los contenidos del discurso. Para la captura del sujeto el partido requiere de dosis de propaganda mayores a las necesarias en su relación con la masa indiferenciada. Lo necesario, en este caso, es la dotación de un sentido único, uniforme y sin residuo para la experiencia militante, lo cual demanda una considerable cantidad de información (historia del partido, herramientas conceptuales, algo de doctrina, lectura guiada y comentada de textos de los teóricos-padres-fundadores y de su único y verdadero intérprete, etc.). Al mismo tiempo se requiere de un sujeto que pueda elaborar una interpretación propia de lo que sucede en su entorno, pues sin ella el partido está condenado a la perfecta esterilidad. Pero esta interpretación propia no es otra cosa que una versión traducida y domesticada de las intervenciones discursivas de un sujeto, ahora como separadas de lo que es el sujeto, como una acción racional con arreglo a un fin, y no como una dimensión constitutiva inseparable de su ser-en-proceso.
De modo que el tratamiento ambiguo del sujeto se sintetiza en que el partido necesita del sujeto para poder ser eficaz, pero desde el mismo instante en que logra capturarlo comienza un proceso de domesticación que no puede tener otro resultado que su desubjetivación.

Esta tragedia del sujeto solo puede ser evitada por medio del abandono liso y llano de toda estratificación, de toda compartimentalización de los códigos y de cualquier restricción en la libre circulación de los contenidos. Esto implica una toma de posición clara y decidida por el sujeto, entendido éste como comienzo de la política. Pues decir la política es decir la permanencia del sujeto en tanto tal. La liberación del sujeto requiere una acción convergente dirigida al sabotaje de los códigos, no porque ellos no existan sino precisamente por lo contrario, porque no pueden más que existir, porque ellos son la representación simbólica del orden. El sabotaje supone esta existencia como supone al orden, y así como la existencia del sujeto es igual a la lateralización del orden, así el sostenimiento del sujeto implica la permanencia en la transversalidad. El sabotaje es el modus vivendi del sujeto frente a lo simbólico.
Pensar el sabotaje con relación a la compartimentalización de los códigos no niega en absoluto la existencia de zonas de condensación donde circulan con exclusividad ciertos contenidos bajo la forma de códigos específicos. Al contrario, este es su punto de partida. Toda la cuestión reside en qué se hace con ello. La lógica programática quiere que estas zonas sean compartimentalizadas, separadas, inexpugnables, en fin: especializadas. La existencia de un campo de espacios de autonomía requiere su sabotaje. Son dos soluciones encontradas, de imposible síntesis. La presencia de una zona de condensación de singularidades abre dos posibilidades: se esfuerza por definir un programa o adopta algún programa ya existente, constituyendo en el camino una organización separada con sus estratificaciones, sus distancias, su especialidad: un partido; o se define por el sabotaje, en primer lugar de esa zona que ellas mismas constituyen, con el objetivo de definir la apertura de un campo. El sabotaje necesita que al comienzo sea un autosabotaje, una puesta en cuestión de la zona que un sujeto ocupa, una apertura de aquello que hasta ese instante estaba cerrado. Por otra parte, el sabotaje implica un cuestionamiento a los principios básicos de la organización programática, algunos de los cuales se intenta enumerar aquí:
  • Autoridad y capacidad, o primacía de la cualidad. Observamos anteriormente que la justificación del estrato de dirección20 se sostiene ya sobre la autoridad del intérprete (y hacia abajo de sus comentaristas), ya sobre la mayor capacidad para definir un programa, extraer sus consecuencias prácticas o sistematizar una orientación de acuerdo con aquel. Sin negar las desigualdades cuantitativas existentes en cuanto a determinadas capacidades, si lo que se intenta hacer es sostener al sujeto en tanto tal lo que corresponde es afirmar la primacía de la cualidad. La cualidad a la que hacemos referencia es la de ser sujeto y si toda estratificación, en tanto orden, se opone a su libre movilidad transversal, se deriva que debe ser sacrificada. La primacía de la cualidad significa que cada sujeto es en sí mismo una apertura y un trazado singulares y que su mantenimiento supone el sostenimiento del proceso. El objetivo es, entonces, la maximización de este ser-en-proceso, el apuntalamiento de su condición de apertura. Lo importante es afirmar la autoridad implícita de cada sujeto y entender las capacidades no según un parámetro fijado (por lo común por, o siguiendo el ejemplo de, el "más capaz") sino de acuerdo a las posibilidades inmanentes del sujeto mismo.
  • Secreto o publicidad. El estrato de dirección posee su secreto, y el partido en su conjunto es un gran secretaire. Este es, quizá, el rasgo más difícil de conmover de toda la estructura partidaria. La vida de los partidos está plagada de pequeños y grandes secretitos, definiciones que solo pueden decirse al interior del estrato; tácticas y consignas que suponen la completa ignorancia de sus implicaciones para sus objetos o destinatarios21; confabulaciones insignificantes cuyo propósito es más insignificante aún; acuerdos de cúpulas que luego son comunicados a la base; contactos ocultos exclusivos para los entendidos; propaganda para la vanguardia y agitación para las masas, etc. Todo el mundo sabe que todo el mundo secretea. En un medio así el sujeto no puede más que asfixiarse o respirar un aire rancio de encierro. Todo lo contrario es lo que necesita. Para poder desarrollarse requiere de una apertura ilimitada, un diálogo abierto con todos y con cualquiera. Piénsese por ejemplo en el caso (para nada extraordinario) de dos militantes de dos partidos interesados en desarrollar una acción en un mismo lugar; lo que supone la estratificación es que primero cada militante deberá exponer su intención al interior de su grupo, explorar si sus ideas son coherentes con el corpus teórico del programa y no le contradicen, realizar una interpretación del objeto de intervención y de las tareas a llevar a cabo, etc. Luego de lo cual lo más probable es que estos dos militantes de diferentes partidos terminen compitiendo por boludeces y arribando a una situación de suma cero, donde la fuerza de uno se cancela con la del otro, dando por resultado la nada. Por el contrario de lo que se trata es de invertir la secuencia. Si dos sujetos están decididos a entablar una acción, y si el interés es compartido, lo obvio es que primero compartan sus pensamientos y opiniones para tratar de arribar a una tarea colectiva. Quizá no se pueda, pero lo importante es concluir que tal tipo de conducta es incompatible con las estratificaciones y solicita la existencia de un campo compartido de singularidades. La solución a la asfixia es la conspiración: respirar juntos.
