viernes, 20 de marzo de 2015

La rebelión ocultada

A 39 años del Golpe Militar

Por Lelio Valdez
Lo que sigue fue pensado como un aporte a la organización de los trabajadores. Específicamente, a la construcción de poder obrero/trabajador, a la renovación y el fortalecimiento de prácticas autónomas en situación de trabajo.

El tabú de los ’70: La violencia.
Los relatos históricos pos Dictadura han dejado –necesitan hacerlo - buena parte de la radicalidad obrera en la experiencia popular, encubierta en la neblina del olvido. Es necesario hablar de la violencia para descartar a una historia oficial que acusa al pueblo con esa “mala palabra”, como una puteada. Con “violencia”, se oculta, se injuria y se condena la acción vital de una buena parte de nuestra sociedad, quizá mayoritaria.
Creemos que en parte colaboró en esta política de olvido, aunque sin proponérselo, el impacto de la victimización de los desaparecidos, que ha hecho con que la atención sobre los años ‘70 se fijase en el rescate de memorias particulares o de organizaciones políticas de entonces, y no se haya conseguido profundizar una reflexión popular que asimile la experiencia social, intensa y masiva, de buena parte de los argentinos. Quizá colabore en ello el particular sentimiento al que aludió recientemente el filósofo Slavoj Zizek: que cuando la injusticia cometida sobre alguien ha sido tan atroz que la venganza no compensa, ni aún siendo del tipo ley del Talión, atroz de tal forma que la reconciliación es impensable, quien sabe sólo nos reste el camino de la eterna denuncia…
Nuestro argumento no es sobre la centralidad de la clase obrera para un proyecto libertador, sino sobre los caminos que se abren para tal proyecto cuando pensamos con otros, en cualquier ámbito, sobre lo qué hacemos, para qué lo hacemos, cómo y por qué hacemos lo que hacemos. Nuestras razones consideran que si hay disciplina, es porque hay algo que debe ser disciplinado. Razones que no quieren perder de vista la magnitud, la extensión y la variedad de formatos (legales, semi-legales o directamente ilegales) que ha tomado el trabajo asalariado, ni descuidar  el hecho de que la disciplina laboral no es una particularidad de la industria, sino que es un componente esencial de cualquier trabajo disciplinado a rutinas y subordinado. Y finalmente, sobre un hecho prosaico: que la indisciplina laboral emerge en forma recurrente y vital en los ambientes de trabajo.
 Para eso, queremos sugerir un punto de vista sobre los años setenta que considere el posicionamiento político que fue tomando una parte importante de los trabajadores, sobre todo de la clase obrera fabril. No nos referimos a posición u opción partidarista, sino a actos y a posturas frente a la sociedad argentina. Un punto de vista que no parta de las corrientes político-ideológicas, del peronismo, de la izquierda, de la guerrilla o de los hombres notables, y en cambio tome en cuenta los generalizados actos de indisciplina laboral que se asentaron en la solidaridad y en la participación masiva en los ambientes de trabajo.
Será posible reconocer la legitimidad que en nuestra historia tuvieron acciones que, aunque muchas veces exploraron espacios de institucionalidad sindical y/o republicana, esencialmente circularon por fuera de ellas. Que los espacios “gremiales” que no se limitaron a la mera conquista de una Comisión Interna, o los que pensaron a los delegados de sección más allá de la delegación simple, fueron masivos. Desde esa mirada también criticaremos la idea de “sindicalismo” tal como se la trata en cursos de formación, inclusive desde la tradición de la izquierda en Argentina o Brasil, pues creemos que reproduce el punto de vista de las instituciones estatales y sindicales, y no el de la lucha real que surge en situación de trabajo.
La silenciada rebelión obrera.
Creemos necesario revalorizar el largo período que va de 1955 hasta 1976, como una fase de acumulación, como una experiencia de rebeldía y de resistencia masiva, que vivimos muchos trabajadores argentinos. A partir de la creación de verdaderos espacios asamblearios, que se fueron consolidando a nivel de sección o empresa, los lugares de trabajo se tornaron nuevas “zonas” de la política. Allí se ejercitó la circulación de la palabra y el “laburante” se instaló como actor político a partir de los ámbitos del trabajo. Ello implicó la participación masiva en las cosas que incumben al trabajador en situación de tal. Masivo, aunque no se practicara en multitud, pues se fue construyendo entre pocos individuos, en secciones de 30 o 40 trabajadores, donde todos se conocían. Si la empresa era grande, la legalidad de los cuerpos de delegados permitió dar forma a un espacio de delegación/representación y de construcción de unidad, en general refrendado y controlado por  el  mandato de “las bases” (secciones).