  • Especialización y desespecialización. Una de las consecuencias de la inmersión del sujeto en las estratificaciones programáticas es llegar a pensarse como un especialista en la política (ver más adelante el problema de los haceres). El partido se apoya en el hecho de que un sujeto abre la política, pero inmediatamente organiza su cierre. Este cierre adopta la forma de la especialización por un conocimiento: el militante sabe de política y la política es su tarea singular y específica. Pero una política digna de ese nombre no puede saberse, se hace. Y decir que se hace no es lo mismo que decir que es su tarea exclusiva, ni que todo lo que hace es política, sino que el proceso abierto por la emergencia del sujeto se sostiene. Que sobre esto un saber, o mejor saberes, vengan a depositarse solo plantea el problema: o se subordina el proceso al saber o el saber es permanentemente suspendido y cuestionado por el proceso. Entonces, si la política no es del orden del saber sino del hacer y de la apertura, luego la especialización es un resultado de su imbricación en la lógica programática. Al contrario, de lo que se trata es de desespecializar al sujeto, buscando ligarlo al campo múltiple de los haceres donde la política es imposible, es decir, donde la política no es el resultado de una acción premeditada sino lo que se abre por la permanencia de las singularidades. Desespecializar es poner al sujeto en el corazón de la política y no por sobre ella, como si fuera un objeto racionalmente manipulable.
  • Propiedad intelectual o transcodificación generalizada. Una cuestión irrisoria pero no insignificante es la obsesión identitaria propia de los partidos. La estratificación está aquí al servicio de la definición de una identidad incuestionable. Esta identidad se apoya, en lo que hace a los discursos, en la posesión de ideas como si haberlas elaborado supusiera la propiedad intelectual. Tener determinadas ideas, o haberlas expuesto por primera vez, constituye un orgullo difícilmente ocultable. Por otra parte con estas ideas se hace genealogía, ubicándolas en el contexto de la historia del programa y, de acuerdo a la lógica que le es propia, aquellas solo pueden tener su verdadero significado en este contexto particular. La genealogía supone que la idea es un desarrollo a partir de algún teórico-padre-fundador, lo que instituye a su realizador como intérprete, confiriendo así al partido una identidad. Al mismo tiempo estas ideas refuerzan la estratificación interna y externa al partido, por cuanto sostienen las diferenciaciones según autoridad o capacidad. Esta propiedad intelectual, como toda propiedad, va de la mano con el robo. Para aquellos aprendices de intérpretes que siempre les falta cinco para el peso, la alternativa es el plagio: tomamos las ideas de otro para hacerlas pasar por propias. El plagio cumple la función, aquí, de forma de adquisición espúrea de ideas para ponerlas al servicio del escalamiento personal y la adquisición de prestigio. Siempre a favor del mantenimiento de la estratificación. Pero si de lo que se trata es de afirmar la primacía de la cualidad, el valor de una idea solo podría encontrarse en su capacidad de difusión ilimitada y, más aún, por las posibilidades de transcodificación que habilita. El absoluto opuesto de esto se observa en la reticencia de los miembros de un partido a adoptar o defender las ideas de otro que pertenece a otro partido pues esto significaría el entredicho de su propia identidad y, lo que es más peligroso aún, de la supuesta sapiencia de su líder. El perjuicio para un sujeto derivado de esta situación es que, encapsulado en un partido, deberá cuidarse de defender posiciones no oficiales, u oficiales de otro partido, correspondiendo al contrario su ataque sin cuartel aunque no haya leído o entendido absolutamente nada de lo que se ha dicho. Es un deber del militante atacar las posiciones del adversario, solo porque son del adversario. De este modo se obstruye la necesaria difusión para el desarrollo colectivo de una comprensión común y se ponen limitaciones absurdas al crecimiento de los sujetos. La única alternativa es la conformación de un campo sin centro donde el valor de una idea sea medido por lo que abre y no por la firma de quien la ha escrito.
  • Indistinción burocrática o proliferación de singularidades. Por último cabe reflexionar sobre el efecto de conjunto de todo lo anteriormente descripto. La estratificación tiene por efecto la igualación de todo lo que encierra. Un militante es igual a otro militante, pero en el sentido de que son indistinguibles: que sea éste o el otro resulta estrictamente lo mismo. El único imprescindible es el aprendiz de brujo que ocupa la posición de vértice de la pirámide. Esta característica es compartida por todas las organizaciones burocráticas, incluso las del estado. Lo importante es la función que se cumple y la supervivencia del conjunto (el partido, el programa). Frente a esto el militante se ubica en una posición de sacrificio y disponibilidad: no es él lo importante sino la Revolución, el Proletariado, el Partido, etc. 22 Al contrario de lo que se trata es de disponer un campo donde las singularidades proliferen, donde puedan existir y conspirar, donde la igualdad resulte un hecho, un punto de partida, una situación, y no un objetivo a realizar. Estar en igualdad, buscando la complejidad que nace de lo múltiple. Abandonar el sacrificio para con el Otro para reivindicarnos a nosotros mismos, los militantes. Condenar la disponibilidad para poder ser fuente y abrir lo que se nos ocurra. Compartir el momento y la aventura, recuperar la inmanencia de la memoria y de los fines y explorar espacios donde el militante se encuentre con el militante en un hacer que busque su satisfacción. Para el partido la singularidad es insignificante. La única respuesta a esto es afirmar que para el militante lo insignificante debe ser lo particular. Lo cual veremos más adelante.

Difusión de la Palabra o realización en el Hacer


Vamos a entrometernos ahora en uno de los rasgos menos cuestionados que se derivan de la incorporación de un sujeto a la lógica programática de la política. Se trata de la metamorfosis del hacer a partir de esta incorporación. La complejidad de este asunto deriva del absoluto convencimiento de los militantes partidarios de que lo que ellos hacen, en tanto miembros de un partido, es política. Si observamos las actividades más comunes que realiza un ejecutante salta inmediatamente a la vista que la gran mayoría de ellas, por no decir todas, están constituidas por la difusión de la Palabra: organización de cursos y seminarios, debates entre diferentes organizaciones, agitación de consignas, intervenciones orales o escritas, propaganda de los diferentes programas o de análisis de situaciones concretas a partir de los mismos, etc. Sin temor a exagerar podemos decir que este es el modus vivendi propio de los partidos. La crítica que se realiza sobre esta característica requiere previamente la elucidación de las razones de su realidad, principalmente por la arraigada convicción de que así deben ser las cosas.
La principal razón estriba en la especialización del militante como político y en la concepción de la política que subyace a esta especialización. La política, entendida programáticamente, es concebida como el recorrido de un programa a través de sus diferentes momentos. Más específicamente es el recorrido entre el ejercicio de un ejecutante y la objetualidad a la que es reducida la izquierda, a través de la mediación necesaria que es el programa como herramienta, es decir, el partido. El resultado esperado es la difusión del programa entre las masas, su aceptación por parte de éstas, la dirección efectiva que por ello un partido en particular puede ejercer (convirtiéndose en parte-total) y, ya inmersos en el tercer momento del programa, la recuperación de toda esta experiencia como memoria trascendental, como superación del programa. El supuesto subyacente y no reflexionado de todo esto es que la política es algo que se hace, en el sentido estricto en que se hace de uno hacia Otro. En este caso del partido a las masas. Como la base sobre la que actúa el partido, desde su punto de vista, es la misma que la del orden social dominante, las masas, de lo que se trata es de disponer la movilización de estas por medio de la difusión y la aceptación de un mensaje que no sea el del Estado, que alimente la consciencia de lo que este Estado es para que aquellas se vuelquen contra él. La política es una acción discursiva del partido sobre las masas para que estas se eleven en su consciencia y, a partir de allí, desencadenen acciones contra el capitalismo. Este es el hacer del ejecutante y el fin primero y último de la concepción programática. Este tipo de hacer se vuelve entonces la tarea esencial del ejecutante y aquello que lo define como militante partidario; es su especialidad.

 
La fuerza que posee este pensamiento heredado es tal que incluso sujetos críticos de los partidos no pueden hacer frente a este tipo de situación. De ahí que sea perfectamente normal que las críticas entre partidos, e incluso de aquellos que son antipartido hacia ellos, se resuelvan siempre dentro de un marco de disputa por los contenidos que se difunden, dejando totalmente de lado una reflexión sobre la estructura de pensamiento subyacente que les da origen. También se encuentra aquí la razón por la cual todas las críticas a las formas de hacer política tradicionales en la izquierda partidaria no puedan avanzar más allá de una transformación en la forma sin hacer mella en el duro corazón de la concepción programática. Como resultado tenemos modificaciones formales no sustanciales que, tarde o temprano y mediando la necesidad de lograr efectividad, serán abandonadas por aquellas formas tradicionales ya probadas y que otorgan buenos saldos. Es tal la importancia de esta cuestión que la alternativa termina viéndose reducida a "el partido o la nada". Esta es la matriz que permite explicar la fuerza importante que poseen los partidos para reducirlo todo a su común denominador: "serás más o menos un partido, pero siempre un partido serás" 23. Esta encerrona imaginaria se vuelve entonces la fuente de un verdadero "pensamiento único" común a la militancia. Este escrito es una lucha contra este pensamiento único.
Una razón adicional y no menos importante yace en algunas de las características del sujeto con que el partido se encuentra. En efecto, la existencia de un sujeto no implica necesariamente una reflexión sobre lo que el ser sujeto significa. En la pobreza de desarrollo que en su origen se establece, en la apertura sin trazado aún que allí se encuentra, en el aislamiento y soledad que se dan en un comienzo y que se perpetúan más allá de lo tolerable por las condiciones sociales adversas en que aquél tiene lugar, el infinito que es la apertura se moldea según la forma de una nada que persiste y angustia. Puesto que la lateralización del orden, que es consubstancial a la emergencia de un sujeto, no es precisamente una opción libremente elegida sino una situación constitutiva, se deriva que no es necesario y ni siquiera probable que un sujeto en emergencia encuentre comodidad en ella. Frente a esta nada se presenta el pensamiento único, que es también una realidad única, de la concepción programática y sus partidos, que vienen a llenarlo de un contenido tranquilizador. La fuerza del partido es, aquí, equivalente a la debilidad del sujeto: confiere un orden donde éste ya no estaba, un orden revolucionario, un orden en lo que es inordenado. Sobre la debilidad del sujeto el partido proyecta un programa que ocasiona dos transformaciones esenciales en lo que aquél es. En primer lugar otorga una significación única, uniforme y sin residuo de lo que el sujeto es, lo que redunda en la reconstrucción de su historia por él mismo. Este efecto de significación retroactiva generado por el programa viene a darle al sujeto un lugar en el mundo, un sitio con sentido perteneciente a un orden extraño pero orden al fin. El resultado es que el sujeto puede llegar a decir: "¡Ah, entonces era esto lo que yo quería!". La segunda transformación operada es la sustitución del trazado, que es esencialmente un hacer, por la Palabra que otorga significación unívoca. Esta experiencia del sujeto con la Palabra será posteriormente repetida en su actividad como ejecutante: él llevará la palabra que alguna vez le advino. Entonces el hacer pierde importancia frente a lo que lo significa, frente a la Palabra, y de este modo se organiza el olvido primordial que habilita la captura por el partido. El hacer como trazado deja lugar a un sucedáneo: el hacer política, el difundir una Palabra. La especialización del militante es igual al olvido de lo que él era en un comienzo y a la imposibilidad de pensar lo que podría haber sido (el olvido del olvido). El hacer política se vuelve entonces repetición, principalmente de la experiencia primordial con el orden residual que es el partido. El ejecutante hace a los otros lo que le ha sido hecho, convencido de que hace, y que hace bien. Pero en realidad no hace nada, solo dice.
La militancia deja de ser la posibilidad de una satisfacción en el producto realizado para situarse en el plano de un decir que solo discurre, que soba la realidad pero no la fecunda, que pinta pero no construye. Se ve imposibilitada, entonces, una catexis por producción, sustituida por una catexis por identificación; el sujeto retrocede al individuo que, siendo una totalidad conclusa, se relacionará con los otros militantes en su común dependencia frente a la Organización. Lejos ya de estar en el corazón de la construcción de un campo colectivo, se entregará a la Palabra que encubre la quietud. Lejos de inmanentizar su desarrollo por el reencuentro de su ser en el hacer, sacrificará su vida para un fin trascendente. Sin realización su vida de sujeto se momifica, su espíritu retrocede, la amargura frente a un Fin que se aleja con cada paso en su dirección reproduce el automatismo del que había salido. La vida del militante en tanto militante se vuelve triste y deberá buscar la felicidad en otra parte. Esta es la catástrofe que se cierne sobre él y la negación, aunque les duela a los marxistas, de una de las más interesantes iluminaciones que Marx elucubró: el capitalismo es el avance incesante del trabajo muerto sobre el vivo, y su consecuencia la separación del trabajador tanto del proceso de su trabajo como de su producto. Sin éstos aquél se ve aislado en su mismidad pobre, sin capacidad de encontrar la satisfacción que aún poseía el artesano. El objetivo es, por tanto, la sustitución del trabajo asalariado por la actividad humana múltiple, lo cual implica el fin del asalariado mismo. De la imposibilidad de superar esta situación en los marcos capitalistas los partidarios de la concepción programática extraen la conclusión de que habrá que derribar el sistema para que el humano se reencuentre consigo mismo. Pero es posible otra conclusión: para que el sistema sea derribado es preciso que el humano se reencuentre consigo, y si no puede hacerlo en el trabajo pues se las deberá ingeniar para inventar donde coño hacerlo.
¿Cómo salimos de aquí? El camino de salida que aquí se propone a esta encerrona es el abandono. Ni superación ni perfeccionamiento: simple abandono. Hay un cartel luminoso con letras verdes que dice "Exit" y solo resta dar el paso. Contamos como guía con la comprensión de lo que se pierde luego de la recuperación del sujeto por el orden. De acuerdo a lo que venimos viendo un punto crucial está en la fidelidad firme a un hacer. Este hacer debe ser el exacto opuesto al hacer política al que nos venimos refiriendo. Un hacer que busca la satisfacción y realización del sujeto a través de su encuentro y de la labor en común con los otros. Un hacer que sea el ejercicio actual de lo que el sujeto es: autonomía. El objetivo de la autonomía es doble: en parte ella misma y en parte lo que en ella se hace.