Ésta, que hemos llamado rebelión fabril y popular, consiguió perturbar seriamente el funcionamiento normal de los negocios capitalistas, sobre todo cuando emergió como  cultura rebelde a nivel de empresa, y se expresó en luchas y en actitudes que conformaron un espacio del trabajador opuesto al mando del capital. Esta perturbación aterrorizó a los empresarios.
Es que un capitalista puede soportar que una discusión salarial se salga de madre y sus obreros pasen a ganar encima de la inflación, por ejemplo. Sabe que deja de ganar, pero también sabe que su perjuicio es compartido por la competencia. En el peor de los casos, tendrá una “caída” compartida de las ganancias posibles. Pero la pérdida de la disciplina en el proceso de trabajo, es inviable para los negocios capitalistas. Por ejemplo, es inaceptable, va contra su autoridad, el hecho de no poder despedir a un obrero o delegado luchador porque le paran la planta en solidaridad. O que no pueda hacer una previsión de entrega de productos a un cliente, porque si sus obreros saben de su compromiso (y esto implicó la articulación de redes de lealtad a un espacio de lucha fabril, opuestas al espacio de la subordinación simple del obrero al patrón), le paran la fábrica para pedirle algo, usando a los productos como rehenes. A eso lo llamaron “violencia”, “subversión” y hasta “terrorismo”.
La violencia, la Dictadura.
Este tipo de conflicto estuvo muy difundido como práctica popular, y sería vano para nosotros, buscar responsables en elementos ajenos a los propios trabajadores, algo así como el plan previo de alguna organización política, o de la acción de “militantes’ o de “los zurdos”. Eso fue lo que hicieron los burócratas sindicales, para mostrarse útiles frente a las patronales, de las cuales recibían favores y prebendas, y así disimular su fracaso como gestores de la contención social institucionalizada. Al contrario del discurso oficial, que acusa a una izquierda extremista de forzar y generar hechos provocadores y radicales, sostenemos que aquellos jóvenes militantes fueron constructores y colaboradores, inmersos en una tradición de largo alcance que fue superior a ellos. Su substrato formativo fue aquel clima de rebelión obrera e indisciplina fabril, un proceso mayor, o más subterráneo si se quiere, de organización por lugar de trabajo. En él estuvieron inmersos y en general subordinados.
Por su parte, los empresarios no se confundieron y, mientras afirmaban para la opinión pública que se trataba de otros tipos, de la “guerrilla fabril”… a los militares les daban listas de sus empleados, con nombre, foto y dirección. Apuntaron a los hombres sacrificables, alentaron al Estado de excepción y, con la marca de “subversivo” o “activista”, autorizaron la eliminación de sus propios trabajadores. Violencia, para imponer el terror a quienes habían incorporado comportamientos difundidos y moralmente legitimados por la tradición de más de una generación de hombres y mujeres.
Aunque la represión selectiva a la organización fabril de los trabajadores ya era una realidad antes del golpe militar, se puede decir también, que para los empresarios, todo eso había sido insuficiente. La función de control que se esperaba de la dirigencia sindical oficial estaría seriamente cuestionada mientras el funcionamiento asambleario - esa forma de organización fabril no delegatoria, no enyesada y opuesta al formalismo legal de los sindicatos oficiales– siguiera en pie. El despliegue de las Coordinadoras (que fueron,  quizá, el punto más alto de radicalidad) durante el Rodrigazo, acababa de recordarlo, y se presentaba, amenazadora, otra protesta contra el Plan de Mondelli.
Golpes militares no eran nuevos en la historia argentina, pero esta cultura rebelde estuvo presente, sin dudas, en la decisión política sobre las particulares formas que tuvo la acción represiva del Estado. El 24 de marzo de 1976 quedó institucionalizada la detención y persecución en las empresas, solicitada por las patronales (muchas veces con la anuencia y, la mayoría, con el silencio de las cúpulas sindicales y los partidos políticos que no fueron proscriptos), de los obreros que no estuvieron subordinados a las conducciones de los sindicatos oficiales, que sostenían el funcionamiento asambleario, y de las Comisiones Internas y Cuerpos de Delegados que les daban legitimidad legal. Su criterio supremo (aunque no único) fue el de ser eficiente en restablecer la hegemonía política en el lugar de trabajo, o sea de la disciplina laboral, el orden fabril.
El poder del capital, con parte de la máquina estatal, con sus partidos políticos patronales, su policía, la burocracia de los sindicatos oficiales, las bandas de civiles y de ex-delincuentes, armadas con dinero de los ministerios y motorizados por las multinacionales automotrices, con la omisión de la Justicia, con la colaboración de las oficinas de personal de las empresas, y posteriormente con la intervención directa de las Fuerzas Armadas, crearon la figura de un moderno homo sacer[1] argentino.
Trabajo y conflicto.
En situación de trabajo, el clima real es de conflicto. Dentro de su establecimiento, negocio, taller, call-center, banco, escuela o fábrica, el capital es libre para hacer lo mejor para valorizar su capital invertido. Las formas que da a su proceso productivo particular, implican, además de un proceso técnico, relaciones humanas de obediencia y disciplina, pues es en situación de trabajo que el capitalista “fija” el trabajo del empleado.
Los dispositivos de disciplina no se remiten solamente al ambiente de trabajo. Es necesario un contexto cultural que los sustente, y el papel de los medios de comunicación, del sistema educativo, del aparato estatal, y de las ideologías en general en propagar ese ambiente disciplinario, es crucial. La situación de trabajo asalariado es algo así como el “resultado” del sistema cultural, que orienta a sostener la disciplina para un tipo de relación social: usted que no tiene nada, vaya y venda su tiempo y su fuerza de trabajo. Es en situación de trabajo que el sistema de disciplina se concretiza y se hace carne, se vive como una condensación o un “sentido” de la vida, en el cuerpo del trabajador.
Esto lo sabe cualquier administrador de personal. Es por eso que en las grandes y medias aglomeraciones de trabajadores, hay siempre una política pensada de gestión del personal, destinada a mediar los conflictos que produce la disciplina en los individuos y/o en el colectivo. Esta “gestión de la indisciplina” como técnica, el management, muy bien conceptualizada por el movimiento de fábricas recuperadas como parte del “costo empresario”, no pasa de ser una técnica de gestión del capital invertido. En este caso, invertido en la contratación de mano de obra.
Todas las técnicas que dieron forma al “fordismo” y aquellas que luego se refinaron en el “toyotismo”, son tecnologías que combinan la adaptación de nuevos procesos de producción, con la evitación del surgimiento de campos discursivos, o sea de la circulación de la palabra, entre los hombres en situación de trabajo.
El management tiene que negar lo humano y debe pensar al trabajador sólo como cosa, como factor productivo. En ese sentido, mientras aparecen como “descubrimientos” o “nuevas formas” de explotación, que “corrigen” las fisuras de las formas ya establecidas, las nuevas técnicas funcionan como refuerzo a la disciplina, inclusive desde afuera de los ambientes de trabajo[2].
Los sistemas pueden estar apoyados en el simple convencimiento, en el aliento a la competencia entre trabajadores por cuestiones de prestigio o de dinero, o simplemente – es lo más usual según nuestra experiencia – en el miedo que provocan los sistemas evaluativos y/o clasificatorios, que terminan con performances de “retiros” y el aumento en la rotatividad de los trabajadores (miedo al desempleo, a la marginalidad, a la represión, etc.).
Cualquier reclamo sobre las condiciones concretas en las que se ejecute el trabajo, se torna un reclamo al orden que el capitalista ha establecido para valorizar su capital en esa determinada situación. Para él, se trata de la libre gestión de su capital en producción, como un sistema disciplinado y disciplinante. Así se estructura el sistema de extracción de ganancias. En la medida que un campo de cuestionamiento se consolide y tienda a romper con la subordinación a la disciplina real, el capital verá en ello un conflicto, lo sentirá potencialmente violento, y así lo tratará. La fuerza de trabajo que no se disciplina, deja de ser capital, y se vuelve algo sin sentido, sin precio, y amenazador.
Para el trabajador, se trata de un reclamo, que ha tenido un difícil camino para poseer alguna moralidad, algo de racionalidad y de lógica. Para que no se lo considere un pedido absurdo, se lo ha tenido que construir como “consenso”, en un ejercicio lento, astuto e inteligente de circulación de la palabra en el ambiente de trabajo. Son dos posturas que no dialogan.
Resistencia y Derecho.
El poder no deja de ocuparse en imponer su perspectiva “lógica” y hegemónica. El legalismo corriente nos quiere vender que los cuerpos orgánicos del sindicalismo profesional son la única y verdadera acción trabajadora. Pero en realidad no hacen más que sustituir. Un sindicalista “responsable” aprovechará la situación de reclamo para “arreglar” lo que no anda bien, y a cambio de algún dinero, te mandará a trabajar. Se restablecerá la disciplina en el trabajo y después intentará capitalizar tal arreglo como una “conquista del sindicato” (o del dirigente, de la entidad, o de la unión que él “representa”), cuidando de ocultar, en el espectáculo de la política institucional, que ha aparecido un pequeño espacio de poder trabajador y de rebeldía en situación de trabajo.
Se nos ha dicho que sólo vemos conflicto en el lugar de trabajo, cuando debiéramos considerar al derecho laboral como una mediación capaz de administrarlo. No nos referimos al derecho laboral individual, que en general trata de derechos posteriores, es decir, del ex trabajador. Tampoco a los acuerdos colectivos, que funcionan como un campo de “derechos puntuales”, sino del derecho que vigora durante el acto de trabajo.