Que la autonomía sea su propio objetivo es lo mismo que decir la permanencia del sujeto en tanto tal. Esta es la única respuesta al acertijo de la liberación humana: los hombres y mujeres solo se liberarán si se liberan. La construcción de espacios de autonomía como espacios del hacer, y del amor al hacer y a lo que se hace, es al mismo tiempo el fortalecimiento del sujeto que se libera a sí mismo y la realización de la colectividad sin la cual el sujeto queda ciego, sordo y mudo. La autonomía es la apertura colectiva del sujeto al aprendizaje de una vida que solo puede tener sentido si se lo damos nosotros, por nuestro pensamiento y nuestra acción. Un aprendizaje sin el cual jamás existirá ese fantasma errante del cual todos hablan pero nadie conoce: el sujeto revolucionario. Aprender no puede significar aquí leer muchos libros, aunque esto cumpla un rol importante si se lo pone en su debido lugar, sino principalmente aprender a hacernos responsables de lo que nos proponemos, a buscar el entendimiento y el consenso necesarios para que nadie se vea perjudicado innecesariamente (responsabilidad frente al deseo de los otros y valoración positiva de ese deseo por su mera existencia), a disfrutar de lo que hacemos, a apostar por la posibilidad de que seamos capaces de hacer mucho más de lo que nos creemos; aprender a ver el propio pensamiento como si fuera el de otro, y al pensamiento de otro como si fuera el propio; aprender a encontrar en el otro un igual por el solo hecho de estar. En fin, aprender en carne propia lo que queremos que nuestra carne sea.
Al mismo tiempo la autonomía encuentra su objetivo en lo que en ella se hace. Esto es simple: el placer de la realización solo puede manifestarse sobre lo realizado, y este realizado ha sido deseado en su singularidad, por lo que él era posible. Una catexis de producción funciona en el proceso, pero el proceso en sí solo tiene sentido con relación a un objetivo, el cual ya debe ser deseado desde un comienzo. Esto es así aún si, como es muy posible, lo que se quiere al final resulta distinto a lo que se quería en un comienzo. Pero esto no tiene ninguna importancia, pues es en el proceso donde más se aprende. La autonomía es la fidelidad del sujeto a sí mismo y a lo que a partir de él se abre. 

 
Los espacios de autonomía y el pensamiento de un campo


Ahora ya estamos en condiciones de percibir una perspectiva de conjunto de lo que aquí ha sido dicho. El punto de partida, la tesis principal que se defiende, es la de que existe una oposición radical entre el sostenimiento de un sujeto, la permanencia de la singularidad, con lo que la concepción programática de la política, y su vástago el partido, vienen a sedimentar sobre él. La tesis ha sido desarrollada a través de la crítica del imperio de la particularidad, de la estratificación discursiva y de la primacía de la Palabra que de aquella lógica se derivan y que reterritorializan al sujeto en un orden residual. En su lugar se defiende al sujeto como singularidad, proponiendo la definición de un espacio público no estratificado donde se facilite la permanente transcodificación y la realización del sujeto a través de un hacer autónomo. Estos haceres implican la construcción de espacios de autonomía, que, como hemos visto, poseen una doble dimensión: la autonomía como objeto de sí misma y el amor a lo que en ella se hace. Esta segunda dimensión es la que define específicamente un espacio en particular, pero, entonces, ¿acaso no estamos reintroduciendo la posibilidad del imperio de una particularidad? ¿No corremos el peligro de la estabilización en un código? ¿No abrimos la ocasión para que cada espacio se convierta en "el" lugar y como consecuencia se pretenda a partir de él la difusión de una Palabra?
No hay duda de que todos estos son peligros reales24. La razón para que lo sean es que si bien la lógica programática constituye una sistematización, lo que ella sistematiza bien puede existir, y de hecho existe, antes que ella. Algo de esto vimos cuando analizamos la situación de un sujeto en su emergencia, pensándolo en su precariedad y en lo que ella permitía para su recuperación en un orden residual. Este orden residual bien puede no existir, pero siempre es posible crearlo. A ello contribuyen las dificultades presentes que se derivan de la extrema atomización social y de la clausura imaginaria que implica la imposibilidad de ver más que un mundo único, donde todo tiene un solo sentido, donde un solo discurso posee todo el dominio. Las posibilidades abiertas por la crisis irremontable de los partidos y de la lógica que les ha dado vida se cierran en gran parte como resultado del fortalecimiento del orden social dominante. Esta fuerza se la otorga la situación absolutamente inédita de un discurso único que recubre el mundo entero25. ¿Cómo sortear entonces aquellos peligros? ¿Cómo mantener una posición que sea hostil a la reconstitución de un orden residual?
No hay una respuesta para este problema, pues su solución no depende de alguna teoría a elaborar ni de una toma de consciencia de la situación global. Si esta fuera la cuestión estaríamos ya reintroduciendo la lógica programática por el lugar menos previsto. Este es un problema práctico, por lo que su solución solo podrá hallarse en la práctica: deberá ser construída. Una ayuda para ello es mantener presente la segunda dimensión: la autonomía es un objetivo en sí misma. Esto nos va a permitir el pensamiento de un campo de espacios de autonomía.
En tanto la autonomía es un objeto de sí misma se deriva la conclusión de que no es exportable. La autonomía no es una teoría que pueda ser propagandizada ni agitada, no pertenece al orden de la Palabra26. Solo encuentra su realidad en el hacer asumido por los que hacen. Pero sin ser exportable sí puede ser contagiosa, por su presencia. La presencia posible de múltiples espacios de autonomía nos pone ante la situación de pensar esta multiplicidad. Y para que esta multiplicidad no retorne a un nuevo orden solo puede ser pensada como un campo genérico. Este campo genérico puede pensarse pero no localizarse ni ser discernido. Es un conjunto imposible, pues ninguna palabra lo define, ningún predicado lo sostiene. Es el conjunto de los efectos de una crisis en lo que es y solo puede pensarse en lo que posibilita una apertura. Sin Palabra, no posee un centro. La crisis es lo que habrá sido en la medida en que los espacios de autonomía se sostengan. Y el campo es la fidelidad a esta crisis. Esta fidelidad a la crisis es un amor por ella, porque por ella somos sujetos. Es el amor al infinito que plantea, la resistencia a pensarlo como pura nada para ser hijos de la positividad de su apertura. Por esta fidelidad somos hermanos. Y si un campo es lo que nos hermana no hay lugar aquí para la figura del Padre. En la horfandad más absoluta que podamos concebir se encuentra la promesa de nuestra liberación.
La productividad propia de los espacios de autonomía solo puede producir un plus, entonces, por la fidelidad común a la crisis, esto es, por la existencia de un campo. Un campo sin centro, sin límite, sin posibilidad de ser capturado. Un campo tal es absolutamente hostil al programa y plantea el problema de su carácter antitético con el partido.

Pensar el campo para pensar la revolución


A partir del pensamiento del campo pueden derivarse algunas respuestas a preguntas imposibles de responder a partir de la lógica programática, entre ellas la más importante por sus implicancias globales: ¿cómo se puede pensar en la práctica la unión de la situación actual con el objetivo que persiste en el imaginario de todo revolucionario: una sociedad de humanos libres? La respuesta del pensamiento heredado a esta pregunta no pasa de pensar alguna de estas alternativas: estallido espontáneo y simultáneo de enormes masas de gente que, de repente y sin saberse porqué, encontrarían en la revolución la única salida posible (se viene el estallido); una situación en la cual un partido adquiere la hegemonía social global, se transforma en una parte-total y a través de sus dirigentes, que dirigen cada sector, fábrica o estructura importante, se alcanzaría una centralización por este partido (el modelo bolchevique); se logra una gran confluencia de partidos, o de grupos que piensen a su modo, y hacemos un gran frente de liberación (el modelo frentista27).
Siendo la primera el más perfecto delirio y la segunda una visión trasnochada que ya hemos criticado profusamente en este texto, la tercera puede llevar a cierta confusión por ser una respuesta que cuestiona el sectarismo, lo cual la vuelve muy popular en estos días que corren. En efecto, una de las características mas repudiadas por un militante es la de la extrema parcelación y aislamiento mutuo a que lo somete la lógica programática. Ante esto el frentismo aparece como una alternativa seductora, pues permitiría trasvasar aquel aislamiento habilitando un contacto más fluído entre militantes de diversos partidos. Pero en verdad se trata de un matiz del mismo callejón sin salida, una respuesta sofisticada que parte de las mismas bases de la concepción programática de la política. Estos frentes no rompen sino que presentan un nuevo matiz ingenioso de aquella lógica28

 
De todas maneras, sea cualquiera de las formas en que se concreta el segundo momento de la lógica programática, el del programa-herramienta, el resultado derivado de la primacía de la palabra se conecta con la espectacularización de la política. Como la organización es una superestructura de la Palabra, cuanto más se difunda esta Palabra, cuanto más lejos llegue, cuanto más "presencia" adquiera en la consciencia de las masas, tanto mejor. Siendo el espectáculo la forma típica que adopta el mostrador de almacenero una vez que el modo de producción sustentando en la mercancía llega a su vida adulta, toda la izquierda programática cae a sus pies reclamando su lugar en el teatro de la política. Se buscará, entonces, aparecer lo más posible (el líder, el dirigente, el fiel y seguro servidor de esta lógica, se entiende) en cuanta cámara se le plante adelante29. Poses estudiadas, alta la voz, puños cerrados y rostros de constipación, solo falta el maquillaje.
Por el contrario un campo de espacios de autonomía no puede funcionar de este modo. Siendo la autonomía una primacía de los haceres, no puede más que oponerse al espectáculo. Pero ¿cómo entonces los sectores más pasivos podrían emular a los que luchan? Ciertamente no observando como luchan a través de la pantalla, lo cual solo puede generar una expectación adherente, pero pasiva al fin y al cabo. En primer lugar hay que abandonar la prisa por llegar a todas partes y preocuparse por cómo llegar a la fábrica, el barrio o el centro de estudios que están a un par de cuadras. El objetivo es el contagio por la presencia, buscando la formación de nuevos espacios de autonomía en cada lugar, para romper con la repetición y facilitar una nueva apertura.
Incluso ante la presencia de una lucha sectorial un campo de espacios de autonomía puede ser lo más favorable. El problema que se plantea a cada lucha en estos tiempos es la dureza de la represión, el aislamiento, la recuperación por el orden espectacular y, en el caso de luchas obreras, la amenaza de un desempleo duradero. Ante esto los partidos no tienen casi nada que hacer, aparte de intentar ganarse a la vanguardia y que la lucha se vaya al demonio. Al contrario los espacios de autonomía podrían funcionar como corazas de estas luchas: participando directamente con la presencia que pone el cuerpo para disuadir la represión, acompañando con calor humano la angustia del que se juega la vida (en el sentido humano como en el biológico) en la lucha cotidiana, organizando la solidaridad, apuntalando toda brizna de autonomía y autoorganización, advirtiendo sin ultimatismos las ambigüedades de la presencia de los partidos, favoreciendo los encuentros más que la noticia. Frente al desempleo lo más importante es destruir la identidad que en él se abroquela, pensando al desempleado, y ayudándole a pensarse, más allá de lo exclusivamente laboral y económico, más allá de su situación de desempleado. Aquí cabe desatar la multiplicidad que el obrero desempleado es, para que pueda medirse en términos de lo que puede abrir y no de su carencia. Hay que insistir que la verdadera salida a una situación de desempleo no puede ser el trabajo asalariado (que en este tiempo siempre es ocasional) sino la permanencia y desarrollo de un sujeto, en un campo colectivo de haceres solidarios en el cual pueda construir una significación para su vida, más allá de su angustiante situación.
Pensar la revolución, entonces, es pensar el campo de espacios de autonomía, o lo que es lo mismo, pensarla en su inmanencia. Es el afirmarse en la permanencia de la apertura que es un sujeto y en el desarrollo de lo colectivo como espacio de los encuentros en el hacer y el pensar, un espacio sin nombre, sin centro, sin periferia; un espacio de prefiguración.
Ante todo es preciso evitar que cada espacio de autonomía sea entendido como un espacio cerrado, lo cual aún sería posible a partir de lo sedimentado por décadas de experiencia programática. Contra esta posibilidad es necesario insistir en la relación directa entre las singularidades y el campo que ellas abren. Para que cada espacio no se resuelva en una parte más es imprescindible pensarlos como móviles y cambiantes. Definidos por lo que se hace en autonomía, no puede pretenderse que una singularidad les pertenezca. Al contrario, son los espacios los que de algún modo le pertenecen en la medida en que los ocupa y en ellos realiza un hacer o haceres determinados. Para que la singularidad continúe su proceso sin destino fijado es preciso que su relación con un espacio sea circunstancial, aunque permanezca en él todo el tiempo. Como un sujeto encuentra su realización en el hacer, y como la multiplicidad que él es no garantiza que tal hacer sea siempre el mismo, o que su pensamiento permanezca inalterado, un espacio de autonomía no puede tener más sustancia que la de los sujetos que por su hacer o haceres se comprometen y en la medida en que lo sigan haciendo. De lo que se deduce que cuanto más, y más diferentes, espacios de autonomía existan, mejor será la situación para un sujeto, pues le permitirá aprovechar y realizar sus inclinaciones variables de la mejor manera posible. Por lo mismo, y por la inevitable posibilidad de una simultaneidad de inclinaciones, la pertenencia a más de un espacio no puede ser menos que lo más probable, y, en la medida en que un campo se sostenga, no debería ser causa de ningún trauma. Aunque, por supuesto, todo esto dependa de un aprendizaje que aún queda por comenzar y que derribe todas las fijaciones identitarias con las cuales estamos acostumbrados a pensar30.
Un campo de espacios de autonomía es condición, no programa. Es un proyecto sin final, que solo define la revolución en tanto dice que ella es, y no que será. A partir de aquí todo está por construir, y se está construyendo. A partir de aquí se puede aprender y experimentar, lo cual estaba cerrado por la lógica programática de la política. Lo que sea en el futuro la revolución será resultado de lo que hagamos que sea en este momento, más la sorpresa que depara el porvenir.