A ese respecto, se nos ha retrucado, que es frecuente encontrar legislación que regula el trabajo en algunas ramas industriales. Es verdad, pero sospechamos que cuando una ley enuncia normas para hacerlo en alguna de ellas, es porque, en general, se ha legislado con el consentimiento de los capitalistas que han invertido en ellas, y después que los procesos y costos industriales se hubieron homogeneizado en toda la rama. Sí nos parece que es notoria en Occidente en general, la ausencia de leyes que limiten, o que prescriban al capital sobre cómo deben ser las condiciones concretas de la prestación del trabajo, la disciplina real en situación de trabajo.
Aquí nos referimos a cosas que involucran a máquinas y equipos, pero mayormente a las personas contratadas, a capital. Cosas tales como los procesos industriales y sus consecuencias o derivaciones ecológicas al interior y hacia fuera de la empresa, los horarios precisos en que se dispondrá de los hombres para la producción, los ritmos de trabajo, la aceleración, la velocidad y la situación de los cuerpos en la cadena de producción, la elección de las tecnologías aplicadas, la ergonomía, las lesiones y peligros del trabajo, las formas de tratamiento a los subordinados, las políticas de gestión y de contratación de la mano de obra, el nivel relativo de los salarios, los reglamentos, la jerarquía en la empresa, los sistemas de evaluación, la imposición de metas y comportamientos, las listas de despidos, la de elementos indeseables, etc.
Lo que afirmamos es que no hay límites previos en el Derecho, que prescriban al capitalista sobre “su” proceso productivo ni sobre la implantación de innovaciones en el mismo. Las innovaciones pertenecen al terreno de la “libertad” y del “progreso”. La introducción de nuevos procesos (técnicos, tecnológicos, de gestión, etc.), o sea, las condiciones reales e históricas en que se trabaja y se entrega trabajo, son una atribución discrecional del capital. Sobre ellas no hay límites claros - o simplemente no los hay -, porque en general, pasando el portón, el Derecho llega si el propietario lo deja entrar. [3]
La ciencia, la tecnología o el management, tienen pasaporte libre para implementar sistemas de extracción de trabajo más eficientes. Al final, se trata de capital invertido en mano de obra. La disciplina real muchas veces queda disimulada en el universo “neutral” de la ingeniería, de la innovación, de la tecnología, de la gestión y, por qué no, del desarrollo… La moral hegemónica, nunca lo admitirá como dominación.
El limitado legalismo sindical
El sindicalismo institucional, independiente de sus intenciones (aunque sus dirigentes sean más o menos democráticos, más o menos de izquierda o revolucionarios), siempre tendrá un límite para disputar o interferir sobre las innovaciones en las condiciones de trabajo.
Primero, porque dentro de la ley no encontrará encuadramiento para hacerlo, ni un derecho previo en el que apoyarse. Como máximo encontrará espacios tangenciales. El sindicalismo oficial es reconocido porque tiene su acción restringida dentro de un Derecho que, precisamente, no se mete en los lugares de trabajo. Desde allí, una lucha para interferir en las innovaciones, o contra ellas y sus incidencias en la disciplina de trabajo, será considerada un reclamo desmedido, un desorden, un “atraso” o, por fin, algo contra el “sentido común”[4].
En segundo lugar, porque el sindicalismo oficial, que debe moverse en los marcos del Derecho, no consigue estar en los ambientes laborales. No consigue hacerlo, porque su acción permitida o admitida por el estado, tiene el formato preciso de representante, en sustitución de los cuerpos que están en el lugar del conflicto real.
Ahora bien, la lucha colectiva, que necesita ir más allá de los límites del Derecho, también necesita construir otro sentido legítimo. De hecho, esa es la experiencia de los setenta. Uno que se referencie en lo humano puesto en juego frente a la supuesta neutralidad de la tecnología, uno que puede nacer del intercambio entre los trabajadores en situación de trabajo, que consiga legitimarse en la construcción de espacios discursivos solidarios, opuestos a las ideas hegemónicas de jerarquía y de individualismo, que guían a la gestión del capital. Las tentativas de establecer esta disputa suelen darse sobre condiciones reales muy adversas. Trabajar y hacer de los ambientes de trabajo una zona de confianza, donde se pueda opinar y uno deba posicionarse, es difícil. Son necesarios tiempo, paciencia, pasión e inteligencia. No hay recetas, no hay tratados.
Trabajando sentimos que hay algo que debe ser disciplinado, algo sin nombre que insiste en emerger, una bronca que todos vivimos y de la que sabemos que no se puede hablar. Aparece en pequeños hechos, en miradas, en palabras y en actitudes que cuidan, que acumulan con cariño algunos actos solidarios, que nos muestran el temple de la gente. Un acto resistente en el ámbito del trabajo, no se consigue con ideologías, no es doctrina, no se puede enseñar. Sucede en el ambiente de trabajo. Es acto, postura y actitud del trabajador real. Es acción vital en la que, por algunas situadas fisuras, emerge lo humano en situación de subordinación. Si estamos atentos, podremos reconocer el hecho simple y poético de que en situación de trabajo, lo humano suele emerger casi siempre. Son como fisuras que aparecen en situación, y son muy difíciles de observar desde afuera.