Notas


1 Esto en el mejor de los casos, en el de los verdaderos partidos. En el caso de los enfrentamientos entre sectas las masas aparecen solo como campo inerte del combate, como mero terreno. Cumplen, así, el papel de civiles en una batalla entre ejércitos profesionales, de espectadores en el teatro de la política. [Volver]

2 Se entiende que estamos hablando de dos posibilidades que juegan sobre un fondo común. De hecho la posición revolucionaria (de partido) deriva lógica e históricamente del reformismo. [Volver]

3 Que la Historia sea un continuum solo es posible a condición de pensar en una temporalidad única y objetiva, idéntica al orden de la sucesión natural. Por el contrario, si se supone un tiempo como creación social, como lo social mismo, se vuelve imposible pensar en una Historia homogénea. Entre otras consecuencias, un acontecimiento abre una nueva temporalidad, lo cual nos debería permitir pensar la Historia en el modo de las secuencias. [Volver]
4 El mejor ejemplo de esta situación la seguimos encontrando en los bolcheviques. Una vez afianzado su dominio sobre el estado se dedicaron con total constancia y disciplina a eliminar a todo el resto de los partidos. El argumento de entonces era calificarlos como enemigos del poder soviético. Lo importante a retener es que resultó materialmente imposible pensar al poder soviético siquiera como un parlamento de partidos autodenominados revolucionarios. De todas maneras en algo habían acertado los bolcheviques: de no ser ellos los triunfadores otros habrían ocupado su lugar y, por ello, habrían sido exterminados a su vez. Su triunfo nada tiene que ver con lo acertado de su programa sino con el haber sido aquellos que más desarrollaron la lógica programática que era compartida por todos los partidos. Fueron los más efectivos, los que dotaron a la idealidad de su programa con el mayor reforzamiento de la institución partido. [Volver]
5 Ya es tiempo de dejar algo en claro: que a cierta izquierda de partido la denominemos con el mote de revolucionaria solo tiene un sentido histórico. Representa para nosotros una forma de distinguirla de la posición reformista, aunque ambas pertenecen al mismo universo conceptual básico. La llamamos revolucionaria por el simple hecho de que ella se autodenomina de este modo y porque respecto al reformismo representa la variante más fiel al principio ideal de la lógica programática. No obstante la entera lógica es por completo ajena a lo verdaderamente revolucionario, lo cual estudiaremos más detenidamente en un apartado posterior. [Volver]
6 político, así con minúsculas, designa lo que queda de la Política una vez que todo el esfuerzo y las inquietudes del militante se orientan, según una racionalidad medios-fines, a la finalidad de aplicar el programa, y nada más que el programa. Esto conlleva, por supuesto, un cambio de referente de la Política al mismo tiempo que su empobrecimiento extremo. [Volver]
7 Es preciso aclarar que la lógica de partido, cuando se vuelve sofisticada y perspicaz, como en lo que fuera la LC, se da cuenta de esto y pretende solucionarlo desde su misma lógica. Para ello se habla de la autonomía de los equipos y cosas por el estilo. Pero es una autonomía que se construye a partir de la mutilación, es la autonomía para aplicar técnicas de producción particulares por medio de máquinas políticas inteligentes. Sería algo así como una práctica militante tradicional pero de quinta generación. Respecto al típico aparato de izquierda, este nuevo aparato es como el toyotismo al fordismo. [Volver]
8 No sólo con él, pero sí principalmente. De todas las versiones de pensamiento científico como fundante de la acción revolucionaria, el Socialismo Científico fue, sin duda, el más coherente, explicativo y predictivo. De ahí su fuerza. [Volver]
9 No tiene otro sentido la amenaza (sic) de Lenin de abandonar los soviets y los consejos de fábrica si no seguían las posiciones programáticas de los bolcheviques. Lo mismo respecto al soviet de Kronstadt: no importa si sus decisiones son autónomas, sino si obedecen al X Congreso del PC.
"El gobierno obrero y campesino ha decretado que Kronstadt y los buques rebeldes deben someterse inmediatamente a la autoridad de la República Soviética. Por tanto, ordeno a todos los que han levantado la mano contra la patria socialista, que depongan las armas de inmediato. Los recalcitrantes serán desarmados y entregados a las autoridades soviéticas. Los comisarios y otros representantes del gobierno que se encuentran detenidos, deben ser liberados en el acto. Sólo quienes se rindan incondicionalmente podrán contar con un acto de gracia de la República Soviética. Al mismo tiempo, doy órdenes para preparar la represión y el sometimiento de los amotinados por medio de las armas. Toda la responsabilidad por los perjuicios que pueda sufrir la población pacífica, recaerá sobre la cabeza de los amotinados contrarrevolucionarios. Esta advertencia es definitiva."
Trotsky, Kamenev, "Ultimátum a Kronstadt", 5 de marzo de 1921.
"Lo único que os tenemos que decir es: ¡TODO EL PODER A LOS SOVIETS! ¡Quitad vuestras manos de este poder, vuestras manos teñidas de sangre de los mártires de la libertad que lucharon contra los guardias blancos, los propietarios y la burguesía!"