Consolidar un espacio de indisciplina resistente no es fácil. Y sostenerlo es una tarea que sólo puede ser encarada por el trabajador en acto, desde dentro de los ambientes laborales, con mucha tenacidad. No se puede delegar, y por eso es lo opuesto de la cultura de la representación encomendada, que se admite para un sindicato oficial.
Para éste, una lucha sólo tiene sentido cuando puede poner en función el monopolio de la representación que detenta, en un acto de negociación. Su misión termina con el cierre de un acuerdo (un convenio, una acción fiscalizadora, una ley, etc.). Por eso afirma como obvio, que la lucha obrera tiene por móvil exclusivo al salario[5].
Como algo que pulsa, cuando encuentra un cauce, la lucha organizada por lugar de trabajo trata de posicionarse, por lo general, frente a la disciplina laboral, cuestionándole algunos aspectos: o los ritmos, los turnos, las cotas de producción, los incentivos a la producción, las condiciones de salubridad, las formas de tratamiento, etc. Ante este reclamo (lo hemos visto en cursos de formación sindical), un “sindicalista” será enseñado a chantajear y a obtener algún dinero. Se retomará la disciplina y se  calmarán las cosas. Pero el malestar ha surgido, justamente, como algo humano e insoportable, contra la disciplina laboral. Contra las tecnologías que nos encadenan al sistema de explotación como algo natural, casi intocable, sean el management o la ciencia. La situación ha creado un campo discursivo, un pequeño espacio de poder obrero. Y esto se puede ver y sostener.
Los actos rebeldes.
Nos parece equivocado el razonamiento, poco sólido, que juzga a las luchas contra los ritmos o por seguridad en el trabajo, por ejemplo, en un punto inferior en una escala evolutiva que se le asigna a la clase obrera. ¿Quién se lo asigna? En general, un vanguardismo que lo referencia en las tareas de algún programa “correcto” y que, lamentablemente, suele ignorar la contestación real que ha emergido en situación de trabajo y su potencialidad. Con esa referencia, el argumento las considera luchas menores, parciales, de poco vuelo o hasta “reformistas”, como si no fueran luchas complejas y no demandasen los mismos ingredientes de insurgencia que otras, más “políticas”. Suele aparecer también un prejuicio de superioridad o un evolucionismo “institucionalero”: los trabajadores estarían dando “sus primeros pasos”, y después se “elevarán” hasta comprender cuál es la “verdadera” organización, o su destino, o el programa, la central sindical, o el proyecto de país, o el partido… y la cosa va por allí.
El caso del astillero Astarsa en la década de ‘70 es, quizás un ejemplo emblemático de lo contrario. La lucha que permitió desplegar todo el trabajo previo de organización de pequeños espacios solidarios, fue la que iniciaron por el control obrero de la seguridad en el trabajo, a partir del accidente fatal con el muchacho Alessio. Fue a partir de tomarle a la patronal el control de la seguridad y de los procesos de trabajo (una lucha por la vida), o sea sobre el núcleo de la disciplina laboral de las grandes obras, que los trabajadores controlaron el astillero, y con esa fortaleza se tornaron un agrupamiento referente tanto de los navales, como del alzamiento obrero en Zona Norte del Gran Buenos Aires en los años ’70.
Este tipo de crítica ha sido rebatida por el movimiento de fábricas recuperadas, que ha sabido quebrar, en parte, la lógica de la disciplina al capital y ha buscado otras formas de trabajo sobre la vieja maquinaria. Pero suele escucharse solapadamente de parte de intelectuales encuadrados en organizaciones políticas o en el sistema universitario. Lamentablemente esta incomprensión aún puede verse en agrupaciones que, desde una crítica social válida, juzgan a las luchas según sean más o menos convergentes con su Programa, o que limitadas por practicar sin crítica el sindicalismo institucional, tienden a replicarlo, sin conseguir pensar ni avanzar en la construcción de poder obrero en situación.
La tradición de un hacer resistente.
La historia obrera de los ’70 es rica en ejemplos exitosos de deterioro de la autoridad del capital sobre la disciplina laboral, a partir de las formas asamblearias y masivas, que se consolidaron con un “sindicalismo” que expresó la lucha vital en el trabajo diario, creando así nuevos espacios de poder.
La peor lectura que podemos hacer de esos años, es la que explica tal radicalidad como si hubiese sido generada por algunos acontecimientos, nacida de los grandes hechos, de los cordobazos y rosariazos, de las huelgas, de las tomas, de la guerrilla, de los desaparecidos… o del despliegue de una generación de héroes únicos. En ese caso quedará oculta la tradición que se construyó desde el hacer cotidiano de los hombres y mujeres simples. Una lectura de ese tipo fortalece el deseo voluntarista de que aquel tiempo “mejor”, debiera volver. Pero como la complejidad de un acontecimiento es irrepetible, y el hecho es que el tiempo no regresa, también refuerza la perspectiva de nuestra Historia Oficial, obcecada en sugerirnos que “nunca más”... hagamos eso.
Creemos que las cosas fueron menos heroicas, más triviales, y quizá por eso, también más radicales. Si prestamos atención al substrato cultural que permitió la emergencia de lo que hemos llamado rebelión obrera y popular, si miramos desde “adentro” del trabajo, aprenderemos a leer en los intersticios del “sentido común” y veremos cosas simples.
Por ejemplo, que cuando empezabas a trabajar, alguien llegaba y te decía algo así: “Hola, pibe, mirá, acá nosotros hacemos así…”. Podía ser que se refiriese a la producción de esa máquina en la que estabas destinado, podía ser el tipo de tratamiento que se dispensaba al jefe o a un sospechoso “medio buchón”, a la costumbre de ciertos horarios, podía referirse a alguna transgresión compartida, tipo el mate o un choripán de contrabando, etc. Lo importante fue – y es - ese “nosotros”, esa invitación a sumarse, esa expectativa a ser uno más de un desconocido y acogedor “nosotros”.
“Nosotros”, ese colectivo que induce a la idea de que alguien te paga la quincena, pero que uno puede circular por ese otro lugar/nosotros. Un nosotros, construido en situación de trabajo, que se vuelve un referencial de significados de lo que se habla y se comparte. ¿Quién y cuándo inventó eso? La vida que pulsa entre los hombres y mujeres que trabajan y sostienen la vida social. No hay héroes.
La solidaridad de pequeños actos lo fortalece y lo pone a prueba. El saber que eso ocurre en otros ambientes laborales, como nos cuentan nuestros amigos o vecinos, le da sentido  popular. Lo construye la amistad, el comportamiento ético, el compañerismo, el compromiso, el diálogo, el respeto, la paciencia, la construcción de consenso, la abertura de pensamiento y la tolerancia, el saber convivir con lo diverso/humano que se encuentra allí, en situación de trabajo. Por fin, lo construyen los afectos. Si, ¡tambiénlos afectos! La historia nos muestra que esos conceptos no fueron apenas sustantivos abstractos, sino que fueron valores prácticos y vitales para el trabajador, que permitieron sostener a los espacios laborales como campos (asambleas) resistentes, enfrentados con lo que sugieren el management patronal y los sindicalistas profesionales.
Hegemonía/dominación y otra moral obrera y popular.
Decíamos que cuando leemos nuestra historia a partir de acontecimientos heroicos, se corre el riesgo de ignorar las acumulaciones, las experiencias aprehendidas y los actos que la sustentan. Esta forma de ver, promueve en nuestra juventud una especie de “frustración generacional”, pues propone un punto cero de la acción política – como si lo hubiese - en la “tabla rasa” de un presente vano y trivial.
Su consecuencia, tan esforzada cuanto ingenua, es la conclusión de que una tradición rebelde nacerá después que la perspectiva de un proyecto (o un Programa) de emancipación más o menos claro sea asumida por muchos. Después que se pueda tornar finalmente algo “popular”, en una disputa ideológica desigual en los medios, o en las elecciones, en el campo de lo que el sistema llama “la política”.
Sería interesante no perder de vista que aquel poder obrero y popular no se consolidó disputando los mismos espacios en los que encontró sentido la moral hegemónica republicana. Creemos que un debate sobre este tema es crucial para cualquier proyecto subalterno de emancipación. En realidad nos parece que está en la raíz de muchas polémicas muy actuales y vigentes, y lo dejamos apenas esbozado, para pensarlo.
Contra la disciplina en el trabajo no se eligió a los jefes, o se humanizaron las órdenes, sino que se pensó al trabajo desde el trabajador y en colectivo, al revés. Contra el sindicalismo que sustituye (“vos andá a trabajar, que el sindicato te defiende”), más que elegir a un directivo democrático, se revirtió la cultura que delega la lucha en otro.
Se nos ha argumentado que la organización de los espacios de trabajo sólo se puede apoyar en la movilización. Pues bien, esta es una verdad general. No queremos desconocer que toda movilización, como cualquier acto rebelde, tiene su historia de construcción cultural, o sea, de tradición. Ni ignorar que el dominio se sostiene en la repetición discursiva de un cierto sentido, mientras que las tradiciones rebeldes no pueden ser, si no nacen desde el hacer, de un hacer que cree otros significados.