Izveztia de Kronstadt no. 6, 7 de marzo de 1921. [Volver]
10 Toda la definición del espontaneísmo hecha por Lenin es solo una caricatura de la capacidad política proletaria hecha para justificar la omnipotencia del partido. Recordemos que para Lenin era significativo del espontaneísmo el hecho de que no pudiera elevarse a un cuestionamiento global y permanente del orden burgués. Para ello, justamente, estaba la teoría revolucionaria, encarnada en el Partido. Pero esto está desmentido históricamente. Para su justificación Lenin se basa solamente en los soviets rusos de 1905. Posteriormente, en 1918-19 en Alemania, en 1920-21 en Turín, en 1935-36 en España y en muchas ocasiones más, los trabajadores pudieron oponer al poder burgués una organización autónoma construida bajo la forma de consejos, no gracias sino en contra y a pesar de los partidos. Puede argumentarse que Lenin solo había tenido esa experiencia y que sus conclusiones eran correctas para ese entonces. Pero si fuera así la tercera internacional debería haber abandonado prontamente toda su teoría no bien se dieron experiencias que desmentían sus hipótesis. No fue ésta la posición de Lenin; por el contrario, combatió a todos los que demostraban este desmentido. Por otra parte la línea de su pensamiento no es un reflejo de la situación vivida hasta 1917 sino que mantiene una coherencia en el desprecio de la capacidad política proletaria para fundarse sobre sí misma. Todo su pensamiento lo lleva hasta un punto; la experiencia de 1905 solo es un apoyo para el desarrollo de sus posiciones. Prueba de ello el hecho de que muchos otros comunistas cambiaron de posición no bien observaron los resultados de las prácticas bolcheviques y las experiencias alemana y húngara. [Volver]
11 Queremos dar cuenta aquí de una opinión sobre un clásico de la polémica de izquierdas. Están aquellos que afirman la continuidad del bolchevismo con el stalinismo y la burocracia; y los que sostienen que hubo una ruptura que separa ambos movimientos. Ambas respuestas son insatisfactorias, no porque haya habido una combinación de ambos elementos (la unión de tendencias parciales al burocratismo, en los bolcheviques, con una situación histórica que alentó esas mismas tendencias hasta volverlas dominantes), sino porque permanecen encerradas en la lógica programática, pretendiendo que las respuestas a los procesos históricos dependen de lo que suceda puertas adentro de los partidos. Ambas posiciones hacen descansar los resultados de las luchas históricas en los acontecimientos internos al partido, solo que algunos toman en consideración el contexto social y otros no. [Volver]
12 Verdaderamente inconmensurables: si hay algo que puede decirse que define esta etapa en la vida de un humano es que no se sabe a dónde va. Ciertamente no nos referimos a una variedad infinita, pues existen fuertes límites impuestos por el contexto, pero sí es posible hablar de una multiplicidad de tendencias y prácticas que se dan simultáneamente y de las cuales es imposible predecir a priori de qué modo se resolverán en el futuro. Existe, por supuesto, una resolución posible, casi cierta, en tanto esta multiplicidad sea ordenada: es la unicidad como efecto del orden. Pero dejando de lado esta consecuencia no puede inferirse de la multiplicidad, a partir de sí misma, cual será el resultado. [Volver]
13 Cierto es que en el marco de la concepción programática se ha llegado, si bien en unas pocas ocasiones, a pensar un "arte" de la política. Sin embargo no solo estamos en los confines de esta concepción –y no en el centro- sino que además se trata de un arte muy peculiar. En primer lugar el espacio de este arte queda casi totalmente limitado a las cuestiones de estrategia, por lo que nos estamos refiriendo a un arte de las "élites", de aquellos que conservan, aunque retorcidamente, algo de la creatividad propia del militante pero que para ello deben ocupar un puesto de dirección. En segundo lugar lo que queda de este arte para los ejecutantes rasos solo puede entenderse como la capacidad para aplicar el programa a situaciones particulares. El arte se trasmuta entonces en un oficio, y el artista en artesano. [Volver]
14 Efectivamente, no alcanza con que las masas adhieran al programa del partido en cuestión sino que sigan los mandatos de los dirigentes preparados por este partido. Decir la política como algo profesionalizado es circunscribirla a su comando por especialistas. En tanto el partido es esta profesionalización de la política se muestra como evidente que quien debe dirigir prácticamente el movimiento de los explotados es el especialista formado por el partido. Y, como cada partido es el único verdaderamente verdadero, todo el éxito del movimiento es pensado como dependiente no sólo del seguimiento de su programa sino también de aquellos que son sus exclusivos portadores. Porque, no lo olvidemos, el resto de los partidos son la contrarrevolución embozada. [Volver]
15 Por supuesto que las derivaciones prácticas de la lógica programática no pueden evitar provocar una sensación de asco y repudio por parte de muchos de sus más genuinos defensores. Pero aquí estamos hablando de efectividad y no de buenas intenciones. Lo que se intenta explicar es que para ser efectiva la lógica programática debe ser llevada a su extremo. Que algunos no quieran llegar a tanto solo puede resultar en una carencia de efectividad. Si no observemos el excelente ejemplo de Trotsky. Durante todo el tiempo en que permaneció externo a la corriente leninista acusó a su principal líder de promover una dictadura del partido. Trotsky veía que si se seguía la línea de Lenin se llegaría a una situación donde el partido ejercería una dictadura sobre la clase obrera, el comité central a su vez una dictadura sobre el partido, y el líder, Lenin mismo, una dictadura sobre el comité central. Sin embargo, una vez convencido de que había que ser efectivo, no dudó en pasarse con todas sus valijas al campo de esta misma dictadura, adquiriendo por el camino la triste condecoración de haber sido uno de los carniceros de Kronstadt. [Volver]
16 Investiduras de deseo, carga afectiva; de un objeto, en la identificación, y de un campo colectivo, en la producción. [Volver]
17 Por supuesto que estamos hablando de efectividad. Por todas partes se ven pseudo-direcciones que no están dotadas con más que un sentido común algo refinado y pleno de lugares comunes pomposamente concebidos como un alto nivel de politización. A ellas toda efectividad les es ajena, a menos que les concedamos la capacidad de mantenerse en sus puestos debido a la ignorancia y obsecuencia enormes que encuentran en su base de ejecutantes. [Volver]
18 Han existido intentos por indiferenciar las dos subclases pertenecientes al partido. Esta es la idea de un partido de cuadros, donde la estratificación entre base y dirección dependa exclusivamente de la mayor o menor cualidad para la organización pero siempre sobre la base de una igualdad elemental en lo que hace a los códigos y los contenidos. No obstante los principios loables que iluminan la voluntad de formar tal tipo de organización, la estratificación se mantiene inalterada respecto a los estratos ajenos al partido. Sin embargo las subclases internas tienen por fuerza que volver a surgir debido a que la estructura de pensamiento ha sido solo modificada pero no abandonada. En tanto se mantienen las categorizaciones de códigos distintos para las masas, esto revierte al interior de la organización sembrando imperceptiblemente las bases para el resurgimiento de subclases. Estas ya no estarán delimitadas según los criterios de autoridad sino por los de capacidad. La separación entre los más y los menos autorizados según los cánones del dogma dejará su lugar a la división entre los más y los menos capaces. Lo que permanece inconmovible es la coagulación, en determinadas personas, en un caso de la autoridad (el verdadero intérprete del dogma fundacional), y en el otro de la capacidad (el que ha demostrado su capacidad muchas veces la demostrará siempre; es, por ende, "el" capaz). [Volver]
19 Idem nota anterior. Si suponemos un partido de cuadros a lo sumo estaremos relativizando (hasta cierto punto) la estratificación interna al partido, pero de ningún modo la que hace a la relación del partido con las masas que, por lo visto, es la determinante en la evolución del régimen interno partidario. [Volver]