La acción, cualquier acción, que contribuya a crear espacios de circulación de discursos y el reconocimiento de situaciones de opresión comunes entre trabajadores, en situación de trabajo tiene un papel disruptivo al permitir un hacer contra y diverso del poder hegemónico.
Eso aporta para un hacer que trascienda a los espacios laborales para circular también por otras fisuras sociales en las que la violencia disciplinante del capital sea puesta en cuestión. Hoy podríamos enumerar entre ellas a la cultura asamblearia, a los espacios de economía solidaria, las experiencias de trueque, las organizaciones territoriales y las otras formas de vivir/pensar la vida en comunidad, las tradiciones de los pueblos originarios, las luchas ambientalistas contra un capitalismo predador de la naturaleza, los espacios de teatro o de medios de comunicación alternativos, las novedosas formas de divulgación del quehacer artístico…. Todas acciones humanas, que en su hacer suman a una cultura rebelde.
Pensamos que ningún proyecto emancipador se podrá esbozar o imaginar sin el sustrato de una vivencia de rebeldía desde los lugares de trabajo, que genere nuevas prácticas, y por eso, otra moral, otra vida. Porque buena parte del poder, que es violencia disciplinante, se sustenta en, y para, la situación de trabajo. ¿Cómo postular un proyecto contra-hegemónico frente a la sociedad sin generar un hacer diferente, sin actos rebeldes, sin otras verdades, allí, en situación? ¿Es posible hacerlo desde las ideas, o desde las palabras de un partido, o desde la política institucional, desde lo discursivo? Nuestra historia nos ha mostrado otros caminos.
Situadas e insertas en los lugares de trabajo
Creemos que se trata de no pensar a los ambientes de trabajo como simples lugares de dominación, ni de cooptación fácil. Eso es lo que sabe hacer muy bien el sindicalismo profesional, que vive de eso, y de nada servirá “quejarse” de la acción disgregadora y disolvente de la burocracia sindical. Aquí  no sirve la simple denuncia, si no se coloca esfuerzo en la emergencia del cuestionamiento y del malestar en situación de trabajo. Esto requiere mucho de lo que nos deja la tradición de los setenta: aprender a sostener relaciones, inserción, trabajar en colectivo, rebeldía clandestina, etc.
Si vemos a los ambientes de trabajo como lugares donde se abren, y también se cierran fisuras de la disciplina, eso nos habilita a pensar en la potencialidad y en la posibilidad de una resistencia lenta, sorda, consistente, que se apoye y que se nutra de las otras experiencias populares. Veríamos la potencialidad de rebeldía desde cualquier relación de subordinación, pues quedaría visible la posibilidad de poder hacer. En ese sentido, las experiencias de los ‘70 tienen para aportar. Requieren la condición de ser conocidas y divulgadas, pero sobre todo,  de ser situadas, insertas en los lugares de trabajo, para establecer relaciones con nuestros pares que consigan superar la corta mirada sectorial y el corporativismo.
Los análisis sociológicos suelen no entender los ámbitos laborales, o los entienden como una “cosa” que se estudia, como si allí dentro no hubiese humanos, sino sólo una raza alienada de pobres, sometidos a normas tecnológicas (normas nuevas, que habrían descubierto la esencia de la explotación humana). Según muchos, las nuevas formas del trabajo son “esencialmente” diferentes a las de fases anteriores (taylorismo, fordismo, toyotismo), confundiendo procesos capitalistas de producción y su consecuente organización y gerenciamiento (el management) de la mano de obra empleada, o sea tecnología de producción, con formas esencialmente nuevas y definitivas de subordinación del trabajo. ¿Una disciplina insuperable? ¿Eso no es casi postular el fin de la Historia?
Creemos haber argumentado para relativizar diagnósticos que afirman que se habría encontrado la receta definitiva para la dominación. También hemos postulado descartar la lógica del discurso institucionalista. No proponemos un programa-solución, pero tampoco dejamos de ver que la situación social crítica, sólo es irreversible o inmutable, para el pensamiento referenciado en las instituciones. Hablamos desde nuestra experiencia, que se ha formado en los ambientes de la clase obrera industrial, donde la disciplina de trabajo es evidente. Pero la disciplina laboral no es una particularidad de la industria. Disciplina es un componente esencial de cualquier trabajo asalariado, y la resistencia es su lado oculto. Hablamos de eso que no se habla…
Movimientos de resistencia en diversos países, vienen cuestionando las relaciones sociales y políticas tal como se nos presentan, y postulan el ejercicio de “otra política”. Nada nos dice que ese camino esté obturado, y suponemos que no hay que descartar la particular resistencia vivida en la Argentina de los setenta. La experiencia “setentista”, como intentamos demostrar, se apoyó en actos que durante años construyeron una cultura, en una tradición, y reveló la posibilidad de crear y sostener poder obrero desde los lugares de trabajo (oficinas, escuelas y fábricas) de una manera peligrosa para el capital. ¿Es válido mirar hacia delante, de un modo realista, y pensar hoy en ellos como un ámbito importante, entre otros posibles, de lucha contra la lógica del mundo del capital, sin que ello signifique postular la vuelta de una “etapa heroica” (y, es verdad, única)?
Creímos necesario abrir la reflexión sobre las organizaciones fabriles porque fueron uno de los blancos privilegiados de la violencia estatal-patronal. También porque no creemos que haya instituciones para redimir al trabajador y realicen un cambio social, o que releven lo que sólo el propio trabajador debe encontrar, y en su diversidad. Como dijimos, no hay recetas. Pero la represión del capital a manos de la dictadura fue violenta con las organizaciones fabriles - no hay que hacerse ilusiones, lo será siempre - porque fueron embriones de poder obrero y popular.
Quisimos hablar claro. No es real la versión del obrero ingenuo, del “gil que la ligó sin saber por qué”, sólo una pobre víctima residual de la barbarie militar. Una comprensión compleja, pero real reconocerá al obrero astuto, al que buscó proyectos para seguir, pero que lo hizo junto con sus compañeros de trabajo, al que practicó la solidaridad, no por bueno, sino porque la construyó como ética para la sobrevivencia y el enfrentamiento a la patronal. A aquel que supo usar la violencia con inteligencia y en colectivo.
Si lo miramos bien, seguramente lo veremos enfrentado a la ética del orden “legal” y “democrático”, tal como lo cacarean nuestros políticos constitucionales-nacionales y populares en la Argentina del 2015. Estos demócratas de ocasión, que se visten de setentistas, esconden a sus presos político-sociales. Para ellos, fuera de las instituciones de la República nada es aceptable, sobre todo el verdadero poder “nacional y popular” que emerge en situación de trabajo como rebelión…
 El obrero astuto, el setentista, actuó sin escucharlos. Se apoyó, conversó y siguió sólo a sus semejantes, siempre buscando otras razones.
Porto Alegre/Rosario,  marzo de 2015
Lelio Valdez – Historiador






[1] Homo Sacer: figura del arcaico derecho romano pre-imperial. Designaba al individuo que habiendo sido juzgado por el pueblo por un delito contra la comunidad, y sin saber qué pena seria la adecuada, no era ejecutado. Se convertía en hombre sacro, pues era entregado a la responsabilidad de los dioses para que dispusiesen su justicia. Un homo sacer estaba fuera de la comunidad, pues ya no pertenecía a este mundo y no era permitido, o digno, sacrificarlo. Ni su vida ni su muerte tenían valor alguno. De modo que quien lo matase, tampoco sufriría puniciones.

[2] La nueva disciplina del trabajo se refuerza en mucho, con el impresionismo de algunos intelectuales (sindicalistas profesionales, políticos y universitarios), que en general, no consiguen ver el conflicto en la relación de trabajo, o desconocen los ambientes de trabajo asalariado más usuales. Desde allí se suele postular que el capitalismo ha desprovisto, finalmente, al sujeto redentor (la “clase obrera”), de la posibilidad de reacción, como si aquel hubiera descubierto la fórmula de la explotación ideal, es decir, aquella que no produce conflicto ni resistencia. Por eso al trabajador sólo le restaría buscar apoyo en las instituciones… que ellos comandan u orientan.

[3] Cabe aquí considerar, también, la situación inversa, en que un cuerpo de leyes laborales es sistemáticamente “olvidado” en una rama industrial. El caso del trabajo en los frigoríficos, por ejemplo, nos muestra la persistencia, durante décadas y hasta hoy, de los mismos problemas laborales: el desconocimiento de la insalubridad en las cámaras frías, el establecimiento de pagos por cotas de producción por trabajador, gambeteando el pago por el simple “tiempo a disposición”, o la garantía horaria. La complicidad de los sistemas de fiscalización del estado, o su ineficiencia “programada” en este tema, refuerzan nuestro argumento de que el Derecho entra en la situación de trabajo si el capitalista quiere.

[4] Con esta afirmación no estamos negando que una lucha contra algún aspecto de la disciplina del trabajo pueda volverse un derecho, legislado o aún, seudo-legislado.

[5] No estamos proponiendo descartar al móvil salarial, que fue importante y lo vuelve a ser hoy en Argentina, frente a la coyuntura inflacionaria. Pero es evidente que el sindicalismo oficial se articula en torno a su papel representante y por eso busca algún tema común “unitario”. En la pelea por la defensa del nivel de vida, el monto del salario puede aparecer, en el marco general de que el trabajador no ignora la complejidad de la situación de trabajo, como una compensación admisible.

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