20 Con dirección es preciso entender aquí una función y un estado, con independencia de lo pomposo del término. Un pequeño grupo de un puñado de militantes puede estar perfectamente estratificado, aún si esto no implica una definición estatutaria precisa e incluso más allá de que esta situación sea consciente. Esto suele suceder en grupos (con justicia) reacios a las estructuras partidarias pero que, sin saberlo, reproducen lo esencial de ellas, debido principalmente a la falta de comprensión de lo que significan y a la confusión entre la función y una estructura definida estatutariamente. Esta situación de ignorancia es, quizá, más peligrosa, pues al no poder definir lo que está causando los problemas estos se terminan volviendo inmanejables. La alternativa a la estratificación no es el horizontalismo ingenuo (aunque sea una reacción saludable contra aquella) sino la asunción consciente de la primacía de la cualidad. [Volver]
21 Lo cual ha sido elevado hasta el grado de teoría por la corriente trotskista ("no importa si la consigna es realizable; basta con que las masas así lo crean para que en la imposibilidad de realizarla avancen en su consciencia") pero que en sí no es de su invención ni para su uso exclusivo. [Volver]
22 Es preciso volver a aclarar que lo extremo de lo que se afirma no tiene una existencia generalizada. Muchos grupos dirán: "no es nuestro caso". Sin embargo lo importante es entender que lo que se juega en la lógica programática es la efectividad. Mi tesis es que para que un partido pretenda ser efectivo según sus propios fines debe tender a este extremo. Respecto a aquellos que comparten la lógica programática pero no sus resultados cabe reflexionar lo siguiente: ¿de qué vale ir todo el tiempo caminando por un sendero peligroso, cuidándonos de no caer en este pozo o de extraviarnos en la oscuridad y al borde de la paranoia para impedir el surgimiento de una burocracia, cuando lo que se impone es cambiar de camino, ir por otros lados, y crear la situación donde toda burocracia se vuelva ya no imposible sino impracticable? [Volver]
23 Tal es la fuerza de este pensamiento que incluso ciertas corrientes importantes del anarquismo, por principio antipartido, terminaron constituyendo verdaderos partidos a los que solo les faltaba el nombre. [Volver]
24 Algo de esto es visible en la actual situación que existe entre diversos grupos del autonomismo del estado español. En los últimos años algunos de estos grupos han comenzado a criticar una situación de progresiva parcelización y de refundación de códigos excluyentes que socava la fuerza de este movimiento. [Volver]
25 Mucha vueltas se le ha dado a lo que provocó el derrumbe de los sistemas burocrático-totalitarios desde fines de los ochenta. Aquí nos detenemos en un efecto paradójico: Al mismo tiempo que se desplomaba ese discurso del orden que era el del "comunismo", lo cual ya era de por sí progresivo, se produjo un efecto contemporáneo que redundó en la absolutización del orden social capitalista clásico. Más allá de lo que el dos significara en sí mismo, la existencia misma de un dos posibilitaba la crisis permanente del orden. Recordemos que para que un orden funcione bien es necesario que el recubrimiento de significación sea único, uniforme y sin residuo. La existencia de un dos trabó durante un largo período esta existencia perfecta del orden. Ya no. [Volver]
26 De ahí el perfecto absurdo de aquellos grupos programáticos que agitan la autoorganización. "¡Autoorganízate!", es la nueva orden del partido. Las sectas de toda calaña que observan la necesidad de autonomía que atraviesa a los sujetos, y a todos en general, imposibilitadas a dar un paso más allá del pensamiento heredado, caen en semejante despropósito al pretender que otros hagan por obediencia lo que sólo podrían hacer si desobedecen. Pero podemos tranquilizarnos: es solo una más de sus tácticas de aparatos. [Volver]
27 El cual tiene muchas variantes que van de la mera unidad de acción, pasando por frentes electorales de partidos de izquierda (para parlamentos, sindicatos, centros de estudiantes, etc.), hasta los inefables frentes populares que pretenden aunar el conjunto del "campo popular". Existe aún otro modelo de frentismo, que llamaremos difuso, y que se caracteriza por una lógica programática "débil", una estratificación más laxa y, por ello, una relación con los haceres menos antagónica. Sin embargo, por estar atrapado en la ambigüedad del cierre (principalmente hacia fuera) y la apertura (hacia adentro) simultáneos, el devenir del mismo es algo siempre por verse. Es el híbrido de este tiempo y su ambigüedad no puede tardar en estallar. [Volver]
28 En primer lugar no rompen con la estratificación, puesto que se siguen manejando con la división entre organización de revolucionarios y masas y entre base y dirección. Estos frentes están generalmente comandados por una mesa de dirección donde están representados todos los grupos que a él pertenecen y, frente a las masas actúan como un partido imperfecto, puesto que les llevan un doble mensaje: el de los acuerdos y el de cada agrupación. El frente plantea la cuestión de la doble pertenencia, de una doble identidad, pero el problema es justamente esta cuestión de la identidad como cierre. Desde el punto de vista de las masas que ellos constituyen como objeto, este frente es un partido más.
En segundo lugar la tendencia es a constituir una parte-total, solo que el punto de partida es el reconocimiento del poder y la irreductibilidad de cada partido. Como se parte de la constatación de que cada partido jamás resignará su programa, se avanza a partir de allí tratando de continuar a pesar de esa situación. Debido a esta característica, los frentes son de existencia precaria: o avanzan hacia la conformación de un partido unificado (aunque se siga llamando frente; lo que importa es la unificación en un programa), o se desintegran en medio de acusaciones amargas y todo tipo de golpes bajos. La concepción programática implica una (1) visión y significación general, lo que vuelve transitoria toda doble pertenencia.
En tercer lugar, lo que es más grave, un frente permanece prisionero de la primacía de la Palabra, solo que aquí se trata de una Palabra consensuada, lo que lo vuelve una vez más precario. Desplazando al hacer, se ubica, a través de la palabra, en el plano de una superestructura. [Volver]
29 Veamos el patetismo de gente grande ya que en una manifestación o asamblea pública se esfuerza para que su rostro y figura queden retratados en la foto de algún pasquín de la burguesía o en las páginas de algún pasquín partidario. ¡Pero esto no es nada! El patetismo puede llegar a niveles risibles en aquellos militantes con pasamontañas que, pretendiendo emular al sub Marcos, no hacen otra cosa que intentar llevar adelante el descabellado propósito de mostrar a las masas, a través de la pantalla, que se trata de un obrero o estudiante cualquiera, cuando en realidad no es más que un militante camuflado que hace el papel principal en el la obra teatral "El estallido". Y que no se hable de cuestiones de seguridad. Ciertamente se es cauto al ponerse un pasamontañas en una lucha, pero aquí solo hablamos de la representación de un sketch partidario. Aunque muchos luchadores genuinos también se esfuerzan por aparecer en la tele la diferencia es importante: en él esta necesidad es la superposición del modo espectacular en que cualquiera entiende la política por sobre una lucha real; en el aparato encapuchado solo tenemos la cáscara más no el contenido. Lo que en uno es tragedia en el otro es una comedia barata. Los partidos, en lugar de mostrar las miserias de la política burguesa, repiten ante los luchadores la misma miseria bajo una tonalidad izquierdista. ¡Vaya vanguardia! [Volver]
30 Hay que concluir que la autonomía no es una utopía, tal como es pensada por la lógica programática. Presa ésta del determinismo más insulso, cree poder encontrar en lo que es, en lo que está ordenado, la posibilidad de un deber ser. Vana intención. Los deterministas, generalmente de cuño marxista, quieren derivar de la situación actual la posibilidad de una sociedad futura de hombres libres. Como esto es imposible no ven otra alternativa que el programa y el partido. Distinta era la actitud de Marx quien, aún siendo determinista en muchos aspectos, se permitía la apertura a una sorpresa, como sucedió ante la Comuna de París. En ella encontró, y supo que encontraba, lo que toda su teoría no podía jamás haber previsto: la creación original de las masas en su propio movimiento de emancipación. Lo que vino a confirmar su iluminación de juventud, que la liberación de los trabajadores sería obra de ellos [Volver]

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